The Text      

Crepusculario
HELIOS Y LAS CANCIONES
Inicial

He ido bajo Helios, que me mira sangrante
laborando en silencio mis jardines ausentes.

Mi voz será la misma del sembrador que cante
cuando bote a los surcos siembras de pulpa ardiente.

Cierro, cierro los labios, pero en rosas, tremantes
se desata mi voz, como el agua en la fuente.

Que si no son pomposas, que si no son fragantes,
son las primeras rosas -hermano caminante-
de mi desconsolado jardín adolescente.



Esta iglesia no tiene


Esta iglesia no tiene lampadarios votivos,
no tiene candelabros ni ceras amarillas,
no necesita el alma de vitrales ojivos
para besar las hostias y rezar de rodillas.
El sermòn sin inciensos es como una semilla
de carne y luz que cae.témblando al surco vivo:
el Padre-Nuestro, rezo de la vida sencilla,
tiene un sabor de pan frutal y primitivo...
Tiene un sabor de pan. Oloroso pan prieto
que allá en la infancia blanca entregò su secreto
a toda alma fragante que lo quiso escuchar...
Y el Padre-Nuestro en medio de la noche se pierde;
corre desnudo sobre las heredades verdes
y todo estremecido se sumerge en el mar...



Pantheos

Oh pedazo, pedazo de miseria, en qué vida
tienes tus manos albas y tu cabeza triste?
...Y tanto andar, y tanto llorar las cosas idas
sin saber qué dolores fueron los que tuviste.

Sin saber qué pan blanco te nutriò, ni qué duna
te envolviò con su arena, te fundiò en su calor,
sin saber si eres carne, si eres sol, si eres luna,
sin saber si sufriste nuestro mismo dolor.
Si estás en este árbol o si lloras conmigo,
qué es lo que quieres, pedazo de miseria y amigo
de la cansada carne que no quiere perderte?

Si quieres no nos digas de qué racimo somos,
no nos digas el cuándo, no nos digas el còmo,
pero dinos adonde nos llevará la muerte...



Viejo ciego, llorabas


Viejo ciego, llorabas cuando tu vida era
buena, cuando tenías en tus ojos el sol:
pero si ya el silencio llegò, qué es lo que esperas,
qué es lo que esperas, ciego, qué esperas del dolor?

En tu rincòn semejas un niño que naciera
sin pies para la tierra, sin ojos para el mar,
y que como las bestias entre la noche ciega
-sin día y sin crepúsculo- se cansan de esperar.

Porque sí tú conoces el caminò que lleva
en dos o tres minutos hacia la vida nueva,
viejo ciego, qué esperas, qué puedes esperar?
Y si por la amargura más bruta del destino,
animal viejo y ciego, no sabes el camino,
yo que tengo dos ojos te lo puedo enseñar.



El nuevo soneto a Helena


Cuando estés vieja, niña (Rorisard ya te lo dijo),
te acordarás de aquellos versos que yo decía.
Tendrás los senos tristes de amamantar tus hijos,
los últimos retoños de tu vida vacía...

Yo estaré tan lejano que tus manos de cera
ararán el recuerdo de mis ruinas desnudas.
Comprenderás que puede, nevar en primavera
y que en la primavera las nieves son más crudas.
Yo estaré tan lejano que el amor y la pena
que antes vacié en tu vida como un ánfora plena
estarán condenados a morir en mis manos...

Y será tarde porque se fue mi adolescencia,
tarde porque las flores una vez dan esencia
y porque aunque me llames yo estaré tan lejano..



Sensaciòn de olor


Fragancia
de lilas...

Claros atardeceres de mi lejana infancia
que fluyò como el cauce de unas aguas tranquilas.

Y después un pañuelo temblando en la distancia.
Bajo el cielo de seda la estrella que titila.

Nada más. Pies cansados en las largas enrancias
y un dolor, un dolor que remuerde y se afila.

...Y a lo lejos campanas, canciones, penas, ansias,
vírgenes que tenían tan dulces las pupilas.

Fragancia
de lilas...



Vírese


Hoy que danza en mi cuerpo la pasiòn de Paolo
y ebrio de un sueño alegre mi corazòn se agita:
hoy que sé la alegría de ser libre y ser solo
como el pistilo de una margarita infinita:

oh mujer -carne y sueño-, ven a encantarme un poco,
ven a vaciar tus copas de sol en mi camino:
que en mi barco amarillo tiemblen tus senos locos
y ebrios de juventud, que es el más bello vino.

Es bello porque nosotros lo bebemos
en estos temblorosos vasos de nuestro ser
que nos niegan el goce para que lo gocemos.
Bebamos. Nunca dejemos de beber.

Nunca, mujer, rayo de luz, pulpa blanca de poma,
suavices la pisada que no te hará sufrir.
Sembremos la llanura antes de arar la loma.
Vivir será primero, después será morir.

Y después que en la ruta se apaguen nuestras huellas
y en el azul paremos nuestras blancas escalas
-flechas de oro que atajan en vano las estrellas-,
oh Francesca, hacia dònde te llevarán mis alas!



Morena, la Besadora


Cabellera rubia, suelta,
corriendo como un estero,
cabellera.

Uñas duras y doradas,
flores curvas y sensuales,
uñas duras y doradas.

Comba del vientre, escondida,
y abierta como una fruta
o una herida.

Dulce rodilla desnuda
apretada en mis rodillas,
dulce rodilla desnuda.

Enredadera del pelo
entre la oferta redonda
de los senos.

Huella que dura en el lecho,
huella dormida en el alma,
palabras locas.

Perdidas palabras locas:
rematarán mis canciones,
se morirán nuestras bocas.

Morena, la Besadora,
rosal de todas las rosas
en una hora.

Besadora dulce y rubia,
me iré,
te irás, Besadora.

Pero aún tengo la aurora
enredada en cada sien.

Bésame, por eso, ahora,
bésame, Besadora,
ahora y en la hora
de nuestra muerte.
Amén.



Oraciòn


Carne doliente y machacada,
raudal de llanto sobre cada
noche de jergòn malsano:
en esta hora yo quisiera
ver encantarse mis quimeras
a flor de labio, pecho y mano,
para que desciendan ellas
-las puras y únicas estrellas
de los jardines de mi amor
-en caravanas impolutas
sobre las almas de las putas
de estas ciudades del dolor.

Mal del amor, sensual laceria:
campana negra de miseria:
rosas del lecho de arrabal,
abierto al mal como un camino
por donde va el placer y el vino
desde la gloria al hospital.

En esta hora en que las lilas
sacuden sus hojas tranquilas
para botar el polvo impuro,
vuela mi espíritu intocado,
traspasa el huerto y el vallado,
abre la puerta, salta el muro

y va enredando en su camino
el mal dolor, el agrio sino,
y desnudando la raigambre
de las mujeres que lucharon
y cayeron
y pecaron
y murieron
bajo los látigos del hambre.

No sòlo es seda lo que escribo:
que el verso mío sea vivo
como recuerdo en tierra ajena
para alumbrar la mala suerte
de los que van hacia la muerte
como la sangre por las venas.

De los que van desde la vida
rotas las manos doloridas
en todas las zarzas ajenas:
de los que en estas horas quietas
no tienen madres .ni poetas
para la pena.

Porque la frente en esta hora
se dobla y la mirada llora
saltando dolores y muros:
en esta hora en que las lilas
sacuden sus hojas tranquilas
para botar el polvo impuro.


El estribillo del turco


Flor el pantano, vertiente la roca:
tu alma embellece lo que toca.

La carne pasa, tu vida queda
toda en mi verso de sangre o de seda.

Hay que ser dulce sobre todas las cosas:
más que un chacal vale una mariposa.

Eres gusano que labra y opera:
para el crecen las verdes moreras.

Para que tejas tu seda celeste
la ciudad parece tranquila y agreste.

Gusano que labras, de pronto eres viejo:
el dolor del mundo crispa tus artejos!

A la muerte tu alma desnuda se asoma,
y le brotan alas de águila y paloma!

Y guarda la tierra tus vírgenes actas,
hermano gusano, tus sedas intactas.

Vive en el alba y el crepúsculo,
adora el tigre y el corpúsculo,
comprende la polea y el músculo!

Que se te vaya la vida, hermano,
no en lo divino sino en lo humano,
no en las estrellas sino en tus manos.

Que llegará la noche y luego
serás de tierra, de viento o de fuego.

Por eso deja que todas tus puertas
se cimbren, a todos los vientos abiertas.

Y de tu huerta al viajero convida:
dale al viajero la flor de tu vida!

Y no seas duro, ni parco, ni terco:
sé una frutaleda sin garfios ni cercos!

Dulce hay que ser y darse a todos,
para vivir no hay otro modo

de ser dulces. Darse a las gentes
como a la tierra las vertientes.

Y no temer. Y no pensar.
Dar
para volver a dar.

Que quien se da no se termina
porque hay en él pulpa divina.

Como se dan sin terminarse, hermano mío,
al mar las aguas de los ríos!

Que mi canto en tu vida dore lo que deseas.
Tu buena voluntad torne en luz lo que miras.
Que tu vida así sea.

-Mentira, mentira, mentira!



El castillo maldito


Mientras camino la acera va golpeándome los pies,
el fulgor de las estrellas me va rompiendo los ojos.
Se me cae un pensamiento como se cae una mies
del carro que tambaleando raya los pardos rastrojos.

Oh pensamientos perdidos que nunca nadie recoge,
si la palabra se dice, la sensaciòn queda adentro:
espiga sin madurar, Satanás le encuentre troje,
que yo con los ojos rotos no le busco ni le encuentro!

Que yo con los ojos rotos sigo una ruta sin fin...
Por qué de los pensamientos, por qué de la vida en vano?
Como se muere la música si se deshace el violín,
no moveré mi canciòn cuando no mueva mis manos.

Alto de mi corazòn en la explanada desierta
donde estoy crucificado como el dolor en un verso...
Mi vida es un gran castillo sin ventanas y sin puertas
y para que tú no llegues por esta senda,
la tuerzo.




FAREWELL Y LOS SOLLOZOS


Farewell


1

Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.

Por sus Ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.


2

Yo no lo quiero, Amada.

Para que nada nos amarre
que no nos una nada.

Ni la palabra que aromò tu boca,
ni lo que no dijeron las palabras.

Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.

3

(Amo el amor de los marineros
que besan y se van.

Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.

En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.

Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.

4

Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.

Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.)

5

Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasò.

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dònde voy.

... Desde tu corazòn me dice adiòs un niño.
Y yo le digo adiòs.


El padre


Tierra de sembradura inculta y brava,
tierra en que no hay esteros ni caminos,
mi vida bajo el sol tiembla y se alarga.

Padre, tus ojos dulces nada pueden,
como nada pudieron las estrellas
que me abrasan los ojos y las sienes.

El mal de amor me encegueciò la vista
y en la fontana dulce de mi sueño
se reflejò otra fuente estremecida.

Después... Pregunta a Dios por qué me dieron
lo que me dieron y por qué después
supe una soledad de tierra y cielo.

Mira, mi juventud fue un brote puro
que se quedò sin estallar y pierde
su dulzura de sangres y de jugos.

El sol que cae y cae eternamente
se cansò de besarla... Y el otoño.
Padre, tus ojos dulces nada pueden.

Escucharé en la noche tus.palabras:
... niño, mi niño...
Y en la noche inmensa
seguiré con mis llagas y tus llagas.



El ciego de la pandereta


Ciego, siempre será tu ayer mañana?
Siempre estará tu pandereta pobre
estremeciendo tus manos crispadas?

Yo voy pasando y veo tu silueta
y me parece que es tu corazòn
el que se cimbra con tu pandereta.

Yo pasé ayer y supe tu dolor:
dolor que siendo yo quien lo ha sabido
es mucho mayor.

No volveré por no volverte a ver,
pero mañana tu silueta negra
estará como ayer:

la mano que recibe,
los ojos que no ven,
la cara parda, lastimosa y triste,
golpeando en cada salto la pared.

Ciego, ya voy pasando y ya te miro,
y de rabia y dolor -qué sé yo qué!-
algo me aprieta el corazòn,
el corazòn y la sien.

Por tus ojos que nunca han mirado
cambiara yo los míos que te ven!



Amor


Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte :
en la risa de oro y la voz de cristal.

Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

Còmo sabría amarte, mujer, còmo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más
y más.



Barrio sin luz


Se va la poesía de las cosas
o no la puede condensar mi vida?
Ayer -mirando el último crepúsculo -
yo era un manchòn de musgo entre unas ruinas.

Las ciudades -hollines y venganzas-,
la cochinada gris de los suburbios,
la oficina que encorva las espaldas,
el jefe de ojos turbios.

Sangre de un arrebol sobre los cerros,
sangre sobre las calles y las plazas,
dolor de corazones rotos,
podre de hastíos y de lágrimas.

Un río abraza el arrabal como una
mano helada que tienta en las tinieblas:
sobre sus aguas
se avergüenzan de verse las estrellas.

Y las casas que esconden los deseos
detrás de las ventanas luminosas,
mientras afuera el viento
lleva un poco de, barro a cada rosa.

Lejos... la bruma de las olvidanzas
-humos espesos, tajamares rotos-,
y el campo, el campo verde!, en que jadean
los bueyes y los hombres sudorosos.

Y aquí estoy yo, brotado entre las ruinas,
mordiendo solo todas las tristezas,
como si el llanto fuera una semilla
y yo el único surco de la tierra,



Puentes


Puentes: arcos de acero azul adonde vienen
a dar su despedida los que pasan
-por arriba los trenes,
por abajo las aguas-,
enfermos de seguir un largo viaje
que principia, que sigue y nunca acaba.
Cielos -arriba-, cielos,
y pájaros que pasan
sin detenerse, caminando como ,
los trenes y las aguas.

Qué maldiciòn cayò sobre vosotros?
Qué esperáis en la noche densa y larga
con los brazos abiertos como un niño
que muere a la llegada de su hermana?

Qué voz de maldiciòn pasiva y negra
sobre vosotros extendiò sus alas,
para hacer que siguieran
el viaje que no acaba
los paisajes, la vida, el sol, la tierra,.
los trenes y las aguas,
mientras la angustia inmòvil del acero
se hunde más en la tierra y más la clava ?



Maestranzas de noche


Hierro negro que duerme, fierro negro que gime
por cada poro un grito de desconsolaciòn.

Las cenizas ardidas sobre la tierra triste,
los caldos en que el bronce derritiò su dolor.

Aves de qué lejano país desventurado
graznaron en la noche dolorosa y sin fin?

Y el grito se me crispa como un nervio enroscado
o Como la cuerda rota de un violín.

Cada máquina tiene una papila abierta
para mirarme a mí.

En las, paredes cuelgan las interrogaciones,
florece en las bigornias el alma de los bronces
y hay un temblor de pasos en los cuartos desiertos.

Y entre la noche negra -desesperadas- corren
y sollozan las almas de los obreros muertos.


Aromos rubios en los campos de Loncoche


La pata gris del Malo pisò estas pardas tierras,
hiriò estos dulces surcos, moviò estos curvos montes,
rasguñò las llanuras guardadas por la hilera
rural de las derechas alamedas bifrontes.

El terraplén yacente removiò su cansancio,
se abriò como una mano desesperada el cerro,
en cabalgatas ebrias galopaban las nubes
arrancando de Dios, de la tierra y del cielo.

El agua entrò en la tierra mientras la tierra huía
abiertas las entrañas y anegada la frente:
hacia los cuatro vientos, en las tardes malditas,
rodaban -ululando como tigres- los trenes.

Yo soy una palabra de este paisaje muerto,
yo soy el corazòn de este cielo vacío:
cuando voy por los campos, con el alma en el viento,
mis venas continúan el rumor dé los ríos.

A dònde vas ahora? -Sobre el cielo la greda
del crepúsculo, para los dedos de la noche.
No alumbrarán estrellas... A mis ojos se enredan
aromos rubios en los campos de Loncoche.


Grita


Amor, llegado que hayas a mi fuente lejana,
cuida de no morderme con tu voz de ilusiòn:
que mi dolor oscuro no se muera en tus alas,
que en tu garganta de oro no se ahogue mi voz.

Amor-llegado que hayas
a mi fuente lejana,
sé turbiòn que desuella,
sé rompiente que clava.

Amor, deshace el ritmo
de mis aguas tranquilas:
sabe ser el dolor que retiembla y que sufre,
sábeme ser la angustia que se retuerce y grita.

No me des el olvido.
No me des la ilusiòn.
Porque todas las hojas que a la tierra han caído
me tienen amarillo de oro el corazòn.

Amor -llegado que hayas
a mi fuente lejana,
tuérceme las vertientes,
críspame las entrañas.

Y así una tarde -Amor de manos crueles-,
arrodillado, te daré las gracias.


Los jugadores


Juegan, juegan.
Agachados, arrugados, decrépitos.

Este hombre torvo
junto a los mares de su patria, más lejana que el sol,
Cantò bellas canciones.

Canciòn de la belleza de la tierra,
canciòn de la belleza de la Amada,
canciòn, canciòn
que no precisa fin.

Este otro de la mano en la frente,
pálido como la última hoja de un árbol,
debe tener hijas rubias
de carne apretada,
granada,
rosada.

Juegan, juegan,

Los miro entre la vaga bruma del gas y el humo.
Y mirando estos hombres sé que la vida es triste.

LOS CREPÚSCULOS DE MARURI

La tarde sobre los tejados


(Lentísimo)
La tarde sobre los tejados
cae
y cae...
Quién le dio para que viniera
alas de ave?
Y este silencio que lo llena
todo,
desde qué país dé astros
se vino solo?
Y por qué esta bruma
-plúmula trémula -
beso de lluvia
- sensitiva -
cayò en silencio-y para siempre-
sobre mi vida?


Si Dios está en mi verso


Perro mío,
si Dios está en mi verso,
Dios soy yo.

Si Dios está en tus ojos doloridos,
tú eres Dios.

Y en este mundo inmenso nadie existe
que se arrodille ante nosotros dos!



Amigo


1

Amigo, llévate lo que tú quieras,
penetra tu mirada en los rincones,
y si así lo deseas yo té doy mi alma entera
con sus blancas avenidas y, sus canciones.


2

Amigo -con la tarde haz que se vaya
este inútil y viejo deseo de vencer,

Bebe en mi cántaro si tienes sed.

Amigo -con la tarde haz que se vaya
este deseo mío de que todo rosal
me pertenezca.
Amigo,
si tienes hambre come de mi pan.


3

Todo, amigo, lo he hecho para ti. Todo esto
que sin mirar verás en mi estancia desnuda:
todo esto que se eleva por los muros derechos
-como mi corazòn- siempre buscando altura.

Te sonríes -amigo. Qué importa. Nadie sabe
entregar en las manos lo que se esconde adentro,
pero yo te doy mi alma, ánfora de mieles suaves,
y todo te lo doy... Menos aquel recuerdo...

... Que en mi heredad vacía aquel amor perdido
es una rosa blanca que se abre en silencio...


Mariposa de otoño


La mariposa volotea
y arde -con el sol- a veces.

Mancha volante y llamarada,
ahora se queda parada
sobre una hoja: que la mece.

Me decían: -No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.

Yo tampoco decía nada.
Y pasò el tiempo de las mieses.

Hoy una mano de congoja
llena de otoño el horizonte.
Y hasta de mi alma caen hojas.

Me decían: -No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.

Era la hora de las espigas.
El sol, ahora,
convalece.

Todo se va en la vida, amigos.
Se va o perece.

Se va la manò que te induce.
Se va o perece.

Se va la rosa que desates.
También la boca que te bese.

El agua, la sombra y el vaso.
Se va o perece.

Pasò la hora de las espigas.
El sol, ahora,
convalece.

Su lengua tibia me rodea.
También me dice:-Te parece.

La mariposa volotea,
revolotea,
y desaparece.


Dame la maga fiesta


Dios -de dònde sacaste para encender el cielo
este maravilloso crepúsculo de cobre?
Por él supe llenarme de alegría de nuevo,
y la mala mirada supe tornarla noble.

Entre las llamaradas amarillas y verdes
se alumbrò el lampadario de un sol desconocido
que rajò las azules llanuras del oeste
y volcò en las montañas sus fuentes y sus ríos.

Dame la maga fiesta, Dios, déjala en mi vida,
dame los fuegos tuyos para alumbrar la tierra,
deja en mi corazòn tu lámpara encendida
y yo seré el aceite de su lumbre suprema.

Y me iré por los campos en la noche estrellada
con los brazos abiertos y la frente desnuda,
cantando aires ingenuos con las mismas palabras
que en la noche se dicen los campos y la luna.


Me peina el viento los cabellos


Me peina el viento los cabellos
como una mano maternal:
abro la puerta del recuerdo
y el pensamiento se me va.

Son otras voces las que llevo,
es de otros labios mi cantar:
hasta mi gruta de recuerdos
tiene una extraña claridad!

Frutos de tierras extranjeras,
olas azules de otro mar,
amores de otros hombres, penas
que no me atrevo a recordar.

Y el viento, el viento que me peina
como una mano maternal!

Mi verdad :se pierde en la noche:
no tengo noche ni verdad!

Tendido en medio del camino
deben pisarme para andar.

Pasan por mí sus corazones
ebrios de vino y de soñar.

Yo soy un puente inmòvil entre
tu corazòn y la eternidad.

Si me muriera de repente
no dejaría de cantar!


Saudade


Saudade -Qué será?... yo no sé... lo he.buscado
en unos diccionarios empolvados y antiguos
y en otros libros que no me han dado el significado
de esta dulce palabra de perfiles ambiguos.

Dicen que azules son las montañas como ella,
que en ella se oscurecen los amores lejanos,
y un noble y buen amigo mío (y de las estrellas)
la nombra en un temblor de trenzas y de manos.

Y hoy en Eca de Queirozsin mirar la adivino,
su secreto se evade, su dulzura me obsede
como una mariposa de cuerpo extraño y fino
siempre lejos -tan lejos!- de mis tranquilas redes.

Saudade... Oiga, vecino, sabe el significado
de esta palabra blanca que como un pez se evade?
No... Y me tiembla en la boca su temblor delicado.
Saudade...


No lo había mirado


No lo había mirado y nuestros pasos
sonaban juntos.

Nunca escuché su voz y mi voz iba
llenando el mundo.

Y hubo un día de sol y mi alegría
en mí no cupo.

Sentí la angustia de cargar la nueva
soledad del crepúsculo.

Lo sentí junto a mí, brazos ardiendo,
limpio, sangrante, puro.

Y mi dolor, bajo la noche negra
entrò en su corazòn.

Y vamos juntos.

Mi alma

Mí alma es un carrousel vacío en el crepúsculo.

Aquí estòy cotí mi pobre cuerpo


Aquí estoy con mi pobre cuerpo frente al crepúsculo
que entinta de oros rojos el cielo de la tarde:
mientras entre la niebla los árboles oscuros
se libertan y salen a danzar por las calles.

Yo. no sé por qué estoy aquí, ni cuándo vine
ni por qué la luz roja del sol lo llena todo:
me hasta con sentir frente a mi cuerpo triste
la inmensidad de un cielo de luz teñido de oro,

la inmensa rojedad de un sol que ya no existe,
el inmenso cadáver de una tierra ya muerta,
y frente a las astrales luminarias que riñen el cielo,
la inmensidad de mi alma bajo la tarde inmensa.


Hoy, que es el cumpleaños de mi hermana


Hoy, que es el cumpleaños de mi hermana, no tengo
nada que darle, nada. No tengo nada, hermana.
Todo lo que poseo siempre lo llevo lejos.
A veces hasta mi alma me parece lejana.

Pobre corriò una hoja amarilla de otoño
y cantor como un hilo de agua sobre una huerta:
los dolores, tú sabes còmo me caen todos
como al camino caen todas las hojas muertas.

Mis alegrías nunca las sabrás, hermanita,
y mi dolor es ése, no te las puedo dar:
vinieron como pájaros a posarse en mi vida,
una palabra dura las haría volar.

Pienso que también ellas me dejarán un día,
que me quedaré solo, como nunca lo estuve.
Tú lo sabes, hermana, la soledad me lleva
hacia el fin de la tierra como el viento a las nubes!

Pero para qué es esto de pensamientos tristes!
A ti menos que a nadie debe afligir mi voz!
Después de todo nada de esto que digo existe...
No vayas a contárselo a mi madre, por Dios!

Uno no sabe còmo va hilvanando mentiras,
y uno dice por ellas, y ellas hablan por uno.
Piensa que tengo el alma toda llena de risas,
y no te engañarás, hermana, te lo juro.


Mujer, nada me has dado


Nada me has dado y para ti mi vida
deshoja su rosal de desconsuelo,
porque ves estas cosas que yo miro,
las mismas tierras y los mismos cielos,

porque la red de nervios y de venas
que sostiene tu ser y tu belleza
se debe estremecer .al beso puro
del sol, del misino sol que a mí me besa.

Mujer, nada me has dado y sin embargo
a través de tu ser siento las cosas:
estoy alegre de mirar la tierra
en que tu corazòn tiembla y reposa.

Me limitan en vano mis sentidos
-dulces flores que se abren en el viento-
porque adivino el pájaro que pasa
y que mojò de azul tu sentimiento.

Y sin embargo no me has dado nada,
no se florecen para mí tus años,
la cascada de cobre de tu risa
no apagará la sed de mis rebaños.

Hostia que no probò tu boca fina,
amador del amado que te llame,
saldré al camino con mi amor al brazo
como un vaso de miel para el que ames.

Ya ves, noche estrellada, canto y copa
en que bebes el agua que yo bebo,
vivo en tu vida, vives en mi vida,
nada me has dado y todo te lo debo.


Tengo miedo


Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazòn un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.

Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha .de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)

Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!

Se muere el universo, de una calma agonía
sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.

Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.

Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.


VENTANA AL CAMINO

Campesina


Entre los surcos tu cuerpo moreno
es un racimo que a la tierra llega.
Torna los ojos, mírate lo senos,
son dos semillas ácidas y ciegas.

Tu carne es tierra que será madura
cuando el otoño te tienda las manos,
y el surco que será tu sepultura
temblará, temblará, como un humano

al recibir tus carnes y tus huesos
-rosas que en el primero de los besos
vibraron como un vaso de cristal-.

La palabra de qué concepto pleno
Será tu cuerpo? No lo he de saber!
Torna los ojos, mírate los senos,
tal vez no alcanzarás a florecer.



Agua dormida


Quiero saltar al agua para caer al cielo.



Sinfonía de la trilla


Sacude las épicas eras
un loco viento festival.
Ah yeguayeguaa!...
Como un botòn en primavera
se abre un relincho de cristal.

Revienta la espiga gallarda
bajo las patas vigorosas.
Ah yeguayeguaa!...
Por aumentar la zalagarda
trillarían las mariposas!

Maduros trigos amarillos,
campos expertos en donar.
Ah yeguayeguaa!...
Hombres de corazòn sencillo.
Qué más podemos esperar?

Éste es el fruto de tu ciencia,
varòn de la mano callosa.
Ah yeguayeguaa!...
Sòlo por .falta de paciencia
las copihueras no dan rosas!


Sol que cayò a racimos sobre el llano,
ámbar del sol, quiero adorarte en todo:
en el oro del trigo y de las manos
que lo hicieran gavillas y recodos.

Ámbar del sol, quiero divinizarte
en la flor, en el grano y en el vino.
Amor sòlo me alcanza para amarte:
para divinizarte, hazme divino!

Que la tierra florezca en mis acciones
como en el jugo de oro de las viñas,
que perfume: él dolor de mis canciones
como un fruto olvidado en la campiña.

Que trascienda mi carne a sembradura
ávida de brotar por todas partes,
que mis arterias lleven agua pura,
agua que canta Cuando se reparte!

Yo quiero estar desnudo en las gavillas,
pisado por los cascos enemigos,
yo quiero abrirme y entregar semillas
de pan, yo quiero ser de tierra y trigo!

Yo di licores rojos y dolientes
cuando trillò el Amor mis avenidas:
ahora daré licores de vertiente
y aromaré los valles con mi herida.

Campo, dame tus aguas y tus rocas,
entiérrame en tus surcos, o recoge
mi vida en las canciones de tu boca
como un grano de trigo de tus trojes...

Dulcifica mis labios con tus mieles,
campo de los lebreles pastorales!

Perfúmame a manzanas y laureles,
desgráname en los últimos trigales....

Lléname el corazòn de cascabeles,
campo de los lebreles pastorales!


Rechinan por las carreteras
los carros dé vientres fecundos.
Ah yeguayeguaa!...
La llamarada de las eras
es la cabellera del mundo!

Va un grito de bronce removiendo
las bestias que trillan sin tregua
en un remolino tremendo...
Ah yeguayeguaa!...



Playa del sur


La dentellada del mar muerde
la abierta pulpa de la costa
donde se estrella el agua verde
contra la tierra silenciosa.

Parado cielo y lejanía.
El horizonte, como un brazo,
rodea la fruta encendida
del sol cayendo en el ocaso.

Frente a la furia del mar son
inútiles todos los sueños.
Para qué decir la canciòn
de un corazòn que es tan pequeño?

Sin embargo es tan vasto el cielo
y rueda el tiempo, sin embargo.
Tenderse y dejarse llevar
por este viento azul y amargo!...

Desgranado viento del mar,
sigue besándome la cara.
Arrástrame, viento del mar,
adonde nadie me esperara!

A la tierra más pobre y dura
llévame, viento, entre tus alas,
así como llevas a veces
las semillas de las hierbas malas.

Ellas quieren rincones húmedos,
surcos abiertos, ellas quieren
crecer como todas las hierbas:
yo sòlo quiero que me lleves!

Allá estaré como aquí estoy:
adonde vaya estaré siempre
con el deseo de partir
y con las manos en la frente...

Ésa es la pequeña canciòn
arrullada en un vasto sueño.
Para qué decir la canciòn
si el corazòn es tan pequeño?

Pequeño frente al horizonte
y frente al mar enloquecido.
Si Dios gimiera en esta playa
nadie oiría sus gemidos!

A mordiscos de sal y espuma
borra él mar mis últimos pasos...

La marea desata ahora
su cinturòn, en el ocaso.

Y una bandada raya el cielo
como una nube de flechazos...


Mancha en tierras de color


Patio de esta tierra, luminoso patio
tendido a la orilla del río y del mar.

Inclinado sobre la boca del pozo
del fondo del pozo me veo brotar

como en una instantánea de sesenta cobres
distante y movida. Fotògrafo pobre,

el agua retrata mi camisa suelta
y mi pelo de hebras negras y revueltas.

Un alado piño de pájaros sube
como una escalera de seda, una nube.

Y, asomando detrás de la cerca sencilla,
cabeza amarilla, como maravilla,

como el corazòn de la siesta en la trilla,
rubia como el alma de las manzanillas,

veo a veces, gloria del paisaje seco,
la cabeza rubia de Laura Pacheco.


Poema en diez versos


Era mi corazòn un ala viva y turbia
y pavorosa ala de anhelo.

Era primavera sobre los campos verdes.
Azul era la altura y era esmeralda el suelo.

Ella -la que me amaba- se muriò en primavera.
Recuerdo aún sus ojos de paloma en desvelo.

Ella -la que me amaba- cerrò los ojos. Tarde.
Tarde de campo, azul. Tarde de alas y vuelos.

Ella -la que me amaba- se muriò en primavera.
Y se llevò la primavera al cielo.


El pueblo


La sombra de este monte protector y propicio,
como una manta indiana fresca y rural me cubre:
bebo el azul del cielo por mis ojos sin vicio
como un ternero mamá la leche de las ubres.

Al pie de la colina se extiende el pueblo y siento,
sin quererlo, el rodar de los tranways urbanos:
una iglesia se eleva para clavar el viento,
pero el muy vagabundo se le va de las manos.

Pueblo, eres triste y gris. Tienes las calles largas,
y un olor de almacén por tus calles pasea,
El agua de tus pozos la encuentro más amarga.
Las almas de tus hombres me parecen más feas.

No saben la belleza de un surtidor que canta,
ni del que la trasvasa floreciendo un concepto.
Sin detenerse, como el agua en la garganta,
desde sus corazones se va el verso perfecto.

El pueblo es gris y triste. Si estoy ausente pienso
que la ausencia parece que lo acercara a mí.
Regreso, y hasta el cielo tiene un bostezo inmenso.
Y crece en mi alma un odio, como el de antes, intenso.

Pero ella vive aquí.



PELLEAS Y MELISANDA

Melisanda


Su cuerpo es una hostia fina, mínima y leve.
Tiene azules los ojos y las manos de nieve.

En el parque los árboles parecen congelados,
los pájaros en ellos se detienen cansados.

Sus trenzas rubias tocan el agua dulcemente
como dos brazos de oro brotados de la fuente.

Zumba el vuelo perdido de las lechuzas ciegas.
Melisanda se pone de rodillas y ruega.

Los árboles se inclinan hasta tocar su frente.
Los pájaros se alejan en la tarde doliente.

Melisanda, la dulce, llora junto a la fuente.



El encantamiento


Melisanda, la dulce, se ha extraviado de ruta:
Pelleas, lirio azul de un jardín imperial,
se la lleva en los brazos, como un cesto de fruta.


El coloquio maravillado


PELLEAS.
Iba yo por la senda, tú venías por ella,
mi amor cayò en tus brazos, tu amor temblò en los míos.
Desde entonces mi cielo de noche tuvo estrellas
y para recogerlas se hizo tu vida un río.
Para ti cada roca que tocarán mis .manos
ha de ser manantial, aroma, fruta y flor.
MELISANDA
Para ti cada espiga debe apretar su grano
y en cada espiga debe, desgranarse mi amor.
PELLEAS.
Me impedirás, en cambio, que yo mire la senda
cuando llegue la muerte para dejarla trunca.
MELISANDA
Te cubrirán mis ojos como una doble venda.
PELLEAS.
Me hablarás de un camino que no termine nunca.
La música que escondo para encantarse huye
lejos de la canciòn que borbota y resalta:
como una vía láctea desde mi pecho fluye.
MELISANDA.
En tus brazos se enredan las estrellas más altas.
Tengo miedo. Perdòname no haber llegado antes.
PELLEAS.
Una sonrisa tuya borra todo un pasado:
guarden tus labios dulces lo que ya está distante.
MELISANDA. . .
En un beso sabrás todo lo que he callado.
PELLEAS.
Tal vez no sepa entonces conocer tu caricia,
porque en las venas mías tu ser se habrá fundido.
MELISANDA. .
Cuando yo muerda un fruto tú sabrás su delicia.
PELLEAS.
Cuando cierres los ojos me quedare dormido.


La cabellera


Pesada, espesa y rumorosa,
en la ventana del castillo
la cabellera de la Amada
es un lampadario amarillo.

-Tus manos blancas, en mi boca.
-Mi frente en tu frente lunada.
Pelleas, ebrio, tambalea
bajo la selva perfumada.

-Melisanda, un lebrel aúlla
por los caminos de la aldea.
-Siempre que aúllan los lebreles
me muero de espanto, Pelleas.

-Melisanda, un corcel galopa
cerca del bosque de laureles.
-Tiemblo, Pelleas, en la noche
cuando galopan los corceles.

-Pelleas, alguien me ha tocado
la sien con una mano fina.
-Sería un beso de tu amado
o el ala de una golondrina.

En la ventana del castillo
es un lampadario amarillo
la milagrosa cabellera. .

Ebrio, Pelleas enloquece:
su corazòn también quisiera
ser una boca que la besa.


La muerte de Melisanda


A la sombra, de los laureles
Melisanda se está muriendo.

Se morirá su cuerpo leve.
Enterrarán su dulce cuerpo.

Juntarán sus manos de nieve.
Dejarán sus ojos abiertos

para que alumbren a Pelleas
hasta después que se haya muerto.

A la sombra de los laureles
Melisanda muere en silencio.

Por ella llorará la fuente
un llanto trémulo y eterno.

Por ella orarán los cipreses
arrodillados bajo el viento.

Habrá galope de corceles,
lunarios ladridos de perros.

A la sombra de los laureles
Melisanda se está muriendo.

Por ella el sol en el Castillo
se apagará como un enfermo.

Por ella morirá Pelleas
cuando la lleven al entierro.

Por ella vagará de noche,
moribundo por los senderos.

Por ella pisará las rosas,
perseguirá las mariposas
y dormirá en los cementerios.

Por ella, por ella, por ella
Pelleas, el príncipe, ha muerto.



Canciòn de los amantes muertos


Ella era bella y era buena.

Perdònala, Señor!

Él era dulce y era triste.

Perdònalo, Señor!

Se dormía en sus brazos blancos
como una abeja en una flor.

Perdònalo, Señor!

Amaba las dulces canciones,
ella era una dulce canciòn!

Perdònala, Señor!

Cuando hablaba era como si alguien
hubiera llorado en su voz.

Perdònalo, Señor!

Ella decía: "Tengo miedo.
Oigo una voz en lo lejano".

Perdònala, Señor!

Él decía: -"Tu pequeñita
mano en mis labios".

Perdònalo, Señor!

Miraban juntos las estrellas.
No hablaban de amor.

Cuando moría uña mariposa
lloraban los dos.

Perdònalos, Señor!

Ella era bella y era buena.
Él era dulce y era triste.
Murieron del mismo dolor.

Perdònalos,
Perdònalos,

Perdònalos, Señor!



FINAL


Fueron creadas por mí estas palabras
con sangre mía, con dolores míos
fueron creadas!
Yo lo comprendo, amigos, yo lo comprendo todo.
Se mezclaron voces ajenas a las mías,
yo lo comprendo, amigos!

Como si yo quisiera volar y a mí llegaran
en ayuda las alas de las aves,
todas las alas,
así vinieron estas palabras extranjeras
a desatar la oscura ebriedad de mi alma.

Es el alba, y parece
que no se me apretaran las angustias
en tan terribles nudos en torno a la garganta.
Y sin embargo,
fueron creadas
con sangre mía, con dolores míos,
fueron creadas por mí estas palabras!

Palabras para la alegría
cuando era mi corazòn
una corola de llamas,
palabras del dolor que clava,
de los instintos que remuerden,
de los impulsos que amenazan,
de los infinitos deseos,
de las inquietudes amargas,
palabras del amor, que en mi vida florecen
como una tierra roja llena de umbelas blancas.

No cabían en mí. Nunca cupieron.
De niño mi dolor fue grito
y mi alegría fue silencio.

Después los ojos
olvidaron las lágrimas
barridas por el viento del corazòn de todos.

Ahora, decidme, amigos,
dònde esconder aquella aguda
furia de los sollozos.

Decidme, amigos, dònde
esconder el silencio, para que nunca nadie
lo sintiera con los oídos o con los ojos.

Vinieron las palabras, y mi corazòn,
incontenible como un amanecer,
se rompiò en las palabras y se apegò a su vuelo,
y en sus fugas heroicas lo llevan y lo arrastran,
abandonado y loco, y olvidado bajo ellas
como un pájaro muerto, debajo de sus alas.


El hondero entusiasta [1923-1924]


1

Hago girar mis brazos como dos aspas locas...
en la noche toda ella de metales azules.

Hacia donde las piedras no alcanzan y retornan.
Hacia donde los fuegos oscuros se confunden.
Al pie de las murallas que el viento inmenso abraza.
Corriendo hacia la muerte como un grito hacia el eco.

El lejano, hacia donde ya no hay más que la noche
y la ola del designio, y la cruz del anhelo.
Dan ganas de gemir el más largo sollozo.
De bruces frente al muro que azota el viento inmenso.

Pero quiero pisar más allá de esa huella:
pero quiero voltear esos astros de fuego:
lo que es mi vida y es más allá de mi vida,
eso de sombras duras, eso de nada, eso de lejos:
quiero alzarme en las últimas cadenas que me aten,
sobre este espanto erguido, en esta ola de vértigo,
y echo mis piedras trémulas hacia este país negro,
solo, en la cima de los montes,
solo, como el primer muerto,
rodando enloquecido, presa del cielo oscuro
que mira inmensamente, como el mar en los puertos.

Aquí, la zona de mi corazòn,
llena de llanto helado, mojada en sangres tibias.
Desde él, siento saltar las piedras que me anuncian.
En él baila el presagio del humo y la neblina.
Todo de sueños vastos caídos gota a gota.
Todo de furias y olas y mareas vencidas.
Ah, mi dolor, amigos, ya no es dolor de humano.

Ah, mi dolor, amigos, ya riò cabe en mi vida.
Y en él cimbro las hondas que van volteando estrellas!
Y en él suben mis piedras en la noche enemiga!
Quiero abrir en los muros una puerta. Eso quiero.
Eso deseo. Clamo. Grito. Lloro. Deseo.
Soy el más doloroso y el más débil. Lo quiero.
El lejano, hacia donde ya no hay más que la noche.

Pero mis hondas giran. Estoy. Grito. Deseo.
Astro por astro, todos fugarán en astillas.
Mi. fuerza es mi dolor, en la noche. Lo quiero.
He de abrir esa puerta. He de cruzarla. He de vencerla.
Han de llegar mis piedras. Grito. Lloro. Deseo.

Sufro, sufro y deseo. Deseo, sufro y canto.
Río de viejas vidas, mi voz salta y se pierde.
Tuerce y destuerce largos collares aterrados.
Se hincha como una vela en el viento celeste.
Rosario de la angustia, yo no soy quien lo reza.
Hilo desesperado, yo no soy quien lo tuerce.
El salto de la espada a pesar de los brazos.
El anuncio en estrellas de la noche que viene.
Soy yo: pero es mi voz la existencia que escondo.
El temporal de aullidos y lamentos y fiebres.
La dolorosa sed que hace pròxima el agua.
La resaca invencible que me arrastra a la muerte.;

Gira mi brazo entonces, y centellea mi alma.
Se trepan los temblores a la cruz de mis cejas.
He aquí mis brazos fieles! He aquí mis manos ávidas!
He aquí la noche absorta! Mi alma grita y desea!
He aquí los astros pálidos todos llenos de enigma!
He aquí mi sed que aulla sobre mi voz ya muerta!
He aquí los cauces locos que hacen girar mis hondas!
Las voces infinitas que preparan mi fuerza!
Y doblado en un nudo de anhelos infinitos,
en la infinita noche, suelto y suben mis piedras.

Más allá de esos muros, de esos límites, lejos.
Debo pasar las rayas de la lumbre y la sombra.
Por qué no he de ser yo? Grito. Lloro. Deseo.
Sufro, sufro y deseo. Cimbro y zumban mis hondas.
El viajero que alargue su viaje sin regreso.
El hondero que trice la frente de la sombra.
Las piedras entusiastas que hagan parir la noche.
La flecha, la centella, la cuchilla, la proa.
Grito. Sufro. Deseo. Se alza mi brazo, entonces,
hacia la noche llena de estrellas en derrota.

He aquí mi voz extinta. He aquí mi alma caída.
Los esfuerzos baldíos. La sed herida y rota.
He aquí mis piedras ágiles que vuelven y me hieren.
Las altas luces blancas que bailan y se extinguen.
Las húmedas estrellas absolutas y absortas.
He aquí las mismas piedras que alzò mi alma en combate.
He aquí la misma noche desde donde retornan.

Soy el más doloroso y el más débil. Deseo.
Deseo, sufro, caigo. El viento inmenso azota.
Ah, mi dolor, amigos, ya no es dolor de humano!
Ah, mi dolor, amigos, ya no cabe en la sombra!
En la noche toda ella de astros fríos y errantes,
hago girar mis brazos como dos aspas locas.


2

Es como una marea, cuando ella clava en mí
sus ojos enlutados,
cuando siento su cuerpo de greda blanca y mòvil
estirarse y latir junto al mío,
es còmo una marea, cuando ella está a mi lado.

He visto tendido frente a los mares del Sur,
arrollarse las aguas y extenderse inconteniblemente,
fatalmente
en las mañanas y al atardecer.

Agua de las resacas sobre las viejas huellas,
sobre los viejos rastros, sobre las viejas cosas,
agua de las resacas que desde las estrellas
se abre como una inmensa rosa,
agua que va avanzando sobre las playas como
una mano atrevida debajo de una ropa,
agua internándose en los acantilados,
agua estrellándose en las rocas,
agua implacable como los vengadores
y como los asesinos silenciosa,
agua de las noches siniestras
debajo de los muelles como una vena rota,
como el corazòn del mar
en una irradiaciòn temblorosa y monstruosa.

Es algo que me lleva desde adentro y me crece
inmensamente pròximo, cuando ella está a mi lado,
es còmo una marea rompiéndose, en sus ojos
y besando su boca, sus senos y sus manos.

Ternura de dolor, y dolor de imposible,
ala de los terribles deseos,
que se mueve en la noche de mi carne y la suya
con una aguda fuerza de flechas en el cielo.

Algo de inmensa huida,
que no se va, que araña adentro,
algo que en las palabras cava tremendos pozos,
algo que contra todo se estrella, contra todo,
como los prisioneros contra los calabozos!

Ella, tallada en el corazòn de la noche,
por la inquietud de mis ojos alucinados:
ella, grabada en los maderos del bosque
por los cuchillos de mis manos,
ella, su goce junto al mío,
ella, sus ojos enlutados,
ella, su corazòn, mariposa sangrienta
que con sus dos antenas de instinto me ha tocado!

No cabe en esta estrecha meseta de mi vida!
Es como un viento desatado!

Si mis palabras clavan apenas como agujas
debieran desgarrar como espadas o arados!

Es como una marea que me arrastra y me dobla,
es como una marea, cuando ella está a mi lado!


3

Eres toda de espumas delgadas y ligeras
y te cruzan los besos y te riegan los días.
Mi gesto, mi ansiedad cuelgan de tu mirada.
Vaso de resonancias y de estrellas cautivas,
Estoy cansado: todas las hojas caen, mueren.
Caen, mueren los pájaros. Caen, mueren las vidas.
Cansado, estoy cansado. Ven, anhélame, víbrame.
Oh, mi pobre ilusiòn, mi guirnalda encendida!
El ansia cae, muere. Cae, muere el deseo.
Caen, mueren las llamas en la noche infinita.

Fogonazo de luces, paloma de gredas: rubias,
líbrame dé esta noche que acosa y aniquila.

Sumérgeme en tu nido de vértigo y caricia.
Anhélame, retiéneme.

La embriaguez a la sombra florida de tus ojos,
las caídas, los triunfos, los saltos de la fiebre.
Ámame, ámame, ámame.
De pie te grito! Quiéreme.
Rompo mi voz gritándote y hago horarios de fuego
en la noche preñada de estrellas y lebreles.
Rompo mi voz y grito. Mujer, ámame, anhélame.
Mi voz arde en los vientos, mi voz que cae y muere.

Cansado. Estoy cansado. Huye. Aléjate. Extínguete.
No aprisiones mi estéril cabeza entre tus manos.
Que me crucen la frente los látigos del hielo.
Que mi inquietud se azote con los vientos atlánticos.
Huye. Aléjate. Extínguete. Mi. alma debe estar sola.
Debe crucificarse, hacerse astillas, rodar, verterse, contaminarse sola,
abierta a la marea de los llantos,
ardiendo en el ciclòn de las furias,
erguida entre los cerros y los pájaros,
aniquilarse, exterminarse sola,
abandonada y única como un faro de espanto.

4

Siento tu ternura allegarse a mi tierra,
acechar la mirada de mis ojos, huir,
la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora
de mi silencio absorto y de mi afán de ti.
Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan.
Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha.
Siento que se me suben los musgos de tu pena
y me crecen a tientas en el alma infinita.

Era esto el abandono, y lo sabías,
era la guerra oscura del corazòn y todos,
era la queja rota de angustias conmovidas,
y la ebriedad, y el deseò, y el dejarse ir,
y era eso mi vida,
era eso que el agua de tus ojos llevaba,
era eso que en el hueco de tus manos cabía.

Ah, mariposa mía y arrullo de paloma,
ah vaso, ah estero, ah compañera mía!
Te llegò mi reclamo, dímelo, te llegaba,
en las abiertas noches de estrellas frías
ahora, en el otoño, en el baile amarillo
de los vientos hambrientos y las hojas caídas?

Dímelo, te llegaba,
aullando o còmo, o sollozando,
en la hora de la sangre fermentada
cuando la tierra crece y se cimbra latiendo
bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar?

Dímelo, me sentiste
trepar hasta tu forma por todos los silencios,
y todas las palabras?
Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dònde.
Es más allá de tí. Lo comprendes, hermana?
Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos
y ruedan las estrellas antes de mi mirada.

Siento que soy la aguja de una infinita flecha,
y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca,
tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno,
goteando en cada tierra sollozos y preguntas.

Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío,
lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda,
hela aquí que me llena los miembros de abandono,
hela aquí, tu ternura,
amarrándose a las mismas raíces,
madurando en la misma caravana de frutas,
y saliendo de tu alma rota bajo, mis dedos
como el licor del vino del centro de la uva.


5

Amiga, no te mueras.
Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,
y que nadie diría si yo no las dijera.

Amiga, no te mueras.

Yo soy el que te espera en la estrellada noche.
El que bajo el sangriento sol poniente te espera.

Miro caer los frutos en la tierra sombría.
Miro bailar las gotas del rocío en las hierbas.

En la noche al espeso perfume del las rosas,
cuando danza la ronda de las sombras inmensas.

Bajo el cielo del sur, el que te espera cuando
el aire de la tarde como una boca besa.

Amiga, no te mueras.

Yo soy el que cortò las guirnaldas rebeldes
para el lecho selvático fragante a sol y a selva.
El que trajo en los brazos jacintos amarillos.
Y rosas desgarradas. Y amapolas sangrientas.

El que cruzò los brazos por esperarte, ahora.
El que quebrò sus arcos. El que doblò sus flechas.

Yo soy el que en los labios guarda sabor de uvas.
Racimos refregados. Mordeduras bermejas.

El que te llama desde las llanuras brotadas.
Yo soy el que en la hora del amor te desea.

El aire de la tarde cimbra las ramas altas.
Ebrio, mi corazòn, bajo Dios, tambalea.

El río desatado rompe a llorar y a veces
se adelgaza su voz y se hace pura y trémula..

Retumba, atardecida, la queja azul del agua.
Amiga, no te mueras!

Yo soy el que te espera en la estrellada noche,
sobre las playas áureas, sobre las rubias eras.

El que cortò jacintos para tu lecho, y rosas.
Tendido entre las, hierbas yo soy el que te espera!



6

Déjame sueltas las manos
y el corazòn, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasiòn -sangre, fuego, besos -
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, tú no sabes lo que es esto!
Es la tempestad de mis sentidos
doblegando la selva sensible de mis nervios.
Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!
Es el incendio!
Y estás aquí, mujer, como un madero intacto
ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas
hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!

Déjame libres las manos
y el corazòn, déjame libre!

Yo sòlo te deseò, yo sòlo te deseo!
No es amor, es deseo que se agosta
y se extingue, es precipitaciòn de furias,
acercamiento de lo imposible,
pero estás tú,
estás para dármelo todo,
y a darme lo que tienes a la tierra viniste -
como yo para contenerte,
y desearte,
y recibirte!



7

Alma mía! Alma mía! Raíz de mi sed viajera,
gota de luz que espanta los asaltos del mundo.
Flor mía. Flor de mi alma. Terreno de mis besos.
Campanada de lágrimas. Remolino de arrullos.
Agua viva que escurre su queja entre mis dedos.
Azul y alada como los pájaros y el humo.
Te pariò mi nostalgia, mi sed, mi ansia, mi espanto.
Y estallaste en mis brazos como en la flor el fruto.

Zona de sombra, línea delgada y pensativa.
Enredadera crucificada sobre un muro.
Canciòn, sueño, destino. Flor mía, flor de mi alma.
Aletazo de sueño, mariposa, crepúsculo.

En la alta noche mi alma se tuerce y se destroza.
La castigan los látigos del sueño y la socavan.
Para esta inmensidad ya no hay nada en la tierra.
Ya no hay nada.
Se revuelven las sombras y se derrumba todo.
Caen sobre mis ruinas las vigas de mi alma.

No lucen los luceros acerados y blancos.
Todo se rompe y cae. Todo se borra y pasa,
Es el dolor que aúlla como un loco en un bosque.
Soledad de la noche. Soledad de mi alma.
El grito, el alarido. Ya no hay nada en la tierra!
La furia que amedrenta los cantos y las lágrimas.
Sòlo la sombra estéril partida por mis gritos.
Y la pared del cielo tendida contra mi alma!

Eres. Entonces eres y te buscaba entonces.
Eres labios de beso, fruta de sueños, todo.
Estás, eres y te amo! Te llamo y me respondes!
Luminaria de luna sobre los campos solos.
Flor mía, flor de mi alma, qué más para esta vida!
Tu voz, tu gesto pálido, tu ternura, tus ojos.
La delgada caricia que te hace arder entera.
Los dos brazos que emergen como juncos de asombro.
Todo tu cuerpo ardido de blancura en el vientre.
Las piernas perezosas. Las rodillas. Los hombros.
La cabellera de alas negras que van volando.
Las arañas oscuras del pubis en reposo.



8

Llénate de mí.
Ansíame, agòtame, viérteme, sacrifícame.
Pídeme. Recògeme, condéneme, ocúltame.
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora.
Soy el que pasò saltando sobre las cosas,
el fugante, el doliente.

Pero siento tu hora,
la hora de que mi vida gotee sobre tu alma,
la hora de las ternuras que no derramé nunca,
la hora de los silencios que no tienen palabras,
tu hora, alba de sangre que me nutriò de angustias,
tu hora, medianoche que me fue solitaria.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.
No, no quiero ser esto.
Ayúdame a romper estas puertas inmensas.
Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
Así crucificaron mi dolor una tarde.

Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.
Mi corazòn no debe callar hoy. o mañana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metales, de raíces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Entonces gritaría, lloraría, gemiría.
No puede ser, no puede ser.
Quién iba a romper esta vibraciòn de mis alas?
Quién iba a exterminarme? Qué designio, qué palabra?
No puede ser, no puede ser, no puede ser.
Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.
De mi pelea oscura contra mí mismo, fuiste.
Tienes de mí ese sello de avidez no saciada.
Desde que yo los miro tus ojos son más tristes.
Vamos juntos. Rompamos este camino juntos.
Seré la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.
Ansíame, agòtame, viérteme, sacrifícame.
Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
inundando las tierras como un río terrible,
desatando estos nudos, ah Dios mío, estos nudos,
destrozando,
quemando,
arrasando
como una lava loca lo que existe,
correr fuera de mí mismo, perdidamente,
libre de mí, furiosamente libre.
Irme,
Dios mío,
irme!



9

Canciòn del macho y de la hembra!
La fruta de los siglos
exprimiendo su jugo
en nuestras venas.

Mi alma derramándose en tu carne extendida
para salir de ti más buena,
el corazòn desparramándose,
estirándose como una pantera,
y mi vida, hecha astillas, anudándose
a ti como la luz a las estrellas!

Me recibes
como al viento la vela.

Te recibo
como el surco a la siembra.

Duérmete sobre mis dolores
si mis dolores no te queman,
amárrate a mis alas,
acaso mis alas te llevan,
endereza mis deseos,
acaso te lastima su pelea.

Tú eres lo único que tengo
desde que perdí mi tristeza!
Desgárrame como una espada
o táctame como una antena!

Bésame,
muérdeme,
incendíame,
que yo vengo a la tierra
sòlo por el naufragio de mis ojos de macho
en el agua infinita de tus ojos de hembra!


10

Esclava mía, témeme. Ámame. Esclava mía!
Soy contigo el ocaso más vasto de mi cielo,
y en él despunta mi alma como una estrella fría.
Cuando de ti se alejan vuelven a mí mis pasos.
Mi propio latigazo cae sobre mi vida.
Eres lo que está dentro de mí y está lejano.
Huyendo como un coro de nieblas perseguidas.
Junto a mí, pero dònde? Lejos, lo que está lejos.
Y lo que estando lejos bajo mis pies camina.
El eco de la voz más allá del silencio.
Y lo que en mi alma crece como el musgo en las ruinas.



11

Sed de ti que me acosa en las noches hambrientas.
Trémula mano roja que hasta su vida se alza.
Ebria de sed, loca sed, sed de selva en sequía.
Sed de metal ardiendo, sed de raíces ávidas.
Hacia dònde, en las tardes que no vayan tus ojos
en viaje hacia mis ojos, esperándote entonces.

Estás llena de todas las sombras que me acechan.
Me sigues como siguen los astros a la noche.
Mi madre me dio lleno de preguntas agudas.
Tú las contestas todas. Eres llena de voces.
Ancla blanca que cae sobre el mar que cruzamos.
Surco para la turbia semilla de mi nombre.
Que haya una tierra mía que no cubra tu huella.
Sin tus ojos viajeros, en la noche, hacia dònde.
Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.
Còmo poder no amarte si he de amarte por eso.
Si ésa, es la amarra còmo poder cortarla, còmo.
Còmo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.
Sed de ti, sed de ti, guirnalda atroz y dulce.
Sed dé ti que en las noches me muerde como un perro.
Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.
La boca tiene sed, para qué están tus besos.
El alma está incendiada de estas brasas que te aman.
El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.
De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.
Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.


12

Es cierto, amada mía, hermana mía, es cierto!
Como las bestias grises que en los potreros pastan,
y en los potreros se aman, como las bestias grises!

Como las castas ebrias que poblaron la tierra
matándose y amándose, como las castas ebrias!

Como el latido de las corolas abiertas
dividiendo la joya futura de la siembra,
como el latido de las corolas abiertas!

Empujado por los designios de la tierra
como una ola en el mar hacia ti va mi cuerpo
y tú en tu carne, encierras
las pupilas sedientas con que miraré cuando
estos ojos que tengo se me llenen de tierra.



Veinte poemas de amor y una canciòn desesperada
[1923-1924]
Veinte poemas de amor y una canciòn desesperada


LOS VEINTE POEMAS

1

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasiòn poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.


2

En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.

Muda, mi amiga,
sola en lo solitario de esta hora de muertes
y llena de las vidas del fuego,
pura heredera del día destruido.

Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro.
De la noche las grandes raíces
crecen de súbito desde tu alma,
y a lo exterior regresan las cosas en ti ocultas,
de modo que un pueblo pálido y azul
de ti recién nacido se alimenta.

Oh grandiosa y fecunda y magnética esclava
del círculo que en negro y dorado sucede:
erguida, trata y logra una creaciòn tan viva
que sucumben sus flores, y llena es de tristeza.


3

Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose,
lento juego de luces, campana solitaria,
crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca,
caracola terrestre, en ti la tierra canta!

En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye
como tú lo desees y hacia donde tú quieras.
Márcame mi camino en tu arco de esperanza
y soltaré en delirio mi bandada de flechas.

En torno a mí estoy viendo tu cintura de niebla
y tu silencio acosa mis horas perseguidas,
y eres tú con tus brazos de piedra transparente
donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida.

Ah tu voz misteriosa que el amor tiñe y dobla
en el atardecer resonante y muriendo!
Así en horas profundas sobre los campos he visto
doblarse las espigas en la boca del viento.


4

Es la mañana llena de tempestad
en el corazòn del verano.

Como pañuelos blancos de adiòs viajan las nubes,
el viento las sacude con sus viajeras manos.

Innumerable corazòn del viento
latiendo sobre nuestro silencio enamorado.

Zumbando entre los árboles, orquestal y divino,
como una lengua llena de guerras y de cantos.

Viento que lleva en rápido robo la hojarasca
y desvía las flechas latientes de los pájaros.

Viento que la derriba en ola sin espuma
y sustancia sin peso, y fuegos inclinados.

Se rompe y se sumerge su volumen de besos
combatido en la puerta del viento del verano.


5

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.

Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sigúeme.
Sigúeme, compañera, en esa ola de angustia.

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.



6

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazòn en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas, caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazòn de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en. calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.


7

Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.

Allí se estira y arde en la más alta hoguera
mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.

Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes
que olean como el mar a la orilla de un faro.

Sòlo guardas tinieblas, hembra distante y mía,
de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

Inclinado en las tardes echo mis tristes redes
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos.

Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas
que centellean como mi alma cuando te amo.

Galopa la noche en su yegua sombría
desparramando espigas azules sobre el campo.


8

Abeja blanca zumbas -ebria de miel- en mi alma
y ye tuerces en lentas espirales de humo.

Soy el desesperado, la palabra sin ecos,
el que lo perdiò todo, y el que todo lo tuvo.

Última amarra, cruje en ti mi ansiedad última.
En mi tierra desierta eres la última rosa.

Ah silenciosa!

Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche.
Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa.

Tienes ojos profundos donde la noche alea.
Frescos brazos de flor y regazo de rosa.

Se parecen tus senos a los caracoles blancos.
Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra.

Ah silenciosa!

He aquí la soledad de donde estás ausente.
Llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas.

El agua anda descalza por las calles mojadas.
De aquel árbol se quejan, como enfermos, las hojas.

Abeja blanca, ausente, aún zumbas en mi alma.
Revives en el tiempo, delgada y silenciosa.

Ah silenciosa!


9

Ebrio de trementina y largos besos,
estival, el velero de las rosas dirijo,
torcido hacia la muerte del delgado día,
cimentado en el sòlido frenesí marino.

Pálido y amarrado a mi agua devorante
cruzo en el agrio olor del clima descubierto,
aún Vestido de gris y sonidos amargos,
y una cimera triste de abandonada espuma.

Voy, duro de pasiones, montado en mi ola única,
lunar, solar, ardiente y frío, repentino,
dormido en la garganta de las afortunadas
islas blancas y dulces como caderas frescas.

Tiembla en la noche húmeda mi vestido de besos
locamente cargado de eléctricas gestiones,
de modo heroico dividido en sueños
y embriagadoras rosas practicándose en mí.

Aguas arriba, en medio de las olas externas,
tu paralelo cuerpo se sujeta en mis brazos
como un pez infinitamente pegado a mi alma
rápido y lento en la energía subceleste.


10

Hemos perdido aun este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.

Entonces, dònde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?

Cayò el libro que siempre sé toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodò a mis pies mi capa.

Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.


11

Casi fuera del cielo ancla entre dos montañas
la mitad de la luna.
Girante, errante noche, la cavadora de ojos.
A ver cuántas estrellas trizadas en la charca.

Hace una cruz de luto entre mis cejas, huye.
Fragua de metales azules, noches de las calladas luchas,
mi corazòn da vueltas como un volante loco.
Niña venida de tan lejos, traída de tan lejos,
a veces fulgurece su mirada debajo del cielo.
Quejumbre, tempestad, remolino de furia,
cruza encima de mi corazòn, sin detenerte.
Viento de los sepulcros acarrea, destroza, dispersa tu raíz
soñolienta.
Desarraiga los grandes árboles al otro lado de ella.
Pero tú, clara niña, pregunta de humo, espiga.
Era la que iba formando el viento con hojas iluminadas.
Detrás de las montañas nocturnas, blanco lirio de incendio,
ah nada puedo decir! Era hecha de todas las cosas.

Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos,
es hora dé seguir otro camino, donde ella no sonría.
Tempestad que enterrò las campanas, turbio revuelo de
tormentas
para qué tocarla ahora, para qué entristecerla.

Ay seguir el camino que se aleja de todo,
donde no esté atajando la angustia, la muerte, el invierno,
con sus ojos abiertos entre el rocío.


12

Para mi corazòn hasta tu pecho,
para tu libertad bastan mis alas.
Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusiòn de cada día.
Llegas como el rocío a las corolas.
Socavas el horizonte con tu ausencia.
Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento
como los pinos y como los mástiles.
Como ellos eres alta y taciturna.
Y entristeces de pronto, como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.
Te pueblan ecos y voces nostálgicas.
Yo desperté y a veces emigran y huyen
pájaros que dormían en tu alma.


13

He ido marcando con cruces de fuego
el atlas blanco de tu cuerpo.
Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.

Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste.
Un cisne, un árbol, algo lejano y alegre.
El tiempo de las uvas, el tiempo maduro y frutal.

Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
La soledad cruzada de sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y la tristeza.
Callado, delirante, entre dos gondoleros inmòviles.

Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
Así como las redes no retienen el agua.
Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.
Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.
Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
Oh poder celebrarte con todas las palabras de alegría.
Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco.
Triste ternura mía, qué te haces de repente?
Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
mi corazòn se cierra como una flor nocturna.


14

Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.

A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte còmo eras entonces, cuando aún no existías.

De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.

Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sòlo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corriò una sombra extraña por tus

Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras él viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.
Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.

15

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y té pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.


16
Paráfrasis a R. Tagore

En mi cielo al crepúsculo eres como una nube
y tu color y forma son como yo los quiero.
Eres mía, eres mía, mujer de labios dulces,
y viven en tu vida mis infinitos sueños.

La lámpara de mi alma te sonrosa los pies,
el agrio vino mío es más dulce en tus labios:
oh segadora de mi canciòn de atardecer,
còmo te sienten mía mis sueños solitarios!

Eres mía, eres mía, voy gritando en la brisa
de la tarde, y el viento arrastra mi voz viuda.
Cazadora del fondo de mis ojos, tu robo
estanca como el agua tu mirada nocturna.

En la red de mi música estás presa, amor mío,
y mis redes de música son anchas como el cielo.
Mi alma nace a la orilla de tus ojos de luto.
En tus ojos de luto comienza el país del sueño.


17

Pensando, enredando sombras en la profunda soledad.
Tú también estás lejos, ah más lejos que nadie.
Pensando, soltando pájaros, desvaneciendo imágenes,
enterrando lámparas.
Campanario de brumas, qué lejos, allá arriba!
Ahogando lamentos, moliendo esperanzas sombrías,
molinero taciturno,
se te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad.

Tu presencia es ajena, extraña a mí como una cosa.
Pienso, camino largamente, mi vida antes de ti.
Mi vida antes de nadie, mi áspera vida.
El grito frente al mar, entre las piedras,
corriendo libre, loco, en el vaho del mar.
La furia triste, el grito, la soledad del mar.
Desbocado, violento, estirado hacia el cielo.

Tú, mujer, qué eras allí, qué raya, qué varilla
de ese abanico inmenso? Estabas lejos como ahora.
Incendio en el bosque! Arde en cruces azules.
Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz.
Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio.

Y mi alma baila herida de virutas de fuego.
Quién llama? Qué silencio poblado de ecos?
Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad,
hora mía entre todas!

Bocina en que el viento pasa cantando.
Tanta pasiòn de llanto anudada a mi cuerpo.
Sacudida de todas las raíces,
asalto de todas las olas!
Rodaba, alegre, triste, interminable, mi alma.

Pensando, enterrando lámparas en la profunda soledad.
Quién eres tú, quién eres ?


18

Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Éste es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.


19

Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,
el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,
hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos
y tu boca que tiene la sonrisa del agua.

Un sol negro y ansioso se te arrolla en las hebras
de la negra melena, cuando estiras los brazos.
Tú juegas con el sol como con un estero
y él te deja en los ojos dos oscuros remansos.

Niña morena y ágil, nada hacia ti me acerca.
Todo de ti me aleja, como del mediodía.
Eres la delirante juventud de la abeja,
la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga.

Mi corazòn sombrío te busca, sin embargo,
y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada.
Mariposa morena dulce y definitiva,
como el trigal y el sol, la amapola y el agua.


20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Còmo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazòn la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.



LA CANCIÓN DESESPERADA


Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
El río anuda al mar su lamento obstinado.

Abandonado como los muelles en el alba.
Es la hora de partir, oh abandonado!

Sobre mi corazòn llueven frías corolas.
Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

Todo te lo tragaste, como la lejanía.
Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio!

Era la alegre hora del asalto y el beso.
La hora del estupor que ardía como un faro.

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!

En la infancia de niebla mi alma alada y herida.
Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
Te tumbò la tristeza, todo en ti fue naufragio!

Hice retroceder la muralla de sombra,
anduve más allá del deseo y del acto.

Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,
a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

Como un vaso albergaste la infinita ternura,
y el infinito olvido te trizò como a un vaso.

Era la negra, negra soledad de las islas,
y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.
Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

Ah mujer, no sé còmo pudiste contenerme
en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,
aún los racimos arden picoteados de pájaros.

Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

Oh la còpula loca de esperanza y esfuerzo
en que nos anudamos y nos desesperamos.

Y la ternura, leve como el agua y la harina.
Y la palabra apenas comenzada en los labios.

Ése fue mi destino y en él viajò mi anhelo,
y en él cayò mi anhelo, todo en ti fue naufragio!

Oh sentina de escombros, en ti todo caía,
qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste
de pie como un marino en la proa de un barco.

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.
Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

Pálido buzo ciego, desventurado hondero,
descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Es la hora de partir, la dura y fría hora
que la noche sujeta a todo horario.

El cínturòn ruidoso del mar ciñe la costa.
Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

Abandonado como los muelles en el alba.
Sòlo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

Es la hora de partir. Oh abandonado!



tentativa del hombre infinito
[1925]



HOGUERAS


pálidas revolviéndose al borde de las noches
corren humos difuntos polvaredas invisibles

fraguas negras durmiendo detrás de los cerros anochecidos
la tristeza del hombre tirada entre los brazos del sueño

ciudad desde los cerros en la noche los segadores duermen
debatida a las últimas hogueras
pero estás allí pegada a tu horizonte
como una lancha al muelle lista pafa zarpar lo creo
antes del alba

árbol de estertor candelabro de llamas viejas
distante incendio mi corazòn está triste

sòlo una estrella inmòvil su fòsforo azul
los movimientos de la nuche aturden hacia el cielo



CIUDAD


desde los cerros entre la noche de hojas
mancha amarilla su rostro abre la sombra
mientras tendido sobre el pasto deletreo
ahí pasan ardiendo sòlo yo vivo

tendido sobre el pasto mi corazòn está triste
la luna azul araña trepa inunda

emisario ibas alegre en latarde que caía
el crepúsculo rodaba apagando flores

tendido sobre el pasto hecho de tréboles negros
y tambalea sòlo su pasiòn delirante



OH


matorrales crespos adonde el sueño avanza trenes
oh montòn de tierra entusiasta donde de pie sollozo
vértebras de la noche agua tan lejos viento intranquilo rompes.
también estrellas crucificadas detrás de la montaña
alza su empuje un ala pasa un vuelo oh noche sin llaves
oh noche mía en mi hora en mi hora furiosa y doliente
eso me levantaba como la ola al alga
acoge mi corazòn desventurado
cuando rodeas los animales del sueño
crúzalo con tus vastas correas de silencio
está a tus pies esperando una partida
porque lo pones cara a cara a ti misma noche de hélices negras
y que toda fuerza en él sea fecunda
atada al cielo con estrellas de lluvia
procrea tú amárrate a esa proa minerales azules
embarcado en ese viaje nocturno
un hombre de veinte años sujeta uña rienda frenética
es el que él quería ir a la siga de la noche
entre sus manos ávidas el viento sobresalta



ESTRELLA


retardada entre la noche gruesa
los días de altas velas
como entre tú y tu sombra
se acuestan las vacilaciones
embarcadero de las dudas bailarín
en el hilo sujetabas crepúsculos
tenías en secreto un muerto
como un camino solitario
divisándote entonces resaltan las audaces
te trepas a las luces emigrando
quién recoge el cordel vacíos
malecones y la niebla
tu espigòn de metales dolientes
de bruces al borde de las aguas
el tiempo persiguiéndote
la noche de esmeraldas y molinos
se da vueltas la noche de esmeraldas y molinos
qué deseas ahora estás solo centinela
corrías a la orilla del país buscándolo
como el sonámbulo al borde de su sueño

aproxímate cuando las campanas fe despierten
ataja las temperaturas con esperanzas y dolores



TUERZO


esta hostil maleza mecedora de los pájaros
emisario distraído oh soledad quiero cantar

soledad de tinieblas difíciles mi alma hambrienta tropieza
tren de luz allá arriba te asalta un ser sin recuerdos

araño esta corteza destrozo los ramales de la hierba
y la noche como vino invade el túnel

salvaje viento socavador del cielo ululemos
mi alma en desesperanza y en alegría quién golpea

frente a lo inaccesible por ti pasa una presencia sin límites
señalarás los caminos como las cruces de los muertos

proa mástil hoja en el temporal te empuja el abandono sin regreso
te pareces al árbol derrotado y al agua que lo estrella

donde lo sigue su riel frío
y se para sin muchas treguas el animal de la noche



NO


sé hacer el canto de los días
sin querer suelto el canto la alabanza de las noches
pasò el viento latigándome la espalda alegre saliendo de su huevo
descienden las estrellas a beber al océano
tuercen sus velas verdes grandes buques de brasa
para qué decir eso tan pequeño que escondes canta pequeño
los planetas dan vueltas como husos entusiastas giran
el corazòn del mundo se repliega y se estira
con voluntad de columna y fría furia de plumas
oh los silencios campesinos claveteados de estrellas
recuerdo los ojos caían en ese pozo inverso
hacia donde ascendía la soledad de todos los ruidos espantados
el descuido de las bestias durmiendo sus duros lirios
preñé entonces la altura de mariposas negras mariposa medusa
aparecían estrépitos humedad nieblas
y vuelto a la pared escribí
oh noche huracán muerto resbala tu oscura lava
mis alegrías muerden tus tintas
mi alegre canto de hombre chupa tus duras mamas
mi corazòn de hombre se trepa por tus alambres
exasperado contengo mi corazòn que danza
danza en los vientos que limpian tu color
bailador asombrado en las grandes mareas que hacen surgir el alba



TORCIENDO


hacia ese lado o más allá continúas siendo mía
en la soledad del atardecer golpea tu sonrisa
en ese instante trepan enredaderas a mi ventana
el viento de lo alto cimbra la sed de tu presencia
un gesto de alegría una palabra de pena que estuviera más cerca de ti
en su reloj profundo la noche aísla horas
sin embargo teniéndote entre los brazos vacilé
algo que no te pertenece desciende de tu cabeza
y se te llena de oro la mano levantada

hay esto entre dos paredes a lo lejos
radiantes ruedas de piedra sostienen el día mientras tanto
después colgado en la horca del crepúsculo
pisa en los campanarios y en las mujeres de los pueblos
moviéndose en la orilla de mis redes
mujer querida en mi pecho tu cabeza cerrada
a grandes llamaradas el molino se revuelve
y caen las horas nocturnas como murciélagos del cielo

en otra parte lejos lejos existen tú y yo parecidos a nosotros
tú escribes margaritas en la tierra solitaria

es que ese país de cierto nos pertenece
el amanecer vuela de nuestra casa



CUANDO


aproximo el cielo con las manos para despertar completamente
sus húmedos terrones su red confusa se suelta

tus besos se pegan como caracoles a mi espalda
gira el año de los calendarios y salen del mundo los días como hojas
cada vez cada vez al norte están las ciudades inconclusas
ahora el sur mojado encrucijada triste
en donde los peces movibles como tijeras
ah sòlo tú apareces en mi espacio en mi anillo
al lado de mi fotografía como la palabra está enfermo
detrás de ti pongo una familia desventajosa
radiante mía salto perteneciente hora de mi distracciòn
están encorvados tus parientes y tú con tranquilidad
te miras en una lágrima te secas los ojos donde estuve
está lloviendo de repente mi puerta se va a abrir



AL


lado de mí mismo señorita enamorada
quién sino tú como el alambre ebrio es una canciòn sin título
ah triste mía la sonrisa se extiende como una mariposa en tu rostro
y por ti mi hermana no viste de negro
yo soy el que deshoja nombres y altas constelaciones de rocío
en la noche de paredes azules alta sobre tu frente
para alabarte a ti palabra de alas puras
el que rompiò su suerte siempre donde no estuvo
por ejemplo es la noche rodando entre cruces de plata
que fue tu primer beso para qué recordarlo
yo te puse extendida delante del silencio
tierra mía los pájaros de mi sed te protegen
y te beso la boca mojada de crepúsculo

es más allá más alto
para significarte criaría una espiga
corazòn distraído torcido hacia una llaga
atajas el color de la noche y libertas a los prisioneros
ah para qué alargaron la tierra
del lado en que te miro y no estás niña mía
entre sombra y sombra destino de naufragio
nada tengo oh soledad

sin embargo eres la luz distante que ilumina las frutas
y moriremos juntos
pensar que estás ahí navío blanco listo para partir
y que tenemos, juntas las manos en la proa navío siempre en viaje



ÉSTA


es mi casa
aún la perfuman los bosques
desde donde la acarreaban
allí tricé mi corazòn como el espejo
para andar a través de mí mismo
ésa es la alta ventana y ahí quedan las puertas
de quién fue el hacha que rompiò los troncos
tal vez el viento colgò de las vigas
su peso profundo olvidándolo entonces
era cuando la noche bailaba entre sus redes
cuando el niño despertò sollozando
yo no cuento yo digo en palabras desgraciadas
aún los andamies dividen el crepúsculo
y detrás de los vidrios la luz del petròleo
era para mirar hacia el cielo
caía la lluvia en pétalos de vidrio
ahí seguiste el camino que iba a la tempestad
como las altas insistencias del mar
aíslan las piedras duras de las orillas del aire
qué quisiste qué ponías como muriendo muchas veces
todas las cosas suben a un gran silencio
y él se desesperaba inclinado en su borde
sostenías una flor dolorosa
entre sus pétalos giraban los días margaritas de pilotos decaídos
decaído desocupado revolviste de la sombra
el metal de las últimas distancias o esperabas el turno
amaneciò sin embargo en los relojes de la tierra
de pronto los días trepan a los años
he aquí tu corazòn andando estás cansado sosteniéndote
a tu lado se despiden los pájaros de la estaciòn ausente



ADMITIENDO


el cielo profundamente mirando el cielo estoy pensando
con inseguridad sentado en ese borde
oh cielo tejido con aguas y papeles
comencé a hablarme en voz baja decidido a no salir
arrastrado por la respiraciòn de mis raíces
inmòvil navío ávido de esas leguas azules
temblabas y los peces comenzaron a seguirte
tirabas a cantar con grandeza ese instante de sed querías cantar
querías cantar sentado en tu habitaciòn ese día
pero el aire estaba frío en tu corazòn como en una campana
un cordel delirante iba a romper tu frío
se me durmiò una pierna en esa posiciòn y hablé con ella
cantándole mi alma me pertenece
el cielo era una gota que sonaba cayendo en la gran soledad
pongo el oído y el tiempo como un eucaliptus
frenéticamente canta de lado a lado
en el que estuviera silbando un ladròn
ay y en el límite me paré caballo de las barrancas
sobresaltado ansioso inmòvil sin orinar
en ese instante lo juro oh atardecer que llegas pescador satisfecho
tu canasto vivo en la debilidad del cielo



A quién compré en esta noche la soledad que poseo
quién dice la orden que apresure la marcha
del viento flor de frío entre las hojas inconclusas
si tú me llamas tormenta resuenas tan lejos como un tren
ola triste caída a mis pies quién te dice
sonámbulo de sangre partía cada vez en busca del alba

a ti te reconozco pero lejos apartada
inclinado en tus ojos busco el ancla perdida
ahí la tienes florida adentro de los brazos de nácar
es para terminar para no seguir nunca
y por eso te alabo seguidora de mi alma mirándote hacia atrás
te busco cada vez entre los signos del regreso
estás llena de pájaros durmiendo como el silencio de los bosques
pesado y triste lirio miras hacia otra parte
cuando te hablo me dueles tan distante mujer mía
apresura el paso apresura el paso y enciende las luciérnagas



VEO


una abeja rondando
no existe esa abeja ahora
pequeña mosca con patas
lacres mientras golpeas
cada vez tu vuelo
inclino la cabeza desvalidamente
sigo un cordòn que marca siquiera
una presencia una situaciòn cualquiera
oigo adornarse el silencio
con olas sucesivas
revuelven vuelven ecos aturdidos
entonces canto en alta voz
párate sombra de estrella,
en las cejas de un hombre
a la vuelta de un camino
que lleva a la espalda
una mujer pálida de Oro
parecida a sí misma
todo está perdido
las semanas están cerradas
veo dirigirse el viento
con un propòsito seguro
como una flor que debe perfumar
abro el otoño taciturno visito
la situaciòn de los naufragios
en el fondo del cielo entonces
aparecen los pájaros como letras
y el alba se divisa apenas
como la cáscara de un fruto
o es que entonces sumerges
tus pies en otra distancia
el día es de fuego
y se apuntala en sus colores
el mar lleno de trapos verdes
sus salivas murmullan soy el mar
el movimiento atraído la inquieta caja
tengo fresca el alma
con todas mis respiraciones
ahí sofoco al lado
de las noches antárticas
me pongo la luna
como una flor de jacinto
la moja mi lágrima lúgubre
ahíto estoy y anda mi vida
con todos los pies parecidos
crío el sobresalto me lleno
de terror transparente
estoy solo en una pieza sin ventanas
sin tener qué hacer
con los itinerarios extraviados
veo llenarse de caracoles
las paredes como orillas de buques
pego la cara a ellas absorto profundamente
siguiendo un reloj no amando
la noche quiero que pase
con su tejido de culebra con luces
guirnalda de fríos mi cinturòn
da vuelta muchas veces
soy la yegua que sola galopa
perdidamente a la siga
del alba muy triste
agujero sin cesar cuando acompaño
con mi sordera estremeciéndose
saltan como elásticos
o peces los habitantes acostados
mis alas absorben como el pabellòn
de un parque con olvido
amanecen los puertos
como herraduras abandonadas
ay me sorprendo canto
en la carpa delirante
como un equilibrista enamorado
o el primer pescador
pobre hombre que aíslas
temblando como una gota
un cuadrado de tiempo completamente inmòvil



EL


mes de junio se extendiò
de repente en el tiempo
con seriedad y exactitud
como un caballo y en el
relámpago crucé la orilla
ay el crujir del aire pacífico era muy grande
los cinematògrafos desocupados
el color de los cementerios
los buques destruidos las tristezas
encima de los follajes
encima de las astas de las vacas
la noche tirante Su trapo bailando
el movimiento rápido del día igual
al de las manos que detienen un vehículo
yo asustado comía
oh lluvia que creces
como las plantas oh victrolas ensimismadas
personas de corazòn
voluntarioso todo lo celebré
en un tren de satisfacciones
desde donde mi retrato
tiene detrás el mundo
que describo con pasiòn
los árboles interesantes
como periòdicos los caseríos los rieles
ay el lugar decaído
en que el arco iris
deja su pollera enredada al huir
todo como los poetas los filòsofos
las parejas que se aman
yo lo comienzo a celebrar entusiasta sencillo
yo tengo la alegría de los panaderos contentos y entonces
amanecía débilmente con un color de violín
con un sonido de campana con el olor de la larga distancia



DEVUÉLVEME


la grande rosa la sed traída al mundo
a donde voy supongo iguales las cosas
la noche importante y triste y ahí mi querella
barcarolero de las largas aguas cuando
de pronto una gaviota crece
en tus sienes mi corazòn está cantando
márcame tu pata gris llena de lejos
tu viaje de la orilla del mar amargo oh espérame
el vaho se despierta como una violeta es que
a tu árbol noche querida sube un niño
a robarse las frutas
y los lagartos brotan de tu pesada vestidura
entonces el día salta encima de su abeja
estoy de pie en la luz como el medio día en la tierra
quiero contarlo todo con ternura
centinela de las malas estaciones ahí estás tú
pescador intranquilo déjame adornarte por .ejemplo
un cinturòn de frutas dulce la melancolía
espérame donde voy ah el atardecer
la comida las barcarolas del océano oh espérame
adelantándote como un grito atrasándote
como una huella oh espérate
sentado en esa última sombra o todavía después
todavía


Residencia en la tierra
[1925-1935]

Residencia en la tierra (section)
1925-1935

1
Galope muerto


Como cenizas, como mares poblándose,
en la sumergida lentitud, en lo informe,
o como se oyen desde el alto de los caminos
cruzar las campanadas en cruz,
teniendo ese sonido ya aparte del metal,
confuso, pesando, haciéndose polvo
en el mismo molino de las formas demasiado lejos,
o recordadas o no vistas,
y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra
se pudren en el tiempo, infinitamente verdes.

Aquello todo tan rápido, tan viviente,
inmòvil sin embargo, como la polea loca en sí misma,
esas ruedas de los motores, en fin.
Existiendo como las puntadas secas en las costuras del árbol,
callado, por alrededor, de tal modo,
mezclando todos los limbos sus colas.
Es que de dònde, por dònde, en qué orilla?
El rodeo constante, incierto, tan mudo,
como las lilas alrededor del convento,
o la llegada de la muerte a la lengua del buey
que cae a tumbos, guardaba? y cuyos cuernos quieren sonar.

Por eso, en lo inmòvil, deteniéndose, percibir,
entonces, como aleteo inmenso, encima,
como abejas muertas o números,
ay, lo que mi corazòn pálido no puede abarcar,
en multitudes, en lágrimas saliendo apenas,
y esfuerzos humanos, tormentas,
acciones negras descubiertas de repente
como hielos, desorden vasto,
oceánico, para roí que entro cantando
como con una espada entre indefensos.

Ahora bien, de qué está hecho ese surgir de palomas
que hay entre la noche y el tiempo, como una barranca húmeda?
Ese sonido ya tan largo
que cae listando de piedras los caminos,
más bien, cuando sòlo una hora
crece de improviso, extendiéndose sin tregua.

Adentro del anillo del verano
una vez los grandes zapallos escuchan,
estirando sus plantas conmovedoras,
de eso, de lo que solicitándose mucho,
de lo lleno, obscuros de pesadas gotas.



Alianza (sonata)


De miradas polvorientas caídas al suelo
o de hojas sin sonido y sepultándose.
De metales sin luz, con el vacío,
con la ausencia del día muerto de golpe.
En lo alto de las manos el deslumbrar de mariposas,
el arrancar de mariposas cuya luz no tiene término.

Tú guardabas la estela de luz, de seres rotos
que el sol abandonado, atardeciendo, arroja a las iglesias.
Teñida con miradas, con objeto de abejas,
tu material de inesperada llama huyendo
precede y sigue al día y a su familia de oro.

Los días acechando cruzan el sigilo
pero caen adentro de tu voz de luz.
Oh dueña del amor, en tu descanso
fundé mi sueño, mi actitud callada.

Con tu cuerpo de número tímido, extendido de pronto
hasta cantidades que definen la tierra,
detrás de la pelea de los días blancos de espacio
y fríos de muertes lentas y estímulos marchitos,
siento arder tu regazo y transitar tus besos
haciendo golondrinas frescas en mi sueño.

A veces el destino de tus lágrimas asciende
como la edad hasta mi frente, allí
están golpeando las olas, destruyéndose de muerte:
su movimiento es húmedo, decaído, final.



Caballo de los sueños


Innecesario, viéndome en los espejos,
con un gusto a semanas, a biògrafos, a papeles,
arranco de mi corazòn al capitán del infierno,
establezco cláusulas indefinidamente tristes.

Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones,
converso con los sastres en sus nidos:
ellos, a menudo, con voz fatal y fría,
cantan y hacen huir los maleficios.

Hay un país extenso en el cielo
con las supersticiosas alfombras del arco-iris
y con vegetaciones vesperales:
hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga,
pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos,
yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa.

Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes,
vestido como un ser original y abatido:
amo la miel gastada del respeto,
el dulce catecismo entre cuyas hojas
duermen violetas envejecidas, desvanecidas,
y las escobas, conmovedoras de auxilio,
en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza.
Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora:
yo rompo extremos queridos: y aún mas,
aguardo el tiempo uniforme, sin medida:
un sabor que tengo en el alma me deprime.

Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche,
compacta, digital, me favorece!
He oído relinchar su rojo caballo
desnudo, sin herraduras y radiante.
Atravieso con él sobre las iglesias,
galopo los cuarteles desiertos de soldados
y un ejército impuro me persigue.
Sus ojos de eucaliptus roban sombra,
su cuerpo de campana galopa y golpea.

Yo necesito un relámpago de fulgor persistente,
un deudo festival que asuma mis herencias.



Débil del alba


El día de los desventurados, el día pálido se asoma
con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris,
sin cascabeles, goteando el alba por todas partes:
es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto.

Porque se fue de tantos sitios la sombra húmeda, callada,
de tantas cavilaciones en vano, de tantos parajes terrestres
en donde debiò ocupar hasta el designio de las raíces,
de tanta forma aguda que se defendía.

Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso,
entre el sabor creciente, poniendo el oído
en la pura circulaciòn, en el aumento,
cediendo sin rumbo el paso a lo que arriba,
a lo que surge vestido de cadenas y claveles,
yo sueño, sobrellevando mis vestigios morales.

Nada hay de precipitado ni de alegre, ni de forma orgullosa,
todo aparece haciéndose con evidente pobreza,
la luz de la tierra sale de sus párpados
no como la campanada, sino más bien como las lágrimas:
el tejido del día, su lienzo débil,
sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas
en una despedida, detrás de la ausencia:
es el color que sòlo quiere reemplazar,
cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.

Estoy solo entre materias desvencijadas,
la lluvia cae sobre mí, y se me parece,
se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto,
rechazada al caer, y sin forma obstinada.



Unidad


Hay algo denso, unido, sentado en el fondo,
repitiendo su número, su señal idéntica.
Còmo se nota que las piedras han tocado el tiempo,
en su fina materia hay olor a edad,
y el agua que trae el mar, de sal y sueño.

Me rodea una misma cosa, un solo movimiento:
el peso del mineral, la luz de la piel,
se pegan al sonido de la palabra noche:
la tinta del trigo, del marfil, del llanto,
las cosas de cuero, de madera, de lana,
envejecidas, desteñidas, uniformes,
se unen en torno a mí como paredes.

Trabajo sordamente, girando sobre mí mismo,
como el cuervo sobre la muerte, el cuervo de luto.
Pienso, aislado en lo extenso de las estaciones,
central, rodeado de geografía silenciosa:
una temperatura parcial cae del cielo,
un extremo imperio de confusas unidades
se reúne rodeándome.



Sabor


De falsas astròlogías, de costumbres un tanto lúgubres,
vertidas en lo inacabable y siempre llevadas al lado,
he conservado una tendencia, un sabor solitario.

De conversaciones gastadas como usadas maderas,
con humildad de sillas, con palabras ocupadas
en servir como esclavos de voluntad secundaria,
teniendo esa consistencia de la leche, de las semanas muertas,
del aire encadenado .sobre las ciudades.

Quién puede jactarse de paciencia más sòlida?
La cordura me envuelve de piel compacta
de un color reunido como una culebra:
mis criaturas nacen de un largo rechazo:
ay, con un solo alcohol puedo despedir este día
que he elegido, igual entre los días terrestres.

Vivo lleno de una sustancia de color común, silenciosa
como una vieja madre, una paciencia fija
como sombra de iglesia o reposo de huesos.
Voy lleno de esas aguas dispuestas profundamente,
preparadas, durmiéndose en una atenciòn triste.

En mi interior de guitarra hay un aire viejo,
seco y sonoro, permanecido, inmòvil,
como una nutriciòn fiel, como humo:
un elemento en descanso, un aceite vivo:
un pájaro de rigor cuida mi cabeza:
un ángel invariable vive en mi espada.



Ausencia de Joaquín


Desde ahora, como una partida verificada lejos,
en funerales estaciones de humo o solitarios malecones,
desde ahora lo veo precipitándose en su muerte,
y detrás dé él siento cerrarse los días del tiempo.

Desde ahora, bruscamente, siento que parte,
precipitándose en las aguas,
en ciertas aguas, en cierto océano,
y luego, al golpe suyo, gotas
se levantan, y un ruido,
un determinado, sordo ruido siento producirse,
un golpe de agua azotada por su peso,
y de alguna parte, de alguna parte siento
que saltan y salpican estas aguas,
sobre mí salpican estas aguas, y viven como ácidos.

Su costumbre de sueños y desmedidas noches,
su alma desobediente, su preparada palidez,
duermen con él por último, y él duerme,
porque al mar de los muertos su pasiòn desplòmase,
violentamente hundiéndose, fríamente asociándose.



Madrigal escrito en invierno


En el fondo del mar profundo,
en la noche de largas listas,
como un caballo cruza corriendo
tu callado callado nombre.

Alòjame en tu espalda, ay refúgiame,
aparéceme en tu espejo, de pronto,
sobre la hoja solitaria, nocturna,
brotando de lo oscuro, detrás de ti.

Flor de la dulce luz completa,
acúdeme tu boca de besos,
violenta de separaciones,
determinada y fina boca.

Ahora bien, en lo largo y largo,
de olvido a olvido residen conmigo
los rieles, el grito de la lluvia:
lo que la oscura noche preserva.

Acògeme en la tarde de hilo
cuando el anochecer trabaja
su vestuario, y palpita en el cielo
una estrella llena de viento.

Acércame tu ausencia hasta el fondo,
pesadamente, tapándote los ojos,
crúzame tu existencia, suponiendo
que mi corazòn está destruido.



Fantasma


Còmo surges de antaño, llegando,
encandilada, pálida estudiante,
a cuya voz aún piden consuelo
los meses dilatados y fijos.

Sus ojos luchaban como remeros
en el infinito muerto
con esperanza de sueño y materia
de seres saliendo del mar.

De la lejanía en donde
el olor de la tierra es otro
y lo vespertino llega llorando
en forma de oscuras amapolas.

En la altura de los días inmòviles
el insensible joven diurno
en tu rayo de luz se dormía
afirmado como en una espada.

Mientras tanto crece a la sombra
del largo transcurso en olvido
la flor de la soledad, húmeda, extensa,
como la tierra en un largo invierno.



Lamento lento


En la noche del corazòn
la gota de tu nombre lento
en silencio circula y cae
y rompe y desarrolla su agua.

Algo quiere su leve daño
y su estima infinita y corta,
como el paso de un ser perdido
de pronto oído.

De pronto, de pronto escuchado
y repartido en el corazòn
con triste insistencia y aumento
como un sueño frío de otoño.

La espesa rueda de la tierra
su llanta húmeda de olvido
hace rodar, cortando el tiempo
en mitades inaccesibles.

Sus copas duras cubren tu alma
derramada en la tierra fría
con sus pobres chispas azules
volando en la voz de la lluvia.



Colecciòn nocturna


He vencido al ángel del sueño, el funesto alegòrico:
su gestiòn insistía, su denso paso llega
envuelto en caracoles y cigarras,
marino, perfumado de frutos agudos.

Es el viento que agita los meses, el silbido de un tren,
el paso de la temperatura sobre el lecho,
un opaco sonido de sombra
que cae como trapo en lo interminable,
una repeticiòn de distancias, un vino de color confundido,
un paso polvoriento de vacas bramando.

A veces su canasto negro cae en mi pecho,
sus sacos de dominio hieren mi hombro,
su multitud de sal, su ejército entreabierto
recorren y revuelven las cosas del cielo:
él galopa en la respiraciòn y su paso es de beso:
su salitre seguro planta en los párpados
con vigor esencial y solemne propòsito:
entra en lo preparado como un dueño:
su substancia sin ruido equipa de pronto,
su alimento profetice propaga tenazmente.

Reconozco a menudo sus guerreros,
sus piezas corroídas por el aire, sus dimensiones,
y su necesidad de espacio es tan violenta
que baja hasta mi corazòn a buscarlo:
él es el propietario de las mesetas inaccesibles,
él baila con personajes trágicos y cotidianos:
de noche rompe mi piel su ácido aéreo
y escucho en mi interior temblar su instrumento.

Yo oigo el sueño de viejos compañeros y mujeres amadas,
sueños cuyos latidos me quebrantan:
su material de alfombra piso en silencio,
su luz de amapola muerdo con delirio.

Cadáveres dormidos que a menudo
danzan asidos al peso de mi corazòn,
qué ciudades opacas recorremos!
Mi pardo corcel de sombra se agiganta,
y sobre envejecidos tahúres, sobre lenocinios de escaleras gastadas,
sobre lechos de niñas desnudas, entre jugadores de football,
del viento ceñidos pasamos:
y entonces caen a nuestra boca esos frutos blandos del cielo,
los pájaros, las campanas conventuales, los cometas:
aquel que se nutriò de geografía pura y estremecimiento,
ése tal vez nos vio pasar centelleando.

Camaradas cuyas cabezas reposan sobre barriles,
en un desmantelado buque pròfugo, lejos,
amigos míos sin lágrimas, mujeres de rostro cruel:
la medianoche ha llegado, y un gong de muerte
golpea en torno mío como el mar.
Hay en la boca el sabor, la sal del dormido.
Fiel como una condena a cada cuerpo
la palidez del distrito letárgico acude:
una sonrisa fría, sumergida,
unos ojos cubiertos como fatigados boxeadores,
una respiraciòn que sordamente devora fantasmas.

En esa humedad de nacimiento, con esa proporciòn tenebrosa,
cerrada como una bodega, el aire es criminal:
las paredes tienen un triste color de cocodrilo,
una contextura de araña siniestra:
se pisa en lo blando como sobre un monstruo muerto:
las uvas negras inmensas, repletas,
cuelgan de entre las ruinas como odres:
oh Capitán, en nuestra hora de reparto
abre los mudos cerrojos y espérame:
allí debemos cenar vestidos de luto:
el enfermo de malaria guardará las puertas.

Mi corazòn, es tarde y sin orillas,
el día como un pobre mantel puesto a secar
oscila rodeado de seres y extensiòn:
de cada ser viviente hay algo en la atmòsfera:
mirando mucho el aire aparecerían mendigos,
abogados, bandidos, carteros, costureras,
y un poco de cada oficio, un resto humillado
quiere trabajar su parte en nuestro interior.
Yo busco desde antaño, yo examino sin arrogancia,
conquistado, sin duda, por lo vespertino.



Juntos nosotros


Qué pura eres de sol o de noche caída,
qué triunfal desmedida tu òrbita de blanco,
y tu pecho de pan, alto de clima,
tu corona de árboles negros, bienamada,
y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje
que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica.

Ahora, qué armas espléndidas mis manos,
digna su pala de hueso y su lirio de uñas,
y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma
están situados en lo justo de la fuerza terrestre.

Qué pura mi mirada de nocturna influencia,
caída de ojos obscuros y feroz acicate,
mi simétrica estatua de piernas gemelas
sube hacia estrellas húmedas cada mañana,
y mi boca de exilio muerde la carne y la uva,
mis brazos de varòn, mi pecho tatuado
en que penetra el vello como ala de estaño,
mi cara blanca hecha para la profundidad del sol,
mi pelo hecho de ritos, de minerales negros,
mi frente penetrante como golpe o camino,
mi piel de hijo maduro, destinado al arado,
mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido,
mi lengua amiga blanda del dique y del buque,
mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática,
la piel que hace a mi frente un vacío de hielos
y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados,
y se repliega sobre mi más profundo estímulo,
y crece hacia las rosas en mis dedos,
en mi mentòn de hueso y en mis pies de riqueza;,

Y tú como un mes de estrella, como un beso fijo,
como estructura de ala, o comienzos de otoño,
niña, mi partidaria, mi amorosa,
la luz hace su lecho bajo tus grandes párpados
dorados como bueyes, y la paloma redonda
hace sus nidos blancos frecuentemente en ti.

Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas,
tu salud de manzana furiosa se estira sin límite,
el tonel temblador en que escucha tu estòmago,
tus manos hijas de la harina y del cielo.

Qué parecida eres al más largo beso,
su sacudida fija parece nutrirte,
y su empuje de brasa, de bandera revuelta,
va latiendo en tus dominios y subiendo temblando
y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos,
y su forma guerrera, su círculo seco,
se desploma de súbito en hilos lineales
como filos de espadas o herencias del humo.



Tiranía


Oh dama sin corazòn, hija del cielo,
auxíliame en esta solitaria hora,
con tu directa indiferencia de arma
y tu frío sentido del olvido.

Un tiempo total como un océano,
una herida confusa como un nuevo ser,
abarcan la tenaz raíz de mi alma
mordiendo el centro de mi seguridad.

Qué espeso latido se cimbra en mi corazòn
como una ola hecha de todas las olas,
y mi desesperada cabeza se levanta
en un esfuerzo de salto y de muerte.

Hay algo enemigo temblando en mi certidumbre,
creciendo en el mismo origen de las lágrimas,
como una planta desgarradora y dura
hecha de encadenadas hojas amargas.



Serenata


En tu frente descansa el color de las amapolas,
el luto de las viudas halla eco, oh apiadada:
cuando corres detrás de los ferrocarriles, en los campos,
el delgado labrador te da la espalda,
de tus pisadas brotan temblando los dulces sapos.

El joven sin recuerdos te saluda, te pregunta por su olvidada voluntad,
las manos de él se mueven en tu atmòsfera como pájaros,
y la humedad es grande a su alrededor:
cruzando sus pensamientos incompletos,
queriendo alcanzar algo, oh buscándote,
le palpitan los ojos pálidos en tu red :
como instrumentos perdidos que brillan de súbito.

O recuerdo el día primero de la sed,
la sombra apretada contra los jazmines,
el cuerpo profundo en que te recogías
como una gota temblando también.

Pero acallas los grandes árboles, y encima de la luna, sobrelejos,
vigilas el mar como un ladròn.
Oh noche, mi alma sobrecogida fe pregunta
desesperadamente a ti por el metal que necesita.



Diurno doliente


De pasiòn sobrante y sueños de ceniza
un pálido palio llevo, un cortejo evidente,
un viento de metal que vive solo,
un sirviente mortal vestido de hambre,
y en lo fresco que baja del árbol, en la esencia del sol
que su salud de astro implanta en las flores,
cuando a mi piel parecida al oro llega el placer,
tú, fantasma coral con pies de tigre,
tú, ocasiòn funeral, reuniòn ígnea,
acechando la patria en que sobrevivo
con tus lanzas lunares que tiemblan un poco.

Porque la ventana que el mediodía vacío atraviesa
tiene un día cualquiera mayor aire en sus alas,
el frenesí hincha el traje y el sueño al sombrero,
una abeja extremada arde sin tregua.
Ahora, qué imprevisto paso hace crujir los caminos?
Qué vapor de estaciòn lúgubre, qué rostro de cristal,
y aún más, qué sonido de carro viejo con espigas?
Ay, una a una, la ola que llora y la sal que se triza,
y el tiempo del amor celestial que pasa volando,
han tenido voz de huéspedes y espacio en la espera.

De distancias llevadas a cabo, de resentimientos infieles,
de hereditarias esperanzas mezcladas con Sombra,
de asistencias desgarradoramente dulces
y días de transparente veta y estatua floral,
qué subsiste en mi término escaso, en mi débil producto?
De mi lecho amarillo y de mi substancia estrellada,
quién no es vecino y ausente a la vez?
Un esfuerzo que salta, una flecha de trigo
tengo, y un arco en mi pecho manifiestamente espera,
y un latido delgado, de agua y tenacidad,
como algo que se quiebra perpetuamente,
atraviesa hasta el fondo mis separaciones,
apaga mi poder y propaga mi duelo.



Monzòn de mayo


El viento de la estaciòn, el viento verde,
cargado de espacio y agua, entendido en desdichas,
arrolla su bandera de lúgubre cuero:
y de una desvanecida substancia, como dinero de limosna,
así, plateado, frío, se ha cobijado un día,
frágil como la espada de cristal de un gigante
entre tantas fuerzas que amparan su suspiro que teme,
su lágrima al caer, su arena inútil,
rodeado de poderes que cruzan y crujen,
como un hombre desnudo en una batalla,
levantando su ramo blanco, su certidumbre incierta,
su gota de sal trémula entre lo invadido.

Qué reposo emprender, qué pobre esperanza amar,
con tan débil llama y tan fugitivo fuego?
Contra qué levantar el hacha hambrienta?
De qué materia desposeer, huir de qué rayo?
Su luz apenas hecha de longitud y temblor
arrastra como cola de traje de novia triste
aderezada de sueño mortal y palidez.
Porque todo aquello que la sombra tocò y ambicionò el desorden,
gravita, líquido, suspendido, desprovisto de paz,
indefenso entre espacios, vencido de muerte.

Ay, y es el destino de un día que fue esperado,
hacia el que corrían cartas, embarcaciones, negocios,
morir, sedentario y húmedo, sin su propio cielo.
Dònde está su toldo de olor, su profundo follaje,
su rápido celaje de brasa, su respiraciòn viva?
Inmòvil, vestido de un fulgor moribundo y una escama opaca,,
verá partir la lluvia sus mitades
y al viento nutrido de aguas atacarlas.



Arte poética


Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
dotado de corazòn singular y sueños funestos,
precipitadamente pálido, marchito en la frente,
y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente,
y de todo sonido que acojo temblando,
tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría,
un oído que nace, una angustia indirecta,
como si llegaran ladrones o fantasmas,
y en una cáscara de extensiòn fija y profunda,
como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
como un espejo viejo, como un olor de casa sola
en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores,
posiblemente de otro modo aún menos melancòlico,
pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio,
me piden lo profetice que hay en mí, con melancolía,
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
hay, y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.


Sistema sombrío


De cada uno de estos días negros como viejos hierros,
y abiertos por el sol como grandes bueyes rojos,
y apenas sostenidos por el aire y por los sueños,
y desaparecidos irremediablemente y de pronto,
nada ha substituido mis perturbados orígenes,
y las desiguales medidas que circulan en mi corazòn
allí se fraguan de día y de noche, solitariamente,
y abarcan desordenadas y tristes cantidades.

Así, pues, como un vigía tornado insensible y ciego,
incrédulo y condenado a un doloroso acecho,
frente a la pared en que cada día del tiempo se une,
mis rostros diferentes se arriman y encadenan
como grandes flores pálidas y pesadas
tenazmente substituidas y difuntas.



Angela adònica


Hoy me he tendido junto a una joven pura
como a la orilla de un océano blanco,
como en el centro de una ardiente estrella
de lento espacio.

De su mirada largamente verde
la luz caía como un agua seca
en transparentes y profundos círculos
de fresca fuerza.

Su pecho como un fuego de dos llamas
ardía en dos regiones levantado,
y en doble río llegaba a sus pies
grandes y claros.

Un clima de oro maduraba apenas
las diurnas longitudes de su cuerpo
llenándolo de frutas extendidas
y oculto fuego.



Sonata y destrucciones


Después de mucho, después de vagas leguas,
confuso de dominios, incierto de territorios,
acompañado de pobres esperanzas,
y compañías infieles, y desconfiados sueños,
amo lo tenaz que aún sobrevive en mis ojos,
oigo en mi corazòn mis pasos de jinete,
muerdo el fuego dormido y la sal arruinada,
y de noche, de atmòsfera obscura y luto pròfugo,
aquel que vela a la orilla de los campamentos,
el viajero armado de estériles resistencias,
detenido entre sombras que crecen y alas que tiemblan,
me siento ser, y mi brazo de piedra me defiende.

Hay entre ciencias de llanto un altar confuso,
y en mi sesiòn de atardeceres sin perfume,
en mis abandonados dormitorios donde habita la luna,
y arañas de mi propiedad, y destrucciones que me son queridas,
adoro mi propio ser perdido, mi substancia imperfecta,
mi golpe de plata y mi pérdida eterna.
Ardiò la uva húmeda, y su agua funeral
aún vacila, aún reside,
y el patrimonio estéril, y el domicilio traidor.

Quién hizo ceremonia de cenizas?
Quién amò lo perdido, quién protegiò lo último?
El hueso del padre, la madera del buque muerto,
y su propio final, su misma huida,
su fuerza triste, su dios miserable?
Acecho, pues, lo inanimado y lo doliente,
y el testimonio extraño que sostengo
con eficiencia cruel y escrito en cenizas,
es la forma de olvido que prefiero,
el nombre que doy a la tierra, el valor de mis sueños,
la cantidad interminable que divido
con mis ojos de invierno, durante cada día de este mundo.


2
La noche del soldado


Yo hago la noche del soldado, el tiempo:
del hombre sin melancolía ni exterminio,
del tipo tirado lejos por el océano y una ola,
y que no sabe que el agua amarga lo ha separado
y que envejece, paulatinamente y sin miedo,
dedicado a lo normal de la vida, sin cataclismos,
sin ausencias, viviendo dentro de su piel
y de su traje, sinceramente oscuro.
Así, pues, me veo con camaradas estúpidos
y alegres, que fuman y escupen
y horrendamente beben, y que
de repente caen, enfermos de muerte.
Porque dònde están la tía, la novia,
la suegra, la cuñada del soldado?
Tal vez de ostracismo o de malaria mueren,
se ponen fríos, amarillos y emigran
a un astro de hielo, a un planeta fresco,
a descansar, al fin, entre muchachas
y frutas glaciales, y sus cadáveres,
sus pobres cadáveres de fuego,
irán custodiados por ángeles alabastrinos
a dormir lejos de la llama y la ceniza.

Por cada día que cae, con su obligaciòn
vesperal de sucumbir, paseo, haciendo
una guardia innecesaria,
y paso entre mercaderes mahometanos,
entre gentes que adoran la vaca
y la cobra, paso yo, inadorable y común de rostro.
Los meses no son inalterables,
y a veces llueve: cae del calor
del cielo una impregnaciòn callada
como el sudor, y sobre los grandes vegetales,
sobre el lomo de las bestias feroces,
a lo largo de cierto silencio,
estas plumas húmedas se entretejen y alargan.
Aguas de la noche, lágrimas del viento monzòn,
saliva salada caída como la espuma del caballo,
y lenta de aumento, pobre de salpicadura,
atònita de vuelo.

Ahora, dònde está esa curiosidad profesional,
esa ternura abatida qué sòlo
con su reposo abría brecha,
esa conciencia resplandeciente
cuyo destello me vestía de ultra azul?
Voy respirando como hijo hasta el corazòn
de un método obligatorio,
de una tenaz paciencia física,
resultado de alimentos
y edad acumulados cada día,
despojado de mi vestuario
de venganza y de mi piel de oro.
Horas de una sola estaciòn
ruedan a mis pies, y un día
de formas diurnas y nocturnas
está casi siempre detenido sobre mí.

Entonces, de cuando en cuando,
visito muchachas de ojos
y caderas jòvenes, seres en cuyo
peinado brilla una flor amarilla
como el relámpago. Ellas llevan anillos
en cada dedo del pie, y brazaletes,
y ajorcas en los tobillos,
y además collares de color,
collares que retiro y examino,
porque yo quiero sorprenderme ante
un cuerpo ininterrumpido y compacto,
y no mitigar mi beso. Yo peso
con mis brazos cada nueva estatua,
y bebo su remedio vivo con sed masculina
y en silencio. Tendido, mirando
desde abajo la fugitiva criatura,
trepando por su ser desnudo
hasta su sonrisa: gigantesca
y triangular hacia arriba,
levantada en el aire por dos senos
globales, fijos ante mis ojos
como dos lámparas con luz de aceite blanco
y dulces energías. Yo me encomiendo
a su estrella morena, a su calidez de piel,
e inmòvil bajo mi pecho como un adversario
desgraciado, de miembros demasiado
espesos y débiles, de ondulaciòn indefensa:
o bien girando sobre sí misma
como una rueda pálida, dividida
de aspas y dedos, rápida, profunda,
circular, como una estrella en desorden.

Ay, de cada noche que sucede,
hay algo de brasa abandonada
que se gasta sola, y cae envuelta
en ruinas, en medio de cosas funerales.
Yo asisto comúnmente a esos términos,
cubierto de armas inútiles,
lleno de objeciones destruidas.
Guardo la ropa y los huesos levemente
impregnados de esa materia seminocturna:
es un polvo temporal que se me va uniendo,
y el dios de la substituciòn vela a veces
a mi lado, respirando tenazmente,
levantando la espada.



Comunicaciones desmentidas


Aquellos días extraviaron
mi Sentido profetice,
a mi casa entraban
los coleccionistas de sellos,
y emboscados, a altas horas
de la estaciòn, asaltaban mis cartas,
arrancaban de ellas besos frescos,
besos sometidos a una larga
residencia marina, y conjuros
que protegían mi suerte
con ciencia femenina
y defensiva caligrafía.

Vivía al lado de otras casas,
otras personas y árboles tendiendo
a lo grandioso, pabellones
de follaje pasional, raíces
emergidas, palas vegetales,
cocoteros directos, y en medio
de estas espumas verdes, pasaba
con mi sombrero puntiagudo
y un corazòn por completo novelesco,
con tranco pesado de esplendor,
porque a medida que mis poderes
se roían, y destruidos en polvo
buscaban simetría como los muertos
en los cementerios, los lugares conocidos,
las extensiones hasta esa hora despreciadas,
y los rostros que como plantas
lentas brotaban, en mi abandono,
variaban a mi alrededor con terror
y sigilo,, como cantidades de hojas
que un otoño súbito trastorna.

Loros, estrellas, y además
el sol oficial, y una brusca humedad,
hicieron nacer en mí un gusto ensimismado
por la tierra y cuanta cosa la cubría,
y una satisfacciòn de casa vieja
por sus murciélagos,
una delicadeza de mujer desnuda
por sus uñas, dispusieron
en mí como de armas débiles
y tenaces de mis facultades vergonzosas,
y la melancolía puso su estría en mi tejido,
y la carta de amor, pálida de papel y temor,
sustrajo su araña trémula que apenas teje
y sin cesar desteje y teje. Naturalmente,
de la luz lunar, de su circunstancial
prolongaciòn, y más aún, de su eje frío,
que los pájaros (golondrinas, ocas)
no pueden pisar ni en los delirios
de la emigraciòn, de su piel azul,
lisa, delgada y sin alhajas,
caí hacia el duelo, como quien
cae herido de arma blanca.
Yo soy sujeto de sangre especial,
y esa substancia a la vez nocturna
y marítima me hacía alterar y padecer,
y esas aguas subcelestes degradaban
mi energía y lo comercial de mi disposiciòn.

De ese modo històrico
mis huesos adquirieron
gran preponderancia
en mis intenciones:
el reposo, las mansiones
a la orilla del mar
me atraían sin seguridad,
pero con destino,
y una vez llegado al recinto,
rodeado del coro mudo
y más inmòvil, sometido
a la hora postrera y sus perfumes,
injusto con las geografías
inexactas y partidario mortal
del sillòn de cemento,
aguardo el tiempo militarmente,
y con el florete de la aventura
manchado de sangre olvidada.



El deshabitado


Estaciòn invencible!
En los lados del cielo
un pálido cierzo se acumulaba,
un aire desteñido e invasor,
y hacia todo lo que los ojos
abarcaban, como una espesa leche,
como una cortina endurecida
existía, continuamente.

De modo que el ser
se sentía aislado,
sometido a esa extraña
substancia, rodeado
de un cielo pròximo,
con el mástil quebrado
frente a un litoral
blanquecino, abandonado
de lo sòlido, frente
a un transcurso impenetrable
y en una casa de niebla.
Condenaciòn: y horror!
De haber estado herido
y abandonado, o haber escogido
las arañas, el luto y la sotana,
De haberse emboscado, fuertemente
ahíto de este mundo,
y de haber conversado
sobre esfinges y oros
y fatídicos destinos.
De haber amarrado la ceniza
al traje cotidiano,
y haber besado el origen
terrestre con su sabor
a olvido. Pero no. No.

Materias frías de la lluvia
que caen sombríamente,
pesares sin resurrecciòn, olvido.
En mi alcoba sin retratos,
en mi traje sin luz, cuánta
cabida eternamente permanece,
y el lento rayo recto del día
còmo se condensa hasta llegar
a ser una sola gota oscura.

Movimientos tenaces,
senderos verticales
a cuya flor final
a veces se asciende,
compañías suaves
o brutales, puertas ausentes!
Como cada día un pan letárgico,
bebo de un agua aislada!

Aúlla el cerrajero,
trota el caballo,
el caballejo empapado
en lluvia, y el cochero
de largo látigo tose,
el condenado! Lo demás,
hasta muy larga distancia
permanece inmòvil, cubierto
por el mes de junio
y sus vegetaciones mojadas,
sus animales callados,
se unen como olas.
Sí, qué mar de invierno,
qué dominio sumergido
trata de sobrevivir, y,
aparentemente muerto,
cruza de largos velámenes
mortuorios esta densa superficie?

A menudo, de atardecer acaecido,
arrimo la luz a la ventana,
y me miro, sostenido
por maderas miserables,
tendido en la humedad
como un ataúd envejecido,
entre paredes bruscamente débiles.
Sueño, de una ausencia a otra,
y a otra distancia, recibido y amargo.



El joven monarca


Como continuaciòn de lo leído
y precedente de la página
que sigue debo encaminar
mi estrella al territorio amoroso.

Patria limitada por dos largos
brazos cálidos, de larga pasiòn
paralela, y un sitio
de oros defendidos por sistema
y matemática ciencia guerrera.
Sí, quiero casarme con la más bella
de Mandalay, quiero encomendar
mi envoltura terrestre a ese ruido
de la mujer cocinando, a ese aleteo
de falda y pie desnudo que se mueven
y mezclan como viento y hojas.

Amor de niña de pie pequeño
y gran cigarro, flores de ámbar
en el puro y cilíndrico peinado,
y de andar en peligro,
como un lirio de pesada cabeza,
de gruesa consistencia.

Y mi esposa a mi orilla,
al lado de mi rumor tan venido
de lejos, mi esposa birmana,
hija del rey.

Su enrollado cabello
negro entonces beso,
y su pie dulce y perpetuo:
y acercada ya la noche,
desencadenado su molino,
escucho a mi tigre
y lloro a mi ausente.



Establecimientos nocturnos


Difícilmente llamo a la realidad,
como el perro., y también aúllo.
Còmo amaría establecer el diálogo
del hidalgo y el barquero,
pintar la jirafa, describir
los acordeones, celebrar
mi musa desnuda y enroscada
a mi cintura de asalto y resistencia.
Así es mi cintura, mi cuerpo en general,
una lucha despierta y larga,
y mis riñones escuchan.

Oh Dios, cuántas ranas habituadas
a la noche, silbando y roncando
con gargantas de seres humanos
a los cuarenta años, y qué angosta
y sideral es la curva que hasta
lo más lejos me rodea! Llorarían
en mi caso los cantores italianos,
los doctores de astronomía ceñidos
por esta alba negra, definidos
hasta el corazòn por esta aguda espada.

Y luego esa condensaciòn,
esa unidad de elementos
de la noche, esa suposiciòn
puesta detrás de cada cosa,
y ese frío tan claramente
sostenido por estrellas.

Execraciòn para tanto muerto
que no mira, para tanto herido
de alcohol o infelicidad,
y loor al nochero, al inteligente
que soy yo, sobreviviente
adorador de los cielos.



Entierro en el este


Yo trabajo de noche, rodeado de ciudad,
de pescadores, de alfareros, de difuntos quemados
con azafrán y frutas, envueltos en muselina escarlata:
bajo mi balcòn esos muertos terribles
pasan sonando cadenas y flautas de cobre,
estridentes y finas y lúgubres silban
entre el color de las pesadas flores envenenadas
y el grito de los cenicientos danzarines
y el creciente monòtono de los tam-tam
y el humo de las maderas que arden y huelen.

Porque una vez doblado el camino, junto al turbio río,
sus corazones, detenidos o iniciando un mayor movimiento,
rodarán quemados, con la pierna y el pie hechos fuego,
y la trémula ceniza caerá sobre el agua,
flotará como ramo de flores calcinadas
o como extinto fuego dejado por tan poderosos viajeros
que hicieron arder algo sobre las negras aguas, y devoraron
un alimento desaparecido y un licor extremo.



3
Caballero sòlo


Los jòvenes homosexuales y las muchachas amorosas,
y las largas viudas que sufren el delirante insomnio,
y las jòvenes señoras preñadas hace treinta horas,
y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,
como un collar de palpitantes ostras sexuales
rodean mi residencia solitaria,
como enemigos establecidos contra mi alma,
como conspiradores en traje de dormitorio
que cambiaran largos besos espesos por consigna.

El radiante verano conduce a los enamorados
en uniformes regimientos melancòlicos,
hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas:
bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna
hay una continua vida de pantalones y polleras,
un rumor de medias de seda acariciadas,
y senos femeninos que brillan como ojos.

El pequeño empleado, después de mucho,
después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama,
ha definitivamente seducido a su vecina,
y la lleva a los miserables cinematògrafos
donde los héroes son potros o príncipes apasionados,
y acaricia sus piernas llenas de dulce vello
con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo.

Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos
se unen como dos sábanas sepultándome,
y las horas después del almuerzo en que los jòvenes estudiantes,
y las jòvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban,
y los animales fornican directamente,
y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas,
y los primos juegan extrañamente con sus primas,
y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente,
y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido,
cumple con su deber conyugal, y desayuna,
y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor
sobre lechos altos y largos como embarcaciones:
seguramente, eternamente me rodea
este gran bosque respiratorio y enredado
con grandes flores como bocas y dentaduras
y negras raíces en forma de uñas y zapatos.



Ritual de mis piernas


Largamente he permanecido mirando mis largas piernas
con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasiòn,
como si hubieran sido las piernas de una mujer divina
profundamente sumida en el abismo de mi tòrax:
y es que, la verdad, cuando el tiempo, el tiempo pasa,
sobre la tierra, sobre el techo, sobre mi impura cabeza,
y pasa, el tiempo pasa, y en mi lecho no siento de noche que
una mujer está respirando, durmiendo, desnuda y a mi lado,
entonces, extrañas, oscuras cosas toman el lugar de la ausente,
viciosos, melancòlicos pensamientos
siembran pesadas posibilidades en mi dormitorio,
y así, pues, miro mis piernas como si pertenecieran a otro cuerpo,
y fuerte y dulcemente, estuvieran pegadas a mis entrañas.


Como tallos o femeninas, adorables cosas,
desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas,
con turbado y compacto material de existencia:
como brutales, gruesos brazos de diosa,
como árboles monstruosamente vestidos de seres humanos,
como fatales, inmensos labios sedientos y tranquilos,
son allí la mejor parte de mi cuerpo:
lo enteramente substancial, sin complicado contenido
de sentidos o tráqueas o intestinos o ganglios:
nada, sino lo puro, lo dulce y espeso de mi propia vida,
nada, sino la forma y el volumen existiendo,
guardando la vida, sin embargo, de una manera completa.

Las gentes cruzan el mundo en la actualidad
sin apenas recordar que poseen un. cuerpo y en él la vida,
y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo,
y se habla favorablemente de la ropa,
de pantalones es posible hablar, de trajes,
y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de "señora"),
como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo
y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

Tienen existencia los trajes, color, forma, designio,
y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar,
demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo,
y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido,
con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas.

Bueno, mis rodillas, como nudos,
particulares, funcionarios, evidentes,
separan las mitades de mis piernas en forma seca:
y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes
no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas.

Desde la rodilla hasta el pie una forma dura,
mineral, fríamente útil aparece,
una criatura de hueso y persistencia,
y los tobillos no son ya sino el propòsito desnudò,
la exactitud y lo necesario dispuestos en definitiva.

Sin sensualidad, cortas y duras, y masculinas,
son allí mis piernas, y dotadas
de grupos musculares como animales complementarios,
y allí también una vida, una sòlida, sutil, aguda vida
sin temblar permanece, aguardando y actuando.

En mis pies cosquillosos,
y duros como el sol, y abiertos como flores,
y perpetuos, magníficos soldados
en la guerra gris del espacio,
todo termina, la vida termina definitivamente en mis pies,
lo extranjero y lo hostil allí comienza,
los nombres del mundo, lo fronterizo y lo remoto,
lo sustantivo y lo adjetivo que no caben en mi corazòn,
con densa y fría constancia allí se originan.

Siempre,
productos manufacturados, medias, zapatos,
o simplemente aire infinito,
habrá entre mis pies y la tierra
extremando lo aislado y lo solitario de mi ser,
algo tenazmente supuesto entre mi vida y la tierra,
algo abiertamente invencible y enemigo.



El fantasma del buque de carga


Distancia refugiada sobre tubos de espuma,
sal en rituales olas y òrdenes definidos,
y un olor y rumor de buque viejo,
de podridas maderas y hierros averiados,
y fatigadas máquinas que aúllan y lloran
empujando la proa, pateando los costados,
mascando lamentos, tragando y tragando distancias,
haciendo un ruido de agrias aguas sobre las agrias aguas,
moviendo el viejo buque sobre las viejas aguas.

Bodegas interiores túneles crepusculares
que el día intermitente de los puertos visita:
sacos, sacos que un dios sombrío ha acumulado
como animales grises, redondos y sin ojos,
con dulces orejas grises,
y vientres estimables llenos de trigo o copra,
sensitivas barrigas de mujeres encinta,
pobremente vestidas de gris, pacientemente
esperando en la sombra de un doloroso cine.

Las aguas exteriores de repente
se oyen pasar, corriendo como un caballo opaco,
con un ruido de pies de caballo en el agua,
rápidas, sumergiéndose otra vez en las aguas.
Nada más hay entonces que el tiempo en las cabinas:
el tiempo en el desventurado comedor solitario,
inmòvil y visible como una gran desgracia.
Olor de cuero y tela densamente gastados,
y cebollas, y aceite, y aún más,
olor de alguien flotando en los rincones del buque,
olor de alguien sin nombre
que baja como una ola de aire las escalas,
y cruza corredores con su cuerpo ausente,
y observa con sus ojos que la muerte preserva.

Observa con sus ojos sin color, sin mirada,
lento, y pasa temblando, sin presencia ni sombra:
los sonidos lo arrugan, las cosas lo traspasan,
su transparencia hace brillar las sillas sucias.

Quién es ese fantasma sin cuerpo de fantasma,
con sus pasos livianos como harina nocturna
y su voz que sòlo las cosas patrocinan?

Los muebles viajan llenos de su ser silencioso
como pequeños barcos dentro del viejo barco,
cargados de su ser desvanecido y vago:
los roperos, las verdes carpetas de las mesas,
el color de las cortinas y del suelo,
todo ha sufrido el lento vacío de sus manos,
y su respiraciòn ha gastado las cosas.

Se desliza y resbala, desciende, transparente,
aire en él aire frío que corre sobre el buque,
con sus manos ocultas se apoya en las barandas
y mira el mar amargo que huye detrás del buque.

Solamente las aguas rechazan su influencia,
su color y su olor de olvidado fantasma,
y frescas y profundas desarrollan su baile
como vidas de fuego, como sangre o perfume,
nuevas y fuertes surgen, unidas y reunidas.

Sin gastarse las aguas, sin costumbre ni tiempo,
verdes de cantidad, eficaces y frías,
tocan el negro estòmago del buque y su materia
lavan, sus costras rotas, sus arrugas de hierro:
roen las aguas vivas la cáscara del buque,
traficando sus largas banderas de espuma
y sus dientes de sal volando en gotas.

Mira el mar el fantasma con su rostro sin ojos:
el círculo del día, la tos del buque, un pájaro
en la ecuaciòn redonda y sola del espacio,
y desciende de nuevo a la vida del buque
cayendo sobre el tiempo muerto y la madera,
resbalando en las negras cocinas y cabinas,
lento de aire y atmòsfera, y desolado espacio.


Tango del viudo


Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola pena podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre,
y ya no podrás recordar, mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún,
quejándome del tròpico, de los coolies coringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.

Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitaciòn, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sòlo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.

Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazòn,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiraciòn
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmòsfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.



4


Cantares


La parracial rosa devora
y sube a la cima del santo:
con espesas garras sujeta
el tiempo al fatigado ser:
hincha y sopla en las venas duras,
ata el cordel, pulmonar, entonces
largamente escucha y respira.

Morir deseo, vivir quiero,
herramienta, perro infinito,
movimiento de océano espeso
con vieja y negra superficie.

Para quién y a quién en la sombra
mi gradual guitarra resuena
naciendo en la sal de mi ser
como el pez en la sal del mar?

Ay, qué continuo país cerrado,
neutral, en la zona del fuego,
inmòvil, en el giro terrible,
seco, en la humedad de las cosas.

Entonces, entre mis rodillas,
bajo la raíz de mis ojos,
prosigue cosiendo mi alma:
su aterradora aguja trabaja.

Sobrevivo en medio del mar,
solo y tan locamente herido,
tan solamente persistiendo,
heridamente abandonado.



Trabajo frío


Dime, del tiempo resonando
en tu esfera parcial y dulce
no oyes acaso el sordo gemido?

No sientes de lenta manera,
en trabajo trémulo y ávido,
la insistente noche que vuelve?

Secas sales y sangres aéreas,
atropellado correr ríos,
temblando el testigo constata.

Aumento oscuro de paredes,
crecimiento brusco de puertas,
delirante poblaciòn de estímulos,
circulaciones implacables.

Alrededor, de infinito modo,
en propaganda interminable,
de hocico armado y definido
el espacio hierve y se puebla.

No oyes la constante victoria
en la carrera de los seres
del tiempo, lento como el fuego,
seguro y espeso y hercúleo,
acumulando su volumen
y añadiendo su triste hebra?

Como una planta perpetua aumenta
su delgado y pálido hilo
mojado de gotas que caen
sin sonido en la soledad.



Significa sombras


Qué esperanza considerar, qué presagio puro,
qué definitivo beso enterrar en el corazòn,
someter en los orígenes del desamparo y la inteligencia,
suave y seguro sobre las aguas eternamente turbadas?

Qué vitales, rápidas alas de un nuevo ángel de sueños
instalar en mis hombros desnudos para seguridad perpetua,
de tal manera que el camino entre las estrellas de la muerte
sea un violento vuelo comenzado desde hace muchos días y meses y siglos?

Tal vez la debilidad natural de los seres recelosos y ansiosos
busca de súbito permanencia en el tiempo y límites en la tierra,
tal vez las fatigas y las edades acumuladas implacablemente
se extienden como la ola lunar de un océano recién creado
sobre litorales y tierras angustiosamente desiertas.

Ay, que lo que yo soy siga existiendo y cesando de existir,
y que mi obediencia se ordene con tales condiciones de hierro
que el temblor de las muertes y de los nacimientos no conmueva
el profundo sitio que quiero reservar para mí eternamente.

Sea, pues, lo; que soy, en alguna parte y en todo tiempo,
establecido y asegurado y ardiente testigo,
cuidadosamente destruyéndose y preservándose incesantemente,
evidentemente empeñado en su deber original.





Residencia en la tierra


2
1933-1935


Un día sobresale


De lo sonoro salen números,
números moribundos y cifras con estiércol,
rayos humedecidos y relámpagos sucios.
De lo sonoro, creciendo, cuando
la noche sale Sola, como reciente viuda,
como paloma o amapola o beso,
y sus maravillosas estrellas se dilatan.

En lo sonoro la luz se verifica:
las vocales se inundan, el llanto cae en pétalos,
un viento de sonido como una ola retumba,
brilla, y peces de frío y elástico la habitan.

Peces en el sonido, lentos, agudos, húmedos,
arqueadas masas de oro con gotas en la cola,
tiburones de escama y espuma temblorosa,
salmones azulados de congelados ojos.

Herramientas que caen, carretas de legumbres,
rumores de racimos aplastados,
violines llenos de agua, detonaciones frescas,
motores sumergidos y polvorienta sombra,
fábricas, besos,
botellas palpitantes,
gargantas,
en torno a mí la noche suena,
el día, el mes, el tiempo,
sonando como sacos de campanas mojadas
o pavorosas bocas de sales quebradizas.

Olas del mar, derrumbes,
uñas, pasos del mar,
arrolladas corrientes de animales deshechos,
pitazos en la niebla ronca
deciden los sonidos de la dulce aurora
despertando en el mar abandonado.

A lo sonoro el alma rueda
cayendo desde sueños,
rodeada aún por sus palomas negras, ;
todavía forrada por sus trapos de ausencia.

A lo sonoro el alma acude
y sus bodas veloces celebra y precipita.

Cáscaras del silencio, de azul turbio,
como frascos de oscuras farmacias clausuradas,
silencio envuelto en pelo, !
silencio galopando en caballos sin patas
y máquinas dormidas, y velas sin atmòsfera,
y trenes de jazmín desalentado y cera,
y agobiados buques llenos de sombras y sombreros.

Desde el silencio sube el alma
con rosas instantáneas,
y en la mañana del día se desploma,
y se ahoga de bruces en la luz que suena.

Zapatos bruscos, bestias, utensilios
olas de gallos duros derramándose,
relojes trabajando como estòmagos secos,
ruedas desenrollándose en rieles abatidos,
y water-closets blancos despertando
con ojos de madera, como palomas tuertas,
y sus gargantas anegadas
suenan de pronto como cataratas.

Ved còmo se levantan los párpados del moho
y se desencadena la cerradura roja
y la guirnalda desarrolla sus asuntos,
cosas que crecen,
los puentes aplastados por los grandes tranvías
rechinan como camas con amores,
la noche ha abierto sus puertas de piano:
como un. caballo el día corre en sus tribunales.

De lo sonoro sale el día
de aumento y grado,
y también de violetas cortadas y cortinas,
de extensiones, de sombra recién huyendo
y gotas que del corazòn del cielo
caen como sangre celeste.



Sòlo la muerte


Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazòn pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazòn,
como irnos cayendo desde la piel al alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo sòlo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado, como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde, .
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.



Barcarola


Si solamente me tocaras el corazòn,
si solamente pusieras tu boca en mi corazòn,
tu fina boca, tus dientes,
si pusieras tu lengua como una flecha roja
allí donde mi corazòn polvoriento golpea,
si soplaras en mi corazòn, cerca del mar, llorando,
sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño,
como aguas vacilantes,
como el otoño en hojas,
como sangre,
con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
sonando como sueños o ramas o lluvias,
o bocinas de puerto triste,
si tú soplaras en mi corazòn, cerca del mar,
como un fantasma blanco,
al borde de la espuma,
en mitad del viento,
como un fantasma desencadenado, a la orilla del mar, llorando.

Como ausencia extendida, como campana súbita,
el mar reparte el sonido del corazòn,
lloviendo, atardeciendo, en una costa sola:
la noche cae sin duda,
y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
se puebla de planetas de plata enronquecida.

Y suena el corazòn como un caracol agrio,
llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
de lo sonoro el mar acusa
sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.

Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
rodeada por el día muerto,
frente a una nueva noche,
llena de olas,
y soplaras en mi corazòn de miedo frío,
soplaras en la sangre sola de mi corazòn,
soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
sonarían sus negras sílabas de sangre,
crecerían sus incesantes aguas rojas,
y sonaría, sonaría a sombras,
sonaría como la muerte,
llamaría como un tubo lleno dé viento o llanto,
o una botella echando espanto a borbotones.

Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
a preparar el llanto que sordamente encierras,
y las alas negras del mar girarían en torno
de ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.

Quieres ser el fantasma que sople, solitario,
cerca del mar su estéril, triste instrumento?
Si solamente llamaras,
su prolongado son, su maléfico pito,
su orden de olas heridas,
alguien vendría acaso,
alguien vendría,
desde las cimas de las islas, desde el fondo rojo del mar,
alguien vendría, alguien vendría.

Alguien vendría, sopla con furia,
que suene como sirena de barco roto,
como lamento,
como un relincho en medio de la espuma y la sangre,
como un agua feroz mordiéndose y sonando.

En la estaciòn marina
su caracol de sombra circula como un grito,
los pájaros del mar lo desestiman y huyen,
sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
se levantan a orillas del océano solo.



El Sur del Océano


De consumida sal y garganta en peligro
están hechas las rosas del océano solo,
el agua rota sin embargo,
y pájaros temibles,
y no hay sino la noche acompañada
del día, y el día acompañado
de un refugio, de una
pezuña, del silencio.

En el silencio crece el viento
con su hoja única y su flor golpeada,
y la arena que tiene sòlo tacto y silencio,
no es nada, es una sombra,
una pisada de caballo vago,
no es nada sino una ola que el tiempo ha recibido,
porque todas las aguas van a los ojos fríos
del tiempo que debajo del océano mira.

Ya sus ojos han muerto de agua muerta y palomas,
y son dos agujeros de latitud amarga
por donde entran los peces de ensangrentados dientes
y las ballenas buscando esmeraldas,
y esqueletos de pálidos caballeros deshechos
por las lentas medusas, y además
varias asociaciones de arrayán venenoso,
manos aisladas, flechas,
revòlveres de escama,
interminablemente corren por sus mejillas
y devoran sus ojos de sal destituida.

Cuando la luna entrega sus naufragios,
sus cajones, sus muertos
cubiertos de amapolas masculinas,
cuando en el saco de la luna caen
los trajes sepultados en el mar,
con sus largos tormentos, sus barbas derribadas,
sus cabezas que el agua y el orgullo pidieron para siempre,
en la extensiòn se oyen caer rodillas
hacia el fondo del mar traídas por la luna
en su saco de piedra gastado por las lágrimas
y por las mordeduras de pescados siniestros.

Es verdad, es la luna descendiendo
con crueles sacudidas de esponja, es, sin embargo,
la luna tambaleando entre las madrigueras,
la luna carcomida por los gritos, del agua,
los vientres de la luna, sus escamas
de acero despedido: y desde entonces
al final del Océano desciende,
azul y azul, atravesada por azules,
ciegos azules de materia ciega,
arrastrando su cargamento corrompido,
buzos, maderas, dedos,
pescadora de la sangre que en las cimas del mar
ha sido derramada por grandes desventuras.

Pero hablo de una orilla, es allí donde azota
el mar con furia y las olas golpean
los muros de ceniza. Qué es esto? Es una sombra?
No es la sombra, es la arena de la triste república,
es un sistema de algas, hay alas, hay
un picotazo en el pecho del cielo:
oh superficie herida por las olas,
oh manantial del mar,
si la lluvia asegura tus secretos, sí el viento interminable
mata los pájaros, si solamente el cielo,
sòlo quiero morder tus costas y morirme,
sòlo quiero mirar la boca de las piedras
por donde los secretos salen llenos de espuma.

Es una regiòn sola, ya he hablado
de esta regiòn tan sola,
donde la tierra está llena de océano,
y no hay nadie sino unas huellas de caballo,
no hay nadie sino el viento, no hay nadie
sino la lluvia que cae sobre las aguas del mar,
nadie sino la lluvia que crece sobre el mar.




2
Walking Around


Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

Él olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sòlo quiero un descanso de piedras o de lana,
sòlo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja,
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muñéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petròleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias.



Desespediente


La paloma está llena dé papeles caídos,
su pecho está manchado por gomas y semanas,
por secantes más blancos que un cadáver
y tintas asustadas de su color siniestro.

Ven conmigo a la sombra de las administraciones,
al débil, delicado color pálido de los jefes,
a los túneles profundos como calendarios,
a la doliente rueda de mil páginas.

Examinemos ahora los títulos y las condiciones,
las actas especiales, los desvelos,
las demandas con sus dientes de otoño nauseabundo,
la furia de cenicientos destinos y tristes decisiones.

Es un relato de huesos heridos,
amargas circunstancias e interminables trajes,
y medias repentinamente serias.
Es la noche profunda, la cabeza sin venas
de donde cae el día de repente
como de una botella rota por un relámpago.

Son los pies y los relojes y los dedos
y una locomotora de jabòn moribundo,
y un agrio cielo de metal mojado,
y un amarillo río de sonrisas.

Todo llega a la punta de los dedos como flores,
a uñas como relámpagos, a sillones marchitos,
todo llega a la tinta de la muerte
y a la boca violeta, de los timbres.

Lloremos la defunciòn de la tierra y el fuego,
las espadas, las uvas,
los sexos con sus duros dominios de raíces,
las naves del alcohol navegando entre naves
y el perfume que baila de noche, de rodillas,
arrastrando un planeta de rosas perforadas.

Con un traje de perro y una mancha en la frente
caigamos a la profundidad de los papeles,
a la ira de las palabras encadenadas,
a manifestaciones tenazmente difuntas,
a sistemas envueltos en amarillas hojas.

Rodad conmigo a las oficinas, al incierto
olor de ministerios, y tumbas, y estampillas.
Venid conmigo al día blanco que se muere
dando gritos de novia asesinada.



La calle destruida


Por el hierro injuriado, por los ojos del yeso
pasa una lengua de años diferentes
del tiempo. Es una cola
de ásperas crines, unas manos de piedra llenas de ira,
y el color de las casas enmudece, y estallan
las decisiones de la arquitectura,
un pie terrible ensucia los balcones:
con lentitud, con sombra acumulada,
con máscaras mordidas de invierno y lentitud,
se pasean los días de alta frente
entre casas sin luna.

El agua y la costumbre y el lodo blanco
que la estrella despide, y en especial
el aire que las campanas han golpeado con furia,
gastan las cosas, tocan
las ruedas, se detienen
en las cigarrerías,
y crece el pelo rojo en las cornisas
como un largo lamento, mientras a lo profundo
caen llaves, relojes,
flores asimiladas al olvido.

Dònde está la violeta recién parida? Dònde
la corbata y el virginal céfiro rojo?
Sobre las poblaciones
una lengua de polvo podrido se adelanta
rompiendo anillos, royendo pintura,
haciendo aullar sin voz las sillas negras,
cubriendo los florones del cemento, los baluartes de metal destrozado,
el jardín y la lana, las ampliaciones de fotografías ardientes
heridas por la lluvia, la sed de las alcobas, y los grandes
carteles de los cines en donde luchan
la pantera y el trueno,
las lanzas del geranio, los almacenes llenos de miel perdida,
la tos, los trajes de tejido brillante,
todo se cubre de un sabor mortal
a retroceso y humedad y herida.

Tal vez las conversaciones anudadas, el roce de los cuerpos,
la virtud de las fatigadas señoras que anidan en el humo,
los tomates asesinados implacablemente,
el paso de los caballos de un triste regimiento,
la luz, la presiòn de muchos dedos sin nombre
gastan la fibra plana de la cal,
rodean de aire neutro las fachadas
como cuchillos: mientras
el aire del peligro roe las circunstancias,
los ladrillos, la sal se derraman como aguas
y los carros de gordos ejes tambalean.

Ola de rosas rotas y agujeros! Futuro
de la vena olorosa! Objetos sin piedad!
Nadie circule! Nadie abra los brazos
dentro del agua ciega!
Oh movimiento, oh nombre malherido,
oh cucharada de viento confuso
y color azotado! Oh herida en donde caen
hasta morir las guitarras azules!



Melancolía en las familias


Conservo un frasco azul,
dentro de él una oreja y un retrato:
cuando la noche obliga
a las plumas del búho,
cuando el ronco cerezo
se destroza los labios y amenaza
con cáscaras que el viento del océano a menudo perfora,
yo sé que hay grandes extensiones hundidas,
cuarzo en lingotes,
cieno,
aguas azules para una batalla,
mucho silencio, muchas
vetas de retrocesos y alcanfores,
cosas caídas, medallas, ternuras,
paracaídas, besos.

No es sino el paso de un día hacia otro,
una sola botella
andando por los mares,
y un comedor adonde llegan rosas,
un comedor abandonado
como una espina: me refiero
a una copa trizada, a una cortina, al fondo
de una sala desierta por donde pasa un río
arrastrando las piedras. Es una casa
situada en los cimientos de la lluvia,
una casa de dos pisos con ventanas obligatorias
y enredaderas estrictamente fieles.

Voy por las tardes, llego
lleno de lodo y muerte,
arrastrando la tierra y sus raíces,
y su vaga barriga en donde duermen
cadáveres con trigo,
metales, elefantes derrumbados.

Pero por sobre todo hay un terrible,
un terrible comedor abandonado,
con las alcuzas rotas
y el vinagre corriendo debajo de las sillas,
un rayo detenido de la luna,
algo oscuro, y me busco
una comparaciòn dentro de mí:
tal vez es una tienda rodeada por el mar
y paños rotos goteando salmuera.
Es sòlo un comedor abandonado,
y alrededor hay extensiones,
fábricas sumergidas, maderas
que sòlo yo conozco,
porque estoy triste y viajo,
y conozco la tierra, y estoy triste.



Maternidad


Por qué te precipitas hacia la maternidad y verificas
tu ácido oscuro con gramos a menudo fatales?
El porvenir de las rosas ha llegado! El tiempo
de la red y el relámpago! Las suaves peticiones
de las hojas perdidamente alimentadas!
Un río roto en desmesura
recorre habitaciones y canastos
infundiendo pasiones y desgracias
con su pesado líquido y su golpe de gotas.

Se trata de una súbita estaciòn
que puebla ciertos huesos, ciertas manos,
ciertos trajes marinos.
Y ya que su destello hace variar las rosas
dándoles pan y piedras y rocío,
oh madre oscura, ven,
con una máscara en la mano izquierda
y con los brazos llenos de sollozos.

Por corredores donde nadie ha muerto
quiero que pases, por un mar sin peces,
sin escamas, sin náufragos,
por un hotel sin pasos,
por un túnel sin humo.

Es para ti este mundo en que no nace nadie,
en que no existen
ni la corona muerta ni la flor uterina,
es tuyo este planeta lleno de piel y piedras.

Hay sombra allí para todas las vidas.
Hay círculos de leche y edificios de sangre,
y torres de aire verde,
Hay silencio en los muros, y grandes vacas pálidas
con pezuñas de vino.

Hay sombra allí para que continúe
el diente en la mandíbula y un labio frente a otro,
y para que tu boca pueda hablar sin morirse,
y para que tu sangre no se derrumbe en vano.

Oh madre oscura, hiéreme
con diez cuchillos en el corazòn,
hacia ese lado, hacia ese tiempo claro,
hacia esa primavera sin cenizas.

Hasta que rompas sus negras maderas
llama en mi corazòn, hasta que un mapa
de sangre y de cabellos desbordados
manche los agujeros y la sombra,
hasta que lloren sus vidrios golpea,
hasta que se derramen sus agujas.

La sangre tiene dedos ¡y abre túneles
debajo de la tierra.



Enfermedades en mi casa


Cuando el deseo de alegría con sus dientes de rosa
escarba los azufres caídos durante muchos meses
y su red natural, sus cabellos sonando
a mis habitaciones extinguidas con ronco paso llegan,
allí la rosa de alambre maldito
golpea con arañas las paredes
y el vidrio roto hostiliza la sangre,
y las uñas del cielo se acumulan,
de tal modo que no se puede salir, que no se puede dirigir
un asunto estimable,
es tanta la niebla, la vaga niebla Cagada por los pájaros,
es tanto el humo convertido en vinagre
y el agrio aire que horada las escalas:
en ese instante en que el día se cae con las plumas deshechas,
no hay sino llanto, nada más que llanto,
porque sòlo sufrir, solamente sufrir,
y nada más que llanto.

El mar se ha puesto a golpear por años una pata de pájaro,
y la sal golpea y la espuma devora,
las raíces de un árbol sujetan una mano de niña,
las raíces de un árbol más grande que una mano de niña,
más grande que una mano del cielo,
y todo el año trabajan, cada día de luna
sube sangre de niña hacia las hojas manchadas por la luna,
y hay un planeta de terribles dientes
envenenando el agua en que caen los niños,
cuando es de noche, y no hay sino la muerte,
solamente la muerte, y nada más que el llanto.

Como un grano de trigo en el silencio, pero
a quién pedir piedad por un grano de trigo?
Ved còmo están las cosas: tantos trenes,
tantos hospitales con rodillas quebradas,
tantas tiendas con gentes moribundas:
entonces, còmo? cuándo?
a quién pedir por unos ojos del color de un mes frío,
y por un corazòn del tamaño del trigo que vacila?
No hay sino ruedas y consideraciones,
alimentos progresivamente distribuidos,
líneas de estrellas, copas
en donde nada cae, sino sòlo la noche,
nada más que la muerte.

Hay que sostener los pasos rotos.
Cruzar entre tejados y tristezas mientras arde
una cosa quemada con llamas de humedad,
una cosa entre trapos tristes como la lluvia,
algo que arde y solloza,
un síntoma, un silencio.
Entre abandonadas conversaciones y objetos respirados,
entre las flores vacías qué el destinò corona y abandona,
hay un río que cae en una herida,
hay el océano golpeando una sombra de flecha quebrantada,
hay todo el cielo agujereando un beso.

Ayudadme, hojas que mi corazòn ha adorado en silencio,
ásperas travesías, inviernos del sur, cabelleras
de mujeres mojadas en mi sudor terrestre,
luna del sur del cielo deshojado,
venid a mí con un día sin dolor,
con un minuto en que pueda reconocer mis venas.

Estoy cansado de una gota,
estoy herido en solamente un pétalo,
y por un agujero de alfiler sube un río de sangre sin consuelo,
y me ahogo en las aguas del rocío que se pudre en la sombra,
y por una sonrisa que no crece, por una boca dulce,
por unos dedos que el rosal quisiera
escribo este poema que sòlo es un lamento,
solamente un lamento.



3


Oda con un lamento


Oh niña entre las rosas, oh presiòn, de palomas,
oh presidio de peces y rosales,
tu alma es una botella llena de sal sedienta
y una campana llena de uvas es tu piel.

Por desgracia no tengo para darte sino uñas
o pestañas, o pianos derretidos,
o sueños que salen de mi corazòn a borbotones,
polvorientos sueños que corren como jinetes negros,
sueños llenos de velocidades y desgracias.

Sòlo puedo quererte con besos y amapolas,
con guirnaldas mojadas por la lluvia,
mirando cenicientos caballos y perros amarillos.
Sòlo puedo quererte con olas a la espalda,
entre vagos golpes de azufre y aguas ensimismadas,
nadando en contra de los cementerios que corren en ciertos ríos
con pasto mojado creciendo sobre las tristes tumbas de yeso,
nadando a través de corazones sumergidos
y pálidas planillas :de niños insepultos.

Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios
en mis desamparadas pasiones y desolados besos,
hay el agua que cae en mi cabeza,
mientras crece mi pelo,
un agua como el tiempo, un agua negra desencadenada,
con una voz nocturna, con un gritò
de pájaro en la lluvia, con una interminable
sombra de ala mojada que protege mis huesos:
mientras me visto, mientras
interminablemente me miro en los espejos y en los vidrios,
oigo que alguien me sigue llamándome a sollozos
con una triste voz podrida por el tiempo.

Tú estás de pie sobre la tierra, llena
de dientes y relámpagos.
Tú propagas los besos y matas las hormigas.
Tú lloras de salud, de cebolla, de abeja,
de abecedario ardiendo.
Tú eres como una espada azul y verde
y ondulas al tocarte, como un río.

Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo
de ensangrentadas rosas y copas de cenizas,
ven con una manzana y un caballo,
porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto,
unas sillas torcidas que esperan el invierno,
y una paloma muerta, con un número.



Material nupcial


De pie como un cerezo sin cáscara ni flores,
especial, encendido, con venas y saliva,
y dedos y testículos,
miro una niña de papel y luna,
horizontal, temblando y respirando y blanca,
y sus pezones como dos cifras separadas,
y la rosal reuniòn de sus piernas en donde
su sexo de pestañas nocturnas parpadea.

Pálido, desbordante,
siento hundirse palabras en mi boca,
palabras como niños ahogados,
y rumbo y rumbo, y dientes crecen naves,
y aguas y latitud como quemadas.

La pondré como una espada o un espejo,
y abriré hasta la muerte sus piernas temerosas,
y morderé sus orejas y sus venas,
y haré que retroceda con los ojos cerrados
en un espeso río de semen verde.

La inundaré de amapolas y relámpagos,
la envolveré en rodillas, en labios, en agujas,
la entraré con pulgadas de epidermis llorando
y presiones de crimen y pelos empapados.

La haré huir escapándose por uñas y suspiros,
hacia nunca, hacia nada,
trepándose a la lenta médula y al oxígeno,
agarrándose a recuerdos y razones
como una sola mano, como un dedo partido
agitando una uña de sal desamparada.

Debe correr durmiendo por caminos de piel
en un país de goma cenicienta y ceniza,
luchando con cuchillos, y sábanas, y hormigas,
y con ojos que caen en ella como muertos,
y con gotas de negra materia resbalando
como pescados ciegos o balas de agua gruesa.



Agua sexual


Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano,
hacia su ola sin agua.

Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazòn,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y medias de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y òrganos y hoteles.

Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirando.

Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro el mundo,

Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazòn enteramente,
veo caer un agua sorda,
a goterones sordos.

Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos.



4
TRES CANTOS MATERIALES


Entrada a la madera


Con mi razòn apenas, con mis dedos,
con lentas aguas lentas inundadas,
caigo al imperio de los nomeolvides,
a una tenaz atmòsfera de luto,
a una olvidada sala decaída,
a un racimo de tréboles amargos.

Caigo en la sombra, en medio
de destruidas cosas,
y miro arañas, y apaciento bosques
de secretas maderas inconclusas,
y ando entre húmedas fibras arrancadas
al vivo ser de substancia y silencio.

Dulce materia, oh rosa de alas secas,
en mi hundimiento tus pétalos subo
con pies pesados de roja fatiga,
y en tu catedral dura me arrodillo
golpeándome los labios con un ángel.

Es que soy yo ante tu color de mundo,
ante tus pálidas espadas muertas,
ante tus corazones reunidos,
ante tu silenciosa multitud.

Soy yo ante tu ola de olores muriendo,
envueltos en otoño y resistencia:
soy yo emprendiendo un viaje funerario
entre tus cicatrices amarillas:
soy yo con mis lamentos sin origen,
sin alimentos, desvelado, solo,
entrando oscurecidos corredores,
llegando a tu materia misteriosa.

Veo moverse tus corrientes secas,
veo crecer manos interrumpidas,
oigo tus vegetales oceánicos
crujir de noche y furia sacudidos,
y siento morir hojas hacia adentro,
incorporando materiales verdes
a tu inmovilidad desamparada.

Poros, vetas, círculos de dulzura,
peso, temperatura silenciosa,
flechas pegadas a tu alma caída,
seres dormidos en tu boca espesa,
polvo de dulce pulpa consumida,
ceniza llena de apagadas almas,
venid a mí, a mi sueño sin medida,
caed en mi alcoba en que la noche cae
y cae sin cesar como agua rota,
y a vuestra vida, a vuestra muerte asidme,
a vuestros materiales sometidos,
a vuestras muertas palomas neutrales,
y hagamos fuego, y silencio, y sonido,
y ardamos, y callemos, y campanas.



Apogeo del apio


Del centro puro que los ruidos nunca
atravesaron, de la intacta cera,
salen claros relámpagos lineales,
palomas con destino de volutas,
hacia tardías calles con olor
a sombra y a pescado.

Son las venas del apio! Son la espuma, la risa,
los sombreros del apio!
Son los signos del apio, su sabor
de luciérnaga, sus mapas .
de color inundado,
y cae su cabeza de ángel verde,
y sus delgados rizos se acongojan,
y entran los pies del apio en los mercados
de la mañana herida, entre sollozos,
y se cierran las puertas a su paso,
y los dulces caballos se arrodillan.

Sus pies cortados van, sus ojos verdes
van derramados, para siempre hundidos
en ellos los secretos y las gotas:
los túneles del mar de donde emergen,
las escaleras que el apio aconseja,
las desdichadas sombras sumergidas,
las determinaciones en el centro del aire,
los besos en el fondo de las piedras.

A medianoche, con manos mojadas,
alguien golpea mi puerta en la niebla,
y oigo la voz del apio, voz profunda,
áspera voz de viento encarcelado,
se queja herido de aguas y raíces,
hunde en mi cama sus amargos rayos,
y sus desordenadas tijeras me pegan en el pecho
buscándome la boca del corazòn ahogado.

Qué quieres, huésped de corsé quebradizo,
en mis habitaciones funerales?
Qué ámbito destrozado te rodea?
Fibras de oscuridad y luz llorando,
ribetes ciegos, energías crespas,
río de vida y hebras esenciales,
verdes ramas de sol acariciado,
aquí estoy, en la noche, escuchando secretos,
desvelos, soledades,
y entráis, en medio de la niebla hundida,
hasta crecer en mí, hasta comunicarme
la luz oscura y la rosa de la tierra.



Estatuto del vino


Cuando a regiones, cuando a sacrificios
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.

Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.

Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estaciòn,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.

Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales,
reuniones de ropas desdichadas.

A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo,
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.

Yo estoy de pie en su espuma y su raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.

Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.

Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones,
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intenciòn nupcial.

Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vòmitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.

Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.

Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebedores,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.

Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazòn en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.

A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay un tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.

El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre mediasnoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.

Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.



5


Oda a Federico García Lorca


Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
lo haría por tu voz de naranjo enlutado
y por tu poesía que sale dando gritos.

Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerías con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre,
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.

Cuando vuelas vestido de durazno,
cuando ríes con risa de arroz huracanado,
cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,
la garganta y los dedos,
me moriría por lo dulce que eres,
me moriría por los lagos rojos
en donde en medio del otoño vives
con un corcel caído y un dios ensangrentado,
me moriría por los cementerios
que como cenicientos ríos pasan
con agua y tumbas,
de noche, entre campanas ahogadas:
ríos espesos como dormitorios
de soldados enfermos, que de súbito crecen
hacia la muerte en ríos con números de mármol
y coronas podridas, y aceites funerales:
me moriría por verte de noche
mirar pasar las cruces anegadas,
de pie y llorando,
porque ante el río de la muerte lloras
abandonadamente, heridamente,
lloras llorando, con los ojos llenos
de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas.

Si pudiera de noche, perdidamente solo,
acumular olvido y sombra y humo
sobre ferrocarriles y vapores,
con un embudo negro,
mordiendo las cenizas,
lo haría por el árbol en que creces,
por los nidos de aguas doradas que reúnes,
y por la enredadera que te cubre los huesos
comunicándote el secreto de la noche.

Ciudades con olor a cebolla mojada
esperan que tú pases cantando roncamente,
y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
y además caracoles y semanas,
mástiles enrollados y cerezas
definitivamente circulan cuando asoman
tu pálida cabeza de quince ojos
y tu boca de sangre sumergida.

Si pudiera llenar de hollín las alcaldías
y, sollozando, derribar relojes,
sería para ver cuándo a tu casa
llega el verano con los labios rotos,
llegan muchas personas de traje agonizante,
llegan regiones de triste esplendor,
llegan arados muertos y amapolas,
llegan enterradores y jinetes, ,
llegan planetas y mapas con sangre,
llegan buzos cubiertos de ceniza,
llegan enmascarados arrastrando doncellas
atravesadas por grandes cuchillos,
llegan raíces, venas, hospitales,
manantiales, hormigas,
llega la noche con la cama en donde
muere entre las arañas un húsar solitario,
llega una rosa de odio y alfileres,
llega una embarcaciòn amarillenta,
llega un día de viento con un niño,
llego yo con Oliverio, Norah,
Vicente Aleixandre, Delia,
Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,
la Rubia, Rafael, Ugarte,
Cotapos, Rafael Alberti,
Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre,
Molinari,
Rosales, Concha Méndez,
y otros que se me olvidan,

Ven a que te corone, joven de la salud
y de la mariposa, joven puro
como un negro relámpago perpetuamente libre,
y conversando entre nosotros,
ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,
hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:
para qué sirven los versos si no es para el rocío?

Para qué sirven los versos si no es para esa noche
en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
para ese crepúsculo, para ese rincòn roto
donde el golpeado corazòn del hombre se dispone a morir?

Sobre todo de noche,
de noche hay muchas estrellas,
todas dentro de un río,
como una cinta junto a las ventanas
de las casas llenas de pobres gentes.

Alguien se les ha muerto, tal vez
han perdido sus colocaciones en las oficinas,
en los hospitales, en los ascensores,
en las minas,
sufren los seres tercamente heridos
y hay propòsito y llanto en todas partes:
mientras las estrellas corren dentro de un río interminable
hay mucho llanto en las ventanas,
los umbrales están gastados por el llanto,
las alcobas están mojadas por el llanto
que llega en forma de ola a morder las alfombras.

Federico,
tú ves el mundo, las calles,
el vinagre,
las despedidas en las estaciones
cuando el humo levanta sus ruedas decisivas
hacia donde no hay nada sino algunas
separaciones, piedras, vías férreas.

Hay tantas gentes haciendo preguntas
por todas partes.
Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el
desanimado,
y el miserable, el árbol de las uñas,
el bandolero con la envidia a cuestas.

Así es la vida, Federico, aquí tienes
las cosas que te puede ofrecer mi amistad
de melancòlico varòn varonil.
Ya sabes por ti mismo muchas cosas,
y. otras irás sabiendo lentamente.



Alberto Rojas Giménez viene volando


Entre plumas que asustan, entre noches,
entre magnolias, entre telegramas,
entre el viento del sur y el oeste marino,
vienes volando.

Bajo las tumbas, bajo las cenizas,
bajo los caracoles congelados,
bajo las últimas aguas terrestres,
vienes volando. :

Más abajo, entre niñas sumergidas,
y plantas ciegas, y pescados rotos,
más abajo, entre nubes otra vez,
vienes volando.

Más allá de la sangre y de los huesos,
más allá del pan, más allá del vino,
más allá del fuego,
vienes volando.

Más allá del vinagre y de la muerte,
entre putrefacciones y violetas,
con tu celeste voz y tus zapatos húmedos,
vienes volando.

Sobre diputaciones y farmacias,
y ruedas, y abogados, y navíos,
y dientes rojos recién arrancados,
vienes volando.

Sobre ciudades de tejado hundido
en que grandes mujeres se destrenzan
con anchas manos y peines perdidos,
vienes volando.

Junto a bodegas donde el vino crece
con tibias manos turbias, en silencio,
con lentas manos de madera roja,
vienes volando.

Entre aviadores desaparecidos,
al lado de canales y de sombras,
al lado de azucenas enterradas,
vienes volando.

Entre botellas de color amargo,
entre anillos de anís y desventura,
levantando las manos y llorando,
vienes volando.

Sobre dentistas y congregaciones,
sobre cines, y túneles, y orejas,
con traje nuevo y ojos extinguidos,
vienes volando.

Sobre tu cementerio sin paredes
donde los marineros se extravían,
mientras la lluvia de tu muerte cae,
vienes volando.

Mientras la lluvia de tus dedos cae,
mientras la lluvia de tus huesos cae,
mientras tu médula y tu risa caen,
vienes volando.

Sobre las piedras en que te derrites,
corriendo, invierno abajo, tiempo abajo,
mientras tu corazòn desciende en gotas,
vienes volando.

No estás allí, rodeado de cemento,
y negros corazones de notarios,
y enfurecidos huesos de jinetes:
vienes volando.

Oh amapola marina, oh deudo mío,
oh guitarrero vestido de abejas,
no es verdad tanta sombra en tus cabellos:
vienes volando.

No es verdad tanta sombra persiguiéndote,
no es verdad tantas golondrinas muertas,
tanta regiòn oscura con lamentos:
vienes volando.

El viento negro de Valparaíso
abre sus alas de carbòn y espuma
para barrer el cielo donde pasas:
vienes volando.

Hay vapores, y un frío de mar muerto,
y silbatos, y meses, y un olor .
de mañana lloviendo y peces sucios:
vienes volando.

Hay ron, tú y yo, y mi alma donde lloro,
y nadie y nada, sino una escalera
de peldaños quebrados, y un paraguas:
vienes volando.

Allí está el mar. Bajo de noche y te oigo
venir volando bajo el mar sin nadie,
bajo el mar que me habita, oscurecido:
vienes volando.

Oigo tus alas y tu lento vuelo,
y el agua de los muertos me golpea
como palomas ciegas y mojadas:
vienes volando.

Vienes volando, solo, solitario,
solo entre muertos, para siempre solo,
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
vienes volando.



El desenterrado


Homenaje al conde de Villamediana

Cuando la tierra llena de párpados mojados
se haga ceniza y duro aire cernido,
y los terrones secos y las aguas,
los pozos, los metales,
por fin devuelvan sus gastados muertos,
quiero una oreja, un ojo,
un corazòn herido dando tumbos,
un hueco de puñal hace ya tiempo hundido
en un cuerpo hace tiempo exterminado y solo,
quiero unas manos, una ciencia de uñas,
una boca de espanto y amapolas muriendo,
quiero ver levantarse del polvo inútil
un ronco árbol de venas sacudidas,
yo quiero de la tierra más amarga,
entre azufre y turquesa y olas rojas
y torbellinos de carbòn callado,
quiero una carne despertar sus huesos
aullando llamas,
y un especial olfato correr en busca de algo,
y una vista cegada por la tierra
correr detrás de dos ojos oscuros,
y un oído, de pronto, como una ostra furiosa,
rabiosa, desmedida,
levantarse hacia el trueno,
y un tacto puro, entre sales perdido,
salir tocando pechos y azucenas, de pronto.

Oh día de los muertos! oh distancia hacia donde
la espiga muerta yace con su olor a relámpago,
oh galerías entregando un nido
y un pez y una mejilla y una espada,
todo molido entre las confusiones,
todo sin esperanzas decaído,
todo en la sima seca alimentado
entre los dientes de la tierra dura.

Y la pluma a su pájaro suave,
y la luna a su cinta, y el perfume a su forma,
y, entre las rosas, el desenterrado,
el hombre lleno de algas minerales,
y a sus dos agujeros sus ojos retornando.

Está desnudo,
sus ropas no se encuentran en el polvo,
y su armadura rota se ha deslizado al fondo del infierno,
y su barba ha crecido como el aire en otoño,
y hasta su corazòn quiere morder manzanas.

Cuelgan de sus rodillas y sus hombros
adherencias de olvido, hebras del suelo,
zonas de vidrio roto y aluminio,
cáscaras de cadáveres amargos,
bolsillos de agua convertida en hierro:
y reuniones de terribles bocas
derramadas y azules,
y ramas de coral acongojado
hacen corona a su cabeza verde,
y tristes vegetales fallecidos
y maderas nocturnas le rodean,
y en él aún duermen palomas entreabiertas
con ojos de cemento subterráneo.

Conde dulce, en la niebla,
oh recién despertado de las minas,
oh recién seco del agua sin río,
oh recién sin arañas!

Crujen minutos en tus pies naciendo,
tu sexo asesinado se incorpora,
y levantas la mano en donde vive
todavía el secreto de la espuma.




6


El reloj caído en el mar


Hay tanta luz tan sombría en el espacio
y tantas dimensiones de súbito amarillas,
porque no cae el viento
ni respiran las hojas.

Es un día domingo detenido en el mar,
un día como un buque sumergido,
una gota del tiempo que asaltan las escamas
ferozmente vestidas de humedad transparente.

Hay meses seriamente acumulados en una vestidura
que queremos oler llorando con los ojos cerrados,
y hay años en un solo ciego signo del agua
depositada y verde,
hay la edad que los dedos ni la luz apresaron,
mucho más estimable que un abanico roto,
mucho más silenciosa que un pie desenterrado,
hay la nupcial edad de los días disueltos
en una triste tumba que los peces recorren.

Los pétalos del tiempo caen inmensamente
como vagos paraguas parecidos al cielo,
creciendo en torno, es apenas
una campana nunca vista,
una rosa inundada, una medusa, un largo
latido quebrantado:
pero no es eso, es algo que toca y gasta apenas,
una confusa huella sin sonido ni pájaros,
un desvanecimiento de perfumes y razas.

El reloj que en el campo se tendiò sobre el musgo
y golpeò una cadera con su eléctrica forma
corre desvencijado y herido bajo el agua temible
que ondula palpitando de corrientes centrales.



Vuelve el otoño


Un enlutado día cae de las campanas
como una temblorosa tela de vaga viuda,
es un color, un sueño
de cerezas hundidas en la tierra,
es una cola de humo que llega sin descanso
a cambiar el color del agua y de tos besos.

No sé si me entiende: cuando desde lo alto
se avecina la noche, cuando el solitario poeta
a la ventana oye correr el corcel del otoño
y las hojas del miedo pisoteado crujen en sus arterias,
hay algo sobre el cielo, como lengua de buey
espeso, algo en la duda del cielo y de la atmòsfera.

Vuelven las cosas a Su sitio,
el abogado indispensable, las manos, el aceite,
las botellas,
todos los indicios de la vida: las camas sobre todo,
están llenas de un líquido sangriento,
la gente deposita sus confianzas en sòrdidas oroyas,
los asesinos bajan escaleras,
pero no es esto, sino el viejo galope,
el caballo del viejo otoño que tiembla y dura.

El caballo del viejo otoño tiene la barba roja
y la espuma del miedo le cubre las mejillas
y el aire que le sigue tiene forma de océano
y perfume de vaga podredumbre enterrada.

Todos los días baja del cielo un color ceniciento
que las palomas deben repartir por la tierra:
la cuerda que él olvido y las lágrimas tejen,
el tiempo que ha, dormido largos años dentro de las campanas, todo,
los viejos trajes mordidos, las mujeres que ven venir la nieve,
las amapolas negras que nadie puede contemplar sin morir,
todo cae a las manos que levanto
en medio de la lluvia.



No hay olvido (sonata)


Si me preguntáis en dònde he estado
debo decir "Sucede".
Debo de hablar del suelo que oscurecen las piedras,
del río que durando se destruye:
no sé sino las cosas que los pájaros pierden,
el mar dejado atrás, o mi hermana llorando.
Por qué tantas regiones, por qué un día
se junta con un día? Por qué una negra noche
se acumula en la boca? Por qué muertos?

Si me preguntáis de dònde vengo tengo que conversar con cosas rotas,
con utensilios demasiado amargos,
con grandes bestias a menudo podridas
y con mi acongojado corazòn.

No son recuerdos los que se han cruzado
ni es la paloma amarillenta que duerme en el olvido,
sino caras con lágrimas,
dedos en la garganta,
y lo que se desploma de las hojas:
la oscuridad de un día transcurrido,
de un día alimentado con nuestra triste sangre.

He aquí violetas, golondrinas,
todo cuanto nos gusta y aparece
en las dulces tarjetas de larga cola
por donde se pasean el tiempo y la dulzura.
Pero no penetremos más allá de esos dientes,
no mordamos las cáscaras que el silencio acumula,
porque no sé qué contestar:
hay tantos muertos,
y tantos malecones que el sol rojo partía,
y tantas cabezas que golpean los buques,
y tantas manos que han encerrado besos,
y tantas cosas que quiero olvidar.



Josie Bliss


Color azul de exterminadas fotografías,
color azul con pétalos y paseos al mar,
nombre definitivo que cae en las semanas
con un golpe de acero que las mata.

Qué vestido, qué primavera cruza,
qué mano sin cesar busca senos, cabezas?
El evidente humo del tiempo cae en vano,
en vano las estaciones,
las despedidas donde cae el humo,
los precipitados acontecimientos que esperan con espada:
de pronto hay algo,
como un confuso ataque de pieles rojas,
el horizonte de la sangre tiembla, hay algo,
algo sin duda agita los rosales.

Color azul de párpados que la noche ha lamido,
estrellas de cristal desquiciado, fragmentos
de piel y enredaderas sollozantes,
color que el río cava golpeándose en la arena,
azul que ha preparado las grandes gotas.

Tal vez sigo existiendo en una calle que el aire hace llorar
con un determinado lamento lúgubre de tal manera
que todas las mujeres visten de sordo azul:
yo existo en ese día repartido,
existo allí como una piedra pisada por un buey,
como un testigo sin duda olvidado.

Color azul de ala de pájaro de olvido,
el mar completamente ha empapado las plumas,
su ácido degradado, su ola de peso pálido
persigue las cosas hacinadas en los rincones del alma,
y en vano el humo golpea las puertas.

Ahí están, ahí están
los besos arrastrados por el polvo junto a un triste navío,
ahí están las sonrisas desaparecidas, los trajes que una mano
sacude llamando el alba:
parece que la boca de la muerte no quiere morder rostros,
dedos, palabras, ojos:
ahí están otra vez como grandes peces que completan el cielo
con su azul material vagamente invencible. :



Tercera residencia
[1934-1945]



1


La ahogada del cielo


Tejida mariposa, vestidura
colgada de los árboles,
ahogada en cielo, derivada
entre rachas y lluvias, sola, sola, compacta,
con ropa y cabellera hecha jirones
y centros corroídos por el aire.
Inmòvil, si resistes
la ronca aguja del invierno,
el río de agua airada que te acosa.
Celeste sombra, ramo de palomas
roto de noche entre las flores muertas:
yo me detengo y sufro
cuando como un sonido lento y lleno de frío
propagas tu arrebol golpeado por el agua.



Alianza (sonata)


Ni el corazòn cortado por un vidrio
en un erial de espinas,
ni las aguas atroces vistas en los rincones
de ciertas casas, aguas como párpados y ojos,
podrían sujetar tu cintura en mis manos
cuando mi corazòn levanta sus encinas
hacia tu inquebrantable hilo de nieve.
Nocturno azúcar, espíritu
de las coronas,
redimida
sangre humana, tus besos
me destierran
y un golpe de agua con restos del mar
golpea los silencios que te esperan
rodeando las gastadas sillas, gastando puertas.
Noches con ejes claros,
partida, material, únicamente
voz, únicamente
desnuda cada día.

Sobre tus pechos de corriente inmòvil,
sobre tus piernas de dureza y agua,
sobre la permanencia y el orgullo
de tu pelo desnudo,
quiero estar, amor mío, ya tiradas las lágrimas
al ronco cesto donde se acumulan,
quiero estar, amor mío, solo con una sílaba
de plata destrozada, solo con una punta
de tu pecho de nieve.

Ya no es posible, a veces,
ganar sino cayendo,
ya no es posible, entre dos seres
temblar, tocar la flor del río:
hebras de hombres vienen como agujas,
tramitaciones, trozos,
familias de coral repulsivo, tormentas
y pasos duros por alfombras
de invierno.

Entre labios y labios hay ciudades
de gran ceniza y húmeda cimera,
gotas de cuándo y còmo, indefinidas
circulaciones:
entre labios y labios como por una costa
de arena y vidrio, pasa el viento.

Por eso eres sin fin, recògeme como si fueras
toda solemnidad, toda nocturna
como una zona, hasta que te confundas
con las líneas del tiempo.
Avanza en la dulzura,
ven a mi lado hasta que las digitales
hojas de los violines
hayan callado, hasta que los musgos
arraiguen en el trueno, hasta que del latido
de mano y mano bajen las raíces.



Vals


Yo toco el odio como pecho diurno,
yo sin cesar, de ropa en ropa vengo
durmiendo lejos.

No soy, no sirvo, no conozco a nadie,
no tengo armas de mar ni de madera,
no vivo en esta casa.

De noche y agua está mi boca llena.
La duradera luna determina
lo que no tengo.

Lo que tengo está en medio de las olas.
Un rayo de agua, un día para mí:
un fondo férreo.

No hay contramar, no hay escudo, no hay traje,
no hay especial soluciòn insondable,
ni párpado vicioso.

Vivo de pronto y otras veces sigo.
Toco de pronto un rostro y me asesina.
No tengo tiempo.

No me busquéis entonces descorriendo
el habitual hilo salvaje o la
sangrienta, enredadera.

No me llaméis: mi ocupaciòn es ésa.
No preguntéis mi nombre ni mi estado.
Dejadme en medio de mi propia luna,
en mi terreno herido.



Bruselas


De todo lo que he hecho, de todo lo que he perdido,
de todo lo que he ganado sobresaltadamente,
en hierro amargo, en hojas, puedo ofrecer un poco.
Un sabor asustado, un río que las plumas
de las quemantes águilas van cubriendo, un sulfúrico
retroceso de pétalos.

No me perdona ya la sal entera,
ni el pan continuo, ni la pequeña iglesia devorada
por la lluvia marina, ni el carbòn mordido
por la espuma secreta.

He buscado y hallado, pesadamente,
bajo la tierra, entre los cuerpos temibles,
como un diente de pálida madera
llegando y yendo bajo el ácido duro,
junto a los materiales
de la agonía, entre luna y cuchillos,
muriendo de nocturno.

Ahora, en medio
de la velocidad desestimada, al lado
de los muros sin hilos,
en el fondo cortado por los términos,
aquí estoy con aquello que pierde estrellas,
vegetalmente, solo.



El abandonado


No preguntò por ti ningún día, salido
de los dientes del alba, del estertor nacido,
no buscò tu coraza, tu piel, tu continente
para lavar tus pies, tu salud, tu destreza,
un día de racimos indicados?

No naciò para ti solo,
para ti sota, para ti la campana
con sus graves circuitos de primavera azul:
lo extenso de los gritos del mundo, el desarrollo
de los gérmenes fríos que tiemblan en la tierra, el silencio
de la nave en la noche, todo lo que viviò lleno de parpados
para desfallecer y derramar?

Te pregunto:
a nadie, a ti, a lo que eres, a tu pared, al viento,
si en el agua del río ves hacia ti corriendo
una rosa magnánima de canto y transparencia
o si en la desbocada primavera agredida
por el primer temblor de las cuerdas humanas
cuando canta el cuartel a la luz de la luna
invadiendo la sombra del cerezo salvaje,
no has visto la guitarra que te era destinada,
y la cadera ciega que quería besarte?

Yo no sé, yo sòlo sufro de no saber quién eres
y de tener la sílaba guardada por tu boca,
de detener los días más altos y enterrarlos
en el bosque bajo las hojas ásperas y mojadas,
a veces, resguardado bajo el ciclòn, sacudido
por los más asustados árboles, por el pecho
horadado de las tierras profundas, entumecido
por los últimos clavos boreales, estoy
cavando más allá de los ojos humanos,
más allá de las uñas del tigre, lo que a mis brazos llega
para ser repartido más allá de los días glaciales.

Te busco, busco tu efigie entre las medallas
que el cielo gris modela y abandona,
no sé quién eres pero tanto te debo
que la tierra está llena de mi tesoro amargo.
Qué sal, qué geografía, qué piedra no levanta
su estandarte secreto de lo que resguardaba?
Qué hoja al caer no fue para mí un libro largo
de palabras por alguien dirigidas y amadas?
Bajo qué mueble oscuro no escondí los más dulces
suspiros enterrados que buscaban señales
y sílabas que a nadie pertenecieron?

Eres, eres tal vez, el hombre o la mujer
o la ternura que no descifrò nada.
O tal vez no apretaste el firmamento oscuro
de los seres, la estrella palpitante, tal vez
al pisar no sabías que de la tierra ciega
emana el día ardiente de pasos que te buscan.
Pero nos hallaremos inermes, apretados
entre los dones mudos de la tierra final.



Naciendo en los bosques


Cuando el arroz retira de la tierra
los granos de su harina,
cuando el trigo endurece
sus pequeñas caderas
y levanta su rostro
de mil manos,
a la enramada donde la mujer
y el hombre se enlazan acudo,
para tocar el mar innumerable
de lo que continúa.

Yo no soy hermano del utensilio llevado en la marea
como en una cuna de nácar combatido:
y no tiemblo en la comarca de los agonizantes despojos,
no despierto en el golpe de las tinieblas asustadas
por el ronco pecíolo de la campana repentina,
no puede ser, no soy el pasajero
bajo cuyos zapatos los últimos reductos del viento palpitan
y rígidas retornan las olas del tiempo a morir. :

Llevo en mi mano la paloma que duerme reclinada en la semilla
y en su fermento espeso de cal y sangre
vive agosto,
vive el mes extraído de su copa profunda:
con mi mano rodeo la nueva sombra del ala que crece:
la raíz y la pluma que mañana formarán la espesura.

Nunca declina, ni junto
al balcòn de manos de hierro
ni en el invierno marítimo
de los abandonados, ni en mi paso tardío,
el crecimiento inmenso de la gota,
ni el párpado que quiere ser abierto:
porque para nacer he nacido,
para encerrar el paso
de cuanto se aproxima,
de cuanto a mi pecho golpea
como un nuevo corazòn tembloroso.

Vidas recostadas junto a mi traje
como palomas paralelas,
o contenidas en mi propia existencia
y en mi desordenado sonido
para volver a ser, para incautar
el aire desnudo de la hoja
y el nacimiento húmedo de la tierra
en la guirnalda: hasta cuándo
debo volver y ser, hasta cuándo el olor
de las más enterradas flores,
de las olas más trituradas
sobre las altas piedras,
guardan en mí su patria
para volver a ser furia y perfume?

Hasta cuándo la mano del bosque en la lluvia
me avecina con todas sus agujas
para tejer los altos besos del follaje?
Otra vez
escucho aproximarse como el fuego en el humo,
nacer de la ceniza terrestre,
la luz llena de pétalos,
y apartando la tierra
en un río de espigas llega el sol a mi boca
como una vieja lágrima enterrada que vuelve a ser semilla.


2

En 1934 fue escrito este poema.
Cuántas cosas han sobrevenido
desde entonces! España, donde lo escribí,
es una cintura de ruinas. Ay! si
con sòlo una gota de poesía
o de amor pudiéramos aplacar
la ira del mundo, pero eso
sòlo lo pueden la lucha
y el corazòn resuelto.

El mundo ha cambiado
y mi poesía ha cambiado.
Una gota de sangre caída
en estas líneas quedará
viviendo sobre ellas,
indeleble como el amor,
Marzo de 1939


Las furias y las penas

... Hay en mi corazòn fuñas y penas...
QUEVEDO

En el fondo del pecho estamos juntos,
en el cañaveral del pecho recorremos
un verano de tigres,
al acecho de un metro de piel fría,
al acecho de un ramo de inaccesible cutis,
con la boca olfateando sudor y venas verdes
nos encontramos en la húmeda sombra que deja caer besos.

Tú mi enemiga de tanto sueño roto de la misma manera
que erizadas plantas de vidrio, lo mismo que campanas
deshechas de manera amenazante, tanto como disparos
de hiedra negra en medio del perfume,
enemiga de grandes caderas que mi pelo han tocado
con un ronco rocío, con una lengua de agua,
no obstante el mudo frío de los dientes y el odio de los ojos,
y la batalla de agonizantes bestias que cuidan el olvido,
en algún sitio del verano estamos juntos
acechando con labios que la sed ha invadido.
Si hay alguien que traspasa
una pared con círculos de fòsforo
y hiere el centro de unos dulces miembros
y muerde cada hoja de un bosque dando gritos,
tengo también tus ojos de sangrienta luciérnaga
capaces de impregnar y atravesar rodillas
y gargantas rodeadas de seda general.

Cuando en las reuniones
el azar, la ceniza, las bebidas,
el aire interrumpido,
pero ahí están tus ojos oliendo a cacería,
a rayo verde que agujerea pechos,
tus dientes que abren manzanas de las que cae sangre,
tus piernas que se adhieren al sol dando gemidos,
y tus tetas de nácar y tus pies de amapola,
como embudos llenos de dientes que buscan sombra,
como rosas hechas de látigo y perfume, y aun,
aun más, aun más,
aun detrás de los párpados, aun detrás del cielo,
aun detrás de los trajes y los viajes,
en las calles donde la gente orina,
adivinas tos cuerpos,
en las agrias iglesias a medio destruir,
en las cabinas que el mar lleva en las manos,
acechas con tus labios sin embargo floridos,
rompes a cuchilladas la madera y la plata,
crecen tus grandes venas que asustan:
no hay cáscara, no hay distancia ni hierro,
tocan manos tus manos,
y caes haciendo crepitar las flores negras.

Adivinas los cuerpos
Como un insecto herido de mandatos,
adivinas el centro de la sangre y vigilas
los músculos que postergan la aurora, asaltas sacudidas,
relámpagos, cabezas,
y tocas largamente las piernas que te guían.

Oh conducida herida de flechas especiales!

Hueles lo húmedo en medio de la noche?

O un brusco vaso de rosales quemados?

Oyes caer la ropa, las llaves, las monedas
en las espesas casas donde llegas desnuda?

Mi odio es una sola mano que te indica
el callado camino, las sábanas en que alguien ha dormido
con sobresalto: llegas
y ruedas por el suelo manejada y mordida,
y el viejo olor del semen como una enredadera
de cenicienta harina se desliza a tu boca.

Ay leves locas copas y pestañas,
aire que inunda un entreabierto río
como una sola paloma de colérico cauce,
como atributo de agua sublevada,
ay substancias, sabores, párpados de ala viva
con un temblor, con una ciega flor temible,
ay graves, serios pechos como rostros,
ay grandes muslos llenos de miel verde,
y talones y sombra de pies, y transcurridas
respiraciones y superficies de pálida piedra,
y duras olas que suben la piel hacia la muerte
llenas de celestiales harinas empapadas.

Entonces, este río
va entre nosotros, y por una ribera
vas tú mordiendo bocas?
Entonces es que estoy verdaderamente, verdaderamente lejos
y un río de agua ardiendo pasa en lo oscuro?
Ay cuántas veces eres la que el odio no nombra,
y de qué modo hundido en las tinieblas,
y bajo qué lluvias de estiércol machacado
tu estatua en mi corazòn devora el trébol.

El odio es un martillo que golpea tu traje
y tu frente escarlata,
y los días del corazòn caen en tus orejas
como vagos búhos de sangre eliminada,
y los collares que gota a gota se formaron con lágrimas
rodean tu garganta quemándote la voz como con hielo.

Es para que nunca, nunca
hables, es para que nunca, nunca
salga una golondrina del nido de la lengua
y para que las ortigas destruyan tu garganta
y un viento de buque áspero te habite.

En dònde te desvistes?
En un ferrocarril, junto a un peruano rojo
o con un segador, entre terrones, a la violenta
luz del trigo?
O corres con ciertos abogados de mirada terrible
largamente desnuda, a la orilla del agua de la noche?

Miras: no ves la luna ni el jacinto
ni la oscuridad goteada de humedades,
ni el tren de cieno, ni el marfil partido:
ves cinturas delgadas como oxígeno,
pechos que aguardan acumulando peso
e idéntica al zafiro de lunar avaricia
palpitas desde el dulce ombligo hasta las rosas.

Por qué sí? Por qué no? Los días descubiertos
aportan roja arena sin cesar destrozada
a las hélices puras que inauguran el día,
y pasa un mes con corteza de tortuga,
pasa un estéril día,
pasa un buey, un difunto,
una mujer llamada Rosalía,
y no queda en la boca sino un sabor de pelo
y de dorada lengua que con sed se alimenta.
Nada sino esa pulpa de los seres,
nada sino esa copa de raíces.

Yo persigo como en un túnel roto, en otro extremo
carne y besos que debo olvidar injustamente,
y en las aguas de espaldas cuando ya los espejos
avivan el abismo, cuando la fatiga, los sòrdidos relojes
golpean a la puerta de hoteles suburbanos, y cae
la flor de papel pintado,
y el terciopelo cagado
por las ratas y la cama
cien veces ocupada por miserables parejas, cuando
todo me dice que un día ha terminado, tú y yo
hemos estado juntos derribando cuerpos,
construyendo una casa que no dura ni muere,
tú y yo hemos corrido juntos un mismo río
con encadenadas bocas llenas de sal y sangre,
tú y yo hemos hecho temblar otra vez las luces verdes
y hemos solicitado de nuevo las grandes cenizas.

Recuerdo sòlo un día
que tal vez nunca me fue destinado,
era un día incesante,
sin orígenes, Jueves.
Yo era un hombre transportado al acaso.
con una mujer hallada vagamente,
nos desnudamos
como para morir o nadar o envejecer
y nos metimos uno dentro del otro,
ella rodeándome como un agujero,
yo quebrantándola como quien
golpea una campana,
pues ella era el sonido que me hería
y la cúpula dura decidida a temblar.

Era una sorda ciencia con cabello y cavernas
y machacando puntas de médula y dulzura
he rodado a las grandes coronas genitales
entre piedras y asuntos sometidos.

Éste es un cuento de puertos adonde
llega uno, al azar, y sube a las colinas,
suceden tantas cosas.

Enemiga, enemiga,
es posible que el amor haya caído al polvo
y no haya sino carne y huesos velozmente adorados
mientras el fuego se consume
y los caballos vestidos de rojo galopan al infierno?

Yo quiero para mí la avena y el relámpago
a fondo de epidermis,
y el devorante pétalo desarrollado en furia,.
y el corazòn labial del cerezo de junio,
y el reposo de lentas barrigas que arden sin direcciòn,
pero me falta un suelo de cal con lágrimas
y una ventana donde esperar espumas.

Así es la vida,
corre tú entre las hojas, un otoño
negro ha llegado,
corre vestida con una falda de hojas y un cinturòn de metal amarillo,
mientras la neblina de la estaciòn roe las piedras.

Corre con tus zapatos, con tus medias,
con el gris repartido,
con el hueco del pie,
y con esas manos que
el tabaco salvaje adoraría,
golpea escaleras, derriba
el papel negro que protege las puertas,
y entra en medio del sol
y la ira de un día de puñales
a echarte como paloma de luto
y nieve sobre un cuerpo.

Es una sola hora larga como una vena,
y entre el ácido y la
paciencia del tiempo arrugado
transcurrimos,
apartando las sílabas del miedo y la ternura,
interminablemente exterminados.



3


Reuniòn bajo las nuevas banderas


Quién ha mentido? Él pie de la azucena
roto, insondable, oscurecido, todo
lleno de herida y resplandor oscuro!
Todo, la norma de ola en ola en ola,
el impreciso túmulo del ámbar
y las ásperas gotas de la espiga!
Fundé mi pecho en esto, escuché toda
la sal funesta: de noche
fui a plantar mis raíces:
averigüé lo amargo de la tierra:
todo fue para mí noche o relámpago:
cera secreta cupo en mi cabeza
y derramò cenizas en mis huellas.

Y para quién busqué este pulso frío
sino para una muerte?
Y qué instrumento perdí en las tinieblas
desamparadas, donde nadie me oye?
No,
ya era tiempo, huid,
sombras de sangre,
hielos de estrella, retroceded al paso de los pasos humanos
y alejad de mis pies la negra sombra!

Yo de los hombres tengo la misma mano herida,
yo sostengo la misma copa roja
e igual asombro enfurecido:
un día
palpitante de sueños
humanos, un salvaje
cereal ha llegado
a mi devoradora noche
para que junte mis pasos de lobo
a los pasos del hombre.
Y así, reunido,
duramente central, no busco asilo
en los huecos del llanto: muestro
la cepa de la abeja: pan radiante
para el hijo del hombre: en el misterio el azul se prepara
para mirar un trigo lejano de la sangre.
Dònde está tu sitio en la rosa?
En dònde está tu párpado de estrella?
Olvidaste esos dedos de sudor que enloquecen
por alcanzar la arena?
Paz para ti, sol sombrío,
paz para ti, frente ciega,
hay un quemante sitio para ti en los caminos,
hay piedras sin misterio que te miran,
hay silencios de cárcel con una estrella loca,
desnuda, desbocada, contemplando el infierno.

Juntos, frente al sollozo!
Es la hora
alta de tierra y de perfume, mirad este rostro
recién salido de la sal terrible,
mirad esta boca amarga que sonríe,
mirad este nuevo corazòn que os saluda
con su flor desbordante, determinada y áurea.



4

ESPAÑA EN EL CORAZÓN
Himno a las glorias del pueblo en guerra (1936-1937)


invocaciòn


Para empezar, para sobre la rosa
pura y partida, para sobre el origen
de cielo y aire y tierra, la voluntad de un canto
con explosiones, el deseo
de un canto inmenso, de un metal que recoja
guerra y desnuda sangre.
España, cristal de copa, no diadema,
sí machacada piedra, combatida ternura
de trigo, cuero y animal ardiendo.

Mañana, hoy, por tus pasos
un silencio, un asombro de esperanzas
como un aire mayor: una luz, una luna,
luna gastada, luna de mano en mano,
de campana en campana!
Madre natal, puño
de avena endurecida,
planeta
seco y sangriento de los héroes!
Quién? por caminos, quién,
quién, quién? en sombra, en sangre, quién?
en destello, quién,



bombardeo


quién? Cae
ceniza, cae
hierro
y piedra y muerte y llanto y llamas,
quién, quién, madre mía, quién, adonde?



maldiciòn


Patria surcada, juro que en tus cenizas
nacerás como flor de agua perpetua,
juro que de tu boca de sed saldrán al aire
los pétalos del pan, la derramada
espiga inaugurada. Malditos sean,
malditos, malditos los que con hacha y serpiente
llegaron a tu arena terrenal, malditos los
que esperaron este día para abrir la puerta
de la mansiòn al moro y al bandido:
Qué habéis logrado? Traed, traed la lámpara,
ved el suelo empapado, ved el huesito negro
comido por las llamas, la vestidura
de España fusilada.



españa pobre por culpa de los ricos


Malditos los que un día
no miraron, malditos ciegos malditos,
los que no adelantaron a la solemne patria
el pan sino las lágrimas, malditos
uniformes manchados y sotanas
de agrios, hediondos perros de cueva y sepultura.
La pobreza era por España
como caballos llenos de humo,
como piedras caídas del
manantial de la desventura,
tierras cereales sin
abrir, bodegas secretas
de azul y estaño, ovarios, puertas, arcos
cerrados, profundidades
que querían parir, todo estaba guardado
por triangulares guardias con escopeta,
por curas de color de triste rata,
por lacayos del rey de inmenso culo.
España dura, país manzanar y pino,
te prohibían tus vagos señores:
A no sembrar, a no parir las minas,
a no montar las vacas, al ensimismamiento
de las tumbas, a visitar cada año
el monumento de Cristòbal el marinero, a relinchar
discursos con macacos venidos de América,
iguales en "posiciòn social" y podredumbre.
No levantéis escuelas, no hagáis crujir la cascara
terrestre con arados, no llenéis los graneros
de abundancia trigal: rezad, bestias, rezad,
que un dios de culo inmenso como el culo del rey
os espera: "Allí tomaréis sopa, hermanos míos".



la tradiciòn


En las noches de España, por los viejos jardines
la tradiciòn, llena de mocos muertos,
chorreando pus y peste se paseaba
con una cola en bruma, fantasmal y fantástica,
vestida de asma y huecos levitones sangrientos,
y su rostro de ojos profundos detenidos
eran verdes babosas comiendo tumba,
y su boca sin muelas mordía cada noche
la espiga sin nacer, el mineral secreto,
y pasaba con su corona de cardos verdes
sembrando vagos huesos de difunto y puñales.



madrid (1936)


Madrid sola y solemne, julio te sorprendiò con tu alegría
de panal pobre: clara era tu calle,
claro era tu sueño.
Un hipo negro
de generales, una ola
de sotanas rabiosas
rompiò entre tus rodillas
sus cenagales aguas, sus ríos de gargajo.

Con los ojos heridos todavía de sueño,
con escopeta y piedras, Madrid, recién herida,
te defendiste. Corrías
por las calles
dejando estelas de tu santa sangre,
reuniendo y llamando con una voz de océano,
con un rostro cambiado para siempre
por la luz de la sangre, como una vengadora
montaña, como una silbante
estrella de cuchillos.

Cuando en los tenebrosos cuarteles, cuando en las sacristías
de la traiciòn entrò tu espada ardiendo,
no hubo sino silencio de amanecer, no hubo
sino tu paso de banderas,
y una honorable gota de sangre en tu sonrisa.



explico algunas cosas


Preguntaréis: Y dònde están las lilas?
Y la metafísica cubierta dé amapolas?
Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?

Os voy a contar todo lo que me pasa.

Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.

Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas partes
estallaban geranios: era
una bella casa
con perros y chiquillos.
Raúl, te acuerdas?
Te acuerdas, Rafael?
Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?
Hermano, hermano!

Todo
eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Arguelles con su estatua
como un tintero pálido entre las merluzas:
el aceite llegaba a las cucharas,
un profundo latido
de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia
aguda de la vida,
pescados hacinados,
contextura de techos con sol frío en el cual
la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar.

Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pòlvora desde entonces,
y desde entonces sangre.

Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.

Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!

Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!

Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazòn.

Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?

Venid a ver la sangre por las calles
venid a ver
la sangré por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!



canto a las madres de los milicianos muertos


No han muerto! Están en medio
de la pòlvora,
de pie, como mechas ardiendo.
Sus sombras puras se han unido
en la pradera de color de cobre
como una cortina de viento blindado,
como una barrera de color de furia,
como el mismo invisible pecho del cielo.
Madres! Ellos están de pie en el trigo,
altos como el profundo mediodía,
dominando las grandes llanuras!
Son una campanada de voz negra
que a través de los cuerpos de acero asesinado
repica la victoria.
Hermanas como el polvo
caído corazones
quebrantados,
tened fe en vuestros muertos!
No sòlo son raíces
bajo las piedras teñidas de sangre,
no sòlo sus pobres huesos derribados
definitivamente trabajan en la tierra,
sino que aun sus bocas muerden pòlvora seca
y atacan como océanos de hierro, y aún
sus puños levantados contradicen la muerte.

Porque de tantos cuerpos una vida invisible
se levanta. Madres, batideras, hijos!
Un solo cuerpo vivo como la vida:
un rostro de ojos rotos vigila las tinieblas
con una espada llena de esperanzas terrestres!

Dejad
vuestros mantos de luto, juntad todas
vuestras lágrimas hasta hacerlas metales:
que allí golpeamos de día y de noche,
allí pateamos de día y de noche,
allí escupimos de día y de noche
hasta que caigan las puertas del odio!

Yo no me olvido de vuestras desgracias, conozco
vuestros hijos
y si estoy orgulloso de sus muertes,
estoy también orgulloso de sus vidas.
Sus risas
relampagueaban en los sordos talleres,
sus pasos en el Metro
sonaban a mi lado cada día, y junto
a las naranjas de Levante, a las redes del sur, junto
a la tinta délas imprentas, sobre el cemento de las arquitecturas
he visto llamear sus corazones de fuego y energías.

Y como en vuestros corazones, madres,
hay en mi corazòn tanto luto y tanta muerte
que parece una selva
mojada por la sangre que matò sus sonrisas,
y entran en él las rabiosas nieblas del desvelo
con la desgarradora soledad de los días.

Pero
más que la maldiciòn a las hienas sedientas, al estertor bestial
que aúlla desde el África sus patentes inmundas,
más que la còlera, más que el desprecio, más que el llanto,
madres atravesadas por la angustia y la muerte,
mirad el corazòn del noble día que nace,
y sabed que vuestros muertos sonríen desde la tierra
levantando los puños sobre el trigo.



còmo era España


Era España tirante y seca, diurno
tambor deSon opaco,
llanura y nido de águilas, silencio
de azotada intemperie.

Còmo, hasta el llanto, hasta el alma
amo tu duro suelo, tu pan pobre,
tu pueblo pobre, còmo hasta, el hondo sitio
de mi ser hay la flor perdida de tus aldeas
arrugadas, inmòviles de tiempo,
y tus campiñas minerales
extendidas en luna y en edad
y devoradas por un dios vado.

Todas tus estructuras, tu animal
aislamiento junto a tu inteligencia
rodeada por las, piedras abstractas del silencio,
tu áspero vino, tu suave
vino, tus violentas
y delicadas viñas.

Piedra solar, pura entre las regiones
del mundo, España recorrida
por sangres y metales, azul y victoriosa,
proletaria de pétalos y balas, única
viva y soñolienta y sonora.

Huélamo, Carrascosa,
Alpedrete, Buitrago,
Palencia, Arganda, Galve,
Galapagar, Villalba.

Peñarrubia, Cedrillas,
Alcocer, Tamurejo,
Aguadulce, Pedrera,
Fuente Palmera, Colmenar, Sepulveda.

Carcabuey, fuencaliente,
Linares, Solana del Pino,
Carcelén, Alatox,
Mahora, Valdegandá.

Veste, Riopar, Segorbe,
Oríhuela, Montalbo,
Alcaraz, Caravaca,
Almendralejo, Castejòn de Monegros.

Palma del Río, Peralta,
Granadella, Quintana
de la Serena, Atiema, Barahona,
Navalmoral, Oropesa.

Alborea, Monòvar,
Almansa, San Benito,
Moratalla, Montesa,
Torre Baja, Aldemuz.

Cevico Navero, Cevico de la Torre,
Albalate de las Nogueras,
Jabaloyas, Teruel,
Camporrobies, La Alborea.

Pozo Amargo, Candeleda,
Pedroñeras, Campillo de Altobuey,
Loranca de Tajuña, Puebla de la Mujer Muerta,
Torre la Cárcel, Játiva, Alcoy.

Puebla de Obando, Villar del Rey,
Beloraga, Brihuega,
Cetina, Villacañas, Palomas,
Navalcán, Hértarejos, Albatana.

Torredònjimeno, Trasparga,
Agramòn, Crevillente,
Poveda de la Sierra, Pederfíoso,
Alcolea de Cinca, Matallanos.

Ventosa del Río, Alba de Tormes,
Horcajo Medianero, Piedrahita,
Minglanilla, Navamorcuende,
Navalperal, Navalcarnero, Navalmorales, Jorquera.

Argora, Torremocha, Argecilla,
Ojos Negros, Salvacañete, Utiel,
Laguna Seca, Cañamares, Salorino,
Aldea Quemada, Pesquera de Duero.

Fuenteovejuna, Alpedrete,
Torrejòn, Benaguacil,
Valverde de Júcar, Vallanca,
Hiendélaencína, Robledo de Chávela.

Miñogalindo, Ossa de Montiel,
Méntrida, Valdepeñas, Titaguas,
Almodòvar, Gestaldar, Valdemorcí,
Almoradiel, Orgaz.



llegada a madrid de la brigada internacional


Una mañana de un mes frío,
de un mes agonizante, manchado por el lodo y por el humo,
un mes sin rodillas, un triste mes de sitio y desventura,
cuando a través de los cristales mojados de mi casa se oían los chacales africanos
aullar con los rifles y los dientes llenos de sangré, entonces,
cuando no teníamos más esperanza que un sueno de pòlvora, cuando ya creíamos
que el mundo estaba lleno sòlo de monstruos devoradores y de furias,
entonces, quebrando la escarcha del mes de frío de Madrid, en la niebla
del alba he visto con estos ojos que tengo, con éste corazòn que mira,
he visto llegar a los claros, a los dominadores combatientes
de la delgada y dura y madura y ardiente brigada de piedra.

Era el acongojado tiempo en que las mujeres
llevaban una ausencia como un carbòn terrible,
y la muerte española, más acida y aguda que otra muertes,
llenaba los campos hasta entonces honrados por el trigo.

Por las Calles la sangre rota del hombre se juntaba
con el agua que sale del corazòn destruido de las casas
los huesos de los niños deshechos, el desgarrador
enlutado silencio de las madres, los ojos
cerrados para siempre de los indefensos,
eran como la tristeza y la pérdida, eran como un jardín escupido,
eran la fe y la flor asesinadas para siempre.

Camaradas,
entonces
os he visto,
y mis ojos están ahora llenos de orgullo
porque os vi a través de la mañana de niebla llegar a la frente pura de Castilla
silenciosos y firmes como campanas antes del alba,
llenos de solemnidad y de ojos azules venir de lejos y lejos,
venir de vuestros rincones, de vuestras patrias perdidas, de vuestros sueños
llenos de dulzura quemada y de fusiles
a defender la ciudad española en que la libertad acorralada
pudo caer y morir mordida por las bestias.

Hermanos, que desde ahora
vuestra pureza y vuestra fuerza, vuestra historia solemne
sea conocida del niño y del varòn, de la mujer y del viejo,
llegue a todos los seres sin esperanzas, baje a las minas corroídas por el aire sulfúrico,
suba a las escaleras inhumanas del esclavo,
que todas las estrellas, que todas las espigas de Castilla y del mundo
escriban vuestro nombre y vuestra áspera lucha
y vuestra victoria fuerte y terrestre como una encina roja.

Porque habéis hecho renacer con vuestro sacrificio
la fe perdida, el alma ausente, la confianza en la tierra,
y por vuestra abundancia, por vuestra nobleza, por vuestros muertos,
como por un valle de duras rocas de sangre
pasa un inmenso río con palomas de acero y de esperanza.



batalla del río jarama


Entre la tierra y el platino ahogado
de olivares y muertos españoles,
Jarama, puñal puro, has resistido
la ola de los crueles.

Allí desde Madrid llegaron hombres
de corazòn dorado por la pòlvora
como un pan de ceniza y resistencia,
allí llegaron.

Jarama, estabas entre hierro y humo
como una rama de cristal caído,
como una larga línea de medallas
para los victoriosos.

Ni socavones de substancia ardiendo,
ni coléricos vuelos explosivos,
ni artillerías de tiniebla turbia
dominaron tus aguas,

Aguas tuyas bebieron los sedientos
de sangre, agua bebieron boca arriba:
agua española y tierra de olivares
los llenaron de olvido.

Por un segundo de agua y tiempo el cauce
de la sangre de moros y traidores
palpitaba en tu luz como los peces
de un manantial amargo.

La áspera harina de tu pueblo estaba
toda erizada de metal y huesos,
formidable y trigal como la noble
tierra que defendían.

Jarama, para .hablar de tus regiones,
de esplendor y dominio, no es mi boca
suficiente, y es pálida mi mano:
allí quedan tus muertos.

Allí quedan tu cielo doloroso,
tu paz de piedra, tu estelar corriente,
y los eternos ojos de tu pueblo
vigilan tus orillas.



almería


Un plato para el obispo, un plato triturado y amargo,
un plato con restos de hierro, con cenizas, con lágrimas,
un plato sumergido, con sollozos y paredes caídas,
un plato para el obispo, un plato de sangre de Almería.

Un plato para él banquero, un plato con mejillas
de niños del Sur feliz, un plato
con detonaciones, con aguas locas y ruinas y espanto,
un plato con ejes partidos y cabezas pisadas,
un plato negro, un plato de sangre de Almería.

Cada mañana, cada mañana turbia de vuestra vida
lo tendréis humeante y ardiente en vuestra mesa:
lo apartaréis un poco con vuestras suaves manos
para no verlo, para no digerirlo tantas veces:
lo apartaréis un poco entre el pan y las uvas,
a este plato de sangre silenciosa
que estará allí cada mañana, cada
mañana.

Un plato para el coronel y la esposa del coronel,
en una fiesta de la guarniciòn, en cada fiesta,
sobre los juramentos y los escupos, con la luz de vino de la madrugada
para que lo veáis temblando y frío sobre el mundo.

Sí, un plato para todos vosotros, ricos de aquí y de allá,
embajadores, ministros, comensales atroces,
señoras de confortable té y asiento:
un plato destrozado, desbordado, sucio de sangre pobre,
para cada mañana, para cada semana, para siempre jamás,
un plato de sangre de Almería, ante vosotros, siempre.



tierras ofendidas


Regiones sumergidas
en el interminable martirio, por el inacabable
silencio, pulsos
de abeja y roca exterminada,
tierra que en vez de trigo y trébol
traéis señal de sangre seca y crimen:
caudalosa Galicia, pura como la lluvia,
salada para siempre por las lágrimas:
Extremadura, en cuya orilla augusta
de cielo y aluminio, negro como agujero
de bala, traicionado y herido y destrozado,
Badajoz sin memoria, entre sus hijos muertos
yace mirando un cielo que recuerda:
Málaga arada por la muerte
y perseguida entre los precipicios
hasta que las enloquecidas madres
azotaban la piedra con sus recién nacidos.
Furor, vuelo de luto
y muerte y còlera,
hasta que ya las lágrimas y el duelo reunidos,
hasta que las palabras y el desmayo y. la ira
no son sino un montòn de huesos en un camino
y una piedra enterrada por el polvo.
Es tanto, tanta
tumba, tanto martirio, tanto
galope de bestias en la estrella!
Nada, ni la victoria
borrará el agujero terrible de la sangre:
nada, ni el mar, ni el paso
de arena y tiempo, ni el geranio ardiendo
sobre la sepultura.



sanjurjo en los infiernos


Amarrado, humeante, acordelado
a su traidor aviòn, a sus traiciones
se quema el traidor traicionado.

Como fòsforo queman sus ríñones
y su siniestra boca de soldado
traidor se derrite en maldiciones,

por las eternas llamas piloteado,
conducido y quemado por aviones,
de traiciòn en traiciòn quemado.



mola en los infiernos


Es arrastrado el turbio mulo Mola
de precipicio en precipicio eterno
y como va el naufragio de ola en ola,
desbaratado por azufre y cuerno,
cocido en cal y hiel y disimulo,
de antemano esperado en el infierno,
va el infernal mulato, el Mola mulo
definitivamente turbio y tierno,
con llamas en la cola y en el culo.



el general franco en los infiernos


Desventurado, ni el fuego
ni el vinagre caliente
en un nido de brujas volcánicas
ni el hielo devorante,
ni la tortuga pútrida
que ladrando y llorando
con voz de mujer muerta
te escarbe la barriga
buscando una sortija nupcial
un juguete de niño degollado,
serán para ti nada sino una puerta oscura,
arrasada.

En efecto.
De infierno a infierno, qué hay?
En el aullido de tus
legiones, en la santa leche
de las madres de España,
en la leche y los senos pisoteados
por los caminos, hay una aldea más,
un silencio más,, una puerta rota.

Aquí estás. Triste párpado, estiércol
de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra
de traiciòn que la sangre no borra. Quién, quién eres,
oh miserable hoja de sal, oh perro de la tierra,
oh mal nacida palidez de sombra.

Retrocede la llama sin ceniza,
la sed salina del infierno, los círculos
del dolor palidecen.

Maldito, que sòlo lo humano
te persiga, que dentro del absoluto fuego de las cosas,
no te consumas, que no te pierdas
en la escala del tiempo, y que
no te taladre el vidrio ardiendo
ni la feroz espuma.
Solo, solo, para las lágrimas
todas reunidas, para una eternidad de manos muertas
y ojos podridos, solo en una cueva
de tu infierno, comiendo silenciosa pus y sangre
por una eternidad maldita y sola.
No mereces dormir
aunque sea clavados de alfileres los ojos: debes estar
despierto, general, despierto eternamente
entre la podredumbre de las recién paridas,
ametralladas en otoño. Todas, todos los tristes niños descuartizados,
tiesos, están colgados, esperando en tu infierno
ese día de fiesta fría: tu llegada.
Niños negros por la explosiòn,
trozos rojos de seso, corredores
de dulces intestinos, te esperan todos, todos, en la misma actitud
de atravesar la calle, de patear la pelota,
de tragar una fruta, de sonreír o nacer.

Sonreír. Hay sonrisas
ya demolidas por la sangre
que esperan con dispersos dientes exterminados,
y máscaras de confusa materia, rostros huecos
de pòlvora perpetua, y los fantasmas
sin nombre, los oscuros
escondidos, los que nunca salieron
de su cama de escombros. Todos te esperan
para pasar la noche. Llenan los corredores
como algas corrompidas.
Son nuestros, fueron nuestra
carne, nuestra salud, nuestra
paz de herrerías, nuestro océano
de aire y pulmones. A través de ellos
las secas tierras florecían. Ahora, más allá de la tierra,
hechos substancia
destruida, materia asesinada, harina muerta,
te esperan en tu infierno.

Como el agudo espanto o el dolor se consumen,
ni espanto ni dolor te aguardan. Solo y maldito seas,
solo y despierto seas entre todos los muertos,
y que la sangre caiga en ti como la lluvia,
y que un agonizante río de ojos cortados
te resbale y recorra mirándote sin término.



Canto sobre unas ruinas


Esto que fue creado y dominado,
esto que fue humedecido, usado, visto,
yace -pobre pañuelo- entre las olas
de tierra y negro azufre.
Como el botòn o el pecho
se levantan al cielo, como la flor que sube
desde el hueso destruido, así las formas
del mundo aparecieron. Oh párpados,
oh columnas, oh escalas!
Oh profundas materias
agregadas y puras: cuánto hasta ser campanas!
cuánto hasta ser relojes! Aluminio
de azules proporciones, cemento
pegado al sueño de los seres!
El polvo se congrega,
la goma, el lodo, los objetos crecen
y las paredes se levantan
como parras de oscura piel humana.
Allí dentro en blanco, en cobre,
en fuego, en abandono, los papeles crecían,
el llanto abominable, las prescripciones
llevadas en la noche a la farmacia mientras
alguien con fiebre,
la seca sien mental, la puerta
que el hombre ha construido
para no abrir jamás.
Todo ha ido y caído
brutalmente marchito.
Utensilios heridos, telas
nocturnas, espuma sucia, orines justamente
vertidos, mejillas, vidrio, lana,
alcanfor, círculos de hilo y cuero, todo,
todo por una rueda vuelto al polvo,
al desorganizado sueño de los metales,
todo el perfume, todo lo fascinado,
todo reunido en nada, todo caído
para no nacer nunca.
Sed celeste, palomas
con cintura de harina: épocas
de polen y racimo, ved còmo
la madera se destroza
hasta llegar al luto: no hay raíces
para el hombre: todo descansa apenas
sobre un temblor de lluvia.
Ved còmo se ha podrido
la guitarra en la boca de la fragante novia:
ved còmo las palabras que tanto construyeron,
ahora son exterminio: mirad
sobre la cal y entre el mármol deshecho
la huella -ya con musgos- del sollozo.



la victoria de las armas del pueblo


Mas, como el recuerdo de la tierra, còmo el pétreo
esplendor del metal y el silencio,
pueblo, patria y avena, es tu victoria.

Avanza tu bandera agujereada
como tu pecho sobre las cicatrices
de tiempo y tierra.



los gremios en el frente


Dònde están los mineros, donde están
los que hacen él cordel, los qué maduran
la suela, los que mandan la red?
Dònde están?

Dònde los que cantaban en lo alto
del edificio, escupiendo y jurando
sobre el Cemento aéreo?

Dònde están los ferroviarios
voluntariosos y nocturnos?
Dònde está el gremio del abasto?

Con un fusil, con un fusil. Entre los
pardos latidos de la llanura,
mirando sobre los escombros.

Dirigiendo la bala al duro
enemigo como a las espinas,
como a las víboras, así.

De día y noche, en la ceniza
triste del alba, en la virtud
del mediodía calcinado.



triunfo


Solemne es el triunfo del pueblo,
a su paso de gran victoria
la ciega patata y la uva
celeste brillan en la tierra.



paisaje después de una batalla


Mordido espacio, tropa restregada
contra los cereales, herraduras
rotas, heladas entre escarcha y piedras,
áspera luna.

Luna de yegua herida, calcinada,
envuelta en agotadas espinas, amenazante, hundido
metal o hueso, ausencia, paño amargo,
humo de enterradores.

Detrás del agrio nimbo de nitratos,
de substancia en substancia, de agua en agua,
rápidos como trigo desgranado,
quemados y comidos.

Casual corteza suavemente suave,
negra ceniza ausente y esparcida,
ahora sòlo frío sonoro, abominables
materiales de lluvia.

Guárdenlo mis rodillas enterrado
más que este fugitivo territorio,
agárrenlo mis párpados hasta nombrar y herir,
guarde mi sangre este sabor de sombra
para que no haya olvido.



Antitanquistas


Ramos todos de clásico nácar, aureolas
de mar y cielo, viento de laureles
para vosotros, encinares héroes,
antitanquistas.
Habéis sido en la nocturna boca
de la guerra
los ángeles del fuego, los temibles,
los hijos puros de la tierra.

Así estabais, sembrados
en los campos, oscuros como siembra, tendidos
esperando. Y ante el huracanado hierro, en el pecho del monstruo
habéis lanzado, no sòlo un trozo pálido de explosivo,
sino vuestro profundo corazòn humeante,
látigo destructivo y azul como la pòlvora.
Os habéis levantado,
finos celestes contra las montañas
de la crueldad, hijos desnudos
de la tierra y la gloria.
Vosotros nunca visteis
antes sino la oliva, nunca sino las redes
llenas de escama y plata: vosotros agrupasteis
los instrumentos, la madera, el hierro
de las cosechas y de las construcciones:
en vuestras manos floreciò la bella
granada forestal o la cebolla
matutina, y de pronto
estáis aquí cargados con relámpagos
apretando la gloria, estallando
de poderes furiosos,
solos y duros frente a las tinieblas.

La Libertad os recogiò en las minas,
y pidiò paz para vuestros arados:
la Libertad se levantò llorando
por los caminos, gritò en los corredores
de las casas: en las campiñas
su voz pasaba entre naranja y viento
llamando hombres de pecho maduro, y acudisteis,
y aquí estáis, preferidos
hijos de la victoria, muchas veces caídos, muchas veces
borradas vuestras manos, rotos los más ocultos cartílagos, calladas
vuestras bocas, machacado
hasta la destrucciòn vuestro silencio:
pero surgís de pronto, en medio
del torbellino, otra vez, otros, toda
vuestra insondable, vuestra quemadora
raza de corazones y raíces.



madrid (1937)


En esta hora recuerdo a todo y todos,
fibradamente, hundidamente en
las regiones que -sonido y pluma-
golpeando un poco, existen
más allá de la tierra, pero en la tierra. Hoy
comienza un nuevo invierno.
No hay en esa ciudad,
en donde está lo que amo,
no hay pan ni luz: un cristal frío cae
sobre secos geranios. De noche sueños negros
abiertos por obuses, como sangrientos bueyes:
nadie en el alba de las fortificaciones,
sino un carro quebrado: ya musgo, ya silencio de edades
en vez de golondrinas en las casas quemadas,
desangradas, vacías, con puertas hacia el cielo:
ya comienza el mercado a abrir sus pobres esmeraldas,
y las naranjas, el pescado,
cada día traídos a través de la sangre,
se ofrecen a las manos de la hermana y la viuda.
Ciudad de luto, socavada, herida,
rota, golpeada, agujereada, llena
de sangre y vidrios rotos, ciudad sin noche, toda
noche y silencio y estampido y héroes,
ahora un nuevo invierno más desnudo y más solo,
ahora sin harina, sin pasos, con tu luna
de soldados.
A todos, a todos.
Sol pobre, sangre nuestra
perdida, corazòn terrible
sacudido y llorando. Lágrimas como pesadas balas
han caído en tu oscura tierra haciendo sonido
de palomas que caen, mano que cierra
la muerte para siempre, sangre de cada día
y cada noche y cada semana y cada
mes. Sin hablar de vosotros, héroes dormidos
y despiertos, sin hablar de vosotros que hacéis temblar el agua
y la tierra con vuestra voluntad insigne,
en esta hora escucho el tiempo en una calle,
alguien me habla, el invierno
llega de nuevo a los hoteles
en que he vivido,
todo es ciudad lo que escucho y distancia
rodeada por el fuego como por una espuma
de víboras, asaltada por una
agua de infierno.
Hace ya mas de un año
que los enmascarados tocan tu humana orilla
y mueren al contacto de tu eléctrica sangre:
sacos de moros, sacos de traidores,
han rodado a tus pies de piedra: ni el humo ni la muerte
han conquistado tus muros ardiendo.
Entonces,
qué hay, entonces? Sí, son los del exterminio,
son los devoradores: te acechan, ciudad blanca,
el obispo de turbio testuz, los señoritos
fecales y feudales, el general en cuya mano
suenan treinta dineros: están contra tus muros
un cinturòn de lluviosas beatas,
un escuadròn de embajadores pútridos
y un triste hipo de perros militares.

Loor a ti, loor en nube, en rayo,
en salud, en espadas,
frente sangrante cuyo hilo de sangre
reverbera en las piedras malheridas,
deslizamiento de dulzura dura,
clara cuna en relámpagos armada,
material ciudadela, aire de sangre
del que nacen abejas.
Hoy tú que vives, Juan,
hoy tú que miras, Pedro, concibes, duermes, comes:
hoy en la noche sin luz vigilando sin sueño y sin reposo,
solos en el cemento, por la tierra cortada,
desde los enlutados alambres, al Sur, en medio, en torno,
sin cielo, sin misterio,
hombres como un collar de cordones defienden
la ciudad rodeada por las llamas: Madrid endurecida
por golpe astral, por conmociòn del fuego:
tierra y vigilia en el alto silencio
de la victoria: sacudida
como una rosa rota: rodeada
de laurel infinito!



oda solar al ejército del pueblo


Armas del pueblo! Aquí! La amenaza, el asedio
aún derraman la tierra mezclándola de muerte,
áspera de aguijones!
Salud, salud,
salud te dicen las madres del mundo,
las escuelas te dicen salud, los viejos carpinteros,
Ejército del Pueblo, te dicen salud, con las espigas,
la leche, las patatas, el limòn, el laurel,
todo lo que es de la tierra y de la boca
del hombre.
Todo, como un collar
de manos, como una
cintura palpitante, como una obstinaciòn de relámpagos,
todo a ti se prepara, todo hacia ti converge!
Día de hierro,
azul fortificado!
Hermanos, adelante,
adelante por las tierras aradas,
adelante en la noche seca y sin sueño, delirante y raída,
adelante entre vides, pisando el color frío de las rocas,
salud, salud, seguid. Más cortantes que la voz del invierno,
más sensibles que el párpado, más seguros que la punta del trueno,
puntuales còmo el rápido diamante, nuevamente marciales,
guerreros según el agua acerada de las tierras del centro,
según la flor y el vino, según el corazòn espiral de la tierra,
según las raíces de todas las hojas, de todas las mercaderías fragantes de la tierra.
Salud, soldados, salud, barbechos rojos,
salud, tréboles duros, salud, pueblos parados
en la luz del relámpago, salud, salud, salud,
adelante, adelante, adelante, adelante,
sobre las minas, sobre los cementerios, frente al abominable
apetito de muerte, frente al erizado
terror de los traidores,
pueblo, pueblo eficaz, corazòn y fusiles,
corazòn y fusiles, adelante.
Fotògrafos, mineros, ferroviarios, hermanos
del carbòn y la piedra, parientes del martillo,
bosque, fiesta de alegres disparos, adelante,
guerrilleros, mayores, sargentos, comisarios políticos,
aviadores del pueblo, combatientes nocturnos,
combatientes marinos, adelante:
frente a vosotros
no hay más que una mortal cadena, un agujero
de podridos pescados: adelante!
no hay allí sino muertos moribundos,
pantanos de terrible pus sangrienta,
no hay enemigos: adelante, España,
adelante, campanas populares,
adelante, regiones de manzana,
adelante, estandartes cereales,
adelante, mayúsculos del fuego,
porque en la lucha, en la ola, en la pradera,
en la montaña, en el crepúsculo cargado de acre aroma,
lleváis un nacimiento de permanencia, un hilo
de difícil dureza.
Mientras tanto,
raíz y guirnalda sube del silencio
para esperar la mineral victoria:
cada instrumento, cada rueda roja,
cada mango de sierra o penacho de arado,
cada extracciòn del suelo, cada temblor de sangre
quiere seguir tus pasos, Ejército del Pueblo:
tu luz organizada llega a los pobres hombres
olvidados, tu definida estrella
clava sus roncos rayos en la muerte
y establece los nuevos ojos de la esperanza.




5

Canto a Stalingrado


En la noche él labriego duerme, despierta y hunde
su mano en las tinieblas preguntando a la aurora:
alba, sol de mañana, luz del día que viene,
dime si aún las manos más puras de los hombres
defienden el castillo del honor, dime, aurora,
si el acero en tu frente rompe su poderío,
si el hombre está en su sitio, si el trueno está en su sitio,
dime, dice el labriego, si no escucha la tierra
còmo cae la sangre de los enrojecidos
héroes, en la grandeza de la noche terrestre,
dime si sobre el árbol todavía está el cielo,
dime si aún la pòlvora suena en Stalingrado.

Y el marinero en medio del mar terrible mira
buscando entre las húmedas constelaciones
una, la roja estrella de la ciudad ardiente,
y halla en su corazòn esa estrella que quema,
esa estrella de orgullo quieren tocar sus manos,
esa estrella de llanto la construyen sus ojos.

Ciudad, estrella roja, dicen el mar y el hombre,
ciudad, cierra tus rayos, cierra tus puertas duras,
cierra, ciudad, tu ilustre laurel ensangrentado,
y que la noche tiemble con el brillo sombrío
de tus ojos detrás de un planeta de espadas.

Y el español recuerda Madrid y dice: hermana,
resiste, capital de la gloria, resiste:
del suelo se alza toda la sangre derramada
de España, y por España se levanta de nuevo,
y el español pregunta junto al muro
de los fusilamientos, si Stalingrado vive:
y hay en la cárcel una cadena de ojos negros
que horadan las paredes con tu nombre,
y España se sacude con tu sangre y tus muertos,
porque tú le tendiste, Stalingrado, el alma
cuando España paría héroes como los tuyos.
Ella conoce la soledad, España,
como hoy, Stalingrado, tú conoces la tuya.
España desgarrò la tierra con sus uñas
cuando París estaba más bonita que nunca.
España desangraba su inmenso árbol de sangre
cuando Londres peinaba, como nos cuenta Pedro
Garfias, su césped y sus lagos de cisnes.

Hoy ya conoces eso, recia virgen,
hoy ya conoces, Rusia, la soledad y el frío.
Cuando miles de obuses tu corazòn destrozan,
cuando los escorpiones con crimen y veneno,
Stalingrado, acuden a morder tus entrañas,
Nueva York baila, Londres medita, y yo digo "merde",
porque mi corazòn no puede más y nuestros
corazones
no pueden más, no pueden
en un mundo que deja morir solos sus héroes.

Los dejáis solos? Ya vendrán por vosotros!
Los dejáis solos?
Queréis que la vida
huya a la tumba, y la sonrisa de los hombres
sea borrada por la letrina y el calvario?
Por qué no respondéis?
Queréis más muertos en el frente del Este
hasta que llenen totalmente el cielo vuestro?
Pero entonces no os va a quedar sino el infierno.
El mundo está cansándose de pequeñas hazañas,
de que en Madagascar los generales
maten con heroísmo cincuenta y cinco monos.

El mundo está cansado de otoñales reuniones
presididas aún por un paraguas.

Ciudad, Stalingrado, no podemos
llegar a tus murallas, estamos lejos.
Somos los mexicanos, somos los araucanos,
somos los patagones, somos los guaraníes,
somos los uruguayos, somos los chilenos,
somos millones de hombres.

Ya tenemos por suerte deudos en la familia,
pero aún no llegamos a. defenderte, madre.
Ciudad, ciudad de fuego, resiste hasta que un día
lleguemos, indios náufragos, a tocar tus murallas
con un beso de hijos que esperaban llegar.

Stalingrado, aún no hay Segundo Frente,
pero no caerás aunque el hierro y el fuego
te muerdan día y noche.

Aunque mueras, no mueres!

Porque los hombres ya no tienen muerte
y tienen que seguir luchando desde el sitio en que caen
hasta que la victoria no esté sino en tus manos
aunque estén fatigadas y horadadas y muertas,
porque otras manos rojas, cuando las vuestras caigan,
sembrarán por el mundo los huesos de tus héroes
para que tu semilla llene toda la tierra.



Nuevo canto de amor a Stalingrado


Yo escribí sobre el tiempo y sobre el agua,
describí el luto y su metal morado,
yo escribí sobre el cielo y la manzana,
ahora escribo sobre Stalingrado.

Ya la novia guardò con su pañuelo
el rayo de mi amor enamorado,
ahora mi corazòn está en el suelo,
en el humo y la luz de Stalingrado.

Yo toqué con mis manos la camisa
del crepúsculo azul y derrotado:
ahora toco el alba de la vida
naciendo con el sol de Stalingrado.

Yo sé que el viejo joven transitorio
de pluma, como un cisne encuadernado,
desencuaderna su dolor notorio
por mi grito de amor a Stalingrado.

Yo pongo el alma mía donde quiero.
Y no me nutro de papel cansado,
adobado de tinta y de tintero.
Nací para cantar a Stalingrado.

Mi voz estuvo con tus grandes muertos
contra tus propios muros machacados,
mí voz sonò como campana y viento
mirándote morir, Stalingrado.

Ahora americanos combatientes
blancos y oscuros como los granados,
matan en el desierto a la serpiente.
Ya no estás sola, Stalingrado.

Francia vuelve a las viejas barricadas
con pabellòn de furia enarbolado
sobre las lágrimas recién secadas.
Ya no estás sola, Stalingrado.

Y los grandes leones de Inglaterra
volando sobre el mar huracanado
clavan las garras en la parda tierra.
Ya no estás sola, Stalingrado.

Hoy bajo tus montañas de escarmiento
no sòlo están los tuyos enterrados:
temblando está la carne de los muertos
que tocaron tu frente, Stalingrado.

Deshechas van las invasoras manos,
triturados los ojos del soldado,
están llenos de sangre los zapatos
que pisaron tu puerta, Stalingrado.

Tu acero azul de orgullo construido,
tu pelo de planetas coronados,
tu baluarte de panes divididos,
tu frontera sombría, Stalingrado.

Tu Patria de martillos y laureles,
la sangre sobre tu esplendor nevado,
la mirada de Stalin a la nieve
tejida con tu sangre, Stalingrado.

Las condecoraciones que tus muertos
han puesto sobre el pecho traspasado
de la tierra, y el estremecimiento
de la muerte y la vida, Stalingrado.

La sal profunda que de nuevo traes
al corazòn del hombre acongojado
con la rama de rojos capitanes
salidos de tu sangre, Stalingrado.

La esperanza que rompe en los jardines
como la flor del árbol esperado,
la página grabada de fusiles,
las letras de la luz, Stalingrado.

La torre que concibes en la altura,
los altares de piedra ensangrentados,
los defensores de tu edad madura,
los hijos de tu piel, Stalingrado.

Las águilas ardientes de tus piedras,
los metales por tu alma amamantados,
los adioses de lágrimas inmensas
y las olas de amor, Stalingrado.

Los huesos de asesinos malheridos,
los invasores párpados cerrados,
y los conquistadores fugitivos
detrás de tu centella, Stalingrado.

Los que humillaron la curva del Arco
y las aguas del Sena han taladrado
con el consentimiento del esclavo,
se detuvieron en Stalingrado.

Los que Praga la Bella sobre lágrimas,
sobre lo enmudecido y traicionado,
pasaron pisoteando sus heridas,
murieron en Stalingrado.

Los que en la gruta griega han escupido,
la estalactita de cristal truncado
y su clásico azul enrarecido,
ahora dònde están, Stalingrado?

Los que España quemaron y rompieron
dejando el corazòn encadenado
de esa madre de encinos y guerreros,
se pudren a tus pies, Stalingrado.

Los que en Holanda, tulipanes y agua
salpicaron de lodo ensangrentado
y esparcieron el látigo y la espada,
ahora duermen en Stalingrado.

Los que en la noche blanca de Noruega
con un aullido de chacal soltado
quemaron esa helada primavera,
enmudecieron en Stalingrado.

Honor a ti por lo que el aire trae,
lo que se ha de cantar y lo cantado,
honor para tus madres y tus hijos
y tus nietos, Stalingrado.

Honor al combatiente de la bruma,
honor al comisario y al soldado,
honor al cielo detrás de tu luna,
honor al sol de Stalingrado.

Guárdame un trozo de violenta espuma,
guárdame un rifle, guárdame un arado,
y que lo pongan en mi sepultura
con una espiga roja de tu estado,
para que sepan, si hay alguna duda,
que he muerto amándote y que me has amado,
y si no he combatido en tu cintura
dejo en tu honor esta granada oscura,
este canto de amor a Stalingrado.



Tina Modotti ha muerto


Tina Modotti, hermana, no duermes, no, no duermes:
tal vez tu corazòn oye crecer la rosa
de ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa.
Descansa dulcemente, hermana.

La nueva rosa es tuya, la nueva tierra es tuya:
te has puesto un nuevo traje de semilla profunda
y tu suave silencio se llena de raíces.
No dormirás en vano, hermana.

Puro es tu dulce nombre, pura es tu frágil vida.
De abeja, sombra, fuego, nieve, silencio, espuma,
de acero, línea, polen, se construyò tu férrea,
tu delgada estructura.

El chacal a la alhaja de tu cuerpo dormido
aún asoma la pluma y el alma ensangrentada
como si tú pudieras, hermana, levantarte,
sonriendo sobre el lodo.

A mi patria te llevo para que no te toquen,
a mi patria de nieve para que a tu pureza
no llegue el asesino, ni el chacal, ni el vendido:
allí estarás tranquila.

Oyes un paso, un paso lleno de pasos, algo
grande desde la estepa, desde el Don, desde el frío?
Oyes un paso firme de soldado en la nieve?
Hermana, son tus pasos.

Ya pasarán un día por tu pequeña tumba
antes de que las rosas de ayer se desbaraten,
ya pasarán a ver los de un día, mañana,
donde está ardiendo tu silencio.

Un mundo marcha al sitio donde tú ibas, hermana.
Avanzan cada día los cantos de tu boca
en la boca del pueblo glorioso que tú amabas.
Tu corazòn era valiente.

En las viejas cocinas de tu patria, en las rutas
polvorientas, algo se dice y pasa,
algo vuelve a la llama de tu dorado pueblo,
algo despierta y canta.

Son los tuyos, hermana: los que hoy dicen tu nombre,
los que de todas partes, del agua y de la tierra,
con tu nombre otros nombres callamos y decimos.
Porque el fuego no muere.



7 de noviembre
Oda a un día de victorias


Este doble aniversario, este día, esta noche,
hallarán un mundo vacío, encontrarán un torpe
hueco de corazones desolados?
No, más .que un día con horas,
es un paso de espejos y de espadas,
es una doble flor que golpea la noche
hasta arrancar el alba de su cepa nocturna!

Día de España que del sur
vienes, valiente día
de plumaje férreo,
llegas de allí, del último que cae con la frente quebrada
con tu cifra de fuego todavía en la boca!

Y vas allí con nuestro
recuerdo insumergido:
tú fuiste el día, tú eres
la lucha, tú sostienes
la columna invisible, el ala
de donde va a nacer, con tu número, el vuelo!

Siete, noviembre, en dònde vives?
En dònde arden los pétalos, en dònde tu silbido
dice al hermano: sube!, y al caído: levántate!
En dònde tu laurel crece desde la sangre
y atraviesa la pobre carne del hombre y sube
a construir el héroe?

En ti, otra vez, Uniòn,
en ti, otra vez, hermana de los pueblos del mundo,
Patria pura y soviética, vuelve a ti tu semilla
grande como un follaje derramado en la tierra!

No hay llanto para ti, Pueblo, en tu lucha!
Todo ha de ser de hierro, todo ha de andar y herir,
todo, hasta el impalpable silencio, hasta la duda,
hasta la misma duda que con mano de invierno
nos busque el corazòn para helarlo y hundirlo,
todo, hasta la alegría, todo sea de hierro
para ayudarte, hermana y madre, en la victoria!

Que el que reniega hoy sea escupido!
Que el miserable hoy tenga su castigo en la hora
de las horas, en la sangre total,
que el cobarde retorne
a las tinieblas, que los laureles pasen al valiente,
al valiente camino, a la valiente nave
de nieve y sangre que defiende el mundo!

Yo te saludo, Uniòn Soviética, en este día,
con humildad: soy escritor y poeta.
Mi padre era ferroviario: siempre fuimos pobres.
Estuve ayer contigo, lejos, en mi pequeño
país de grandes lluvias. Allí creciò tu nombre
caliente, ardiendo en el pecho del pueblo,
hasta tocar el alto cielo de mi república!

Hoy pienso en ellos, todos están contigo!
De taller a taller, de casa a casa,
vuela tu nombre como un ave roja!

Alabados sean tus héroes, y cada gota
de tu sangre, alabada
sea la desbordante marejada de pechos
que defienden tu pura y orgullosa morada!

Alabado sea el heroico y amargo
pan que te nutre, mientras las puertas del tiempo se abren
para que tu ejército de pueblo y de hierro marche cantando
entre ceniza y páramo, sobre los asesinos
a plantar una rosa grande como la luna
en la fina y divina tierra de la victoria!



Un canto para Bolívar


Padre nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
de toda nuestra extensa latitud silenciosa,
todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
tu apellido la caña levanta a la dulzura,
el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,
la patata, el salitre, las sombras especiales,
las corrientes, las vetas de fosfòrica piedra,
todo lo nuestro viene de tu vida apagada,
tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,
tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre.

Tu pequeño cadáver de capitán valiente
ha extendido en lo inmenso su metálica forma,
de pronto salen dedos tuyos entre la nieve
y el austral pescador saca a la luz de pronto
tu sonrisa, tu voz palpitando en las redes.

De qué color la rosa que junto a tu alma alcemos?
Roja será la rosa qué recuerde tu paso.
Còmo serán las manos que toquen tu ceniza?
Rojas serán las manos que en tu ceniza nacen.
Y como es la semilla de tu corazòn muerto?
Es roja la semilla de tu corazòn vivo.

Por eso es hoy la ronda de manos junto a ti.
Junto a mi mano hay otra y hay otra junto a ella,
y otra más, hasta el fondo del continente oscuro.
Y otra mano que tú no conociste entonces
viene también, Bolívar, a estrechar a la tuya:
de Teruel, de Madrid, del Jarama, del Ebro,
de la cárcel, del aire, de los muertos de España
llega esta mano roja que es hija de la tuya.

Capitán, combatiente, donde una boca
grita libertad, donde un oído escucha,
donde un soldado rojo rompe una frente parda,
donde un laurel de libres brota, donde una nueva
bandera se adorna con la sangre de nuestra insigne aurora,
Bolívar, capitán, se divisa tu rostro.
Otra vez entre pòlvora y humo tu espada está naciendo.
Otra vez tu bandera con sangre se ha bordado.
Los malvados atacan tu semilla de nuevo,
clavado en otra cruz está el hijo del hombre.

Pero hacia la esperanza nos conduce tu sombra,
el laurel y la luz de tu ejército rojo
a través de la noche de América con tu mirada mira,
Tus ojos que vigilan más allá de los mares,
más allá de los pueblos oprimidos y heridos,
más allá de las negras ciudades incendiadas,
tu voz nace de nuevo, tu mano otra vez nace:
tu ejército defiende las banderas sagradas:
la Libertad sacude las campanas sangrientas,
y un sonido terrible de dolores precede
la aurora enrojecida por la sangre del hombre.
Libertador, un mundo de paz naciò en tus brazos.
La paz, el pan, el trigo de tu sangre nacieron,
de nuestra joven sangre venida de tu sangre
saldrán paz, pan y trigo para el mundo que haremos.

Yo conocí a Bolívar una mañana larga,
en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento,
Padre, le dije, eres o no eres o quién eres?
Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo:
"Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo".



Canto a los ríos de Alemania


Sobré el Rhin, en la noche, lleva el agua una boca
y la boca una voz y la voz una lágrima
y una lágrima corre por todo el Rhin dorado
donde ya la dulzura de Loreley no vive,
una lágrima empapa las cepas cenicientas
para que el vino tenga también sabor de lágrimas.
Sobre el Rhin, en la noche, lleva el agua una lágrima,
una voz, una boca que lo llena de sal.

Toda la primavera se ha mojado de llanto
porque el río la cubre de saladas raíces
y las lágrimas suben al árbol lentamente
hasta brillar encima como flores de hielo:
pasa la madre y mira su lágrima en la altura,
pasa el hombre y su largo silencio ha florecido:
y el prisionero desde su martirio conoce
lo que la primavera le dice desde el aire.

El Elba ha recorrido toda tu fría tierra:
algo quiere decirte su lengua congelada,
calla bajo los puentes de la ciudad extrema
y habla en los campos, solo, sin decir su mensaje,
errante y vacilante como un niño perdido.

Pero el Oder no tiene transparencia ni canto,
el Oder lleva sangre que no canta ni brilla,
sangre secreta llevan sus aguas hacia el norte
y el Océano espera su sangre cada día:
el viejo río tiembla como una nueva arteria,
recoge del martirio su testimonio y corre
para que no se pierda nuestra sangre en la tierra.

Ya no llevan los ríos un pétalo de frío
sino la sanguinaria rosa de los verdugos
y la ilustre semilla del árbol de mañana:
árbol extraño, mezcla de látigo y laurel.
Bajo la tierra el agua de la venganza crece
y la victoria pone los frutos de su parto
sobre las viejas venas azules de la tierra,
para que así se lave junto al agua sangrienta
el corazòn del hombre cuando nazca de nuevo.
Alemania Libre, quién dice
que no luchas? Tus muertos hablan bajo la tierra.
Alemania, quién dice que sòlo eres la còlera
del asesino? Y con quién comenzò el asesino?
No amarraron tus puras manos de piedra un día
para quemarlas? No levantò el verdugo
sus primeros incendios
sobre tu pura frente de música y de frío?
No rompieron el pétalo más profundo de Europa
sacándolo con sangre de tu corazòn rojo?
Quién es el combatiente que se atreve
a tocar tu linaje de dolores?

Brigadas
de alemanes hermanos:
atravesasteis todo el silencio del mundo
para poner el ancho pecho junto a nosotros,
vuestras prisiones eran como un río de noche
que hacia España llevaban vuestra secreta voz,
porque ésa era la grave patria que defendimos
de los hambrientos lobos que os mordían el alma.

La voz de Einstein era una voz de ríos.
La voz de Heine cantaba como el agua en nosotros.
La voz de Mendeissohn, de las viejas montañas
bajaba, a refrescar nuestras secas gargantas.

La voz de Thaelmann como un riò enterrado
palpitaba en la arena del combate del hombre,
y todas vuestras voces de catedral y cauce
desde las altas peñas de Europa se escuchaban
caer en una inmensa catarata fluvial.

Todos los ríos hablan de lo que precipitas.
Sordas venas de sangre tu territorio cruzan
y el alma encadenada se sacude en tu tierra.

Libre Alemania, madre de este río secreto
que desde el hacha brota, desde la cárcel llega
refrescando los pasos del soldado invisible:
en la noche, en la niebla se oye tu voz ahogada
crecer, unirse, hacerse, repartirse y correr
y cantar con tu voz antigua el viejo canto.

Un nuevo río corre profundo y poderoso
desde tu torturado corazòn, Alemania,
y desde la desdicha sus aguas se levantan.
La voz secreta crece junto a las rojas márgenes
y el hombre sumergido se levanta y camina.



Canto en la muerte y resurrecciòn de Luis Companys


Cuándo por la colina donde otros muertos siguen
vivos, como semillas sangrientas y enterradas
creciò y creciò tu sombra hasta apagar el aire
y se arrugò la forma de la almendra nevada
y se extendiò tu paso como un sonido frío
que caía desde una catedral congelada,
tu corazòn golpeaba las puertas más eternas:
la casa de los muertos capitanes de España.

Joven padre caído con la flor en el pecho,
con la flor en el pecho de la luz catalana,
con el clavel mojado de sangre inextinguible,
con la amapola viva sobre la luz quebrada,
tu frente ha recibido la eternidad del hombre,
entre los enterrados corazones de España.

Tu alma tuvo el aceite virginal de la aldea
y el áspero rocío de tu tierra dorada
y todas las raíces de Cataluña herida
recibían la sangre del manantial de tu alma,
las grutas estelares donde el mar combatido
deshace sus azules bajo la espuma brava,
y el hombre y el olivo duermen en el perfume
que dejò por la tierra tu sangre derramada.

Deja que rumbo a rumbo de Cataluña roja
y que de punta a punta de las piedras de España
paseen los claveles de tu viviente herida
y mojen los pañuelos en tu sangre sagrada,
los hijos de Castilla que no pueden llorarte
porque eres en lo eterno de piedra castellana,
las niñas de Galicia que lloran como ríos,
los niños gigantescos de la mina asturiana,
todos, los pescadores de Euzkadi, los del sur, los que tienen otro
capitán muerto que vengar en Granada,
tu patria guerrillera que escarba el territorio
encontrando los viejos manantiales de España.

Guerrilleros de todas las regiones, salud,
tocad, tocad la sangre bajo la tierra amada:
es la misma, caída por la extensiòn lluviosa
del norte y sobre el sur de corteza abrasada:
atacad a los mismos enemigos amargos,
levantad una sola bandera iluminada:
unidos por la sangre del capitán Companys
reunida en la tierra con la sangre de España!



Dura elegía


Señora, hiciste grande, más grande a nuestra América,
Le diste un río puro de colosales aguas:
le diste un árbol alto de infinitas raíces:
un hijo tuyo digno de su patria profunda.
Todos lo hemos querido junto a estas orgullosas
flores que cubrirán la tierra en que reposas,
todos hemos querido que viniera del fondo
de América, a través de la selva y del páramo,
para que así tocara tu frente fatigada
su noble mano llena de laureles y adioses.

Pero otros han venido por el tiempo y la tierra,
señora, y le acompañan en este adiòs amargo
para el que te negaron la boca de tu hijo
y a él, el encendido corazòn que guardabas.
Para tu sed negaron el agua que creaste,
el manantial remoto de su boca apartaron.
Y no sirven las lágrimas en esta piedra rota,
en que duerme una madre de fuego y de claveles.

Sombras de América, héroes coronados de furia,
de nieve, sangre, océano, tempestad y palomas,
aquí: venid al hueco que esta madre en sus ojos
guardaba para el claro capitán que esperamos:
héroes vivos y muertos de nuestra gran bandera:
0'Higgins, Juárez, Cárdenas, Recabarren, Bolívar,
Martí, Miranda, Artigas, Sucre, Hidalgo, Morelos,
Belgrano, San Martín, Lincoln, Carrera, todos
venid, llenad el hueco de vuestro gran hermano
y que Luis Carlos Prestes sienta en su celda el aire,
las alas torrenciales de los padres de América.

La casa del tirano tiene hoy una presencia
grave como un inmenso ángel de piedra,
la casa del tirano tiene hoy una visita
dolorosa y dormida como una luna eterna,
una madre recorre la casa del tirano,
una madre de llanto, de venganza, de flores,
una madre de luto, de bronce, de victoria,
mirará eternamente los ojos del tirano
hasta clavar en ellos nuestro luto mortal,

Señora, hoy heredamos tu lucha y tu congoja.
Heredamos tu sangre que no tuvo reposo.
Juramos a la tierra que te recibe ahora,
no dormir ni soñar hasta que vuelva tu hijo.
Y como en tu regazo su cabeza faltaba
nos hace falta el aire que su pecho respira,
nos hace falta el cielo que su mano indicaba.
Juramos continuar las detenidas venas,
las detenidas llamas que en tu dolor crecían.
Juramos que las piedras que te ven detenerte
van a escuchar los pasos del héroe que regresa.

No hay cárcel para Prestes que esconda su diamante.
El pequeño tirano quiere ocultar su fuego
con sus pequeñas alas de murciélago frío
y se envuelve en el turbio silencio de la rata
que roba en los pasillos del palacio nocturno.

Pero como una brasa de centella y fulgores
a través de las barras de hierro calcinado
la luz del corazòn de Prestes sobresale,
como en las grandes minas del Brasil la esmeralda,
como en los grandes ríos del Brasil la corriente
y como en nuestros bosques de índole poderosa
sobresale una estatua de estrellas y follaje,
un árbol de las tierras sedientas del Brasil.

Señora, hiciste grande, más grande a nuestra América.
Y tu hijo encadenado combate con nosotros,
a nuestro lado, lleno de luz y de grandeza.
Nada puede el silencio de la araña implacable
contra la tempestad que desde hoy heredamos.
Nada pueden los lentos martirios de este tiempo
contra su corazòn de madera invencible.

El látigo y la espada que tus manos de madre
pasearon por la tierra como un sol justiciero
iluminan las manos que hoy te cubren de tierra.
Mañana cambiaremos cuanto hiriò tu cabello.
Mañana romperemos la dolorosa espina.
Mañana inundaremos de luz la tenebrosa
cárcel que hay en la tierra.
Mañana venceremos.
Y nuestro Capitán estará con nosotros.



Canto al Ejército Rojo a su llegada a las puertas de Prusia


Este es el canto entre la noche y el alba, éste es el canto
salido desde los últimos estertores como desde el cuero
golpeado de un tambor sangriento,
brotado de las primeras alegrías parecidas a la rama
florida en la nieve y al rayo del sol sobre la rama florida.

Éstas son las palabras que empuñaron lo agònico,
y que sílaba a sílaba estrujaron las lágrimas como ropa manchada
hasta secar las últimas humedades amargas del sollozo,
y hacer de todo el llanto la trenza endurecida,
la cuerda, el hilo duro que sostenga la aurora.

Hermanos, hoy podemos decir: el alba viene,
ya podemos golpear la mesa con el puño
que sostuvo hasta ayer nuestra frente con lágrimas.
Ya podemos mirar la torre cristalina
de nuestra poderosa cordillera nevada
porque en el alto orgullo de sus alas de nieve
brilla el fulgor severo de una nieve lejana
donde están enterradas las garras invasoras.

El Ejército Rojo en las puertas de Prusia. Oíd, oíd!
oscuros, humillados, héroes radiantes de corona caída,
oíd, aldeas deshechas y taladas y rotas,
oíd, campos de Ucrania donde la espiga puede renacer con orgullo,
oíd, martirizados, ahorcados, oíd, guerrilleros muertos tiesos
bajo la escarcha con las manos que muerden todavía el .fusil,
oíd, muchachas, niños desamparados, oíd, cenizas sagradas
de Pushkin y Tolstòi, de Pedro y Suvorov,
oíd, en esta altura meridiana el sonido
que en las puertas de Prusia golpea como un trueno,

El Ejército Rojo en las puertas de Prusia. Dònde están
los encolerizados asesinos, los cavadores de tumbas,
dònde están los que del abeto colgaron a las madres,
dònde están los tigres con olor a exterminio?
Están detrás de los muros de su propia casa temblando,
esperando el relámpago del castigo, y cuando todos los muros caigan
verán llegar al abeto y a la virgen, al guerrillero y al niño,
verán llegar a los muertos y a los vivos para. juzgarlos.

Oíd, checoslovacos, preparad las tenazas
más duras y las horcas, y las cenizas de Lídice
para que sean tragadas por el verdugo mañana:
oíd, impacientes trabajadores de Francia, preparad vuestros ríos inmortales
para que naveguen en ellos los invasores ahogados.
Preparad, la venganza, españoles, detrás de la sierra
y junto a la costa del sur ardiente
limpiad la pequeña carabina oxidada porque
ha llegado el día.

Éste es el canto del día que nace y de la noche que termina.
Oídlo bien, y que del sufrimiento endurecido salga la voz segura
que no perdone, y que no tiemble el brazo que castigue.
Antes de empezar mañana las cantigas de la piedad humana
tenéis tiempo aún de conocer las tierras empapadas de martirio.
No levantéis mañana la bandera del perdòn
sobre los malditos hijos del lobo y hermanos de la serpiente,
sobre los que llegaron hasta el último filo del cuchillo y arrasaron la rosa.

Este es el canto de la primavera escondida
bajo las tierras de Rusia, bajo las extensiones
de la taiga y la nieve, ésta es la palabra
que sube hasta la gargarita desde la raíz enterrada,
Desde la raíz cubierta por tanta angustia, desde el tallo quebrado
por el invierno más amargo de la tierra, por el invierno
de la sangre en la tierra.

Pero las cosas pasan, y desde el fondo
de la tierra la nueva primavera camina.
Mirad los cañones que florecen en la boca de Prusia.
Mirad las ametralladoras y los tanques que
desembarcan en esta hora en Marsella.
Escuchad el corazòn áspero de Yugoslavia
palpitando otra vez en el pecho desangrado de Europa.
Los ojos españoles miran hacia acá, hacia México y Chile,
porque esperan el regreso de sus hermanos errantes.

Algo pasa en el mundo, como un soplo que antes
no sentíamos entre las olas de la pòlvora.

Éste es el canto de lo que pasa y de lo que será.
Este es el canto de la lluvia que cayò sobre el campo
como una inmensa lágrima de sangre y plomo.
Hoy que el Ejército Rojo golpea las puertas de Prusia
he querido cantar para vosotros, para toda la tierra,
este canto de palabras oscuras,
para que seamos dignos de la luz que llega.




Canto general

[1938-1949]



Canto general


1

LA LÁMPARA EN LA TIERRA

amor América (1400)


Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el còndor o la nieve parecían inmòviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidò, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdiò la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayò una gota roja en la espesura
y se apagò una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre
oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.

Yo, incásico del légamo,
toqué la piedra y dije:
Quién
me espera? Y apreté la mano
sobre un puñado de cristal vacío.
Pero anduve entre flores zapotecos
y dulce era la luz como un venado,
y era la sombra como un párpado verde.

Tierra mía sin nombre, sin América,
estambre equinoccial, lanza de púrpura,
tu aroma me trepò por las raíces
hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
palabra aun no nacida de mi boca.



vegetaciones


A las tierras sin nombres y sin números
bajaba el viento desde otros dominios,
traía la lluvia hilos celestes,
y el dios de los altares impregnados
devolvía las flores y las vidas.

En la fertilidad crecía el tiempo.

El Jacaranda elevaba espuma
hecha de resplandores transmarinos,
la araucaria de lanzas erizadas
era la Magnitud contra la nieve,
el primordial árbol caoba
desde su copa destilaba sangre,
y al Sur de los alerces,
el árbol trueno, el árbol rojo,
el árbol de la espina, el árbol madre,
el ceibo bermellòn, el árbol caucho,
eran volumen terrenal, sonido,
eran territoriales existencias.

Un nuevo aroma propagado
llenaba, por los intersticios
de la tierra, las respiraciones
convertidas en humo y fragancia:
el tabaco silvestre alzaba
su rosal de aire imaginario.
Como una lanza terminada en fuego
apareciò el maíz, y su estatura
se desgranò y naciò de nuevo,
diseminò su harina, tuvo
muertos bajo sus raíces,
y luego, en su cuna, mirò
crecer los dioses vegetales.
Arruga y extensiòn, diseminaba
la semilla del viento
sobre las plumas de la cordillera,
espesa luz de germen y pezones,
aurora ciega amamantada
por los ungüentos terrenales
de la implacable latitud lluviosa,
de las cerradas noches manantiales,
de las cisternas matutinas.
Y aun en las llanuras
como láminas del planeta,
bajo un fresco pueblo de estrellas,
rey de la hierba, el ombú detenía
el aire libre, el vuelo rumoroso
y montaba la pampa sujetándola
con su ramal de riendas y raíces.

América arboleda,
zarza salvaje entre los mares,
de polo a polo balanceabas,
tesoro verde, tu espesura.
Germinaba la noche
en ciudades de cáscaras sagradas,
en sonoras maderas, extensas hojas que cubrían
la piedra germinal, los nacimientos.
Útero verde, americana
sabana seminal, bodega espesa,
una rama naciò como una isla,
una hoja fue forma de la espada,
una flor fue relámpago y medusa,
un racimo redondeò su resumen,
una raíz descendiò a las tinieblas.



algunas bestias


Era el crepúsculo de la iguana.

Desde la arcoirisada crestería
su lengua como un dardo
se hundía en la verdura,
el hormiguero monacal pisaba
con melodioso pie la selva,
el guanaco fino como el oxígeno
en las anchas alturas pardas
iba calzando botas de oro,
mientras la llama abría candidos
ojos en la delicadeza
del mundo lleno de rocío.
Los monos trenzaban un hilo
interminablemente eròtico
en las riberas de la aurora,
derribando muros de polen
y espantando el vuelo violeta
de las mariposas de Muzo.
Era la noche pura y pululante
de hocicos saliendo del légamo,
y de las ciénagas soñolientas
un ruido opaco de armaduras
volvía al origen terrestre.

El jaguar tocaba las hojas
con su ausencia fosforescente,
el puma corre en el ramaje
como el fuego devorador
mientras arden en él los ojos
alcohòlicos de la selva.
Los tejones rascan los pies
del río, husmean el nido
cuya delicia palpitante
atacarán con dientes rojos.

Y en el fondo del agua magna,
como el círculo de la tierra,
está la gigante anaconda
cubierta de barros rituales,
devoradora y religiosa.



3

vienen los pájaros


Todo era vuelo en nuestra tierra.
Como gotas de sangre y plumas
los cardenales desangraban
el amanecer de Anáhuac.
El tucán era una adorable
caja de frutas barnizadas,
el colibrí guardò las chispas
originales del relámpago
y sus minúsculas hogueras
ardían en el aire inmòvil.

Los ilustres loros llenaban
la profundidad del follaje
como lingotes de oro verde
recién salidos de la pasta
de los pantanos sumergidos,
y de sus ojos circulares
miraba una argolla amarilla,
vieja como los minerales.

Todas las águilas del cielo
nutrían su estirpe sangrienta
en el azul inhabitado,
y sobre las plumas carnívoras
volaba encima del mundo
el còndor, rey asesino,
fraile solitario del cielo,
talismán negro de la nieve,
huracán de la cetrería.

La ingeniería del hornero
hacía del barro fragante
pequeños teatros sonoros
donde aparecía cantando.

El atajacaminos iba
dando su grito humedecido
a la orilla de los cenotes.
La torcaza araucana hacía
ásperos nidos matorrales
donde dejaba el real regalo
de sus huevos empavonados.

La loica del Sur, fragante,
dulce carpintera de otoño,
mostraba su pecho estrellado
de constelaciòn escarlata,
y el austral chingolo elevaba
su flauta recién recogida
de la eternidad del agua.

Mas, húmedo como un nenúfar,
el flamenco abría sus puertas
de sonrosada catedral,
y volaba como la aurora,
lejos del bosque bochornoso
donde cuelga la pedrería
del quetzal, que de pronto despierta,
se mueve, resbala y fulgura
y hace volar su brasa virgen.

Vuela una montaña marina
hacia las islas, una luna
de aves que van hacia el Sur,
sobre las islas fermentadas
del Perú.
Es un río vivo de sombra,
es un cometa de pequeños
corazones innumerables
que oscurecen el sol del mundo
como un astro de cola espesa
palpitando hacia el archipiélago.

Y en el final del iracundo
mar, en la lluvia del océano,
surgen las alas del albatros
como dos sistemas de sal,
estableciendo en el silencio,
entre las rachas torrenciales,
con su espaciosa jerarquía
el orden de las soledades.



4

los ríos acuden


Amada de los ríos, combatida
por agua azul y gotas transparentes,
como un árbol de venas es tu espectro
de diosa oscura que muerde manzanas:
al despertar desnuda entonces,
eras tatuada por los ríos,
y en la altura mojada tu cabeza
llenaba el mundo con nuevos rocíos.
Te trepidaba el agua en la cintura.
Eras de manantiales construida
y te brillaban lagos en la frente.
De tu espesura madre recogías
el agua como lágrimas vitales,
y arrastrabas los cauces a. la arena
a través de la noche planetaria,
cruzando ásperas piedras dilatadas,
rompiendo en el camino
toda la sal de la geología,
apartando los músculos del cuarzo.



Orinoco


Orinoco, déjame en tus márgenes
de aquella hora sin hora:
déjame como entonces ir desnudo,
entrar en tus tinieblas bautismales.
Orinoco de agua escarlata,
déjame hundir las manos que regresan
a tu maternidad, a tu transcurso,
río de razas, patria de raíces,
tu ancho rumor, tu lámina salvaje
viene de donde vengo, de las pobres
y altivas soledades, de un secreto
como una sangre, de una silenciosa
madre de arcilla.



Amazonas


Amazonas,
capital de las sílabas del agua,
padre patriarca, eres
la eternidad secreta
de las fecundaciones,
te caen ríos como aves, te cubren
los pistilos color de incendio,
los grandes troncos muertos te pueblan de perfume,
la luna no te puede vigilar ni medirte.
Eres cargado con esperma verde
como un árbol nupcial, eres plateado
por la primavera salvaje,
eres enrojecido de maderas,
azul entre la luna de las piedras,
vestido de vapor ferruginoso,
lento como un camino de planeta.



Tequendama


Tequendama, recuerdas
tu solitario paso en las alturas
sin testimonio, hito
de soledades, voluntad delgada,
línea celeste, flecha de platino,
recuerdas paso y paso
abriendo muros de oro
hasta caer del cielo en el teatro
aterrador de la piedra vacía?



Bío Bío


Pero habíame, Bío Bío,
son tus palabras en mi boca
las que resbalan, tú me diste
el lenguaje, el canto nocturno
mezclado con lluvia y follaje.
Tú, sin que nadie mirara a un niño,
me contaste el amanecer
de la tierra, la poderosa
paz de tu reino, el hacha enterrada
con un ramo de flechas muertas,
lo que las hojas del canelo
en mil años te relataron,
y luego te vi entregarte al mar
dividido en bocas y senos,
ancho y florido, murmurando
una historia color de sangre.



minerales


Madre de los metales, te quemaron,
te mordieron, te martirizaron,
te corroyeron, te pudrieron
más tarde, cuando los ídolos
ya no pudieron defenderte.
Lianas trepando hacia el cabello
de la noche selvática, caobas
formadoras del centro de las flechas,
hierro agrupado en el desván florido,
garra altanera de las conductoras
águilas de mi tierra,
agua desconocida, sol malvado,
ola de cruel espuma,
tiburòn acechante, dentadura
de las cordilleras antárticas,
diosa serpiente vestida de plumas
y enrarecida por azul veneno,
fiebre ancestral inoculada
por migraciones de alas y de hormigas,
tembladerales, mariposas
de aguijòn ácido, maderas
acercándose al mineral,
por qué el coro de los hostiles
no defendiò el tesoro?

Madre de las piedras
oscuras que teñirían
de sangre tus pestañas!
La turquesa
de sus etapas, del brillo larvario
nacía apenas para las alhajas
del sol sacerdotal, dormía el cobre
en sus sulfúricas estratas,
y el antimonio iba de capa en capa
a la profundidad de nuestra estrella.

La hulla brillaba de resplandores negros
como el total reverso de la nieve,
negro hielo enquistado en la secreta
tormenta inmòvil de la tierra, ti
cuando un fulgor de pájaro amarillo
enterrò las corrientes del azufre
al pie de las glaciales cordilleras.
El vanadio se vestía de lluvia
para entrar a la cámara del oro,
afilaba cuchillos el tungsteno
y el bismuto trenzaba
medicinales cabelleras.

Las luciérnagas equivocadas
aún continuaban en la altura,
soltando goteras de fòsforo
en el surco de los abismos
y en las cumbres ferruginosas.
Son las viñas del meteoro,
los subterráneos del zafiro.
El soldadito en las mesetas
duerme con ropa de estaño.
El cobre establece sus crímenes
en las tinieblas insepultas
cargadas de materia verde,
y en el silencio acumulado
duermen las momias destructoras.
En la dulzura chibcha el oro
sale de opacos oratorios
lentamente hacia los guerreros,
se convierte en rojos estambres,
en corazones laminados,
en fosforescencia terrestre,
en dentadura fabulosa.
Yo duermo entonces con el sueño
de una semilla, de una larva,
y las escalas de Querétaro bajo contigo.

Me esperaron
las piedras de luna indecisa,
la joya pesquera del òpalo,
el árbol muerto en una iglesia
helada por las amatistas.

Còmo podías, Colombia oral,
saber que tus piedras descalzas
ocultaban una tormenta
de oro iracundo,
còmo, patria
de la esmeralda, ibas a ver
que la alhaja de muerte y mar,
el fulgor en su escalofrío,
escalaría las gargantas
de los dinastas invasores?

Eras pura nociòn de piedra,
rosa educada por la sal,
maligna lágrima enterrada,
sirena de arterias dormidas,
belladona, serpiente negra.
(Mientras la palma dispersaba
su columna en altas peinetas
iba la sal destituyendo
el esplendor de las montañas,
convirtiendo en traje de cuarzo
las gotas de lluvia en las hojas
y transmutando los abetos
en avenidas de carbòn.)

Corrí por los ciclones al peligro
y descendí al pámpano de los rubíes,
pero callé para siempre en la estatua
del nitrato extendido en el desierto.
Vi còmo en la ceniza
del huesoso altiplano
levantaba el estaño
sus corales ramajes de veneno
hasta extender como una selva
la niebla equinoccial, hasta cubrir el sello
de nuestras cereales monarquías.



los hombres


Como la copa de la arcilla era
la raza mineral, el hombre
hecho de piedras y de atmòsfera,
limpio como los cántaros, sonoro.
La luna amasò a los caribes,
extrajo oxígeno sagrado,
machacò flores y raíces.
Anduvo el hombre de las islas
tejiendo ramos y guirnaldas
de polymitas azufradas,
y soplando el tritòn marino
en la orilla de las espumas.

El tarahumara se vistiò de aguijones
y en la extensiòn del Noroeste
con sangre y pedernales creò el fuego,
mientras el universo iba naciendo
otra vez en la arcilla del tarasco:
los mitos de las tierras amorosas,
la exuberancia húmeda de donde
lodo sexual y frutas derretidas
iban a ser actitud de los dioses
o pálidas paredes de vasijas.

Como faisanes deslumbrantes
descendían los sacerdotes
de las escaleras aztecas.
Los escalones triangulares
sostenían el innumerable
relámpago de las vestiduras.

Y la pirámide augusta,
piedra y piedra, agonía y aire,
en su estructura dominadora
guardaba como una almendra
un corazòn sacrificado.
En un trueno como un aullido
caía la sangre por
las escalinatas sagradas.
Pero muchedumbres de pueblos
tejían la fibra, guardaban
el porvenir de las cosechas,
trenzaban el fulgor de la pluma,
convencían a la turquesa,
y en enredaderas textiles
expresaban la luz del mundo.

Mayas, habíais derribado
el árbol del conocimiento.
Con olor de razas graneras
se elevaban las estructuras
del examen y de la muerte,
y escrutabais en los cenotes,
arrojándoles novias de oro,
la permanencia de los gérmenes.

Chichòn, tus rumores crecían
en el amanecer de la selva.
Los trabajos iban haciendo
la simetría del panal
en tu ciudadela amarilla,
y el pensamiento amenazaba
la sangre de los pedestales,
desmontaba el cielo en la sombra,
conducía la medicina,
escribía sobre las piedras.

Era el Sur un asombro dorado.
Las altas soledades
de Macchu Picchu en la puerta del cielo
estaban llenas de aceites y cantos,
el hombre había roto las moradas
de grandes aves en la altura,
y en el nuevo dominio entre las cumbres
el labrador tocaba la semilla
con sus dedos heridos por la nieve.

El Cuzco amanecía como un
trono de torreones y graneros
y era la flor pensativa del mundo
aquella raza de pálida sombra
en cuyas manos abiertas temblaban
diademas de imperiales amatistas.
Germinaba en las terrazas
el maíz de las altas tierras
y en los volcánicos senderos
iban los vasos y los dioses.
La agricultura perfumaba
el reino de las cocinas
y extendía sobre los techos
un manto de sol desgranado.

(Dulce raza, hija de sierras,
estirpe de torre y turquesa,
ciérrame los ojos ahora,
antes de irnos al mar
de donde vienen los dolores.)

Aquella selva azul era una gruta
y en el misterio de árbol y tiniebla
el guaraní cantaba como
el humo que sube en la tarde,
el agua sobre los follajes,
la lluvia en un día de amor,
la tristeza junto a los ríos.

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur solitario.
No se ve humo en la altura.
Sòlo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo el verde espeso
el canto de la alfarería.

Todo es silencio de agua y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la nieve.

Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.

Mira el vacío de los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche pura.

Cruza el còndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas,

No hay nadie. Escucha. Escucha el árbol,
escucha el árbol araucano.

No hay nadie. Mira las piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sòlo son los árboles.

Sòlo son las piedras, Arauco.


2 (section)
ALTURAS DE MACCHU PICCHU


1

Del aire al aire, como una red vacía,
iba yo entre las calles y la atmòsfera,
llegando y despidiendo,
en el advenimiento
del otoño la moneda extendida
de las hojas, y entre
la primavera y las espigas,
lo que el más grande amor,
como dentro de un guante
que cae, nos entrega como una larga luna.

(Días de fulgor vivo en la intemperie
de los cuerpos: aceros convertidos
al silencio del ácido:
noches deshilacliadas hasta la última harina:
estambres agredidos de la patria nupcial.)

Alguien que me esperò entre los violines
encontrò un mundo como una torre enterrada
hundiendo su espiral más abajo de todas
las hojas de color de ronco azufre:
más abajo, en el oro de la geología,
como una espada envuelta en meteoros,
hundí la mano turbulenta y dulce
en lo más genital de lo terrestre.

Puse la frente entre las olas profundas,
descendí como gota entre la paz sulfúrica,
y, como un ciego, regresé al jazmín
de la gastada primavera humana.


2

Si la flor a la flor entrega el alto germen
y la roca mantiene su flor diseminada
en su golpeado traje de diamante y arena,
el hombre arruga el pétalo de la luz que recoge
en los determinados manantiales marinos
y taladra el metal palpitante en sus manos.
Y pronto, entre la ropa y el humo, sobre la mesa hundida,
como una barajada cantidad, queda el alma:
cuarzo y desvelo, lágrimas en el océano
como estanques de frío: pero aún
mátala y agonízala con papel y con odio,
sumérgela en la alfombra cotidiana, desgárrala
entre las vestiduras hostiles del alambre.

No: por los corredores, aire, mar o caminos,
quién guarda sin puñal (como las encarnadas
amapolas) su sangre? La còlera ha extenuado
la triste mercancía del vendedor de seres,
y, mientras en la altura del ciruelo, el rocío
desde mil años deja su carta transparente
sobre la misma rama que lo espera, oh corazòn,
oh frente triturada entre las cavidades del otoño:

Cuántas veces en las calles de invierno de una ciudad o en
un autobús o un barco en el crepúsculo, o en la soledad
más espesa, la de la noche de fiesta, bajo el, sonido
de sombras y campanas, en la misma gruta del placer humano,
me quise detener a buscar la eterna veta insondable
que antes toqué en la piedra o en el relámpago que el beso desprendía.

(Lo que en el cereal como una historia amarilla
de pequeños pechos preñados va repitiendo un número
que sin cesar es ternura en las capas germinales,
y que, idéntica siempre, se desgrana en marfil
y lo que en el agua es patria transparente, campana
desde la nieve aislada hasta las olas sangrientas.)

No pude asir sino un racimo de rostros o de máscaras
precipitadas, como anillos de oro vacío,
como ropas dispersas hijas de un otoño rabioso
que hiciera temblar el miserable árbol de las razas asustadas.

No tuve sitio donde descansar la mano
y que, corriente como agua de manantial encadenado,
o firme como grumo de antracita o cristal,
hubiera devuelto el calor o el frío de mi mano extendida.
Qué era el hombre? En qué parte de su conversaciòn abierta
entre los almacenes y los silbidos, en cuál de sus movimientos metálicos
vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?


3

El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable granero
de los hechos perdidos, de los acontecimientos
miserables, del uno al siete, al ocho,
y no una muerte, sino muchas muertes, llegaba a cada uno:
cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara
que se apaga en el lodo del suburbio, una pequeña muerte
de alas gruesas
entraba en cada hombre como una corta lanza
y era el hombre asediado del pan o del cuchillo,
el ganadero: el hijo de los puertos, o el capitán oscuro del arado,
o el roedor de las calles espesas:
todos desfallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria:
y su quebranto aciago de cada día era
como una copa negra que bebían temblando.


4

La poderosa muerte me invitò muchas veces:
era como la sal invisible en las olas,
y lo que su invisible sabor diseminaba
era como mitades de hundimientos y altura
o vastas construcciones de viento y ventisquero.

Yo al férreo filo vine, a la angostura
del aire, a la mortaja de agricultura y piedra,
al estelar vacío de los pasos finales
y a la vertiginosa carretera espiral:
pero, ancho mar, oh muerte!, de ola en ola no vienes,
sino como un galope de claridad nocturna
o como los totales números de la noche.

Nunca llegaste a hurgar en el bolsillo, no era
posible tu visita sin vestimenta roja:
sin auroral alfombra de cercado silencio:
sin altos y enterrados patrimonios de lágrimas.

No pude amar en cada ser un árbol
con su pequeño otoño a cuestas (la muerte de mil hojas),
todas las falsas muertes y las resurrecciones
sin tierra, sin abismo:
quise nadar en las más anchas vidas,
en las más sueltas desembocaduras,
y cuando poco a poco el hombre fue negándome
y fue cerrando paso y puerta para que no tocaran
mis, manos manantiales su inexistencia herida,
entonces fui por calle y calle y río y río,
y ciudad y ciudad y cama y cama,
y atravesò el desierto mi máscara salobre,
y en las últimas casas humilladas, sin lámpara, sin fuego,
sin pan, sin piedra, sin silencio, solo,
rodé muriendo de mi propia muerte.


5

No eras tú, muerte grave, ave de plumas férreas,
la que el pobre heredero de las habitaciones
llevaba entre alimentos apresurados, bajo la piel vacía:
era algo, un pobre pétalo de cuerda exterminada:
un átomo del pecho que no vino al combate
o el áspero rocío que no cayò en la frente.
Era lo que no pudo renacer, un pedazo
de la pequeña muerte sin paz ni territorio:
un hueso, una campana que morían en él.
Yo levanté las vendas del yodo, hundí las manos
en los pobres dolores que mataban la muerte,
y no encontré en la herida sino una racha fría
que entraba por los vagos intersticios del alma.


6

Entonces en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad dé piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondiò en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los còndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena.

Ésta fue la morada, éste es el sitio:
aquí los anchos granos del maíz ascendieron
y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Aquí la hebra dorada saliò de la vicuña
a vestir los amores, los túmulos, las madres,
el rey, las oraciones, los guerreros.

Aquí los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas
carniceras, y en la aurora
pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
y tocaron las tierras y las piedras
hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Miro las vestiduras y las manos,
el vestigio del agua en la oquedad sonora,
la pared suavizada por el tacto de un rostro
que mirò con mis ojos las lámparas terrestres,
que aceitò con mis manos las desaparecidas
maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,
palabras, vino, panes,
se fue, cayò a la tierra.

Y el aire entrò con dedos
de azahar sobre todos los dormidos:
mil años de aire, meses, semanas de aire,
de viento azul, de cordillera férrea,
que fueron como suaves huracanes de pasos
lustrando el solitario recinto de la piedra.


7

Muertos de un solo abismo, sombras de una hondonada,
la profunda, es así como al tamaño
de vuestra magnitud
vino la verdadera, la más abrasadora
muerte y desde las rocas taladradas,
desde los capiteles escarlata,
desde los acueductos escalares
os desplomasteis como en un otoño,
en una sola muerte.
Hoy el aire vacío ya no llora,
ya no conoce vuestros pies de arcilla,
ya olvidò vuestros cántaros que filtraban el cielo
cuando lo derramaban los cuchillos del rayo,
y el árbol poderoso fue comido
por la niebla, y cortado por la racha.

Él sostuvo una mano que cayò de repente
desde la altura hasta el final del tiempo.
Ya no sois, manos de arana, débiles
hebras, tela enmarañada:
cuanto fuisteis cayò: costumbres, sílabas
raídas, máscaras de luz deslumbradora.

Pero una permanencia de piedra y de palabra:
la ciudad como un vaso se levantò en las manos
de todos, vivos, muertos, callados, sostenidos
de tanta muerte, un muro, de tanta vida un golpe
de pétalos de piedra: la rosa permanente, la morada:
este arrecife andino de colonias glaciales.

Cuando la mano de color de arcilla
se convirtiò en arcilla, y cuando
los pequeños párpados se cerraron
llenos de ásperos muros, poblados de castillos,
y cuando todo el hombre se enredò en su agujero,
quedò la exactitud enarbolada:
el alto sitio de la aurora humana:
la más alta vasija que contuvo el silencio:
una vida de piedra después de tantas vidas.


8

Sube conmigo, amor americano.

Besa conmigo las piedras secretas.
La plata torrencial del Urubamba
hace volar el polen a su copa amarilla.

Vuela el vacío de la enredadera,
la planta pétrea, la guirnalda dura
sobre el silencio del cajòn serrano.
Ven, minúscula vida, entre las alas
de la tierra, mientras
-cristal y frío, aire golpeadò-
apartando esmeraldas combatidas,
oh agua salvaje, bajas de la nieve.

Amor, amor, hasta la noche abrupta,
desde el sonoro pedernal andino,
hacia la aurora de rodillas rojas,
contempla el hijo ciego de la nieve.

Oh, Wilkamayu de sonoros hilos,
cuando rompes tus truenos lineales
en blanca espuma, como herida nieve,
cuando tu vendaval acantilado
canta y castiga despertando al cielo,
qué idioma traes a la oreja apenas
desarraigada de tu espuma andina?

Quién apresò el relámpago del frío
y lo dejò en la altura encadenado,
repartido en sus lágrimas glaciales,
sacudido en sus rápidas espadas,
golpeando sus estambres aguerridos,
conducido en su cama de guerrero,
sobresaltado en su final de roca?

Qué dicen tus destellos acosados?
Tu secreto relámpago rebelde
antes viajò poblado de palabras?
Quién va rompiendo sílabas heladas,
idiomas negros, estandartes de oro,
bocas profundas, gritos sometidos,
en tus delgadas aguas arteriales?

Quién va cortando párpados florales
que vienen a mirar desde la tierra?
Quién precipita los racimos muertos
que bajan en tus manos de cascada
a desgranar su noche desgranada
en el carbòn de la geología?

Quién despeña la rama de los vínculos?
Quién otra vez sepulta los adioses?

Amor, amor, no toques la frontera,
ni adores la cabeza sumergida:
deja que el tiempo cumpla su estatura
en su salòn de manantiales rotos,
y, entre el agua veloz y las murallas,
recoge el aire del desfiladero,
las paralelas láminas del viento,
el canal ciego de las cordilleras,
el áspero saludo del rocío,
y sube, flor a flor, por la espesura,
pisando la serpiente despeñada.

En la escarpada zona, piedra y bosque,
polvo de estrellas verdes, selva clara,
Mantur estalla como un lago vivo
o como un nuevo piso del silencio.

Ven a mi propio ser, al alba mía,
hasta las soledades coronadas.
El reino muerto vive todavía.
Y en el Reloj la sombra sanguinaria
del còndor cruza como una nave negra.



9


Águila sideral, viña de bruma.
Bastiòn perdido, cimitarra ciega.
Cinturòn estrellado, pan solemne.
Escala torrencial, párpado inmenso.
Túnica triangular, polen, de piedra.
Lámpara de granito, pan de piedra.
Serpiente mineral, rosa de piedra.
Nave enterrada, manantial de piedra.
Caballo de la luna, luz de piedra.
Escuadra equinoccial, vapor de piedra.
Geometría final, libro de piedra.
Témpano entre las ráfagas labrado.
Madrépora del tiempo sumergido.
Muralla por los dedos suavizada.
Techumbre por las plumas combatida.
Ramos de espejo, bases de tormenta.
Tronos volcados por la enredadera.
Régimen de la garra encarnizada.
Vendaval sostenido en la vertiente.
Inmòvil catarata de turquesa.
Campana patriarcal de los dormidos.
Argolla de las nieves dominadas.
Hierro acostado sobre sus estatuas.
Inaccesible temporal cerrado.
Manos de puma, roca sanguinaria.
Torre sombrera, discusiòn de nieve.
Noche elevada en dedos y raíces.
Ventana de las nieblas, paloma endurecida.
Planta nocturna, estatua de los truenos.
Cordillera esencial, techo marino.
Arquitectura de águilas perdidas.
Cuerda del cielo, abeja de la altura.
Nivel sangriento, estrella construida.
Burbuja mineral, luna de amaranto.
Cúpula del silencio, patria pura.
Novia del mar, árbol de catedrales.
Ramo de sal, cerezo de alas negras.
Dentadura nevada, trueno frío.
Luna arañada, piedra amenazante.
Cabellera del frío, acciòn del aire.
Volcán de manos, catarata oscura.
Ola de plata, direcciòn del tiempo.


10


Piedra en la piedra, el hombre, dònde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, dònde estuvo?
Tiempo también el pedacito roto
de hombre inconcluso, de águila vacía
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?
La pobre mano, el pie, la pobre vida...
Los días de la luz deshilachada
en ti, como la lluvia
sobre las banderillas de la fiesta,
dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro
en la boca vacía?
Hambre, coral del hombre,
Hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,
hambre, subiò tu raya arrecife
hasta estas altas torres desprendidas?

Yo te interrogo, sal de los caminos,
muéstrame la cuchara, déjame, arquitectura,
roer con un palito los estambres de piedra,
subir todos los escalones del aire hasta el vacío.
rascar la entraña hasta tocar el hombre.

Macchu Picchu, pusiste
piedra en la piedra, y en la base, harapos?
Carbòn sobre carbòn, y en el fondo la lágrima?
Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo
goteròn de la sangre?
Devuélveme el esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime còmo durmiò cuando vivía.
Dime si fue su sueño
ronco, entreabierto, como un hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
El muro, el muro! Si sobre su sueño
gravitò cada piso de piedra, y si cayò bajo ella
como bajo una luna, con el Sueño!
Antigua América, novia sumergida,
también tus dedos,
al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,
bajo los estandartes nupciales de la luz y el decoro,
mezclándose al trueno de los tambores y de las lanzas,
también, también tus dedos,
los que la rosa abstracta y la línea del frío, los
que el pecho sangriento del nuevo cereal trasladaron
hasta la tela de materia radiante, hasta las duras cavidades,
también, también, América enterrada, guardaste en lo más bajo,
en el amargo intestino, como un águila, el hambre?


11

A través del confuso esplendor,
a través de la noche de piedra, déjame hundir la mano
y deja que en mí palpite, como un ave mil años prisionera,
el viejo corazòn del olvidado!
Déjame olvidar hoy esta dicha, que es más ancha que el mar,
porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas,
y hay que caer en él como en un pozo para salir del fondo
con un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas.
Déjame olvidar, ancha piedra, la proporciòn poderosa,
la trascendente medida, las piedras del panal,
y de la escuadra déjame hoy resbalar
la mano sobre la hipotenusa de áspera sangre y cilicio.
Cuando, como una herradura de élitros rojos, el còndor furibundo
me golpea las sienes en el orden del vuelo
y el huracán de plumas carniceras barre el polvo sombrío
de las escalinatas diagonales, no veo a la bestia veloz,
no veo el ciego ciclo de sus garras,
veo el antiguo ser, servidor, el dormido
en los campos, veo un cuerpo, mil cuerpos, un hombre, mil mujeres,
bajo la racha negra, negros de lluvia y noche,
con la piedra pesada de la estatua:
Juan Cortapiedras, hijo de Wiracocha,
Juan Comefrío, hijo de estrella verde,
Juan Piesdescalzos, nieto de la turquesa,
sube a nacer conmigo, hermano.



12

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:.
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brillò o la tierra
no entregò a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabòn a eslabòn, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.

Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca.

Hablad por mis palabras y mi sangre.



3(section)
LOS CONQUISTADORES


Ccollanan Pachacutec! Ricuy anceacunac yahuarniy richacaucuta!
TÚPAC AMARU 1

1
vienen por las islas (1493)


Los carniceros desolaron las islas.
Guanahani fue la primera
en esta historia de martirios.
Los hijos de la arcilla vieron rota
su sonrisa, golpeada
su frágil estatura de venados,
y aun en la muerte no entendían.
Fueron amarrados y heridos,
fueron quemados y abrasados,
fueron mordidos y enterrados.
Y cuando el tiempo dio su vuelta de vals
bailando en las palmeras,
el salòn verde estaba vacío.

Sòlo quedaban huesos
rígidamente colocados
en forma de cruz, para mayor
gloria de Dios y de los hombres.

De las gredas mayorales
y el ramaje de Sotavento
hasta las agrupadas coralinas
fue cortando el cuchillo de Narváez.
Aquí la cruz, aquí el rosario,
aquí la Virgen del Garrote.

La alhaja de Colon, Cuba fosfòrica,
recibiò el estandarte y las rodillas
en su arena mojada.


2
ahora es cuba


Y luego fue la sangre y la ceniza.

Después quedaron las palmeras solas.

Cuba, mi amor, te amarraron al potro,
te cortaron la cara,
te apartaron las piernas de oro pálido,
te rompieron el sexo de granada,
te atravesaron con cuchillos,
te dividieron, te quemaron.

Por los valles de la dulzura
bajaron los exterminadores,
y en los altos mogotes la cimera
de tus hijos se perdiò en la niebla,
pero allí fueron alcanzados
uno a uno hasta morir,
despedazados en el tormento
sin su tierra tibia de flores
que huía bajo sus plantas.

Cuba, mi amor, qué escalofrío
te sacudiò de espuma a espuma,
hasta que te hiciste pureza,
soledad, silencio, espesura,
y los huesitos de tus hijos
se disputaron los cangrejos.



3
llegan al mar de méxico (1493)


A Veracruz va el viento asesino.
En Veracruz desembarcan los caballos.
Las barcas van apretadas de garras
y barbas rojas de Castilla.
Son Arias, Reyes, Rojas, Maldonados,
hijos del desamparo castellano,
conocedores del hambre en invierno
y de los piojos en los mesones.

Qué miran acodados al navío?
Cuánto de lo que viene y del perdido
pasado, del errante
viento feudal en la patria azotada?

No salieron de los puertos del Sur
a poner las manos del pueblo
en el saqueò y en la muerte:
ellos ven verdes tierras, libertades,
cadenas rotas, construcciones,
y desde el barco, las olas que se extinguen
sobre las costas de compactò misterio.

Irían a morir o revivir detrás
de las palmeras, en el aire caliente
que, como en horno extraño, la total bocanada
hacia ellos dirigen las tierras quemadoras?
Eran pueblo, cabezas hirsutas de Montiel,
manos duras y rotas de Ocaña y Piedrahíta,
brazos de herreros, ojos de niños
que miraban el sol terrible y las palmeras.

El hambre antigua de Europa, hambre como la cota
de un planeta mortal, poblaba el buque,
el hambre estaba allí, desmantelada,
errabunda hacha fría, madrastra
de los pueblos, el hambre echa los dados
en la navegaciòn, sopla las velas:
"Más allá, que te como, más allá,
que regresas
a la madre, al hermano, al juez y al cura,
a los inquisidores, al infierno, a la peste.
Más allá, más allá, lejos del piojo,
del látigo feudal, del calabozo,
de las galeras llenas de excremento".

Y los ojos de Núñez y Bernales
clavaban en la ilimitada
luz el reposo,
una vida, otra vida,
la innumerable y castigada
familia de los pobres del mundo.



4
cortés


Cortés no tiene pueblo, es rayo frío,
corazòn muerto en la armadura.
"Feraces tierras, mi Señor y Rey,
templos en que el oro, cuajado
está por manos del indio."

Y avanza hundiendo puñales, golpeando
las tierras bajas, las piafantes
cordilleras de los perfumes,
parando su tropa entre orquídeas
y coronaciones de pinos,
atropellando los jazmines,
hasta las puertas de Tlaxcala.

(Hermano aterrado, no tomes
como amigo al buitre rosado:
desde el musgo te hablo,
desde las raíces de nuestro reino.
Va a llover sangre mañana,
las lágrimas serán capaces
de formar niebla, vapor, ríos,
hasta que derritas los ojos.)

Cortés recibe una paloma,
recibe un faisán, una cítara
de los músicos del monarca,
pero quiere la cámara del oro,
quiere otro paso, y todo cae
en las arcas de los voraces.
El rey se asoma a los balcones:
"Es mi hermano", dice. Las piedras
del pueblo vuelan contestando,
y Cortés afila puñales
sobre los besos traicionados,

Vuelve a Tlaxcala, el viento ha traído
un sordo rumor de dolores.



5
cholula


En Cholula los jòvenes visten
su mejor tela, oro y plumajes,
calzados para el festival
interrogan al invasor.

La muerte les ha respondido.

Miles de muertos allí están.
Corazones asesinados
que palpitan allí tendidos
y que, en la húmeda sima que abrieron,
guardan el hilo de aquel día.
(Entraron matando a caballo,
cortaron la mano que daba
el homenaje de oro y flores,
cerraron la plaza, cansaron
los brazos hasta agarrotarse,
matando la flor del reinado,
hundiendo hasta el codo en la sangre
de mis hermanos sorprendidos.)



6
alvarado


Alvarado, con garras y cuchillos
cayò sobre las chozas, arrasò
el patrimonio del orfebre,
raptò la rosa nupcial de la tribu,
agrediò razas, predios, religiones,
fue la caja caudal de los ladrones,
el halcòn clandestino de la muerte.
Hacia el gran río verde, el Papaloapán,
río de mariposas, fue más tarde
llevando sangre en su estandarte.

El grave río vio sus hijos
morir o sobrevivir esclavos,
vio arder en las hogueras junto al agua
raza y razòn, cabezas juveniles.
Pero no se agotaron los dolores
como a su paso endurecido
hacia nuevas capitanías.



7
guatemala


Guatemala la dulce, cada losa
de tu mansiòn lleva una gota
de sangre antigua devorada
por el hocico de los tigres.
Alvarado machacò tu estirpe,
quebrò las estelas astrales,
se revolcò en tus martirios.
Y en Yucatán entrò el obispo
detrás de los pálidos tigres.
Juntò la sabiduría
más profunda oída en el aire
del primer día del mundo,
cuando el primer maya escribiò
anotando el temblor del río,
la ciencia del polen, la ira
de los dioses del envoltorio,
las migraciones a través
de los primeros universos,
las leyes de la colmena,
el secreto del ave verde,
el idioma de las estrellas,
secretos del día y la noche
cogidos en las orillas
del desarrollo terrenal!



8
un obispo


El obispo levantò el brazo,
quemò en la plaza los libros
en nombre de su Dios pequeño
haciendo humo las viejas hojas
gastadas por el tiempo oscuro.

Y el humo no vuelve del cielo.



9
la cabeza en el palo


Balboa, muerte y garra
llevaste a los rincones de la dulce
tierra central, y entre los perros
cazadores, el tuyo era tu alma:
Leoncico de belfo sangriento
recogiò al esclavo que huía,
hundiò colmillos españoles
en las gargantas palpitantes,
y de las uñas de los perros
salía la carne al martirio
y la alhaja caía en la bolsa.

Malditos sean perro y hombre,
el aullido infame en la selva
original, el acechante
paso del hierro y del bandido.
Maldita sea la espinosa
corona de la zarza agreste
que no saltò como un erizo
a defender la cuna invadida.

Pero entre los capitanes
sanguinarios se alzò en la sombra
la justicia de los puñales,
la acerba rama de la envidia.

Y al regreso estaba en medio
de tu camino el apellido
de Pedrarias como una soga.

Te juzgaron entre ladridos
de perros matadores de indios.
Ahora que mueres, oyes
el silencio puro, partido
por tus lebreles azuzados?
Ahora que mueres en las manos
de los torvos adelantados,
sientes el aroma dorado
del dulce reino destruido?

Cuando cortaron la cabeza
de Balboa, quedò ensartada
en un palo. Sus ojos muertos
descompusieron su relámpago
y descendieron por la lanza
en un goteròn de inmundicia
que desapareciò en la tierra.



10
homenaje a balboa


Descubridor, el ancho mar, mi espuma,
latitud de la luna, imperio del agua,
después de siglos te habla por boca mía.
Tu plenitud llegò antes de la muerte.
Elevaste hasta el cielo la fatiga,
y de la dura noche de los árboles
te condujo el sudor hasta la orilla
de la suma del mar, del gran océano.
En tu mirada se hizo el matrimonio,
de la luz extendida y del pequeño
corazòn del hombre, se llenò una copa
antes no levantada, una semilla
de relámpagos llegò contigo
y un trueno torrencial llenò la tierra.
Balboa, capitán, qué diminuta
tu mano en la visera, misterioso
muñeco de la sal descubridora,
novio de la oceánica dulzura,
hijo del nuevo útero del mundo.
Por tus ojos entrò como un galope
de azahares el olor oscuro
de la robada majestad marina,
cayò en tu sangre una aurora arrogante
hasta poblarte el alma, poseído!
Cuando volviste a las hurañas tierras,
sonámbulo del mar, capitán verde,
eras un muerto que esperaba
la tierra para recibir tus huesos.

Novio mortal, la traiciòn cumplía.

No en balde por la historia
entraba el crimen pisoteando, el halcòn devoraba
su nido, y se reunían las serpientes
atacándose con lenguas de oro.

Entraste en el crepúsculo frenético
y los perdidos pasos que llevabas,
aún empapado por las profundidades,
vestido de fulgor y desposado
por la mayor espuma, te traían
a las orillas de otro mar: la muerte.



11
duerme un soldado


Extraviado en los límites espesos
llegò el soldado. Era total fatiga
y cayò entre las lianas y las hojas,
al pie del Gran Dios emplumado:
éste
estaba solo con su mundo apenas
surgido de la selva.
Mirò al soldado
extraño nacido del océano.
Mirò sus ojos, su barba sangrienta,
su espada, el brillo negro
de la armadura, el cansancio caído
como la bruma sobre esa cabeza
de niño carnicero.
Cuántas zonas
de oscuridad para que el Dios de Pluma
naciera y enroscara su volumen
sobre los bosques, en la piedra rosada,
cuánto desorden de aguas locas
y de noche salvaje, el desbordado
cauce de la luz sin nacer, el fermento rabioso
de las vidas, la destrucciòn, la harina
de la fertilidad y luego el orden,
el orden de la planta y de la secta,
la elevaciòn de las rocas cortadas,
el humo de las lámparas rituales,
la firmeza del suelo para el hombre,
el establecimiento de las tribus,
el tribunal de los dioses terrestres.
Palpitò cada escama de la piedra,
sintiò el pavor caído
como una invasiòn de insectos,
recogiò todo su poderío,
hizo llegar la lluvia a las raíces,
hablò con las corrientes de la tierra,
oscuro en su vestido
de piedra còsmica inmovilizada,
y no pudo mover garras ni dientes,
ni ríos, ni temblores,
ni meteoros que silbaran
en la bòveda del reinado,

y quedò allí, piedra inmòvil, silencio,

mientras Beitrán de Còrdoba dormía.


12
ximénez de quesada (1536)


Ya van, ya van, ya llegan,
corazòn mío, mira las naves,
las naves por el Magdalena,
las naves de Gonzalo Jiménez
ya llegan, ya llegan las naves,
detenías, río, cierra
tus márgenes ,devoradoras,
sumérgelas en tu latido,
arrebátales la codicia,
échales tu trompa de fuego,
tus vertebrados sanguinarios,
tus anguilas comedoras de ojos,
atraviesa el caimán espeso
con sus dientes color de légamo
y su primordial armadura,
extiéndelo como un puente
sobre tus aguas arenosas,
dispara el fuego del jaguar
desde tus árboles, nacidos
de tus semillas, río madre,
arròjales moscas de sangre,
ciégalos con estiércol negro,
húndelos en tu hemisferio,
sujétalos entre las raíces
en la oscuridad de tu cama,
y púdreles toda la sangre
devorándoles los pulmones
y los labios con tus cangrejos.

Ya entraron en la floresta:
ya roban, ya muerden, ya matan,
Oh Colombia! Defiende el velo
de tu secreta selva roja.

Ya levantaron el cuchillo
sobre el oratorio de Iraka,
ahora agarran al zipa,
ahora lo amarran. "Entrega
las alhajas del dios antiguo",
las alhajas que florecían
y brillaban con el rocío
de la mañana de Colombia.

Ahora atormentan al príncipe.
Lo han degollado, su cabeza
me mira con ojos que nadie
puede cerrar, ojos amados
de mi patria verde y desnuda.
Ahora queman la casa solemne,
ahora siguen los caballos,
los tormentos, las espadas,
ahora quedan unas brasas
y entre las cenizas los ojos
del príncipe que no se han cerrado.



13
cita de CUERVOS


En Panamá se unieron los demonios.

Allí fue el pacto de los hurones.
Una bujía apenas alumbraba
cuando los tres llegaron uno a uno.
Primero llegò Almagro antiguo y tuerto,
Pizarro, el mayoral porcino
y el fraile Luque, canònigo entendido
en tinieblas. Cada uno
escondía el puñal para la espalda
del asociado, cada uno
con mugrienta mirada en las oscuras
paredes adivinaba sangre,
y el oro del lejano imperio los atraía
como la luna a las piedras malditas.
Cuando pactaron, Luque levantò
la hostia en la eucaristía,
los tres ladrones amasaron
la oblea con torva sonrisa.
"Dios ha sido dividido, hermanos,
entre nosotros", sostuvo el canònigo,
y los carniceros de dientes
morados dijeron "Amén".
Golpearon la mesa escupiendo.
Como no sabían de letras
llenaron de cruces la mesa,
el papel, los bancos, los muros.

El Perú oscuro, sumergido,
estaba señalado y las cruces,
pequeñas, negras, negras cruces,
al Sur salieron navegando:
cruces para las agonías,
cruces peludas y filudas,
cruces con ganchos de reptil,
cruces salpicadas de pústulas,
cruces como piernas de araña,
sombrías cruces cazadoras.



14
las agonías


En Cajamarca empezò la agonía.

El joven Atahualpa, estambre azul,
árbol insigne, escuchò al viento
traer rumor de acero.
Era un confuso
brillo y temblor desde la costa,
un galope increíble
-piafar y poderío -
de hierro y hierro entre la hierba.
Llegaron los adelantados.
El Inca saliò de la música
rodeado por los señores.

Las visitas
de otro planeta, sudadas y barbudas,
iban a hacer la reverencia.

El capellán
Valverde, corazòn traidor, chacal podrido,
adelanta un extraño objeto, un trozo
de cesto, un fruto
tal vez de aquel planeta
de donde vienen los caballos.
Atahualpa lo toma. No conoce
de qué se trata: no brilla, no suena,
y lo deja caer sonriendo.
"Muerte,
venganza, matad, que os absuelvo",
grita el chacal de la cruz asesina.
El trueno acude hacia los bandoleros.
Nuestra sangre en su cuna es derramada.
Los príncipes rodean como un coro
al Inca, en la hora agonizante.

Diez mil peruanos caen
bajo cruces y espadas, la sangre
moja las vestiduras de Atahualpa.
Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura
hace amarrar los delicados brazos
del Inca. La noche ha descendido
sobre el Perú como una brasa negra.



15
la línea colorada


Más tarde levantò la fatigada
mano el monarca, y más arriba
de las frentes de los bandidos,
tocò los muros.
Allí trazaron
la línea colorada.
Tres cámaras
había que llenar de oro y de plata,
hasta esa línea de su sangre.
Rodò la rueda de oro, noche y noche.
La rueda del martirio día y noche.

Arañaron la tierra, descolgaron
alhajas hechas con amor y espuma,
arrancaron la ajorca de la novia,
desampararon a sus dioses.
El labrador entregò su medalla,
el pescador su bota de oro,
y las rejas temblaron respondiendo
mientras mensaje y voz por las alturas
iba la rueda del oro rodando.
Entonces tigre y tigre se reunieron
y repartieron la sangre y las lágrimas.

Atahualpa esperaba levemente
triste en el escarpado día andino.
No se abrieron las puertas. Hasta la última
joya los buitres dividieron:
las turquesas rituales, salpicadas
por la carnicería, el vestido
laminado de plata: las uñas bandoleras
iban midiendo y la carcajada
del fraile entre los verdugos
escuchaba el rey con tristeza.

Era su corazòn un vaso lleno
de una congoja amarga como
la esencia amarga de la quina.
Pensò en sus límites, en el alto Cuzco,
en las princesas, en su edad,
en el escalofrío de su reino.
Maduro estaba por dentro, su paz
desesperada era tristeza. Pensò en Huáscar.
Vendrían de él los extranjeros?
Todo era enigma, todo era cuchillo,
todo era soledad, sòlo la línea roja
viviente palpitaba,
tragando las entrañas amarillas
del reino enmudecido que moría.

Entrò Valverde con la Muerte entonces.
"Te llamarás Juan", le dijo
mientras preparaba la hoguera.
Gravemente respondiò: "Juan,
Juan me llamo para morir",
sin comprender ya ni la muerte.

Le ataron el cuello y un garfio

entrò en el alma del Perú.



16
elegía


Solo, en las soledades
quiero llorar como los ríos, quiero
oscurecer, dormir
como tu antigua noche mineral.

Por qué llegaron las llaves radiantes
hasta las manos del bandido? Levántate,
materna Odio, descansa tu secreto
en la fatiga larga de esta noche
y echa en mis venas tu consejo.
Aún no te pido el sol dé, los Yupanquis.
Te hablo dormido, llamando
de tierra a tierra, madre
peruana, matriz cordillera.
Còmo entrò en tu arenal recinto
la avalancha de los puñales?
Inmòvil en tus manos,
siento extenderse los metales
en los canales del subsuelo.

Estoy hecho de tus raíces,
pero no entiendo, no me entrega
la tierra su sabiduría,
no veo sino noche y noche
bajo las tierras estrelladas.
Qué sueño sin sentido, de serpiente,
se arrastrò hasta la línea colorada?
Ojos del duelo, planta tenebrosa.
Còmo llegaste a este viento vinagre,
còmo entre los peñascos de la ira
no levantò Capac su tiara
de arcilla deslumbrante?

Dejadme bajo los pabellones
padecer y hundirme como
la raíz muerta que no dará esplendor.
Bajo la dura noche dura
bajaré por la tierra hasta llegar
a la boca del oro.

Quiero extenderme en la piedra nocturna.

Quiero llegar allí con la desdicha.


17
las guerras


Más tarde al Reloj de granito
llegò una llama incendiaria.
Almagros y Pizarros y Valverdes,
Castillos y Urías y Beltranes
se apuñaleaban repartiéndose
las traiciones adquiridas,
se robaban la mujer y el oro,
disputaban la dinastía.
Se ahorcaban en tos corrales,
se colgaban en los Cabildos.
Caía el árbol del saqueo
entre estocadas y gangrena.

De aquel galope de Pizarros
en los linares territorios
naciò un silencio estupefacto.

Todo estaba lleno de muerte
y sobre la agonía arrasada
de sus hijos desventurados,
en el territorio (roído
hasta los huesos por las ratas),
se sujetaban las entrañas
antes de matar y matarse.

Matarifes de còlera y horca,
centauros caídos al lodo
de la codicia, ídolos
quebrados por la luz del oro,
exterminasteis vuestra propia
estirpe de uñas sanguinarias
y junto a las rocas murales
del alto Cuzco coronado,
frente al sol de espigas más altas,
representasteis en el polvo
dorado del Inca, el teatro
de los infiernos imperiales:
la Rapiña de hocico verde,
la Lujuria aceitada en sangre,
la Codicia con uñas de oro,
la Traiciòn, aviesa dentadura,
la Cruz como un reptil rapaz,
la Horca en un fondo de nieve,

y la Muerte fina como el aire

inmòvil en su armadura.


18
descubridores de chile


Del Norte trajo Almagro su arrugada centella.
Y sobre el territorio, entre explosiòn y ocaso,
se inclinò día y noche como sobre una carta.
Sombra de espinas, sombra de cardo y cera,
el español reunido con su seca figura,
mirando las sombrías estrategias del suelo.
Noche, nieve y arena hacen la forma
de mi delgada patria,
todo el silencio está en su larga línea,
roda la espuma sale de su barba marina,
todo el carbòn la llena de misteriosos besos.
Como una brasa el oro arde en sus dedos
y la plata ilumina como una luna verde
su endurecida forma de tétrico planeta.
El español sentado junto a la rosa un día,
junto al aceite, junto al vino, junto al antiguo cielo
no imaginò este punto de colérica piedra
nacer bajo el estiércol del águila marina.



19
la tierra COMBATIENTE


Primero resistiò la tierra.

La nieve araucana quemò
como una hoguera de blancura
el paso de los invasores.
Caían de frío los dedos,
las manos, los pies de, Almagro
y las garras que devoraron
y sepultaron monarquías
eran en la nieve un punto
de carne helada, eran silencio.
Fue en el mar de las cordilleras.
El aire chileno azotaba
marcando estrellas, derribando
codicias y caballerías.

Luego el hambre caminò detrás
de Almagro como una invisible
mandíbula que golpeaba.
Los caballos eran comidos
en aquella fiesta glacial.

Y la muerte del Sur desgranò
el galope de los Almagres,
hasta que volviò su caballo
hacia el Perú donde esperaba
al descubridor rechazado,
en el camino, con un hacha.


20
se unen la tierra y el hombre


Araucanía, ramo de robles torrenciales,
oh Patria despiadada, amada oscura,
solitaria en tu reino lluvioso:
eras solo gargantas minerales,
manos de frío, puños
acostumbrados a cortar peñascos:
eras, Patria, la paz de la dureza
y tus hombres eran rumor,
áspera apariciòn, viento bravío.

No tuvieron mis padres araucanos
cimeras de plumaje luminoso,
no descansaron en flores nupciales,
no hilaron oro para el sacerdote:
eran piedra y árbol, raíces
de los breñales sacudidos,
hojas con forma de lanza,
cabezas de metal guerrero.
Padres, apenas levantasteis
el oído al galope, apenas en la cima
de los montes, cruzò el rayo
de Araucanía.
Se hicieron sombra los padres de piedra,
se anudaron al bosque, a las tinieblas
naturales, se hicieron luz de hielo,
asperezas de tierras y de espinas,
y así esperaron en las profundidades
de la soledad indomable:
uno era un árbol rojo que miraba,
otro un fragmento de metal que oía,
otro una ráfaga de viento y taladro,
otro tenía el color del sendero.
Patria, nave de nieve,
follaje endurecido:
allí naciste, cuando el hombre tuyo
pidiò a la tierra su estandarte
y cuando tierra y aire y piedra y lluvia,
hoja, raíz, perfume, aullido,
cubrieron como un manto al hijo,
lo amaron o lo defendieron.
Así naciò la patria unánime:
la unidad antes del combate.



21
valdivia (1544)


Pero volvieron.
(Pedro se llamaba.)
Valdivia, el capitán intruso,
cortò mi tierra con la espada
entre ladrones: "Esto es tuyo,
esto es tuyo, Valdés, Montero,
esto es tuyo, Inés, este sitio
es el cabildo".
Dividieron mi patria
como si fuera un asno muerto.
"Llévate
este trozo de luna y arboleda,
devòrate este río con crepúsculo",
mientras la gran cordillera
elevaba bronce y blancura.

Asomò Arauco. Adobes, torres,
calles, el silencioso
dueño de casa levantò sonriendo.
Trabajò con las manos empapadas
por su agua y su barro, trajo
la greda y vertiò el agua andina:
pero no pudo ser esclavo.
Entonces Valdivia, el verdugo,
atacò a fuego y a muerte.
Así empezò la sangre,
la sangre de tres siglos, la sangre océano,
la sangre atmòsfera que cubriò mi tierra
y el tiempo inmenso, como ninguna guerra.
Saliò el buitre iracundo
de la armadura enlutada
y mordiò al promauca, rompiò
el pacto escrito en el silencio
de Huelen, en el aire andino.
Arauco comenzò a hervir su plato
de sangre y piedras.
Siete príncipes
vinieron a parlamentar.
Fueron encerrados.
Frente a los ojos de la Araucanía,
cortaron las cabezas cacicales.
Se daban ánimo los verdugos. Toda
empapada de visceras, aullando,
Inés de Suárez, la soldadera,
sujetaba los cuellos imperiales
con sus rodillas de infernal harpía.
Y las tirò sobre la empalizada,
bañándose de sangre noble,
cubriéndose de barro escarlata.
Así creyeron dominar Arauco.
Pero aquí la unidad sombría
de árbol y piedra, lanza y rostro,
transmitiò el crimen en el viento.
Lo supo el árbol fronterizo,
el pescador, el rey, el mago,
lo supo el labrador antartico,
lo supieron las aguas madres
del Bío Bío.
Así naciò la guerra patria.
Valdivia entrò la lanza goteante
en las entrañas pedregosas
de Arauco, hundiò la mano
en el latido, apretò los dedos
sobre el corazòn araucano,
derramò las venas silvestres
de los labriegos,
exterminò
el amanecer pastoril,
mandò martirio
al reino del bosque, incendiò
la casa del dueño del bosque,
cortò las manos del cacique,
devolviò a los prisioneros
con narices y orejas cortadas,
empalò al Toqui, asesinò
a la muchacha guerrillera
y con su guante ensangrentado
marcò las piedras de la patria,
dejándola llena de muertos,
y soledad y cicatrices.


22
ercilla


Piedras de Arauco y desatadas rosas
fluviales, territorios de raíces,
se encuentran con el hombre que ha llegado de España.
Invaden su armadura con gigantesco liquen.
Atrepellan su espada las sombras del helécho.
La yedra original pone manos azules
en el recién llegado silencio del planeta.
Hombre, Ercilla sonoro, oigo el pulso del agua
de tu primer amanecer, un frenesí de pájaros
y un trueno en el follaje.
Deja, deja tu huella
de águila rubia, destroza
tu mejilla contra el maíz salvaje,
todo será en la tierra devorado.
Sonoro, sòlo tú no beberás la copa
de sangre, sonoro, sòlo al rápido
fulgor de ti nacido
llegará la secreta boca del tiempo en vano
para decirte: en vano.
En vano, en vano
sangre por los ramajes de cristal salpicado,
en vano por las noches del puma
el desafiante paso del soldado,
las òrdenes,
los pasos
del herido.
Todo vuelve al silencio coronado de plumas
en donde un rey remoto devora enredaderas.


23
se entierran las lanzas


Así quedò repartido el patrimonio.
La sangre dividiò la patria entera.
(Contaré en otras líneas
la lucha de mi pueblo.)
Pero cortada fue la tierra
por los invasores cuchillos.
Después vinieron a poblar la herencia
usureros de Euzkadi, nietos
de Loyola. Desde la cordillera
hasta el océano
dividieron con árboles y cuerpos,
la sombra recostada del planeta.
Las encomiendas sobre la tierra
sacudida, herida, incendiada,
el reparto de selva y agua
en los bolsillos, los Errázuriz
que llegan con su escudo de armas,
un látigo y una alpargata.



24
el corazòn MAGALLÁNICO (1519)


De dònde soy, me pregunto a veces, de dònde diablos
vengo, qué día es hoy, qué pasa,
ronco, en medio del sueño, del árbol, de la noche,
y una ola se levanta como un párpado, un día
nace de ella, un relámpago con hocico de tigre.



Despierto de pronto en la noche pensando en el extremo Sur


Viene el día y me dice: "Oyes
el agua lenta, el agua,
el agua,
sobre la Patagonia?".
Y yo contesto: "Sí, señor, escucho".
Viene el día y me dice: "Una oveja salvaje
lejos, en la regiòn, lame el color helado
de una piedra. No escuchas el balido, no reconoces,
el vendaval azul en cuyas manos
la luna es una copa, no ves la tropa, el dedo
rencoroso del viento
tocar la ola y la vida con su anillo vacío?".




Recuerdo la soledad del estrecho


La larga noche, él pino, vienen adonde voy.
Y se trastorna el ácido sordo, la fatiga,
la tapa del tonel, cuanto tengo en la vida.
Una gota de nieve llora y llora en mi puerta
mostrando su vestido claro y desvencijado
de pequeño cometa que me busca y solloza.
Nadie mira la ráfaga, la extensiòn, el aullido
del aire en las praderas.
Me acerco y digo: vamos. Toco el Sur, desemboco
en la arena, veo la planta seca y negra, todo raíz y roca,
las islas arañadas por el agua y el cielo,
el Río del Hambre, el Corazòn de Ceniza,
el Patio del Mar Lúgubre, y donde silba
la solitaria serpiente, donde cava
el último zorro herido y esconde su tesoro sangriento
encuentro la tempestad y su voz de ruptura,
su voz de viejo libro, su boca de cien labios,
algo me dice, algo que el aire devora cada día.



Los descubridores aparecen y de ellos no queda nada


Recuerda el agua cuanto le sucediò al navío.
La dura tierra extraña guarda sus calaveras
que suenan en el pánico austral como cornetas
y ojos de hombre y de buey, dan al día su hueco,
su anillo, su sonido de implacable estelaje.
El viejo cielo busca la vela,
nadie
ya sobrevive: el buque destruido
vive con la ceniza del marinero amargo,
y de los puestos de oro, de las casas de cuero,
del trigo pestilente, y de
la llama fría de las navegaciones
(cuánto golpe en la noche [roca y bajel] al fondo)
sòlo queda el dominio quemado y sin cadáveres,
la incesante intemperie apenas rota
por un negro fragmento
de fuego fallecido.



Sòlo se impone la desolaciòn


Esfera que destroza lentamente la noche, el agua, el hielo,
extensiòn combatida por el tiempo y el término,
con su marca violeta, con el final azul
del arco iris salvaje
se sumergen los pies de mi patria en tu sombra
y aúlla y agoniza la rosa triturada.



Recuerdo al viejo descubridor


Por el canal navega nuevamente
el cereal helado, la barba del combate,
el otoño glacial, el transitorio herido.
Con él, con el antiguo, con el muerto,
con el destituido por el agua rabiosa,
con él, en su tormenta, con su frente.
Aún lo sigue el albatros y la soga de cuero
comida, con los ojos fuera de la mirada,
y el ratòn devorado ciegamente mirando
entre los palos rotos el esplendor iracundo,
mientras en el vacío la sortija y el hueso
caen, resbalan sobre la vaca marina.



Magallanes


Cuál es el dios que pasa? Mirad su barba llena de gusanos
y sus calzones en que la espesa atmòsfera
se pega y muerde como un perro náufrago:
y tiene peso de ancla maldita su estatura,
y silba el piélago y el aquilòn acude
hasta sus pies mojados.
Caracol de la oscura
sombra del tiempo,
espuela
carcomida, viejo señor de luto litoral, aguilero
sin estirpe, manchado manantial, el estiércol
del Estrecho te manda,
y no tiene de cruz tu pecho sino un grito
del mar, un grito blanco, de luz marina,
y de tenaza, de tumbo en tumbo, de aguijòn demolido.



Llega al Pacífico


Porque el siniestro día del mar termina un día,
y la mano nocturna corta uno a uno sus dedos
hasta no ser, hasta que el hombre nace
y el capitán descubre dentro de sí el acero
y la América sube su burbuja
y la costa levanta su pálido arrecife
sucio de aurora, turbio de nacimiento
hasta que de la nave sale un grito y se ahoga
y otro grito y el alba que nace de la espuma.



Todos han muerto


Hermanos de agua y piojo, de planeta carnívoro:
visteis, al fin, el árbol del mástil agachado
por la tormenta? Visteis la piedra machacada
bajo, la loca nieve brusca de la ráfaga?
Al fin, ya tenéis vuestro paraíso perdido,
al fin, tenéis vuestra guarniciòn maldiciente,
al fin, vuestros fantasmas atravesados del aire
besan sobre la arena la huella de la foca.
Al fin, a vuestros dedos sin sortija
llega el pequeño sol del páramo, el día muerto,
temblando, en su hospital de olas y piedras.



25
a pesar de la ira


Roídos yelmos, herraduras muertas!

Pero a través del fuego y la herradura
como de un manantial iluminado
por la sangre sombría,
con el metal hundido en el tormento
se derramò una luz sobre la tierra:
número, nombre, línea y estructura.

Páginas de agua, claro poderío
de idiomas rumorosos, dulces gotas
elaboradas como los racimos,
sílabas de platino en la ternura
de unos aljofarados pechos puros,
y una clásica boca de diamantes
dio su fulgor nevado al territorio.

Allá lejos la estatua deponía
su mármol muerto,
y en la primavera
del mundo, amaneciò la maquinaria.

La técnica elevaba su dominio
y el tiempo fue velocidad y ráfaga
en la bandera de los mercaderes.

Luna de geografía
que descubriò la planta y el planeta
extendiendo geométrica hermosura
en su desarrollado movimiento.
Asia entregò su virginal aroma.
La inteligencia con un hilo helado
fue detrás de la sangre hilando el día.
El papel repartiò la miel desnuda
guardada en las tinieblas.

Un vuelo
de palomar saliò de la pintura.
con arrebol y azul ultramarino.
Y las lenguas del hombre se juntaron
en la primera ira, antes del canto.

Así, con el sangriento
titán de piedra,
halcòn encarnizado,
no sòlo llegò sangre sino trigo.

La luz vino a pesar de los puñales.



4(section)
LOS LIBERTADORES


Aquí viene el árbol, el árbol
de la tormenta, el árbol del pueblo.
De la tierra suben sus héroes
como las hojas por la savia,
y el viento estrella los follajes
de muchedumbre rumorosa,
hasta que cae la semilla
del pan otra vez a la tierra.

Aquí viene el árbol, el árbol
nutrido por muertos desnudos,
muertos azotados y heridos,
muertos de rostros imposibles,
empalados sobre una lanza,
desmenuzados en la hoguera,
decapitados por el hacha,
descuartizados a caballo,
crucificados en la iglesia.

Aquí viene el árbol, el árbol
cuyas raíces están vivas,
sacò salitre del martirio,
sus raíces comieron sangre
y extrajo lágrimas del suelo:
las elevò por sus ramajes,
las repartiò en su arquitectura.
Fueron flores invisibles,
a veces, flores enterradas,
otras veces iluminaron
sus pétalos, como planetas.

Y el hombre recogiò en las ramas
las caracolas endurecidas,
las entregò de mano en mano
como magnolias o granadas
y de pronto, abrieron la tierra,
crecieron hasta las estrellas.

Este es el árbol de los libres.
El árbol tierra, el árbol nube,
el árbol pan, el árbol flecha,
el árbol puño, el árbol fuego.
Lo ahoga el agua tormentosa
de nuestra época nocturna,
pero su mástil balancea
el ruedo de su poderío.

Otras veces, de nuevo caen
las ramas rotas por la còlera
y una ceniza amenazante
cubre su antigua majestad:
así pasò desde otros tiempos,
así saliò de la agonía
hasta que una mano secreta,
unos brazos innumerables,
el pueblo, guardò los fragmentos,
escondiò troncos invariables,
y sus labios eran las hojas
del inmenso árbol repartido,
diseminado en todas partes,
caminando con sus raíces.
Este es el árbol, el árbol
del pueblo, de todos los pueblos
de la libertad, de la lucha.

Asòmate a su cabellera:
toca sus rayos renovados:
hunde la mano en las usinas
donde su fruto palpitante
propaga su luz cada día.
Levanta esta tierra en tus manos,
participa de este esplendor,
toma tu pan y tu manzana,
tu corazòn y tu caballo
y monta guardia en la frontera,
en el límite de sus hojas.

Defiende el fin de sus corolas,
comparte las noches hostiles,
vigila el ciclo de la aurora,
respira la altura estrellada,
sosteniendo el árbol, el árbol
que crece en medio de la tierra.



Cuauhtémoc (1520)


Joven hermano hace ya tiempo y tiempo
nunca dormido, nunca consolado,
joven estremecido en las tinieblas
metálicas de México, en tu mano
recibo el don de tu patria desnuda.

En ella nace y crece tu sonrisa
como una línea entre la luz y el oro.

Son tus labios unidos por la muerte
el más puro silencio sepultado.

El manantial hundido
bajo todas las bocas de la tierra.

Oíste, oíste, acaso,
hacia Anáhuac lejano,
un rumbo de agua, un viento
de primavera destrozada?
Era tal vez la palabra del cedro.
Era una ola blanca de Acapulco.
Pero en la noche huía
tu corazòn como un venado
hacia los límites, confuso,
entre los monumentos sanguinarios,
bajo la luna zozobrante.

Toda la sombra preparaba sombra.
Era la tierra una oscura cocina,
piedra y caldera, vapor negro,
muro sin nombre, pesadumbre
que te llamaba desde los nocturnos
metales de tu patria.

Pero no hay sombra en tu estandarte.

Ha llegado la hora señalada,
y en medio de tu pueblo
eres pan y raíz, lanza y estrella.
El invasor ha detenido el paso.
No es Moctezuma extinto
como una copa muerta,
es el relámpago y su armadura,
la pluma de Quetzal, la flor del pueblo,
la cimera encendida entre las naves.

Pero una mano dura como siglos
de piedra apretò tu garganta;
No cerraron
tu sonrisa, no hicieron
caer los granos del secreto
maíz, y te arrastraron,
vencedor cautivo,
por las distancias de tu reino,
entre cascadas y cadenas,
sobre arenales y aguijones
como una columna incesante,

como un testigo doloroso,
hasta que una soga enredò
la columna de la pureza
y colgò el cuerpo suspendido
sobre la tierra desdichada.



fray bartolomé délas casas


Piensa uno, al llegar a su casa, de noche, fatigado
entre la niebla fría de mayo, a la salida
del sindicato (en la desmenuzada
lucha de cada día, la estaciòn
lluviosa que gotea del alero, el sordo
latido del constante sufrimiento)
esta resurrecciòn enmascarada,
astuta, envilecida,
del encadenador, de la cadena,
y cuando sube la congoja
hasta la cerradura a entrar contigo,
surge una luz antigua, suave y dura
como un metal, como un astro enterrado.
Padre Bartolomé, gracias por este
regalo de la cruda medianoche,

gracias porque tu hilo fue invencible:

pudo morir aplastado, comido
por el perro de fauces iracundas,
pudo quedar en la ceniza
de la casa incendiada,
pudo cortarlo el filo frío
del asesino innumerable
o el odio administrado con sonrisas
(la traiciòn del pròximo cruzado),
la mentira arrojada en la ventana.
Pudo morir el hilo cristalino,
la irreductible transparencia
convertida en acciòn, en combatiente
y despeñado acero de cascada.

Pocas vidas da el hombre como la tuya, pocas
sombras hay en el árbol como tu sombra, en ella
todas las ascuas vivas del continente acuden,
todas las arrasadas condiciones, la herida
del mutilado, las aldeas
exterminadas, todo bajo tu sombra
renace, desde el límite
de la agonía fundas la esperanza.
Padre, fue afortunado para el hombre y su especie
que tú llegaras a la plantaciòn,
que mordieras los negros cereales
del crimen, que bebieras
cada día la copa de la còlera.
Quién te puso, mortal desnudo,
entre los dientes de la furia?
Còmo asomaron otros ojos,
de otro metal, cuando nacías?

Còmo se cruzan los fermentos
en la escondida harina humana
para que tu grano inmutable
se amasara en el pan del mundo?

Eras realidad entre fantasmas
encarnizados, eras
la eternidad de la ternura
sobre la ráfaga del castigo.
De combate en combate tu esperanza
se convirtiò en precisas herramientas:
la solitaria lucha se hizo rama,
el llanto inútil se agrupò en partido.

No sirviò la piedad. Cuando mostrabas
tus columnas, tu nave amparadora,
tu mano para bendecir, tu manto,
el enemigo pisoteò las lágrimas
y quebrantò el color de la azucena.
No sirviò la piedad alta y vacía
como ana catedral abandonada.
Fue tu invencible decisiòn,
la activa resistencia, el corazòn armado.

Fue la razòn tu material titánico.

Fue la flor organizada tu estructura.

Desde arriba quisieron contemplarte
(desde su altura) los conquistadores,
apoyándose como sombras de piedra
sobre sus espadones, abrumando
con sus sarcásticos escupos
las tierras de tu iniciativa,
diciendo: "Ahí va el agitador",
mintiendo: "Lo pagaron
los extranjeros",
"No tiene patria", "Traiciona",
pero tu prédica no era
frágil minuto, peregrina
pauta, reloj del pasajero.
Tu madera era bosque combatido,
hierro en su cepa natural, oculto
a toda luz por la tierra florida,
y más aún, era más hondo:
en la unidad del tiempo, en el transcurso
de la vida, era tu mano adelantada
estrella zodiacal, signo del pueblo.
Hoy a esta casa. Padre, entra conmigo.
Te mostraré las cartas, el tormento
de mi pueblo, del hombre perseguido.
Te mostraré los antiguos dolores.

Y para no caer, para afirmarme
sobre la tierra, continuar luchando,
deja en mi corazòn el vino errante
y el implacable pan de tu dulzura.



avanzando en las tierras de chile


España entrò hasta el Sur del Mundo. Agobiados
exploraron la nieve los altos españoles.
El Bío Bío, grave río,
le dijo a España: "Detente".
El bosque de maitenes cuyos hilos
verdes cuelgan como temblor de lluvia
dijo a España: "No sigas". El alerce,
titán de las fronteras silenciosas,
dijo en un trueno su palabra.
Pero hasta el fondo de la patria mía,
puño y púnala el invasor llegaba.
Hacia el río Imperial, en cuya orilla
mi corazòn amaneciò en el trébol,
entraba el huracán en la mañana.
El ancho cauce de las garzas iba
desde las islas hacia el mar furioso,
lleno como una copa interminable,
entre las márgenes de cristal sombrío.
En sus orillas erizaba el polen
una alfombra de estambres turbulentos
y desde el mar el aire conmovía
todas las sílabas de la primavera.
El avellano de la Araucanía
enarbolaba hogueras y racimos
hacia donde la lluvia resbalaba
sobre la agrupaciòn de la pureza.
Todo estaba enredado de fragancias,
empapado de luz verde y lluviosa
y cada matorral de olor amargo
era un ramo profundo del invierno
o una extraviada formaciòn marina
aún llena de oceánico rocío.

De los barrancos se elevaban
torres de pájaros y plumas
y un ventarròn de soledad sonora,
mientras en la mojada intimidad,
entre las cabelleras encrespadas
del helecho gigante, era la topa-topa florecida
un rosario de besos amarillos.



surgen los hombres


Allí germinaban los toquis.
De aquellas negras humedades,
de aquella lluvia fermentada
en la copa de los volcanes
salieron los pechos augustos,
las claras flechas vegetales,
los dientes de piedra salvaje,
los pies de estaca inapelable,
la glacial unidad del agua.

Arauco fue un útero frío,
hecho de heridas, machacado
por el ultraje, concebido
entre las ásperas espinas,
arañado en los ventisqueros,
protegido por las serpientes.

Así la tierra extrajo al hombre.

Creciò como una fortaleza.
Naciò de la sangre agredida.
Amontonò su cabellera
como un pequeño puma rojo
y los ojos de piedra dura
brillaban desde la materia
como fulgores implacables
salidos de la cacería.



toqui caupolicán


En la cepa secreta del raulí
creciò Caupolicán, torso y tormenta,
y cuando hacia las armas invasoras
su pueblo dirigiò,
anduvo el árbol,
anduvo el árbol duro de la patria.
Los invasores vieron el follaje
moverse en medio de la bruma verde,
las gruesas ramas y la vestidura
de innumerables hojas y amenazas,
el tronco terrenal hacerse pueblo,
las raíces salir del territorio.
Supieron que la hora había acudido
al reloj de la vida y de la muerte.

Otros árboles con él vinieron.

Toda la raza de ramajes rojos,
todas las trenzas del dolor silvestre,
todo el nudo del odio en la madera.
Caupolicán, su máscara de lianas
levanta frente al invasor perdido:
no es la pintada pluma emperadora,
no es el trono de plantas olorosas,
no es el resplandeciente collar del sacerdote,
no es el guante ni el príncipe dorado:
es un rostro del bosque,
un mascaròn de acacias arrasadas,
una figura rota por la lluvia,
una cabeza con enredaderas.

De Caupolicán el Toqui es la mirada
hundida, de universo montañoso,
los ojos implacables de la tierra,
y las mejillas del titán son muros
escalados por rayos y raíces.



la guerra patria


La Araucanía estrangulò el cantar
de la rosa en el cántaro, cortò
los hilos
en el telar de la novia de plata.
Bajò la ilustre Machi de su escala,
y en los dispersos ríos, en la arcilla,
bajo la copa hirsuta
de las araucarias guerreras,
fue naciendo el clamor de las campanas
enterradas. La madre de la guerra
saltò las piedras dulces del arroyo,
recogiò a la familia pescadora,
y el novio labrador besò las piedras
antes de que volaran a la herida.

Detrás del rostro forestal del Toqui,
Arauco amontonaba su defensa:
eran ojos y lanzas, multitudes
espesas de silencio y amenaza,
cinturas imborrables, altaneras
manos oscuras, puños congregados.

Detrás del alto Toqui, la montaña,
y en la montaña, innumerable Arauco.

Arauco era el rumor del agua errante.

Arauco era el silencio tenebroso.

El mensajero en su mano cortada
iba juntando las gotas de Arauco.

Arauco fue la ola de la guerra,
Arauco los incendios de la noche.

Todo hervía detrás del Toqui augusto,
y cuando él avanzò, fueron tinieblas,
arenas, bosques, tierras,
unánimes hogueras, huracanes,
apariciòn fosfòrica de pumas.



el empalado


Pero Cáupolicán llegò al tormento.

Ensartado en la lanza del suplicio,
entrò en la muerte lenta de los árboles.

Arauco replegò su ataque verde,
sintiò en las sombras el escalofrío,
clavò en la tierra la cabeza,
se agazapò con sus dolores.
El Toqui dormía en la muerte.
Un ruido de hierro llegaba
del campamento, una corona
de carcajadas extranjeras,
y hacia los bosques enlutados
sòlo la noche palpitaba.

No era el dolor, la mordedura
del volcán abierto en las vísceras,
era sòlo un sueño del bosque,
el árbol que se desangraba.

En las entrañas de mi patria
entraba la punta asesina
hiriendo las tierras sagradas.
La sangre quemante caía
de silencio en silencio, abajo,
hacia donde está la semilla
esperando la primavera.

Más hondo caía esta sangre.

Hacia las raíces caía,

Hacia los muertos caía.

Hacia los que iban a nacer.



lautaro (1550)


La sangre toca un corredor de cuarzo.
La piedra crece donde cae la gota.
Así nace Lautaro de tierra.



educaciòn del cacique


Lautaro era una flecha delgada.
Elástico y azul fue nuestro padre.
Fue su primera edad sòlo silencio.
Su adolescencia fue dominio.
Su juventud fue un viento dirigido.
Se preparò como una larga lanza.
Acostumbrò los pies en las cascadas.
Educò la cabeza en las espinas.
Ejecutò las pruebas del guanaco.
Viviò en las madrigueras de la nieve.
Acechò la comida de las águilas.
Arañò los secretos del peñasco.
Entretuvo los pétalos del fuego.
Se amamantò de primavera fría.
Se quemò en las gargantas infernales.
Fue cazador entre las aves crueles.
Se tiñeron sus manos de victorias.
Leyò las agresiones de la noche.
Sostuvo los derrumbes del azufre.

Se hizo velocidad, luz repentina.

Tomò las lentitudes del Otoño.
Trabajò en las guaridas invisibles.
Durmiò en las sábanas del ventisquero.
Igualò la conducta de las flechas.
Bebiò la sangre agreste en los caminos.
Arrebatò el tesoro de las olas.
Se hizo amenaza como un dios sombrío.
Comiò en cada cocina de su pueblo.
Aprendiò el alfabeto del relámpago.
Olfateò las cenizas esparcidas.
Envolviò el corazòn con pieles negras.

Descifrò el espiral hilo del humo.
Se construyò de fibras taciturnas.
Se aceitò como el alma de la oliva.
Se hizo cristal de transparencia dura.
Estudiò para viento huracanado.
Se combatiò hasta apagar la sangre.

Sòlo entonces fue digno de su pueblo.



lautaro entre los invasores


Entrò en la casa de Valdivia.
Lo acompañò como la luz.
Durmiò cubierto de puñales.
Vio su propia sangre vertida,
sus propios ojos aplastados,
y dormido en las pesebreras
acumulò su poderío.
No se movían sus cabellos
examinando los tormentos:
miraba más allá del aire
hacia su raza desgranada.

Velò a los pies de Valdivia.
Oyò su sueño carnicero
crecer en la noche sombría
como una columna implacable.
Adivinò aquellos sueños.
Pudo levantar la dorada
barba del capitán dormido,
cortar el sueño en la garganta,
pero aprendiò -velando sombras -
la ley nocturna del horario.

Marchò de día acariciando
los caballos de piel mojada
que iban hundiéndose en su patria.
Adivinò aquellos caballos.
Marchò con los dioses cerrados.
Adivinò las armaduras.
Fue testigo de las batallas,
mientras entraba paso a paso
al fuego de la Araucanía.



lautaro contra el centauro (1554)


Atacò entonces Lautaro de ola en ola.
Disciplinò las sombras araucanas:
antes entrò el cuchillo castellano
en pleno pecho de la masa roja.
Hoy estuvo sembrada la guerrilla
bajo todas las alas forestales,
de piedra en piedra y vado en vado,
mirando desde los copihues,
acechando bajo las rocas.
Valdivia quiso regresar.
Fue tarde.
Llegò Lautaro en traje de relámpago.

Siguiò el conquistador acongojado.
Se abriò paso en las húmedas marañas
del crepúsculo austral.
Llegò Laufaro,
en un galope negro de caballos.

La fatiga y la muerte conducían
la tropa de Valdivia en el follaje.

Se acercaban las lanzas de Lautaro.

Entre los muertos y las hojas iba
como en un túnel Pedro de Valdivia.

En las tinieblas llegaba Lautaro.

Pensò en Extremadura pedregosa,
en el dorado aceite, en la cocina,
en el jazmín dejado en ultramar.

Reconociò el aullido de Lautaro.

Las ovejas, las duras alquerías,
los muros blancos, la tarde extremeña.

Sobrevino la noche de Lautaro.

Sus capitanes tambaleaban, ebrios
de sangre, noche y lluvia hacia el regreso.

Palpitaban las flechas de Lautaro.

De tumbo en tumbo la capitanía
iba retrocediendo desangrada.

Ya se tocaba el pecho de Lautaro.

Valdivia vio venir la luz, la aurora,
tal vez la vida, el mar.
Era Lautaro.



el corazòn de pedro de valdivia


Llevamos a Valdivia bajo el árbol.

Era un azul de lluvia, la mañana con fríos
filamentos de sol deshilachado.
Toda la gloria, el trueno,
turbulentos yacían
en un montòn de acero herido.
El canelo elevaba su lenguaje
y un fulgor de luciérnaga mojada
en toda su pomposa monarquía.

Trajimos tela y cántaro, tejidos
gruesos como las trenzas conyugales,
alhajas como almendras de la luna,
y los tambores que llenaron
la Araucanía con su luz de cuero.
Colmamos las vasijas de dulzura
y bailamos golpeando los terrones
hechos de nuestra propia estirpe oscura.

Luego golpeamos el rostro enemigo.

Luego cortamos el valiente cuello.

Qué hermosa fue la sangre del verdugo
que repartimos como una granada,
mientras ardía viva todavía.
Luego, en el pecho entramos una lanza
y el corazòn alado como un ave
entregamos al árbol araucano.
Subiò un rumor de sangre hasta su copa.

Entonces, de la tierra
hecha de nuestros cuerpos, naciò el canto
de la guerra, del sol, de las cosechas,
hacia la magnitud de los volcanes.
Entonces repartimos el corazòn sangrante.
Yo hundí los dientes en aquella corola
cumpliendo el rito de la tierra:

"Dame tu frío, extranjero malvado.
Dame tu valor de gran tigre.
Dame en tu sangre tu còlera.
Dame tu muerte para que me siga
y lleve el espanto a los tuyos.
Dame la guerra que trajiste.
Dame tu caballo y tus ojos.
Dame la tiniebla torcida.
Dame la madre del maíz.
Dame la lengua del caballo.
Dame la patria sin espinas.
Dame la paz vencedora.
Dame el aire donde respira
el canelo, señor florido".



13
LA DILATADA GUERRA


Luego tierra y océanos, ciudades,
naves y libros, conocéis la historia
que desde el territorio huraño
como una piedra sacudida
llenò de pétalos azules
las profundidades del tiempo.
Tres siglos estuvo luchando
la raza guerrera del roble,
trescientos años la centella
de Arauco poblò de cenizas
las cavidades imperiales.
Tres siglos cayeron heridas
las camisas del capitán,
trescientos años despoblaron
los arados y las colmenas,
trescientos años azotaron
cada nombre del invasor,
tres siglos rompieron la piel
de las águilas agresoras,
trescientos años enterraron
como la boca del océano
techos y huesos, armaduras,
torres y títulos dorados.
A las espuelas iracundas
de las guitarras adornadas
llegò un galope de caballos
y una tormenta de ceniza.
Las naves volvieron al duro
territorio, nacieron espigas,
crecieron ojos españoles
en el reinado de la lluvia,
pero Arauco bajò las tejas,
moliò las piedras, abatiò
los paredones y las vides,
las voluntades y los trajes.
Ved còmo caen en la tierra
los hijos ásperos del odio,
Villagras, Mendozas, Reinosos,
Reyes, Morales, Alderetes,
rodaron hacia el fondo blanco
de las Américas glaciales.
Y en la noche del tiempo augusto
cayò Imperial, cayò Santiago,
cayò Villarrica en la nieve,
rodò Valdivia sobre el río,
hasta que el reinado fluvial
del Bío Bío se detuvo
sobre los siglos de la sangre
y estableciò la libertad
en las arenas desangradas.



14
Intermedio 1

LA COLONIA CUBRE NUESTRAS TIERRAS


Cuando la espada descansò y los hijos
de España dura, como espectros,
desde reinos y selvas, hacia el trono,
montañas de papel con aullidos
enviaron al monarca ensimismado:
después que en la calleja de Toledo
o del Guadalquivir en el recodo,
toda la historia pasò de mano en mano,
y por la boca de los puertos anduvo
el ramal harapiento
de los conquistadores espectrales,
y los últimos muertos fueron, puestos
dentro del ataúd, con procesiones,
en las iglesias construidas a sangre,
llegò la ley al mundo de los ríos
y vino el mercader con su bolsita.

Se oscureciò la. extensiòn matutina,
trajes y telarañas propagaron
la oscuridad, la tentaciòn, el fuego
del diablo en las habitaciones.
Una vela alumbrò la vasta América
llena de ventisqueros y panales,
y por siglos al hombre hablò en voz baja,
tosiò trotando por las callejuelas
se persignò persiguiendo centavos.
Llegò el criollo a las calles del mundo,
esmirriado, lavando las acequias,
suspirando de amor entre las cruces,
buscando el escondido
sendero de la vida
bajo la mesa de la sacristía.
La ciudad en la esperma del cerote
fermentò, bajo los paños negros,
y de las raspaduras de la cera
elaborò manzanas infernales.

América, la copa de caoba
entonces fue un crepúsculo de llagas,
un lazareto anegado de sombras
y en la antigua extensiòn de la frescura
creciò la reverencia del gusano,
El oro levantò sobre las pústulas
macizas flores, hiedras silenciosas,
edificios de sombra sumergida.

Una mujer recolectaba pus,
y el vaso de substancia
bebiò en honor del cielo cada día,
mientras el hambre bailaba en las minas
de México dorado,
y el corazòn andino del Perú
lloraba dulcemente
de frío bajo los harapos.

En las sombras del día tenebroso
el mercader hizo su reino
apenas alumbrado por la hoguera
en que el hereje, retorcido,
hecho pavesa, recibía
su cucharadita de Cristo.
Al día siguiente las señoras
arreglando las crinolinas,
recordaban el cuerpo enloquecido,
golpeado y devorado por el fuego,
mientras el alguacil examinaba
la minúscula mancha del quemado,
grasa, ceniza, sangre,
que lamíanlos perros.



15
Intermedio 2

LAS HACIENDAS


La tierra andaba entre los mayorazgos
de doblòn en doblòn, desconocida,
pasta de apariciones y conventos,
hasta que toda la azul geografía
se dividiò en haciendas y encomiendas.
Por el espacio muerto iba la llaga
del mestizo y el látigo
del chapetòn y del negrero.
El criollo era un espectro desangrado
que recogía las migajas,
hasta que con ellas reunidas
adquiría un pequeño título
pintado con letras doradas.

Y en el carnaval tenebroso
salía vestido de conde,
orgulloso entre otros mendigos,
con bastoncito de plata.




16
Intermedio 3

LOS NUEVOS PROPIETARIOS


ASÍ se estancò el tiempo en la cisterna.

El hombre dominado en las vacías
encrucijadas, piedra del castillo,
tinta del tribunal, poblò de bocas
la cerrada ciudad americana.

Cuando ya todo fue paz y concordia,
hospital y virrey, cuando Arellano,
Rojas, Tapia, Castillo, Núñez, Pérez,
Rosales, Lòpez, flor quera, Bermúdez,
los últimos soldados de Castilla,
envejecieron detrás de la Audiencia,
cayeron muertos bajo el mamotreto,
se fueron con sus piojos a la tumba
donde hilaron el sueño
de las bodegas imperiales, cuando
era la rata el único peligro
de las tierras encarnizadas,
se asomò el vizcaíno con un saco,
el Errázuriz con sus alpargatas,
el Fernández Larraín a vender velas,
el Aldunate de la bayeta,
el Eyzaguirre, rey del calcetín.

Entraron todos como pueblo hambriento,
huyendo de los golpes, del gendarme.
Pronto, de camiseta en camiseta,
expulsaron al conquistador
y establecieron la conquista
del almacén de ultramarinos.
Entonces adquirieron orgullo
comprado en el mercado negro.
Se adjudicaron
haciendas, látigos, esclavos,
catecismos, comisarías,
cepos, conventillos, burdeles,
y a todo esto denominaron
santa cultura occidental.




17
COMUNEROS DEL SOCORRO (1781)


Fue Manuela Beltrán (cuando rompiò los bandos
del opresor, y gritò "Mueran los déspotas")
la que los nuevos cereales
desparramò por nuestra tierra.
Fue en Nueva Granada, en la villa
del Socorro. Los comuneros
sacudieron el virreinato
en un eclipse precursor.

Se unieron contra los estancos,
contra el manchado privilegio,
y levantaron la cartilla
de las peticiones ferales.
Se unieron con armas y piedras,
milicia y mujeres, al pueblo,
orden y furia, encaminados
hacia Bogotá y su linaje.

Entonces bajò el arzobispo.
"Tendréis todos vuestros derechos,
en nombre de Dios lo prometo."

El pueblo se juntò en la plaza.

Y el arzobispo celebrò
una misa y un juramento.
Él era la paz justiciera.

"Guardad las armas. Cada uno
a vuestra casa", sentenciò.

Los comuneros entregaron
las armas. En Bogotá
festejaron al arzobispo,
celebraron su traiciòn,
su perjurio, en la misa pérfida,
y negaron pan y derecho.

Fusilaron a los caudillos,
repartieron entre los pueblos
sus cabezas recién cortadas,
con bendiciones del prelado
y bailes en el virreinato.

Primeras, pesadas semillas
arrojadas a las regiones
permanecéis, ciegas estatuas,
incubando en la noche hostil
la insurrecciòn de las espigas.




18
TÚPAC AMARU (1781)


Condorcanqui Túpac Amaru,
sabio señor, padre justo,
viste subir a Tungasuca
la primavera desolada
de los escalones andinos,
y con ella sal y desdicha,
iniquidades y tormentos.

Señor Inca, padre cacique,
todo en tus ojos se guardaba
como en un cofre calcinado
por el amor y la tristeza.
El indio te mostrò la espalda
en que las nuevas mordeduras
brillaban en las cicatrices
de otros castigos apagados,
y era una espalda y otra espalda,
toda la altura sacudida
por las cascadas del sollozo.

Era un sollozo y otro sollozo.
Hasta que armaste la jornada
de los pueblos color de tierra,
recogiste el llanto en tu copa
y endureciste los senderos.
Llegò el padre de las montañas,
la pòlvora levantò caminos,
y hacia los pueblos humillados
llegò el padre de la batalla.

Tiraron la manta en el polvo,
se unieron los viejos cuchillos,
y la caracola marina
llamò los vínculos dispersos.
Contra la piedra sanguinaria,
contra la inercia desdichada,
contra el metal de las cadenas.
Pero dividieron tu pueblo
y al hermano contra el hermano
enviaron, hasta que cayeron
las piedras de tu fortaleza:
ataron tus miembros cansados
a cuatro caballos rabiosos
y descuartizaron la luz
del amanecer implacable.

Túpac Amaru, sol vencido,
desde tu gloria desgarrada
sube como el sol en el mar
una luz desaparecida.
Los hondos pueblos de la arcilla,
los telares sacrificados,
las húmedas casas de arena
dicen en silencio: "Túpac",
y Túpac es una semilla,
dicen en silencio: "Túpac",
y Túpac se guarda en el surco,
dicen en silencio: "Túpac",
y Túpac germina en la tierra.




19
AMÉRICA INSURRECTA (1800)


Nuestra tierra, ancha tierra, soledades,
se poblò de rumores, brazos, bocas.
Una callada sílaba iba ardiendo,
congregando la rosa clandestina,
hasta que las praderas trepidaron
cubiertas de metales y galopes.
Fue dura la verdad como uní arado.

Rompiò la tierra, estableciò el deseo,
hundiò sus propagandas germinales
y naciò en la secreta primavera.
Fue callada su flor, fue rechazada
su reuniòn de luz, fue combatida
la levadura colectiva, el beso
de las banderas escondidas,
pero surgiò rompiendo las paredes,
apartando las cárceles del suelo.

El pueblo oscuro fue su copa,
recibiò la substancia rechazada,
la propagò en los límites marítimos,
la machacò en morteros indomables.
Y saliò con las páginas golpeadas
y con la primavera en el camino.
Hora de ayer, hora de mediodía,
hora de hoy otra vez, hora esperada
entre el minuto muerto y el que nace,
en la erizada edad de la mentira.

Patria, naciste de los leñadores,
de hijos sin bautizar, de carpinteros,
de los que dieron como un ave extraña
una gota de sangre voladora,
y hoy nacerás de nuevo duramente,
desde donde el traidor y el carcelero
te creen para siempre sumergida.

Hoy nacerás del pueblo como entonces.

Hoy saldrás del carbòn y del rocío.
Hoy llegarás a sacudir las puertas
con manos maltratadas, con pedazos
de altòa sobreviviente, con racimos
de miradas que no extinguiò la muerte,
con herramientas hurañas
armadas bajo los harapos.




20
BERNARDO O'HIGGINS RIQUELME(1810)


0'Higgins, para celebrarte
a media luz hay que alumbrar la sala.
A, media luz del sur en otoño
con temblor infinito de álamos.

Eres Chile, entre patriarca y huaso,
eres un poncho de provincia, un niño
que no sabe su nombre todavía,
un niño férreo y tímido en la escuela,
un jovencito triste de provincia.
En Santiago te sientes mal, te miran
el traje negro que te queda largo,
y al cruzarte la banda, la bandera
de la patria que nos hiciste,
tenía olor de yuyo matutino
para tu pecho de estatua campestre.

Joven, tu profesor Invierno
te acostumbrò a la lluvia
y en la Universidad de las calles de Londres,
la niebla y la pobreza te otorgaron sus títulos
y un elegante pobre, errante incendio
de nuestra libertad,
te dio consejos de águila prudente
y te embarcò en la Historia.

"Còmo se llama usted?" reían
los "caballeros" de Santiago:
hijo de amor, de una noche de invierno,
tu condiciòn de abandonado
te construyò con argamasa agreste,
con seriedad de casa o de madera
trabajada en su Sur, definitiva.
Todo lo cambia el tiempo, todo menos tu rostro.

Eres, 0'Higgins, reloj invariable
con una sola hora en tu candida esfera:
la hora de Chile, el único minuto
que permanece en el horario rojo
de la dignidad combatiente.

Así estarás igual entre los muebles
de palisandro y las hijas de Santiago,
que rodeado en Rancagua por la muerte y la pòlvora.

Eres el mismo sòlido retrato
de quien no tiene padre sino patria,
de quien no tiene novia sino aquella
tierra con azahares
que te conquistará la artillería.

Te veo en el Perú escribiendo cartas.
No hay desterrado igual, mayor exilio.
Es toda la provincia desterrada.

Chile se iluminò como un salòn
cuando no estabas. En derroche,
un rigodòn de ricos substituye
tu disciplina de soldado ascético,
y la patria ganada por tu sangre
sin ti fue gobernada como un baile
que mira el pueblo hambriento desde fuera.

Ya no podías entrar en la fiesta
con sudor, sangre y polvo de Rancagua.
Hubiera sido de mal tono
para los caballeros capitales.
Hubiera entrado contigo el camino,
un olor de sudor y de caballos,
el olor de la patria en primavera.

No podías estar en este baile.
Tu fiesta fue un castillo de explosiones.
Tu baile desgreñado es la contienda.
Tu fin de fiesta fue la sacudida
de la derrota, el porvenir aciago
hacia Mendoza, con la patria en brazos.

Ahora mira en el mapa hacia abajo,
hacia el delgado cinturòn de Chile
y coloca en la nieve soldaditos,
jòvenes pensativos en la arena,
zapadores que brillan y se apagan.

Cierra los ojos, duerme, sueña un poco,
tu único sueño, el único que vuelve
hacia tu corazòn: una bandera
de tres colores en el Sur, cayendo
la lluvia, el sol rural sobre tu tierra,
los disparos del pueblo en rebeldía
y dos o tres palabras tuyas cuando
fueran estrictamente necesarias.
Si sueñas, hoy tu sueño está cumplido.
Suéñalo, por lo menos, en la tumba.
No sepas nada más porque, como antes"
después de las batallas victoriosas,
bailan los señoritos en palacio
y el mismo rostro hambriento
mira desde la sombra de las calles.

Pero hemos heredado tu firmeza,
tu inalterable corazòn callado,
tu indestructible posiciòn paterna,
y tú, entre la avalancha cegadora
de húsares del pasado, entre los ágiles
uniformes azules y dorados,
estás hoy con nosotros, eres nuestro,
padre del pueblo, inmutable soldado.




21
SAN MARTÍN (1810)


Anduve, San Martín, tanto y de sitio en sitio
que descarté tu traje, tus espuelas, sabía
que alguna vez, andando en los caminos
hechos para volver, en los finales
de cordillera, en la pureza
de la intemperie que de ti heredamos,
nos íbamos a ver de un día a otro.

Cuesta diferenciar entre los nudos
de ceibo, entre raíces,
entre senderos señalar tu rostro,
entre los pájaros distinguir tu mirada,
encontrar en el aire tu existencia.

Eres la tierra que nos diste, un ramo
de cedròn que golpea con su aroma,
que no sabemos dònde está, de dònde
llega su olor de patria a las praderas.
Te galopamos, San Martín, salimos
amaneciendo a recorrer tu cuerpo,
respiramos hectáreas de tu sombra,
hacemos fuego sobre tu estatura.

Eres extenso entre todos los héroes.

Otros fueron de mesa en mesa,
de encrucijada en torbellino,
tú fuiste construido de confínes,
y empezamos a ver tu geografía,
tu planicie final, tu territorio.

Mientras mayor el tiempo disemina
como agua eterna los terrones
del rencor, los afilados
hallazgos de la hoguera,
más terreno comprendes, más semillas
de tu tranquilidad pueblan los cerros,
más extensiòn das a la primavera.

El hombre que construye es luego el humo
de lo que construyò, nadie renace
de su propio brasero consumido:
de su disminuciòn hizo existencia,
cayò cuando no tuvo más que polvo.

Tú abarcaste en la muerte más espacio.

Tu muerte fue un silencio de granero.
Pasò la vida tuya, y otras vidas,
se abrieron puertas, se elevaron muros
y la espiga saliò a ser derramada.

San Martín, otros capitanes
fulguran más que tú, llevan bordados
sus pámpanos de sal fosforescentes,
otros hablan aún como cascadas,
pero no hay uno como tú, vestido
de tierra y soledad, de nieve y trébol.
Te encontramos al retornar del río,
te saludamos en la forma agraria
de la Tucumania florida,
y en los caminos, a caballo
te cruzamos corriendo y levantando
tu vestidura, padre polvoriento.

Hoy el sol y la luna, el viento grande
maduran tu linaje, tu sencilla
composiciòn: tu verdad era
verdad de tierra, arenoso amasijo,
estable como el pan, lámina fresca
de greda y cereales, pampa pura.

Y así eres hasta hoy, luna y galope,
estaciòn de soldados, intemperie,
por donde vamos otra vez guerreando,
caminando entre pueblos y llanuras,
estableciendo tu verdad terrestre,
esparciendo tu germen espacioso,
aventando las páginas del trigo.

Así sea, y que no nos acompañe
la paz hasta que entremos
después de los combates, a tu cuerpo
y duerma la medida que tuvimos
en tu extensiòn de paz germinadora.




22
MINA (1817)


Mina, de las vertientes montañosas
llegaste como un hilo de agua dura.
España clara, España transparente
te pariò entre dolores, indomable,
y tienes la dureza luminosa
del agua torrencial de las montañas.

Largamente, en los siglos y las tierras,
sombra y fulgor en tu cuna lucharon,
uñas rampantes degollaban
la claridad del pueblo
y los antiguos halconeros,
en sus almenas eclesiásticas,
acechaban el pan, negaban
entrada al río de los pobres.

Pero siempre en la torre despiadada,
España, hiciste un hueco
al diamante rebelde y a su estirpe
de luz agonizante y renaciente.

No en vano el estandarte de Castilla
tiene el color del viento comunero,
corre la luz azul de Garcilaso,
no en vano en Còrdoba entre arañas
sacerdotales, deja Gòngora
sus bandejas de pedrería
aljofaradas por el hielo.

España, entre tus garras
de cruel antigüedad, tu pueblo puro
sacudiò las raíces del tormento,
sufragò las acémilas feudales
con invencible sangre derramada,
y en ti la luz, como la sombra, es vieja,
gastada en devorantes cicatrices.
Junto a la paz del albañil cruzada
por la respiraciòn de las encinas,
junto a los manantiales estrellados
en que cintas y sílabas relucen .
sobre tu edad, como un temblor sombrío,
vive en su escalinata el gerifalte.

Hambre y dolor fueron la sílice
de tus arenas ancestrales
y un tumulto sordo, enredado
a las raíces de tus pueblos,
dio a la libertad del mundo
una eternidad de relámpagos,
de cantos y de guerrilleros.

Las hondonadas de Navarra
guardaron el rayo reciente.
Mina sacò del precipicio
el collar de sus guerrilleros:
de las aldeas invadidas,
de las poblaciones nocturnas
extrajo el fuego, alimentò
la abrasadora resistencia,
atravesò fuentes nevadas,
atacò en rápidos recodos,
surgiò de los desfiladeros,
brotò de las panaderías.

Lo sepultaron en prisiones,
y al alto viento de la sierra
retornò, revuelto y sonoro,
su manantial intransigente.

A América lo lleva el viento
de la libertad española,
y de nuevo atraviesa bosques
y fertiliza las praderas
su corazòn inagotable.

En nuestra lucha, en nuestra tierra
se desangraron sus cristales,
luchando por la libertad
indivisible y desterrada.

En México ataron el agua
de las vertientes españolas.
Y quedò inmòvil y callada
su transparencia caudalosa.




23
MIRANDA MUERE EN LA NIEBLA (1816)


Si entráis a Europa tarde con sombrero
de copa en el jardín condecorado
por más de un otoño junto al mármol
de la fuente mientras caen hojas
de oro harapiento en el Imperio
si la puerta recorta una figura
sobre la noche de San Petersburgo
tiemblan los cascabeles del trineo
y alguien en la soledad blanca alguien
el mismo paso la misma pregunta
si tú sales por la florida puerta
de Europa un caballero sombra traje
inteligencia signo cordòn de oro
Libertad Igualdad mira su frente
entre la artillería que truena
si en las Islas la alfombra lo conoce
la que recibe océanos Pase usted Ya lo creo
Cuántas embarcaciones Y la niebla
siguiendo paso a paso su jornada
si en las cavidades de logias librerías
hay alguien guante espada con un mapa
con la carpeta pululante llena
de poblaciones de navios de aire
si en Trinidad hacia la costa el humo
de un combate y de otro el mar de nuevo
y otra vez la escalera de Bay Street la atmòsfera
que lo recibe impenetrable
como un compacto interior de manzana
y otra vez esta mano patricia este azulado
guante guerrero en la antesala
largos caminos guerras y jardines
la derrota en sus labios otra sal
otra sal otro vinagre ardiente
si en Cádiz amarrado al muro
por la gruesa cadena su pensamiento el frío
horror de espada el tiempo el cautiverio
si bajáis subterráneos entre ratas
y la manipostería leprosa otro cerrojo
en un cajòn de ahorcado el viejo rostro
en donde ha muerto ahogada una palabra
una palabra nuestro nombre la tierra
hacia donde querían ir sus pasos
la libertad para su fuego errante
lo bajan con cordeles a la mojada
tierra enemiga nadie saluda hace frío
hace frío de tumba en Europa



24
JOSÉ MIGUEL CARRERA (1810)


EPISODIO
Dijiste Libertad antes que nadie,
cuando el susurro iba de piedra en piedra,
escondido en los patios, humillado.

Dijiste Libertad antes que nadie.
Liberaste al hijo del esclavo.
Iban como las sombras mercaderes
vendiendo sangre de mares extraños.
Liberaste al hijo del esclavo.

Estableciste la primera imprenta.
Llegò la letra al pueblo oscurecido,
la noticia secreta abriò los labios.
Estableciste la primera imprenta.
Implantaste la escuela en el convento.
Retrocediò la gorda telaraña
y el rincòn de los diezmos sofocantes.
Implantaste la escuela en el convento.

CORO
Conòzcase tu condiciòn altiva,
Señor centelleante y aguerrido.
Conòzcase lo que cayò brillando
de tu velocidad sobre la patria.
Vuelo bravio, corazòn de púrpura.

Conòzcanse tus llaves desbocadas
abriendo los cerrojos de la noche.
Jinete verde, rayo tempestuoso.
Conòzcase tu amor a manos llenas,
tu lámpara de luz vertiginosa.
Racimo de una cepa desbordante.
Conòzcase tu esplendor instantáneo,
tu errante corazòn, tu fuego diurno.

Hierro iracundo, pétalo patricio.
Conòzcase tu rayo de amenaza
destrozando las cúpulas cobardes.
Torre de tempestad, ramo de acacia.
Conòzcase tu espada vigilante,
tu fundaciòn de fuerza y meteoro.
Conòzcase tu rápida grandeza.
Conòzcase tu indomable apostura.

EPISODIO
Va por los mares, entre idiomas,
vestidos, aves extranjeras,
trae naves libertadoras,
escribe fuego, ordena nubes,
desentraña sol y soldados,
cruza la niebla en Baltimore
gastándose de puerta en puerta,
créditos y hombres lo desbordan,
lo acompañan todas las olas.
Junto al mar de Montevideo
en su habitaciòn desterrada,
abre una imprenta, imprime balas.
Hacia Chile vive la flecha
de su direcciòn insurgente,
arde la furia cristalina
que lo conduce, y endereza
la cabalgata del rescate
montando en las crines ciclònicas
de su despeñada agonía.
Sus hermanos aniquilados
le gritan desde el paredòn
de la venganza. Sangre suya
tiñe como una llamarada
en los adobes de Mendoza
su trágico trono vacio.
Sacude la paz planetaria
de la pampa como un circuito
de luciérnagas infernales.
Azota las ciudadelas
con el aullido de las tribus.
Ensarta cabezas cautivas
en el huracán de las lanzas.
Su poncho desencadenado relampaguea en la humareda
y en la muerte de los caballos.

Joven Pueyrredòn, no relates
el desolado escalofrío
de su final, no me atormentes
con la noche del abandono,
cuando lo llevan a Mendoza
mostrando el marfil de su máscara
la soledad de su agonía.

CORO
Patria, presérvalo en tu manto,
recoge este amor peregrino:
no lo dejes rodar al fondo
de su tenebrosa desdicha:
sube a tu frente este fulgor,
esta lámpara inolvidable,
repliega esta rienda frenética,
llama a este párpado estrellado,
guarda el ovillo de esta sangre
para tus telas orgullosas.
Patria, recoge esta carrera,
la luz, la gota mal herida,
este cristal agonizante,
esta volcánica sortija.
Patria, galopa y defiéndelo,
galopa, corre, corre, corre.

ÉXODO
Lo llevan a los muros de Mendoza,
al árbol cruel, a la vertiente
de sangre inaugurada, al solitario
tormento, al final frío de la estrella.
Va por las carreteras inconclusas,
zarza y tapiales desdentados,
álamos que le arrojan oro muerto,
rodeado por su orgullo inútil
como por una túnica harapienta
a la que el polvo de la muerte llega.

Piensa en su desangrada dinastía,
en la luna inicial sobre los robles
desgarradores de la infancia,
la escuela castellana y el escudo
rojo y viril de la milicia hispana,
su tribu asesinada, la dulzura
del matrimonio, entre los azahares,
el destierro, las luchas por el mundo.
0'Higgins el enigma abanderado,
Javiera sin saber en los remotos
jardines de Santiago.
Mendoza insulta su linaje negro,
golpea su vencida investidura,
y entre las piedras arrojadas sube
hacia la muerte.
Nunca un hombre tuvo
un final más exacto. De las ásperas
embestidas, entre viento y bestias,
hasta este callejòn donde sangraron
todos los de su sangre.
Cada grada
del cadalso lo ajusta a su destino.
Ya nadie puede continuar la còlera.
La venganza, el amor cierran sus puertas.

Los caminos ataron al errante.
Y cuando le disparan, y a través
de su paño de príncipe del pueblo
asoma sangre, es sangre que conoce
la tierra infame, sangre que ha llegado
donde tenía que llegar, al suelo
de lagares sedientos que esperaban
las uvas derrotadas de su muerte.

Indagò hacia la nieve de la patria.
Todo era niebla en la erizada altura.

Vio los fusiles cuyo hierro
hizo nacer su amor desmoronado,
se sintiò sin raíces, pasajero
del humo, en la batalla solitaria,
y cayò envuelto en polvo y sangre
como en dos brazos de bandera.

CORO
Húsar infortunado, alhaja ardiente,
zarza encendida en la patria nevada.

Llorad por él, llorad hasta que mojen,
mujeres, vuestras lágrimas la tierra,
la tierra que él amò, su idolatría.
Llorad, guerreros ásperos de Chile,
acostumbrados a montaña y ola,
este vacío es como un ventisquero,
esta muerte es el mar que nos golpea.
No preguntéis por qué, nadie diría
la verdad destrozada por la pòlvora.
No preguntéis por qué, nadie diría
el crecimiento de la primavera,
nadie matò la rosa del hermano.
Guardemos còlera, dolor y lágrimas,
llenemos el vacío desolado
y que la hoguera en la noche recuerde
la luz de las estrellas fallecidas.
Hermana, guarda tu rencor sagrado.
La victoria del pueblo necesita
la voz de tu ternura triturada.
Extended mantos en su ausencia
para que pueda -frío y enterrado -
con su silencio sostener la patria.

Más. de una vida fue su vida.

Buscò su integridad como una llama.
La muerte fue con él hasta dejarlo
para siempre completo y consumido.

ANTISTROFA
Guarde el laurel doloroso su extrema substancia de invierno.
A su corona de espinas llevemos arena radiante,
hilos de estirpe araucana resguarden la luna mortuoria,
hojas de boldo fragante resuelvan la paz de su tumba,
nieve nutrida en las aguas inmensas y oscuras de Chile,
plantas que amò, toronjiles en tazas de greda silvestre,
ásperas plantas amadas por el amarillo centauro,
negros racimos colmados de eléctrico otoño en la tierra,
ojos sombríos que ardieron bajo sus besos terrestres.
Levante la patria sus aves, sus alas injustas,
sus párpados rojos, vuele hacia el húsar herido la voz del queltehue en el agua,
sangre la loica su mancha de aroma escarlata rindiendo tributo
a aquél cuyo vuelo extendiera la noche nupcial de la patria
y el còndor colgado en la altura inmutable corone con plumas sangrientas
el pecho dormido, la hoguera que yace en las gradas de la cordillera,
rompa el soldado lacrosa iracunda aplastada en el muro abrumado,
salte el paisano al caballo de negra montura y hocico de espuma,
vuelva al esclavo del campo su paz de raíces, su escudo enlutado,
levante el mecánico su pálida torre tejida de estaño nocturno:
el pueblo que nace en la cuna torcida por mimbres y manos
del héroe,
el pueblo que sube de negros adobes de minas y bocas sulfúricas,
el pueblo levante el martirio y la urna y envuelva el recuerdo desnudo
con su ferroviaria grandeza y su eterna balanza de piedras
y heridas hasta que la tierra fragante decrete copihues mojados y libros abiertos,
al niño invencible, a la ráfaga insigne, al tierno temible y acerbo soldado.
Y guarde su nombre en el duro dominio del pueblo en su lucha
como el nombre en: la nave resiste el combate marino:
la patria en su proa lo inscriba y lo bese el relámpago
porque así fue su libre y delgada y ardiente materia.




25
MANUEL RODRÍGUEZ


CUECA

Señora, dicen que dònde,
mi madre dicen, dijeron,
el agua y el viento dicen
que vieron al guerrillero.

Vida
Puede ser un obispo,
puede y no puede,
puede ser sòlo el viento
sobre la nieve:
sobre la nieve, sí,
madre, no mires,
que viene galopando
Manuel Rodríguez.
Ya viene el guerrillero
por el estero.

CUECA

Pasiòn
Saliendo de Melipilla,
corriendo por Talagante,
cruzando por San Fernando,
amaneciendo en Pomaire.

Pasando por Rancagua,
por San Rosendo,
por Cauquenes, por Chena,
por Nacimiento:
por Nacimiento, sí,
desde Chiñigüe,
por todas partes viene
Manuel Rodríguez.
Pásale este clavel,
Vamos con él.


CUECA

y Muerte
Que se apaguen las guitarras,
que la patria está de duelo.
Nuestra tierra se oscurece.
Mataron al guerrillero.

En Til-Til lo mataron
los asesinos,
su espada está sangrando
sobre el camino:
sobre el camino, sí.

Quién lo diría,
él, que era nuestra sangre,
nuestra alegría.
La tierra está llorando.
Vamos callando.



26
ARTIGAS


1

Artigas crecía entre los matorrales y fue tempestuoso
su paso porque en las praderas creciendo el galope de
piedra o campana
llegò a sacudir la inclemencia del páramo
como repetida centella, llegò a acumular
el color celestial extendiendo los cascos sonoros
hasta que naciò una bandera empapada en el uruguayano rocío.

2

Uruguay, Uruguay, uruguayan los cantos del río uruguayo,
las aves turpiales, la tòrtola de voz malherida, la torre del
trueno uruguayo
proclaman el grito celeste que dice Uruguay en el viento
y si la cascada redobla y repite el galope
de los caballeros amargos que hacia la frontera
recogen los últimos granos de su
victoriosa derrota
se extiende el unísono nombre de pájaro puro,
la luz de violín que bautiza la patria violenta.

3

Oh Artigas, soldado del campo creciente, cuando para
toda la tropa bastaba
tu poncho estrellado por constelaciones que tú conocías,
hasta que la sangre corrompe y redime la aurora, y despiertan tus hombres
marchando agobiados por los polvorientos rainales del día.
Oh padre constante del itinerario, caudillo del rumbo, centauro de la polvareda!

4

Pasaron los días de un siglo y siguieron
las horas detrás de tu exilio: detrás
de la selva enredada por mil telarañas de hierro:
detrás del silencio en que sòlo caían los frutos podridos
sobre los pantanos,
las hojas, la lluvia desencadenada, la música del urutaú,
los pasos descalzos de los paraguayos entrando y saliendo en el sol de la sombra,
la trenza del látigo,, los cepos, los cuerpos roídos por escarabajos:
un grave cerrojo se impuso apartando el color de la selva
y el amoratado crepúsculo cerraba con sus cinturones
los ojos de Artigas que, buscan en su desventura la luz uruguaya.

5

"Amargo trabajo el exilio", escribiò aquel hermano de mi alma
y así el entretanto de América cayò como párpado oscuro
sobre la mirada de Artigas, jinete del escalofrío,
opreso en la inmòvil mirada de vidrio de un déspota, en un reino vacío.


6

América tuya temblaba con penitenciales dolores:
Oribes, Alveares, Carreras, desnudos corrían hacia el sacrificio:
morían, nacían, caían: los ojos del ciego mataban: la voz
de los mudos
hablaba. Los muertos, por fin encontraron partido,
por fin aquellos sangrientos supieron que pertenecían
a la misma fila: la tierra no tiene adversarios.

7

Uruguay es palabra de pájaro, o idioma del agua,
es sílaba de una cascada, es tormento de cristalería,
Uruguay es la voz de las frutas en la primavera fragante,
es un beso fluvial de los bosques y la máscara azul del Atlántico.
Uruguay es la ropa tendida en el oro de un día de viento,
es el pan en la mesa de América, la pureza del pan en la mesa.

8

Y si Pablo Neruda, el cronista de todas las cosas te debía,
Uruguay, este canto,
este canto, este cuento, esta miga de espiga, este Artigas,
no falté a mis deberes ni acepté los escrúpulos del intransigente:
esperé una hora quieta, aceché una hora inquieta, recogí los
herbarios del río,
sumergí mi cabeza en tu arena y en la plata de los pejerreyes,
en la clara amistad de tus hijos, en tus destartalados mercados
me acendré hasta sentirme deudor de tu olor y tu amor.
Y tal vez está escrito el rumor que tu amor y tu olor me otorgaron
en estas palabras oscuras, que dejo en memoria de tu capitán luminoso.


27
GUAYAQUIL (1812)


Cuando entrò San Martín, algo nocturno
de camino impalpable, sombra,
cuero, entrò en la sala.
Bolívar esperaba.
Bolívar olfateò lo que llegaba.
Él era aéreo, rápido, metálico,
todo anticipaciòn, ciencia de vuelo,
su contenido ser temblaba
allí, en el cuarto detenido
en la oscuridad de la historia.

Venía de la altura indecible,
de la atmòsfera constelada,
iba su ejército adelante
quebrantando noche y distancia,
capitán de un cuerpo invisible,
de la nieve que lo seguía.
La lámpara temblò, la puerta
detrás de San Martín mantuvo
la noche, sus ladridos, un rumor
tibio de desembocadura.

Las palabras abrieron un sendero
que iba y volvía en ellos mismos.
Aquellos dos cuerpos se hablaban,
se rechazaban, se escondían,
se incomunicaban, se huían.

San Martín traía del Sur
un saco de números grises,
la soledad de las monturas
infatigables, los caballos
batiendo tierras, agregándose
a su fortaleza arenaria.
Entraron con él los ásperos
arrieros de Chile, un lento
ejército ferruginoso,
el espacio preparatorio,
las banderas con apellidos
envejecidos en la pampa.

Cuanto hablaron cayò de cuerpo a cuerpo
en, el silencio, en el hondo intersticio.
No eran palabras, era la profunda
emanaciòn de las tierras adversas,
de la piedra humana que toca
Otro metal inaccesible,
Las palabras volvieron a su sitio.
Cada uno, delante de sus ojos
veía sus banderas.
Uno, el tiempo con flores deslumbrantes,
otro, el roído pasado,
los desgarrones de la tropa.

Junto a Bolívar una mano blanca
lo esperaba, lo despedía,
acumulaba su acicate ardiente,
extendía el lino en el tálamo.
San Martín era fiel a su pradera.
Su sueño era un galope,
una red de correas y peligros.
Su libertad era una pampa unánime.
Un orden cereal fue su victoria.

Bolívar construía un sueño,
una ignorada dimensiòn, un fuego
de velocidad duradera,
tan incomunicable, que lo hacía
prisionero, entregado a su substancia.

Cayeron las palabras y el silencio.
Se abriò otra vez la puerta, otra vez toda
la noche americana, el ancho río
de muchos labios palpitò un segundo.

San Martín regresò de aquella noche
hacia las soledades, hacia el trigo.
Bolívar siguiò solo.


28
SUCRE


Sucre en las altas tierras, desbordando
el amarillo perfil de los montes,
Hidalgo cae, Morelos recoge
el sonido, el temblor de una campana
propagado,en la tierra y en la sangre.
Páez recorre los caminos
repartiendo aire conquistado,
cae el rocío en Cundinamarca
sobre la fraternidad de las heridas,
el pueblo insurge inquieto
desde la latitud a la secreta
célula, emerge un mundo
de despedidas y galopes,
nace a cada minuto una bandera
como una flor anticipada:
banderas Hechas de pañuelos
sangrientos y de libros libres,
banderas arrastradas al polvo
de los caminos, destrozadas
por la caballería, abiertas
por estampidos y relámpagos.


LAS BANDERAS


Nuestras banderas de aquel tiempo
fragante, bordadas apenas,
nacidas apenas, secretas
como un profundo amor, de pronto
encarnizadas en el viento
azul de la pòlvora amada.

América, extensa cuna, espacio
de estrella, granada madura,
de pronto se llenò de abejas
tu geografía, de susurros
conducidos por los adobes
y las piedras, de mano en mano,
se llenò de trajes la calle
como un panal atolondrado.

En la noche de los disparos
el baile brillaba en los ojos,
subía como una naranja
el azahar a las camisas,
besos de adiòs, besos de harina,
el amor amarraba besos,
y la guerra cantaba con
su guitarra por los caminos.


29
CASTRO ALVES DEL BRASIL


Castro Alves del Brasil, tú para quién cantaste?
Para la flor cantaste? Para el agua
cuya hermosura dice palabras a las piedras?
Cantaste para los ojos, para el perfil cortado
de la que amaste entonces? Para la primavera?

Sí, pero aquellos pétalos no tenían rocío,
aquellas aguas negras no tenían palabras,
aquellos ojos eran los que vieron la muerte,
ardían los martirios aun detrás del amor,
la primavera estaba salpicada de sangre.

-Canté para los esclavos, ellos sobre los barcos
como el racimo oscuro del árbol de la ira
viajaron, y en el puerto se desangrò el navio
dejándonos el peso de una sangre robada.

-Canté en aquellos días contra el infierno,
contra las afiladas lenguas de la codicia,
contra el oro empapado en el tormento,
contra la mano que empuñaba el látigo,
contra los directores de tinieblas.

-Cada rosa tenía un muerto en sus raíces.
La luz, la noche, el cielo se cubrían de llanto,
los ojos se apartaban de las manos heridas
y era mi voz la única que llenaba el silencio.

-Yo quise que del hombre nos salváramos,
yo creía que la ruta pasaba por el hombre,
y que de allí teñía que salir el destino.
Yo canté para aquellos que no tenían voz.
Mi voz golpeò las puertas hasta entonces cerradas
para que, combatiendo, la Libertad entrase.

Castro Alves del Brasil, hoy que tu libro puro
vuelve a nacer para la tierra libre,
déjame a mí, poeta de nuestra pobre América,
coronar tu cabeza con el laurel del pueblo.
Tu voz se uniò a la eterna y alta voz de los hombres.
Cantaste bien. Cantaste como debe cantarse.


30
TOUSSAINT L'OUVERTURE


Haití, de su dulzura enmarañada,
extrae pétalos patéticos,
rectitud de jardines, edificios
de la grandeza, arrulla
el mar como un abuelo oscuro
su antigua dignidad de piel y espacio.

Toussaint L'0uverture anuda
la vegetal soberanía,
la majestad encadenada,
la sorda voz de los tambores
y ataca, cierra el paso, sube,
ordena, expulsa, desafía
como un monarca natural,
hasta que en la red tenebrosa
cae y lo llevan por los mares
arrastrado y atropellado
como el regreso de su raza,
tirado a la muerte secreta
de las sentinas y los sòtanos.
Pero en la isla arden las peñas,
hablan las ramas escondidas,
se transmiten las esperanzas,
surgen los muros del baluarte.
La libertad es bosque tuyo,
oscuro hermano, preserva
tu memoria de sufrimientos
y que los héroes pasados
custodien tu mágica espuma.


31
MORAZAN (1842)


Alta es la noche y Morazán vigila.
Es hoy, ayer, mañana? Tú lo sabes.

Cinta central, américa angostura
que los golpes azules de dos mares
fueron haciendo, levantando en vilo
cordilleras y plumas de esmeralda:
territorio, unidad, delgada diosa
nacida en el combate de la espuma.

Te desmoronan hijos y gusanos,
se extienden sobre ti las alimañas
y una tenaza te arrebata el sueño
y un puñal con tu sangre te salpica
mientras se despedaza tu estandarte.

Alta es la noche y Morazán vigila.

Ya viene el tigre enarbolando un hacha.
Vienen a devorarte las entrañas.
Vienen a dividir la estrella.
Vienen,
pequeña América olorosa,
a clavarte en la cruz, a desollarte,
a tumbar el metal de tu bandera.

Alta es la noche y Morazán vigila.

Invasores llenaron tu morada.
Y te partieron como fruta muerta,
y otros sellaron sobre tus espaldas
los dientes de una estirpe sanguinaria,
y otros te saquearon en los puertos
cargando sangre sobre tus dolores.

Es hoy, ayer, mañana? Tú lo sabes.

Hermanos, amanece. (Y Morazán vigila.)


32
VIAJE POR LA NOCHE DÉ JUÁREZ


Juárez, si recogiéramos
la íntima estrata, la materia
de la profundidad, si cavando tocáramos
el profundo metal de las repúblicas,
esta unidad sería tu estructura, :
tu impasible bondad, tu terca mano.

Quien mira tu levita,
tu parca ceremonia, tu silencio,
tu rostro hecho de tierra americana,
si no es de aquí, si no ha nacido en estas
llanuras, en la greda montañosa
de nuestras soledades, no comprende.
Te hablarán divisando una cantera.
Te pasarán como se pasa un río.
Darán la mano a un árbol, a un sarmiento,
a un sombrío camino de la tierra.
Para nosotros eres pan y piedra,
horno y producto de la estirpe oscura.
Tu rostro fue nacido en nuestro barro.
Tu majestad es mi regiòn nevada,
tus ojos la enterrada alfarería.

Otros tendrán el átomo y la gota
de eléctrico fulgor, de brasa inquieta:
tú eres el muro hecho de nuestra sangre,
tu rectitud impenetrable
sale de nuestra dura geología.

No tienes nada que decir al aire,
al viento de oro que viene de lejos,
que lo diga la tierra ensimismada,
la cal, el mineral, la levadura.

Yo visité los muros de Querétaro,
toqué cada peñasco en la colina,
la lejanía, cicatriz y cráter,
los cactus de ramales espinosos:
nadie persiste allí, se fue el fantasma,
nadie quedò dormido en la dureza:
sòlo existen la luz, los aguijones
del matorral, y una presencia pura:
Juárez, tu paz de noche justiciera,
definitiva, férrea y estrellada.


33
EL VIENTO SOBRE LINCOLN


A veces el viento del Sur resbala
sobre la sepultura de Lincoln trayendo
voces y briznas de ciudades y árboles
nada pasa en su tumba las letras no se mueven
el mármol se suaviza con lentitud de siglos
el viejo caballero ya no vive
no existe el agujero de su antigua camisa
se han mezclado las fibras de tiempo y polvo humano
qué vida tan cumplida dice una temblorosa
señora de Virginia una escuela que canta
más de una escuela canta pensando en otras cosas
pero el viento del Sur la emanaciòn de tierras
de caminos a veces se detiene en la tumba
su transparencia es un periòdico moderno
vienen sordos rencores lamentos como aquéllos
el sueño inmòvil vencedor yacía
bajo los pies llenos de lodo que pasaron
cantando y arrastrando tanta fatiga y sangre
pues bien está mañana vuelve al mármol el odio
el odio del Sur blanco hacia el viejo dormido
en las iglesias los negros están solos con Dios
con Dios según lo creen en las plazas
en los trenes el mundo tiene ciertos letreros
que dividen el cielo el agua el aire
qué vida tan perfecta dice la delicada
señorita y en Georgia matan a palos
cada semana a un joven negro
mientras Paúl Robeson canta como la tierra
como el comienzo del mar y de la vida
canta sobre la crueldad y los avisos
de Coca-Cola canta para hermanos
de mundo a mundo entre los castigos
canta para los nuevos hijos para
que el hombre oiga y detenga su látigo
la mano cruel la mano que Lincoln abatiera
la mano que resurge como una blanca víbora
el viento pasa el viento sobre la tumba trae
conversaciones restos de juramentos algo
que llora sobre el mármol como una lluvia fina
de antiguos de olvidados dolores insepultos
el Klan matò a un bárbaro persiguiéndolo
colgando al pobre negro que aullaba quemándolo
vivo y agujereado por los tiros
bajo sus capuchones los pròsperos rotarlos
no saben así creen que sòlo son verdugos
cobardes carniceros detritus del dinero
con la cruz de Caín regresan
a lavarse las manos a rezar el domingo
telefonean al Senado contando sus hazañas
de esto no sabe nada el muerto de Illinois
porque el viento de hoy habla un lenguaje
de esclavitud de furia de cadena
y a través de las losas el hombre ya no existe
es un desmenuzado polvillo de victoria
de victoria arrasada después de triunfo muerto
no sòlo la camisa del hombre se ha gastado
no sòlo el agujero de la muerte nos mata
sino la primavera repetida el transcurso
que roe al vencedor con su canto cobarde
muere el valor de ayer se derraman de nuevo
las furiosas banderas del malvado
alguien canta junto al monumento es un coro
de niñas escolares voces acidas
que suben sin tocar el polvo externo
que pasan sin bajar al leñador dormido
a la victoria muerta bajo las reverencias
mientras el burlòn y viajero viento del Sur sonríe



34
MARTÍ (1890)


Cuba, flor espumosa, efervescente
azucena escarlata, jazminero,
cuesta encontrar bajo la red florida
tu sombrío carbòn martirizado,
la antigua arruga que dejò la muerte,
la cicatriz cubierta por la espuma.

Pero dentro de tí como una clara
geometría de nieve germinada,
donde se abren tus últimas cortezas,
yace Martí como una almendra pura.

Está en el fondo circular del aire,
está en el centro azul del territorio,
y reluce como una gota de agua
su dormida pureza de semilla.

Es de cristal la noche que lo cubre.
Llanto y dolor, de pronto, crueles gotas
atraviesan la tierra hasta el recinto
de la infinita claridad dormida.
El pueblo a veces baja sus raíces
a través de la noche hasta tocar
el agua quieta en su escondido manto.
A veces cruza el rencor iracundo
pisoteando sembradas superficies
y un muerto cae en la copa del pueblo.

A veces vuelve el látigo enterrado
a silbar en el aire de la cúpula
y una gota de sangre como un pétalo
cae a la tierra y desciende al silencio.
Todo llega al fulgor inmaculado.
Los temblores minúsculos golpean
las puertas de cristal del escondido.

Toda lágrima toca su corriente.

Todo fuego estremece, su estructura.
Y así de la yacente fortaleza,
del escondido germen caudaloso
salen los combatientes de la isla.

Vienen de un manantial determinado.

Nacen de una vertiente cristalina.



35
BALMACEDA DE CHILE (1891)


Mr. North ha llegado de Londres.

Es un magnate del nitrato.
Antes trabajò en la pampa,
de jornalero, algún tiempo,
pero se dio cuenta y se fue.

Ahora vuelve, envuelto en libras.
Trae dos caballitos árabes
y una pequeña locomotora
toda de oro. Son regalos
para el Presidente, un tal
José Manuel Balmaceda.

"You are very clever, Mr. North."

Rubén Darío entra por esta casa,
por esta Presidencia como quiere.
Una botella de coñac le aguarda.
El joven Minotauro envuelto en niebla
de ríos, traspasado de sonidos
sube la gran escala que será
tan difícil subir a Mr. North.
El Presidente regresò hace poco
del desolado Norte salitroso,
allí dijo: "Esta tierra, esta riqueza
será de Chile, esta materia blanca
convertiré en escuelas, en caminos,
en pan para mi pueblo".
Ahora entre papeles, en palacio,
su fina forma, su intensa mirada
mira hacia los desiertos del salitre.

Su noble rostro no sonríe.

La cabeza, de pálida apostura,
tiene la antigua calidad de un muerto,
de un viejo antepasado de la patria.

Todo su ser es examen solemne.

Algo inquieta como una racha fría,
su paz, su movimiento pensativo.

Rechazò los caballos, la maquinita de oro
de Mr. North. Los alejò sin verlos
hacia su dueño, el poderoso gringo.
Moviò apenas la desdeñosa mano.
"Ahora, Mr. North, no puedo
entregarle estas concesiones,
no puedo amarrar a mi patria
a los misterios de la City."

Mr. North se instala en el Club.
Cien whiskies van para su mesa,
cien comidas para abogados,
para el Parlamento, champaña
para los tradicionalistas.
Corren agentes hacia el Norte,
las hebras van, vienen y vuelven.
Las suaves libras esterlinas
tejen como arañas doradas
una tela inglesa, legítima,
para mi pueblo, un traje sastre
de sangre, pòlvora y miseria.

"You are very clever, Mr. North."

Sitia la sombra a Balmaceda.
Cuando llega el día lo insultan,
lo escarnecen los aristòcratas,
le ladran en el Parlamento,
lo fustigan y lo calumnian.
Dan la batalla, y han ganado.
Pero no hasta: hay que torcer
la historia. Las buenas viñas
se "sacrifican" y el alcohol
llena la noche miserable.

Los elegantes jovencitos
marcan las puertas y una horda
asalta las casas, arroja
los pianos desde los balcones.
Aristocrático picnic
con cadáveres en la acequia
y champagne francés en el Club.

"You are very clever, Mr. North."

La Embajada argentina abriò
sus puertas al Presidente.
Esa tarde escribe con la misma
seguridad de mano fina,
la sombra entra en sus grandes ojos
como una oscura mariposa,
de profundidad fatigada.

Y la magnitud de su frente
sale del mundo solitario,
de la pequeña habitaciòn,
ilumina la noche oscura.
Escribe su nítido nombre,
las letras de largo perfil
de su doctrina traicionada.
Tiene el revòlver en su mano.

Mira a través de la ventana
un trozo postrero de patria,
pensando en todo el largo cuerpo
de Chile, oscurecido
como una página nocturna.
Viaja, y sin ver cruzan sus ojos,
como en los vidrios de un tren,
rápidos campos, caseríos,
torres, riberas anegadas,
pobreza, dolores, harapos.
Él soñò un sueño preciso,
quiso cambiar el desgarrado
paisaje, el cuerpo consumido
del pueblo, quiso defenderlo.
Es tarde ya, escucha disparos
aislados, los gritos vencedores,
el salvaje malòn, los aullidos
de la "aristocracia", escucha
el último rumor, el gran silencio,
y entra con él, recostado, a la muerte.



36
A EMILIANO ZAPATA CON MÚSICA DE TATA NACHO


Cuando arreciaron los dolores
en la tierra, y los espinares desolados
fueron la herencia de los campesinos,
y como antaño, las rapaces
barbas ceremoniales, y los látigos,
entonces, flor y fuego galopado...

Borrachita me voy
hacía la capital

se encabritò en el alba transitoria
la tierra sacudida de cuchillos,
el peòn de sus amargas madrigueras
cayò como un elote desgranado
sobre la soledad vertiginosa.

a pedirle al patròn
que me mandò llamar

Zapata entonces fue tierra y aurora.
En todo el horizonte aparecía
la multitud de su semilla armada.
En un ataque de aguas y fronteras
el férreo manantial de Coahuila,
las estelares piedras de Sonora:
todo vino a su paso adelantado,
a su agraria tormenta de herraduras.

que si se va del rancho
muy pronto volverá

Reparte el pan, la tierra:
te acompaño.
Yo renuncio a mis párpados celestes.
Yo, Zapata, me voy con el rocío
de las caballerías matutinas,
en un disparo desde los nopales
hasta las casas de pared rosada.

cintilas por tu pelo
no llores por tu Pancho

La luna duerme sobre las monturas.
La muerte amontonada y repartida
yace con los soldados de Zapata.
El sueño esconde bajo los baluartes
de la pesada noche su destino,
su incubadora sábana sombría.
La hoguera agrupa el aire desvelado:
grasa, sudor y pòlvora, nocturna.

Borrachita me voy
para olvidarte

Pedimos patria para el humillado.
Tu cuchillo divide el patrimonio
y tiros y corceles amedrentan
los castigos, la barba del verdugo.
La tierra se reparte con un rifle.
No esperes, campesino polvoriento,
después de tu sudor la luz completa
y el cielo parcelado en tus rodillas.
Levántate y galopa con Zapata.

Yo la quise traer
dijo que no

México, huraña agricultura, amada
tierra entre los oscuros repartida:
de las espaldas del maíz salieron
al sol tus centuriones sudorosos.
De la nieve del Sur vengo a cantarte.
Déjame galopar en tu destino
y llenarme de pòlvora y arados.

Que si habrá de llorar
por qué volver...



37
SANDINO (1916)


Fue cuando en fierra nuestra
se enterraron
las cruces, se gastaron
inválidas, profesionales.
Llegò el dòlar de dientes agresivos
a morder territorio,
en la garganta pastoril de América.
Agarrò Panamá con fauces duras,
hundiò en la tierra fresca sus colmillos,
chapoteò en barro, whisky, sangre,
y jurò un Presidente con levita:
"Sea con nosotros el soborno
de cada día".
Luego, llegò el acero,
y el canal dividiò las residencias,
aquí los amos, allí la servidumbre.

Corrieron hacia Nicaragua.

Bajaron, vestidos de blanco,
tirando dòlares y tiros.
Pero allí surgiò un capitán
que dijo: "No, aquí no pones
tus concesiones, tu botella".
Le prometieron un retrato
de Presidente, con guantes,
banda terciada y zapatitos
de charol recién adquiridos.
Sandino se quitò las botas,
se hundiò en los trémulos pantanos,
se terciò la banda mojada
de la libertad en la selva,
y, tiro a tiro, respondiò
a los "civilizadores".

La furia norteamericana
fue indecible: documentados
embajadores convencieron
al mundo que su amor era
Nicaragua, que alguna: vez
el orden debía llegar
a sus entrañas soñolientas.

Sandino colgò a los intrusos.

Los héroes de Wall Street
fueron comidos por la ciénaga,
un relámpago los mataba,
más de un machete los seguía,
una soga los despertaba
como una serpiente en la noche,
y colgando de un árbol eran
acarreados lentamente
por coleòpteros azules
y enredaderas devorantes.

Sandino estaba en el silencio,
en la Plaza del Pueblo, en todas
partes estaba Sandino,
matando norteamericanos,
ajusticiando invasores.
Y cuando vino la aviaciòn,
la ofensiva de los ejércitos
acorazados, la incisiòn
de aplastadoras poderíos,
Sandino con sus guerrilleros,
como un espectro de la selva,
era un árbol que se enroscaba
o una tortuga que dormía
o un río que se deslizaba.
Pero árbol, tortuga, corriente
fueron la muerte vengadora,
fueron sistema de la selva,
mortales síntomas de araña.

(En 1948
un guerrillero
de Grecia, columna de Esparta,
fue la urna de luz atacada
por los mercenarios del dòlar.

Desde los montes echò fuego
sobre los pulpos de Chicago,
y como Sandino, el valiente
de Nicaragua, fue llamado
"bandolero de las montañas".)

Pero cuando fuego, sangre
y dòlar no destruyeron
la torre altiva de Sandino,
los guerreros de Wall Street
hicieron la paz, invitaron
a celebrarla al guerrillero,

y un traidor recién alquilado

le disparò su carabina.

Se llama Somoza. Hasta hoy
está reinando en Nicaragua:
los treinta dòlares crecieron
y aumentaron en su barriga.

Ésta es la historia de Sándino,
capitán de Nicaragua,
encarnaciòn desgarradora
de nuestra arena traicionada,
dividida y acometida,
martirizada y saqueada.



38
HACIA RECABARREN


La tierra, el metal de la tierra, la compacta
hermosura, la paz ferruginosa
que será lanza, lámpara o anillo,
materia pura, acciòn
del tiempo, salud
de la tierra desnuda.

El mineral fue como estrella
hundida, y enterrada.
A golpes de planeta, gramo a gramo,
fue escondida la luz.
Áspera capa, arcilla, arena
cubrieron tu hemisferio.

Pero yo amé tu sal, tu superficie.
Tu goteròn, tu párpado, tu estatua.

En el quilate de pureza dura
cantò mi mano: en la égloga
nupcial de la esmeralda fui citado,
y en el hueco del hierro puse mi rostro un día
hasta emanar abismo, resistencia y aumento.

Pero yo no sabía nada.

El hierro, el cobre, las sales lo sabían.

Cada pétalo de oro fue arrancado con sangre,
Cada metal tiene un soldado.



El cobre


Yo llegué al cobre, a Chuquicamata,
Era tarde en. las cordilleras.
El aire era como una copa fría,
de seca transparencia.
Antes viví en muchos navios,
pero en la noche del desierto
la inmensa mina resplandecía
como un navio cegador
con el rocío deslumbrante
de aquellas alturas nocturnas.

Cerré los ojos: sueño y sombra
extendían sus gruesas plumas
sobre mí como aves gigantes.
Apenas y de tumbo en tumbo,
mientras bailaba el automòvil,
la oblicua estrella, el penetrante
planeta, como una lanza,
me arrojaban un rayo helado
de fuego frío, de amenaza.



La noche en Chuquicamata


Era alta noche ya, noche profunda,
como interior vacío de campana.
Y ante mis ojos vi los muros implacables,
el cobre derribado en la pirámide.
Era verde la sangre de esas tierras.

Alta hasta los planetas empapados
era la magnitud nocturna y verde.
Gota a gota una leche de turquesa,
una aurora de piedra,
fue construida por el hombre
y ardía en la inmensidad,
en la estrellada tierra abierta
de toda la noche arenosa.

Paso a paso, entonces, la sombra
me llevò
de la mano hacia el Sindicato.
Era el mes de julio
en Chile, en la estaciòn fría.

Junto a mis pasos, muchos días
(o siglos) (o simplemente meses
de cobre, piedra y piedra y piedra,
es decir, de infierno en el tiempo:
del infinito sostenido
por una mano sulfurosa),
iban otros pasos y pies
que sòlo el cobre conocía.

Era una multitud grasicnta,
hambre y harapo, soledades,
la que cavaba el socavòn.
Aquella noche no vi
desfilar su herida sin número
en la costa cruel de la mina.

Pero yo fui de esos tormentos.

Las vértebras del cobre estaban húmedas,
descubiertas a golpes de sudor
en la infinita luz del aire andino.
Para excavar los huesos minerales
de la estatua enterrada por los siglos,
el hombre construyò las galerías
de un teatro vacío.
Pero la esencia dura,
la piedra en su estatura, la victoria
del cobre huyò dejando un cráter
de ordenado volcán, como si aquella
estatua, estrella verde,
fuera arrancada al pecho de un dios ferruginoso
dejando un hueco pálido socavado en la altura.




Los chilenos


Todo eso fue tu mano.

Tu mano fue, la uña
del compatriota mineral, del "roto"
combatido, del pisoteado
material humano, del hombrecito con harapos.
Tu mano fue como la geografía:
cavò este cráter de tiniebla verde, ;
fundò un planeta de piedra oceánica.

Anduvo por las maestranzas
manejando las palas rotas
y poniendo pòlvora en todas
partes, como huevos
de gallina ensordecedora.

Se trata de un cráter remoto:
aun desde la luna llena
se vería su profundidad
hecha mano a mano por
un tal Rodríguez, un tal Carrasco,
un tal Díaz Iturrieta,
un tal Abarca, un tal Gumersindo,
un tal chileno llamado Mil.

Esta inmensidad, uña a uña,
el desgarrado chileno, un día
y otro día, otro invierno, a pulso,
a velocidad, en la lenta
atmòsfera de las alturas,
la recogiò de la argamasa,
la estableciò entre las regiones.



El héroe


No fue sòlo firmeza tumultuosa
de muchos dedos, no sòlo fue la pala,
no sòlo el brazo, la cadera, el peso
de todo el hombre y su energía:
fueron dolor, incertidumbre y furia
los que cavaron el centímetro
de altura calcárea, buscando
las venas verdes de la estrella,
los finales fosforescentes
de los cometas enterrados.

Del hombre gastado en su abismo
nacieron las sales sangrientas.

Porque es el Reinaldo agresivo,
busca piedras, el infinito
Sepúlveda, tu hijo, sobrino de
tu tía Eduviges Rojas,
el héroe ardiendo, el que desvencija
la cordillera mineral.

Así fue como conociendo,
entrando como a la uterina
originalidad de la entraña,
en tierra y vida, fui venciéndome:
hasta sumirme en hombre, en agua
de lágrimas como estalactitas,
de pobre sangre despeñada,
de sudor caído en el polvo.



Oficios


Otras veces con Lafertte, más lejos,
entramos en Tarapacá,
desde Iquique azul y ascético,
por los límites de la arena.

Me mostrò Elias las palas
de los derripiadores, hundido
en las maderas cada dedo
del hombre: estaban gastadas
por el roce de cada yema.

Las presiones de aquellas manos derritieron
los pedernales de la pala,
y así abrieron los corredores
de tierra y piedra, metal y ácido,
estas uñas amargas, estos
ennegrecidos cinturones
de manos que rompen planetas,
y elevan las sales al cielo,
diciendo como en el cuento,
en la historia celeste: "Éste
es el primer día de la tierra".

Así aquel que nadie vio antes
(antes de aquel día de origen),
el prototipo de la pala,
se levantò sobre las cascaras
del infierno: las dominò
con sus rudas manos ardientes,
abriò las hojas de la tierra,
y apareciò en camisa azul
el capitán de dientes blancos,
el conquistador del salitre.




El desierto


El duro mediodía de las grandes arenas
ha llegado;
el mundo está desnudo,
ancho, estéril y limpio hasta las últimas
fronteras arenales: .
escuchad el sonido quebradizo
de la sal viva, sola en los salares:
el sol rompe sus vidrios en la extensiòn vacía
y agoniza la tierra con un seco
y ahogado ruido de sal que gime.



Nocturno


Ven al circuito del desierto,
a la alta aérea noche de la pampa,
al círculo nocturno, espacio y astro,
donde la zona del Tamarügal recoge
todo el silencio perdido en el tiempo.

Mil años de silencio en una copa
de azul calcáreo, de distancia y luna,
labran la geografía desnuda de la noche.

Yo te amo, pura tierra, como tantas
cosas amé contrarias:
la flor, la calle, la abundancia, el rito.

Yo te amo, hermana pura del océano.
Para mí fue difícil esta escuela vacía
en que no estaba el hombre, ni el muro, ni la planta
para apoyarme en algo.

Estaba solo.
Era llanura y soledad la vida.

Era éste el pecho varonil del mundo.

Y amé el sistema de tu forma recta,

la extensa precisiòn de tu vacío.



El páramo


En el páramo el hombre vivía
mordiendo tierra, aniquilado.
Me fui derecho a la madriguera,
metí la mano entre los piojos,
anduve por los rieles hasta
el amanecer desolado,
dormí sobre las tablas duras,
bajé de la faena en la tarde,
me quemaron el vapor y el yodo,
estreché la mano del hombre,
conversé con la mujercita,
puertas adentro entre gallinas,
entre harapos, en el olor
de la pobreza abrasadora.
Y cuando tantos dolores
reuní, cuando tanta sangre
recogí en el cuenco del alma,
vi venir del espacio puro
de las pampas inabarcables
un hombre hecho de su misma arena,
un rostro inmòvil y extendido,
un traje con un ancho cuerpo,

unos ojos entrecerrados
como lámparas indomables.

Recabarren era su nombre.



39
recabarren (1921)


Tu nombre era Recabarren.

Bonachòn, corpulento, espacioso,
clara mirada, frente firme,
su ancha compostura cubría,
como la arena numerosa,
los yacimientos de la fuerza.

Mirad en la pampa de América
(ríos ramales, clara nieve,
cortaduras ferruginosas)
a Chile con su destrozada
biología, como un ramaje
arrancado, como un brazo
cuyas falanges dispersò
el tráfico de las tormentas.

Sobre las áreas musculares
de los metales y el nitrato,
sobre la atlética grandeza
del cobre recién excavado,
el pequeño habitante vive,
acumulado en el desorden,
con un contrato apresurado,
lleno de niños andrajosos,
extendidos por los desiertos
de la superficie salada.

Es el chileno interrumpido
por la cesantía o la muerte.

Es el durísimo chileno
sobreviviente de las obras
o amortajado por la sal.

Allí llegò con sus panfletos
este capitán del pueblo.
Tomò al solitario ofendido
que, envolviendo sus mantas rotas
sobre sus hijos hambrientos,
aceptaba las injusticias
encarnizadas, y le dijo:
"Junta tu voz a otra voz",
"Junta tu mano a otra mano".
Fue por los rincones aciagos
del salitre, llenò la pampa
con su investidura paterna
y en el escondite invisible
lo vio toda la minería.

Llegò cada "gallo" golpeado,
vino cada uno de los lamentos:
entraron como fantasmas
de pálida voz triturada
y salieron de sus manos
con una nueva dignidad.
En toda la pampa se supo.
Y fue por la patria entera
fundando pueblo, levantando
los corazones quebrantados.
Sus periòdicos recién impresos
entraron en las galerías
del carbòn, subieron al cobre,
y el pueblo besò las columnas
que por primera vez llevaban
la voz de los atropellados.

Organizò las soledades.
Llevò los libros y los cantos
hasta los muros del terror,
juntò una queja y otra queja,
y el esclavo sin voz ni boca,
el extendido sufrimiento,
se hizo nombre, se llamò
Pueblo, Proletariado, Sindicato,
tuvo persona y apostura.

Y este habitante transformado
que se construyò en el combate,
este organismo valeroso,
esta implacable tentativa,
este metal inalterable,
esta unidad de los dolores,
esta fortaleza del hombre,
este camino hacia mañana,
esta cordillera infinita,
esta germinal primavera,
este armamento de los pobres,
saliò de aquellos sufrimientos,
de los más hondo de la patria,
de lo más duro y más golpeado,
de lo más alto y más eterno
y se llamò Partido.
Partido
Comunista
Ese fue su nombre.
Fue grande la lucha. Cayeron
como buitres los dueños del oro.
Combatieron con la calumnia.
"Este Partido Comunista
está pagado por el Perú,
por Bolivia, por extranjeros."
Cayeron sobre las imprentas,
adquiridas gota por gota
con sudor de los combatientes,
y las atacaron quebrándolas,
quemándolas, desparramando
la tipografía del pueblo.
Persiguieron a Recabarren.
Le negaron entrada y paso.
Pero él congregò su semilla
en los socavones desiertos
y fue defendido el baluarte.

Entonces, los empresarios
norteamericanos e ingleses,
sus abogados, senadores,
sus diputados, presidentes,
vertieron la sangre en la arena,
acorralaron, amarraron,
asesinaron nuestra estirpe,
la fuerza profunda de Chile,
dejaron junto a los senderos
de la inmensa pampa amarilla
cruces de obreros fusilados,
cadáveres amontonados
en los repliegues de la arena.

Una vez a Iquique, en la costa,
hicieron venir a los hombres
que pedían escuela y pan.
Allí confundidos, cercados
en un patio, los dispusieron
para la muerte.
Dispararon
con silbante ametralladora,
con fusiles tácticamente
dispuestos, sobre el hacinado
montòn de dormidos obreros.
La sangre llenò como un río
la arena pálida de Iquique,
y allí está la sangre caída,
ardiendo aún sobre los años
como una corola implacable.

Pero sobreviviò la resistencia.
La luz organizada por las manos
de Recabarren, las banderas rojas
fueron desde las minas a los pueblos,
fueron a las ciudades y a los surcos,
rodaron con las ruedas ferroviarias,
asumieron las bases del cemento,
ganaron calles, plazas, alquerías,
fábricas abrumadas por el polvo,
llagas cubiertas por la primavera:
todo cantò y luchò para vencer
en la unidad del tiempo que amanece.

Cuánto ha pasado desde entonces.
Cuánta sangre sobre la sangre,
cuántas luchas sobre la tierra.
Horas de espléndida conquista,
triunfos ganados gota a gota,
calles amargas, derrotadas,
zonas oscuras como túneles,
traiciones que parecían
cortar la vida con su filo,
represiones armadas de odio,
coronadas militarmente.

Parecía hundirse la tierra.

Pero la lucha permanece.



Envío (1949)


Recabarren, en estos días
de persecuciòn, en la angustia
de mis hermanos relegados,
combatidos por un traidor,
y con la patria envuelta en odio,
herida por la tiranía,
recuerdo la lucha terrible
de tus prisiones, de tus pasos
primeros, tu soledad
de torreòn irreductible,
y cuando, saliendo del páramo,
un hombre y otro a ti vinieron
a congregar el amasijo
del pan humilde defendido
por la unidad del pueblo augusto.



Padre de Chile


Recabarren, hijo de Chile,
padre de Chile, padre nuestro,
en tu construcciòn, en tu línea
fraguada en tierras y tormentos
nace la fuerza de los días
venideros y vencedores.

Tú eres la patria, pampa y pueblo,
arena, arcilla, escuela, casa,
resurrecciòn, puño, ofensiva,
orden, desfile, ataque, trigo,
lucha, grandeza, resistencia.

Recabarren, bajo tu mirada
juramos limpiar las heridas
mutilaciones de la patria.

Juramos que la libertad
levantará su flor desnuda
sobre la arena deshonrada.

Juramos continuar tu camino
hasta la victoria del pueblo.



40
prestes del brasil (1949)


Brasil augusto, cuánto amor quisiera
para extenderme en tu regazo,
para envolverme en tus hojas gigantes,
en desarrollo vegetal, en vivo
detritus de esmeraldas: acecharte,
Brasil, desde los ríos
sacerdotales que te nutren,
bailar en los terrados a la luz
de la luna fluvial, y repartirme
por tus inhabitados territorios
viendo salir del barro el nacimiento
de gruesas bestias rodeadas
por metálicas aves blancas.

Cuánto recodo me darías.
Entrar de nuevo en la alfandega,
salir a los barrios, oler
tu extraño rito, descender
a tus centros circulatorios,
a tu corazòn generoso.

Pero no puedo.

Una vez, en Bahía, las mujeres
del barrio dolorido,
del antiguo mercado de esclavos
(donde hoy la nueva esclavitud, el hambre,
el harapo, la condiciòn doliente,
viven como antes en la misma tierra),
me dieron unas flores y una carta,
unas palabras tiernas y unas flores.

No puedo apartar mi voz de cuanto sufre.
Sé cuánto me darían
de invisible verdad tus espaciosas
riberas naturales.

Sé que la flor secreta, la agitada
muchedumbre de mariposas,
todos los fértiles fermentos
de las vidas y de los bosques
me esperan con su teoría
de inagotables humedades,

pero no puedo, no puedo

sino arrancar de tu silencio
una vez más la voz del pueblo,
elevarla como la pluma
más fulgurante de la selva,
dejarla a mi lado y amarla
hasta que cante por mis labios.

Por eso veo a Prestes caminando
hacia la libertad, hacia las puertas
que parecen en ti, Brasil, cerradas,
clavadas al dolor, impenetrables.
Veo a Prestes, a su columna vencedora
del hambre, cruzando la selva,
hacia Bolivia, perseguida
por el tirano de ojos pálidos.
Cuando vuelve a su pueblo y toca
su campanario combatiente
lo encierran, y su compañera
entregan al pardo verdugo
de Alemania.
(Poeta, buscas en tu libro
los antiguos dolores griegos,
los orbes encadenados
por las antiguas maldiciones,
corren tus párpados torcidos
por los tormentos inventados,
y no ves en tu propia puerta
los océanos que golpean
el oscuro pecho del pueblo.)
En el martirio nace su hija.
Pero ella desaparece
bajo el hacha, en el gas, tragada
por las ciénagas asesinas
de la Gestapo.
Oh, tormento
de prisionero! Oh, indecibles
padecimientos separados
de nuestro herido capitán!
(Poeta, borra de tu libro
a Prometeo y su cadena.
La vieja fábula no tiene
tanta grandeza calcinada,
tanta tragedia aterradora.)

Once años guardan a Prestes
detrás de las barras de hierro,
en el silencio de la muerte,
sin atreverse a asesinarlo.

No hay noticias para su pueblo.
La tiranía borra el nombre
de Prestes en su mundo negro.
Y once años su nombre fue mudo.

Viviò su nombre como un árbol
en medio de todo su pueblo,
reverenciado y esperado.

Hasta que la libertad
llegò a buscarlo a su presidio,
y saliò de nuevo a la luz,
amado, vencedor y bondadoso,
despojado de todo el odio
que echaron sobre su cabeza.
Recuerdo que en 1945
estuve con él en Sao Paulo.
(Frágil y firme su estructura,
pálido como el marfil
desenterrado en la cisterna,
fino como la pureza
del aire en las soledades,
puro como la grandeza
custodiada por el dolor.)
Por primera vez a su pueblo
hablaba, en Pacaembú.
El gran estadio pululaba
con cien mil corazones rojos
que esperaban verlo y tocarlo.
Llegò en una indecible
ola de canto y de ternura,
cien mil pañuelos saludaban
como un bosque su bienvenida.
Él mirò con ojos profundos
a mi lado, mientras hablé.



41
dicho en pacaembú (Brasil, 1945)


Cuántas cosas quisiera decir hoy, brasileños,
cuántas historias, luchas, desengaños, victorias
que he llevado por años en el corazòn para decirlos, pensamientos
y saludos. Saludos de las nieves andinas,
saludos del Océano Pacífico, palabras que roe han dicho
al pasar los obreros, los mineros, los albañiles, todos
los pobladores de mi patria lejana.
Qué me dijo la nieve, la nube, la bandera?
Qué secreto me dijo el marinero?
Qué me dijo la niña pequeñita dándome unas espigas?

Un mensaje tenían: era: Saluda a Prestes.
Búscalo, me decían, en la selva o el río.
Aparta sus prisiones, busca su celda, llama.
Y si no te permiten hablarle, míralo hasta cansarte
y cuéntanos mañana lo que has visto.

Hoy estoy orgulloso de verlo rodeado
de un mar de corazones victoriosos.
Voy a decirle a Chile: "Lo saludé en el aire
de las banderas libres de su pueblo".

Yo recuerdo en París, hace años, una noche
hablé a la multitud, vine a pedir ayuda
para España republicana, para el pueblo en su lucha.
España estaba llena de ruinas y de gloria.
Los franceses oían mi llamado en silencio.
Les pedí ayuda en nombre de todo lo que existe
y les dije: "Los nuevos héroes, los que en España luchan, mueren,
Modesto, Líster, Pasionaria, Lorca,
son hijos de los héroes de América, son hermanos
de Bolívar, de 0'Higgins, de San Martín, de Prestes".
Y cuando dije el nombre de Prestes fue como un rumor, inmenso
en el aire de Francia: París lo saludaba.
Viejos obreros con los ojos húmedos
miraban hacia el fondo del Brasil y hacia España.

Os voy a contar aún otra pequeña historia.

Junto a las grandes minas de carbòn, que avanzan bajo el mar
en Chile, en el frío puerto de Talcahuano,
llegò una vez, hace tiempo, un carguero soviético.
(Chile no establecía aún relaciones
con la Uniòn de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Por eso la policía estúpida
prohibiò bajar a los marinos rusos,
subir a los chilenos.)

Cuando llegò la noche
vinieron por millares los mineros desde las grandes minas,
hombres, mujeres, niños, y desde las colinas
con sus pequeñas lámparas mineras,
toda la noche hicieron señales encendiendo
y apagando
hacia el barco que venía de los puertos soviéticos.

Aquella noche oscura tuvo estrellas:
las estrellas humanas, las lámparas del pueblo.

Hoy también desde los rincones
de nuestra América, desde México libre, desde el Alto Perú sediento,
desde Cuba, desde Argentina populosa,
desde Uruguay, refugio de hermanos asilados,
el pueblo te saluda, Prestes, con sus pequeñas lámparas
en que brillan las altas esperanzas del hombre.
Por eso me mandaron por el aire de América,
para que te mirara y les contara luego
còmo eras, qué decía su capitán callado
por tantos años duros de soledad y sombra.

Voy a decirles que no guardas odio.
Que sòlo quieres que tu patria viva.

Y que la libertad crezca en el fondo
del Brasil como un árbol eterno.

Yo quisiera contarte, Brasil, muchas cosas calladas,
llevadas estos anos entre la piel y el alma,
sangre, dolores, triunfos, lo que deben decirse
los poetas y el pueblo: será otra vez, un día.

Hoy pido un gran silencio de volcanes y ríos.

Un gran silencio pido de tierras y varones.
Pido silencio a América de la nieve a la pampa.

Silencio: La Palabra al Capitán del Pueblo.

Silencio: Que el Brasil hablará por su boca.



42
de nuevo los tiranos


Hoy de nuevo la cacería
se extiende por el Brasil,
lo busca la fría codicia
de los mercaderes de esclavos:
en Wall Street decretaron
a sus satélites porcinos
que enterraran sus colmillos
en las heridas del pueblo,
y comenzò la cacería
en Chile, en Brasil, en todas
nuestras Américas arrasadas
por mercaderes y verdugos.

Mi pueblo escondiò mi camino,
cubriò mis versos con sus manos,
me preservò de la muerte,
y en Brasil la puerta infinita
del pueblo cierra los caminos
en donde Prestes otra vez
rechaza de nuevo al malvado.

Brasil, que te sea salvado
tu capitán doloroso,
Brasil, que no tengas mañana
que recoger de su recuerdo
brizna por brizna su efigie
para elevarla en piedra austera,
sin haberlo dejado en medio
de tu corazòn disfrutar
la libertad que aún, aún
puede conquistarte. Brasil.



43
llegará el día


Libertadores, en este crepúsculo
de América, en la despoblada
oscuridad de la mañana,
os entrego la hoja infinita
de mis pueblos, el regocijo
de cada hora de la lucha.

Húsares azules, caídos
en la profundidad del tiempo,
soldados en cuyas banderas
recién bordadas amanece,
soldados de hoy, comunistas,
combatientes herederos
de los torrentes metalúrgicos,
escuchad mi voz nacida
en los glaciares, elevada
a la hoguera de cada día
por simple deber amoroso:
somos la misma tierra, el mismo
pueblo perseguido,
la misma lucha ciñe la cintura
de nuestra América:
Habéis visto
por las tardes la cueva sombría
del hermano?
Habéis traspasado
su tenebrosa vida?
El corazòn disperso
del pueblo abandonado y sumergido!

Alguien que recibiò la paz del héroe
la guardò en su bodega, alguien robò los frutos
de la cosecha ensangrentada
y dividiò la geografía
estableciendo márgenes hostiles,
zonas de desolada sombra ciega.

Recoged de las tierras el confuso
latido del dolor, las soledades,
el trigo de los suelos desgranados:
algo germina bajo las banderas:
la voz antigua nos llama de nuevo.
Bajad a las raíces minerales,
y a las alturas del metal desierto,
tocad la lucha del hombre en la tierra,
a través del martirio que maltrata
las manos destinadas a la luz.

No renunciéis al día que os entregan
los muertos que lucharon. Cada espiga
nace de un grano entregado a la tierra,
y como el trigo, el pueblo innumerable
junta raíces, acumula espigas,
y en la tormenta desencadenada
sube a la claridad del universo.


5(section)
LA ARENA TRAICIONADA


Tal vez, tal vez el olvido sobre la tierra como una copa
puede desarrollar el crecimiento y alimentar la vida
(puede ser), como el humus sombrío en el bosque.

Tal vez, tal vez el hombre como un herrero acude
a la brasa, a los golpes del hierro sobre el hierro,
sin entrar en las ciegas ciudades del carbòn,
sin Cerrar la mirada, precipitarse abajo
en hundimientos, aguas, minerales, catástrofes.
Tal vez, pero mi plato es otro, mi alimento es distinto:
mis ojos no vinieron para morder olvido:
mis labios se abren sobre todo el tiempo, y todo el tiempo,
no sòlo una parte del tiempo ha gastado mis manos.

Por eso te hablaré de estos dolores que quisiera apartar,
te obligaré a vivir una vez más entre sus quemaduras,
no para detenernos como en una estaciòn, al partir,
ni tampoco para golpear con la frente la tierra,
ni para llenarnos el corazòn con agua salada,
sino para caminar conociendo, para tocar la rectitud
con decisiones infinitamente cargadas de sentido,
para que la severidad sea una condiciòn de la alegría, par a
que así seamos invencibles.



los verdugos


Sauria, escamosa América enrollada
al crecimiento vegetal, al mástil
erigido en la ciénaga:
amamantaste hijos terribles
con venenosa leche de serpiente,
tòrridas cunas incubaron
y cubrieron con barro amarillo,
una progenie encarnizada.
El gato y la escorpina fornicaron
en la patria selvática.

Huyò la luz de rama en rama,
pero no despertò el dormido.

Olía a caña la frazada,
habían rodado los machetes
al más huraño sitio de la siesta,
y en el penacho enrarecido
de las cantinas escupía
su independencia jactanciosa
el jornalero sin zapatos.



El doctor Francia


El Paraná en las zonas marañosas,
húmedas, palpitantes de otros ríos
donde la red del agua, Yabebirí,
Acaray, Igurey, joyas gemelas
teñidas de quebracho, rodeadas
por las espesas copas del copal,
transcurre hacia las sábanas atlánticas
arrastrando el delirio
del nazaret morado, las raíces
del curupay en su sueño arenoso.

Del légamo caliente, de los tronos
del yacaré devorador, en medio
de la pestilencia silvestre
cruzò el doctor Rodríguez de Francia
hacia el sillòn del Paraguay.
Y viviò entre los rosetones
de rosada mampostería
como una estatua sòrdida y cesárea
cubierta por los velos de la araña sombría.

Solitaria grandeza en el salòn
lleno de espejos, espantajo
negro sobre felpa roja
y ratas asustadas en la noche.
Falsa columna, perversa
academia, agnosticismo
de rey leproso, rodeado
por la extensiòn de los yerbales
bebiendo números platònicos
en la horca del ajusticiado,
contando triángulos de estrellas,
midiendo claves estelares,
acechando el anaranjado
atardecer del Paraguay
con un reloj en la agonía
del fusilado en su ventana,
con una mano en el cerrojo
del crepúsculo maniatado.

Los estudios sobre la mesa,
los ojos en el acicate
del firmamento, en los volcados
cristales de la geometría,
mientras la sangre intestinal
del hombre muerto a culatazos
bajaba por los escalones
chupada por verdes enjambres
de moscas que centelleaban.

Cerrò el Paraguay como un nido
de su majestad, amarrò
tortura y barro a las fronteras.
Cuando en las calles su silueta
pasa, los indios se colocan
con la mirada hacia los muros:
su sombra resbala dejando
dos paredes de escalofríos.

Cuando la muerte llega a ver
al doctor Francia está mudo,
inmòvil, atado en sí mismo,
solo en su cueva, detenido
por las sogas de la. parálisis,
y muere solo, sin que nadie
entre en la cámara: nadie se atreve
a tocar la puerta del amo.

Y amarrado por sus serpientes,
deslenguado, hervido en su médula,
agoniza y muere perdido
en la soledad del palacio,
mientras la noche establecida
como una cátedra, devora
los capiteles miserables
salpicados por el martirio.



Rosas (1829-1849)


Es tan difícil ver a través de la tierra
(no del tiempo, que eleva su copa transparente
iluminando el alto resumen del rocío),
pero la tierra espesa de harinas y rencores,
bodega endurecida con muertos y metales
no me deja mirar hacia abajo, en el fondo
donde la entrecruzada soledad me rechaza.

Pero hablaré con ellos, los míos, los que un día
a mi bandera huyeron, cuando era la pureza
estrella de cristal en su tejido.

Sarmiento, Alberdi, Oro, del Carril:
mi patria pura, después mancillada,
guardò para vosotros
la luz de su metálica angostura
y entre pobres y agrícolas adobes
los desterrados pensamientos
fueron hilándose con dura minería,
y aguijones de azúcar vinatera.

Chile los repartiò en su fortaleza,
les dio la sal de su ruedo marino,
y esparciò las simientes desterradas.
Mientras tanto el galope en la llanura.
La argolla se partiò sobre las hebras
de la cabellera celeste,
y la pampa mordiò las herraduras
de las bestias mojadas y frenéticas.

Puñales, carcajadas de mazorca
sobre el martirio. Luna coronada
de río a río sobre la blancura
con un penacho de sombra indecible!

Argentina robada a culatazos
en el vapor del alba, castigada
hasta sangrar y enloquecer, vacía,
cabalgada por agrios capataces!

Te hiciste procesiòn de viñas rojas,
fuiste una máscara, un temblor sellado,
y te substituyeron en el aire
por una mano trágica de cera.
Saliò de ti una noche, corredores,
losas de piedra ennegrecida, escaleras
donde se hundiò el sonido, encrucijadas
de carnaval, con muertos y bufones,
y un silencio de párpado que cae
sobre todos los ojos de la noche.

Dònde huyeron tus trigos espumosos?
Tu apostura frutal, tu extensa boca,
todo lo que se mueve por tus cuerdas
para cantar, tu cuero trepidante
de gran tambor, de estrella sin medida,
enmudecieron bajo la implacable
soledad de la cúpula encerrada.

Planeta, latitud, claridad poderosa,
en tu borde, en la cinta de nieve compartida
se recogiò el silencio nocturno que llegaba
montado sobre un mar vertiginoso,
y ola tras ola el agua desnuda, relataba,
el viento gris temblando desataba su arena,
la noche nos hería con su llanto estepario.

Pero el pueblo y el trigo se amasaron: entonces
se alisò la cabeza terrenal, se peinaron
las hebras enterradas de la luz, la agonía
probò las puertas libres, destrozadas del viento,
y de las polvaredas en el, camino, una
a una, dignidades sumergidas, escuelas,
inteligencias, rostros, en el polvo ascendieron
hasta hacerse unidades estrelladas,
estatuas de la luz, puras praderas.



Ecuador


Dispara Tunguragua aceite rojo,
Sangay sobre la nieve
derrama miel ardiendo,
Imbabura de tus cimeras
iglesias nevadas arroja
peces y plantas, ramas duras
del infinito inaccesible,
y hacia los páramos, cobriza
luna, edificaciòn crepitante,
deja caer tus cicatrices
como venas sobre Antisana,
en la arrugada soledad
de Pumachaca, en la sulfúrica
solemnidad de Pambamarce,
volcán y luna, frío y cuarzo,
llamas glaciales, movimiento
de catástrofes, vaporoso
y huracanado patrimonio.

Ecuador, Ecuador, cola violeta
de un astro ausente, en la irisada
muchedumbre de pueblos que te cubren
con infinita piel de frutería,
ronda la muerte con su embudo,
arde la fiebre en los poblados pobres,
el hambre es un arado
de ásperas púas en la tierra,
y la misericordia te golpea
el pecho con sayales y conventos,
como una enfermedad humedecida
en las fermentaciones de las lágrimas.



García Moreno


De allí saliò el tirano.
García Moreno es su nombre.
Chacal enguantado, paciente
murciélago de sacristía,
recoge ceniza y tormento
en su sombrero de seda
y hunde las uñas en la sangre
de los ríos ecuatoriales.

Con los pequeños pies metidos
en escarpines charolados,
santiguándose y encerándose
en las alfombras del altar,
con los faldones sumergidos
en las aguas procesionales,
baila en el crimen arrastrando
cadáveres recién fusilados,
desgarra el pecho de los muertos,
pasea sus huesos volando
sobre los féretros, vestido
con plumas de paño agorero.

En los pueblos indios, la sangre
cae sin direcciòn, hay miedo
en todas las calles y sombras
(bajo las campanas hay miedo
que suena y sale hacia la noche),
y pesan sobre Quito las gruesas
paredes de los monasterios,
rectas, inmòviles, selladas.
Todo duerme con los florones
de oro oxidado en las cornisas,
los ángeles duermen colgados
en sus perchas sacramentales,
todo duerme como una tela
de sacerdocio, todo sufre
bajo la noche membranosa.

Pero no duerme la crueldad.
La crueldad de bigotes blancos
pasea con guantes y garras
y clava oscuros corazones
sobre la verja del dominio.
Hasta que un día entra la luz
como un puñal en el palacio
y abre el chaleco hundiendo un rayo
en la pechera inmaculada.

Así saliò García Moreno
del palacio una vez más, volando
a inspeccionar las sepulturas,
empeñosamente mortuorio,
pero esta vez rodò hasta el fondo
de las masacres, retenido,
entre las víctimas sin nombre,
a la humedad del pudridero.



Los brujos de América


Centro América hollada por los búhos,
engrasada por ácidos sudores,
antes de entrar en tu jazmín quemado
considérame fibra de tu nave,
ala de tu madera combatida
por la espuma gemela,
y lléname de arrobador aroma
polen y pluma de tu copa,
márgenes germinales de tus aguas,
líneas rizadas de tu nido.
Pero los brujos matan los metales
de la resurrecciòn, cierran las puertas
y entenebrecen la morada
de las aves deslumbradoras.



Estrada


Viene tal vez Estrada, chiquito,
en su chaqué de antiguo enano
y entre una tos y otra los muros
de Guatemala fermentan
regados incesantemente
por los orines y las lágrimas.



Ubico


O es Ubico por los senderos,
atravesando los presidios
en motocicleta, frío
como una piedra, mascaròn
de la jerarquía del miedo.



Gòmez


Gòmez, tembladeral de Venezuela,
sumerge lentamente rostros,
inteligencia, en su cráter.
El hombre cae de noche en él
moviendo los brazos, tapándose
el rostro de los golpes crueles,
y se lo tragan cenagales,
se hunde en las bodegas subterráneas,
aparece en las carreteras
cavando cargado de hierro,
hasta morir despedazado,
desaparecido, perdido.



Machado


Machado en Cuba arreò su Isla
con máquinas, importò tormentos
hechos en Estados Unidos,
silbaron las ametralladoras
derribando la florescencia,
el néctar marino de Cuba,
y el estudiante apenas herido
era tirado al agua donde
los tiburones terminaban
la obra del benemérito.
Hasta México llegò la mano
del asesino, y rodò Mella
como un discòbolo sangrante
sobre la calle criminal
mientras la Isla ardía, azul,
empapelada en lotería,
hipotecada con azúcar.



Melgarejo


Bolivia muere en sus paredes
como una flor enrarecida:
se encaraman en sus monturas
los generales derrotados
y rompen cielos a pistolazos.
Máscara de Melgarejo,
bestia borracha, espumarajo
de minerales traicionados,
barba de infamia, barba horrenda
sobre los montes rencorosos,
barba arrastrada en el delirio,
barba cargada de coágulos,
barba hallada en las pesadillas
de la gangrena, barba errante
galopada por los potreros,
amancebada en los salones,
mientras el indio y su carga cruzan
la última sábana de oxígeno
trotando por los corredores
desangrados de la pobreza.



Bolivia (22 de marzo de 1895)


Belzu ha triunfado. Es de noche. La Paz arde
con los últimos tiros. Polvo seco
y baile triste hacia la altura
suben trenzados con alcohol lunario
y horrenda púrpura recién mojada.
Melgarejo ha caído, su cabeza
golpea contra el filo mineral
de la cima sangrienta, los cordones
de oro, la casaca
tejida de oro, la camisa
rota empapada de sudor maligno,
yacen junto al detritus del caballo
y a los sesos del nuevo fusilado.
Belzu en palacio, entre los guantes
y las levitas, recibe sonrisas,
se reparte el dominio del oscuro
pueblo en la altura alcoholizada,
los nuevos favoritos se deslizan
por los salones encerados
y las luces de lágrimas y lámparas
caen al terciopelo despeinado
por unos cuantos fogonazos.

Entre la muchedumbre
va Melgarejo, tempestuoso espectro
apenas sostenido por la furia.
Escucha el ámbito que fuera suyo,
la masa ensordecida, el grito
despedazado, el fuego de la hoguera
alto sobre los montes, la ventana
del nuevo vencedor.
Su vida (trozo
de fuerza ciega y òpera desatada
sobre los cráteres y las mesetas,
sueño de regimiento, en que los trajes
se vierten sobre tierras indefensas
con sables de cartòn, pero hay heridas
que mancillan, con muerte verdadera
y degollados, las plazas rurales,
dejando tras el coro enmascarado
y los discursos del Eminentísimo,
estiércol de caballos, seda, sangre
y los muertos de turno, rotos, rígidos
atravesados por el atronante
disparo de los rápidos rifleros)
ha caído en lo más hondo del polvo,
de lo desestimado y lo vacío,
de una tal vez muerte inundada
de humillaciòn, pero de la derrota
como un toro imperial saca las fauces,
escarba las metálicas arenas
y empuja el bestial paso vacilante
el minotauro boliviano andando
hacia las salas de oro clamoroso.
Entre la multitud cruza cortando
masa sin nombre, escala
pesadamente el trono enajenado,
y al vencedor caudillo asalta. Rueda
Belzu, manchado el almidòn, roto el cristal
que cae derramando su luz líquida
agujereado el pecho para siempre,
mientras el asaltante solitario
búfalo ensangrentado del incendio
sobre el balcòn apoya su estatura,
gritando: "Ha muerto Belzu",
"Quién vive", "Responded". Y de la plaza,
ronco un grito de tierra, un grito negro
de pánico y dé horror, responde: "Viva,
sí, Melgarejo, viva Melgarejo",
la misma multitud del muerto, aquella
que festejò el cadáver desangrándose
en la escalera del palacio. "Viva",
grita el fantoche colosal, que cubre
todo el balcòn con traje desgarrado,
barro de campamento y sangre sucia.



Martínez (1932)


Martínez, el curandero
de El Salvador reparte frascos
de remedios multicolores,
que los ministros agradecen
con prosternaciòn y zalemas.
El brujito vegetariano
vive recetando en palacio
mientras el hambre tormentosa
aúlla en los cañaverales.
Martínez entonces decreta:
y en unos días veinte mil
campesinos asesinados
se pudren en las aldeas
que Martínez manda incendiar
con ordenanzas de higiene.
De nuevo en palacio retorna
a sus jarabes, y recibe
las rápidas felicitaciones
del embajador norteamericano.
"Está asegurada -le dice-
la cultura occidental,
el cristianismo de Occidente
y además los buenos negocios,
las concesiones de bananas
y los controles aduaneros."
Y beben juntos una larga
copa de champagne, mientras cae
la lluvia caliente en las pútridas
agrupaciones del osario.



Las satrapías


Trujillo, Somoza, Carias,
hasta hoy, hasta este amargo
mes de septiembre
del año 1948,
con Moriñigo (o Natalicio)
en Paraguay, hienas voraces
de nuestra historia, roedores
de las banderas conquistadas
con tanta sangre y tanto fuego,
encharcados en sus haciendas,
depredadores infernales,
sátrapas mil veces vendidos
y vendedores, azuzados
por los lobos de Nueva York.
Máquinas hambrientas de dòlares,
manchadas en el sacrificio
de sus pueblos martirizados,
prostituidos mercaderes
del pan y el aire americano,
cenagales verdugos, piara
de prostibularios caciques,
sin otra ley que la tortura
y el hambre azotada del pueblo.

Doctores honoris causa
de Columbia University,
con la toga sobre las fauces
y sobre el cuchillo, feroces
trashumantes del Waldorf Asteria
y de las cámaras malditas
donde se pudren las edades
eternas del encarcelado.

Pequeños buitres recibidos
por Mr. Truman, recargados
de relojes, condecorados
por "Loyalty", desangradores
de patrias, sòlo hay uno
peor que vosotros, sòlo hay uno
y ése lo dio mi patria un día
para desdicha de mi pueblo.


las oligarquías


No, aún no secaban las banderas,
aún no dormían los soldados
cuando la libertad cambiò de traje,
se transformò en hacienda:
de las tierras recién sembradas
saliò una casta, una cuadrilla
de nuevos ricos con escudo,
con policía y con prisiones.

Hicieron una línea negra:
"Aquí nosotros, porfíristas
de México, "caballeros"
de Chile, pitucos
del Jockey Club de Buenos Aires,
engomados filibusteros
del Uruguay, pisaverdes
ecuatorianos, clericales
señoritos de todas partes".

"Allá vosotros, rotos, cholos,
pelados de México, gauchos,
amontonados en pocilgas,
desamparados, andrajosos,
piojentos, pililos, canalla,
desbaratados, miserables,
sucios, perezosos, pueblo."

Todo se edificò sobre la línea.
El arzobispo bautizò este muro
y estableciò anatemas incendiarios
sobre el rebelde que desconociera
la pared de la casta.

Quemaron por la mano del verdugo
los libros de Bilbao.
El policía
custodiò la muralla, y al hambriento
que se acercò a los mármoles sagrados
le dieron con un palo en la cabeza
o lo enchufaron en un cepo agrícola
o a puntapiés lo nombraron soldado.

Se sintieron tranquilos y seguros.
El pueblo fue por calles y campiñas
a vivir hacinado, sin ventanas,
sin suelo, sin camisa,
sin escuela, sin pan.

Anda por nuestra América un fantasma
nutrido de detritus, iletrado,
errante, igual en nuestras latitudes,
saliendo de las cárceles fangosas,
arrabalero y pròfugo, marcado
por el temible compatriota lleno
de trajes, òrdenes y corbatines.

En México produjeron pulque
para él, en Chile
vino litriado de color violeta,
lo envenenaron, le rasparon
el alma pedacito a pedacito,
le negaron el libro y la luz,
hasta que fue cayendo en polvo,
hundido en el desván tuberculoso,
y entonces no tuvo entierro
litúrgico: su ceremonia
fue meterlo desnudo entre otras
carroñas que no tienen nombre.



Promulgaciòn de la Ley del Embudo


Ellos se declararon patriotas.
En los clubs se condecoraron
Y fueron escribiendo la historia.
Los Parlamentos se llenaron
de pompa, se repartieron
después la tierra, la ley,
las mejores calles, el aire,
la Universidad, los zapatos.

Su extraordinaria iniciativa
fue el Estado erigido en esa
forma, la rígida impostura.
Lo debatieron, como siempre,
con solemnidad y banquetes,
primero en círculos agrícolas,
con militares y abogados.
Y al fin llevaron al Congreso
la Ley suprema, la famosa,
la respetada, la intocable
Ley del Embudo.
Fue aprobada.

Para el rico la buena mesa.

La basura para los pobres.

El dinero para los ricos.

Para los pobres el trabajo.

Para los ricos la casa grande.

El tugurio para los pobres.

El fuero para el gran ladròn.

La cárcel al que roba un pan.

París, París, para los, señoritos.

El pobre a la mina, al desierto.

El señor Rodríguez de la Crotá
hablò en el Senado con voz
meliflua y elegante.
"Esta ley, al fin, establece
la jerarquía obligatoria
y sobre todo los principios
de la cristiandad.
Era
tan necesaria corno el agua.
Sòlo los comunistas, venidos
del infierno, como se sabe,
pueden discutir este Còdigo
del Embudo, sabio y severo.
Pero esta oposiciòn asiática,
venida del sub-hombre, es sencillo
refrenarla: a la cárcel todos,
al campo de concentraciòn,
así quedaremos sòlo
los caballeros distinguidos
y los amables yanaconas
del Partido Radical."

Estallaron los aplausos
de los bancos aristocráticos:
qué elocuencia, qué espiritual,
qué filòsofo, qué lumbrera!
Y corriò cada uno a llenarse
los bolsillos en su negocio,
uno acaparando la leche,
otro estafando en el alambre,
otro robando en el azúcar
y todos llamándose a voces
patriotas con el monopolio
del patriotismo, consultado
también en la Ley del Embudo.



Elecciòn en Chimbáronlo (1947)


En Chimbarongo, en Chile, hace tiempo
fui a una elecciòn senatorial.
Vi còmo eran elegidos
los pedestales de la patria.
A las once de la mañana
llegaron del campo las carretas
atiborradas de inquilinos.

Era en invierno, mojados,
sucios, hambrientos, descalzos,
los siervos de Chimbarongo
descienden de las carretas.
Torvos, tostados, harapientos,
son apiñados, conducidos
con una boleta en la mano,
vigilados y apretujados
vuelven a cobrar la paga,
y otra vez hacia las carretas
enfilados como caballos
los han conducido.
Más tarde
les han tirado carne y vino
hasta dejarlos bestialmente
envilecidos y olvidados.

Escuché más tarde el discurso,
del senador así elegido:
"Nosotros, patriotas cristianos,
nosotros, defensores del orden,
nosotros, hijos del espíritu".

Y estremecía su barriga
su voz de vaca aguardentosa
que parecía tropezar
como una trompa de mamuth
en las bòvedas tenebrosas
de la silbante prehistoria.



La crema


Grotescos, falsos aristòcratas
de nuestra América, mamíferos
recién estucados, jòvenes
estériles, pollinos sesudos,
hacendados malignos, héroes
de la borrachera en el Club,
salteadores de banca y bolsa,
pijes, granfínos, pitucos,
apuestos tigres de Embajada,
pálidas niñas principales,
flores carnívoras, cultivos
de las cavernas perfumadas,
enredaderas chupadoras
de sangre, estiércol y sudor,
lianas estranguladoras,
cadenas de boas feudales.

Mientras temblaban las praderas
con el galope de Bolívar,
o de 0'Higgins (soldados pobres,
pueblo azotado, héroes descalzos),
vosotros formasteis las filas
del rey, del pozo clerical,
de la traiciòn a las banderas,
pero cuando el viento arrogante
del pueblo, agitando sus lanzas,
nos dejò la patria en los brazos,
surgisteis alambrando tierras,
midiendo cercas, hacinando
áreas y seres, repartiendo:
la policía y los estancos.

El pueblo volviò de las guerras,
se hundiò en las minas, en la oscura
profundidad de los corrales,
cayò en los surcos pedregosos,
moviò las fábricas grasientas,
procreando en los conventillos,
en las habitaciones repletas
con otros seres desdichados.

Naufragò en vino hasta perderse,
abandonado, invadido
por un ejército de piojos
y de vampiros, rodeado
de muros y comisarías,
sin pan, sin música, cayendo
en la soledad desquiciada
donde Orfeo le deja apenas
una guitarra para su alma,
una guitarra que se cubre
de cintas y desgarraduras
y canta encima de los pueblos
como el ave de la pobreza.



los poetas celestes


Qué hicisteis vosotros, gidistas
intelectualistas, rilkistas,
misterizantes, falsos brujos
existenciales, amapolas
surrealistas encendidas
en una tumba, europeizados
cadáveres de la moda,
pálidas lombrices del queso
capitalista, qué hicisteis
ante el reinado de la angustia,
frente a este oscuro ser humano,
a esta pateada compostura,
a esta cabeza sumergida
en el estiércol, a esta esencia
de ásperas vidas pisoteadas?

No hicisteis nada sino la fuga:
vendisteis hacinado detritus,
buscasteis cabellos celestes,
plantas cobardes, uñas rotas,
"belleza pura", "sortilegio",
obras de pobres asustados
para evadir los ojos, para
enmarañar las delicadas
pupilas, para subsistir
con el plato de restos sucios
que os arrojaron los señores,
sin ver la piedra en agonía,
sin defender, sin conquistar,
más ciegos que las coronas
del cementerio, cuando cae
la lluvia sobre las inmòviles
flores podridas de las tumbas.



los explotadores


Así fue devorada,
negada, sometida, arañada, robada,
joven América, tu vida.

De los despeñaderos de la còlera
donde el caudillo pisoteò cenizas
y sonrisas recién tumbadas,
hasta las máscaras patriarcales
de los bigotudos señores
que presidieron la mesa dando
la bendiciòn a los presentes
y ocultando los verdaderos
rostros de oscura saciedad,
de concupiscencia sombría
y cavidades codiciosas:
fauna de fríos mordedores
de la ciudad, tigres terribles,
comedores de carne humana,
expertos en la cacería
del pueblo hundido en las tinieblas,
desamparado en los rincones,
en los sòtanos de la tierra.



los siúticos


Entre la miasma ganadera
o papelera, o coctelera
viviò el producto azul, el pétalo
de la podredumbre altanera.
Fue el "siútico" de Chile, el Raúl
Aldunatillo (conquistador
de revistas con manos ajenas,
con manos que mataron indios),
el Teniente cursi, el Mayor
Negocio, el que compra letras
y se estima letrado, compra
sable y se cree soldado,
pero no puede comprar pureza
y escupe entonces como víbora.

Pobre América revendida
en los mercados de la sangre,
por los mugrones enterrados
que resurgen en el salòn
de Santiago, de Minas Geraes
haciendo "elegancia", caninos
caballeretes de boudoir,
pecheras inútiles, palos
del golf de la sepultura.
Pobre América, enmascarada
por elegantes transitorios,
falsificadores de rostros,
mientras, abajo, el viento negro
hiere el corazòn derribado
y rueda el héroe del carbòn
hacia el osario de los pobres,
barrido por la pestilencia,
cubierto por la oscuridad,
dejando siete hijos hambrientos
que arrojarán a los caminos.



los validos


En el espeso queso cárdeno
de la tiranía amanece
otro gusano: el favorito.

Es el cobardòn arrendado
para alabar las manos sucias.
Es orador o periodista.
Despierta de pronto en palacio,
y mastica con entusiasmo
las deyecciones del soberano,
elucubrando largamente
sobre sus gestos, enturbiando
el agua y pescando sus peces
en la laguna purulenta.
Llamémosle Darío Poblete,
o Jorge Delano "Coke".
(Es igual, podría llamarse
de otra manera, existiò cuando
Machado calumniaba a Mella,
después de haberlo asesinado.)

Allí Poblete hubiera escrito
sobre los "viles enemigos"
del "Pendes de La Habana".
Más tarde Poblete besaba
las herraduras de Trujillo,
la montura de Moriñigo,
el ano de Gabriel González.

Fue ayer igual, recién salido
de la montonera, alquilado
para mentir, para ocultar
ejecuciones y saqueos,
que hoy, levantando su cobarde
pluma sobre los tormentos
de Pisagua, sobre el dolor
de miles de hombres y mujeres.

Siempre el tirano en nuestra negra
geografía martirizada
hallò un bachiller cenagoso
que repartiera la mentira
y que dijera: El Serenísimo,
el Constructor, el Gran Repúblico
que nos gobierna, y deslizara
entre la tinta emputecida
sus garras negras de ladròn.
Cuando el queso está consumido
y el tirano cae al infierno,
el Poblete desaparece,
el Delano "Coke" se esfuma,
el gusano vuelve al estiércol,
esperando la rueda infame
que aleja y trae tiranías,
para aparecer sonriente
con un nuevo discurso escrito
para el déspota que despunta.

Por eso, pueblo, antes que a nadie,
busca al gusano, rompe su alma
y que su líquido aplastado,
su oscura materia viscosa
sea la última escritura,
la despedida de una tinta
que borraremos de la tierra.



los abogados del dòlar


Infierno americano, pan nuestro
empapado en veneno, hay otra
lengua en tu pérfida fogata:
es el abogado criollo
de la compañía extranjera.

Es el que remacha los grillos
de la esclavitud en su patria,
y desdeñoso se pasea
con la casta de los gerentes
mirando con aire supremo
nuestras banderas harapientas.

Cuando llegan de Nueva York
las avanzadas imperiales,
ingenieros, calculadores,
agrimensores, expertos,
y miden tierra conquistada,
estaño, petròleo, bananas,
nitrato, cobre, manganeso,
azúcar, hierro, caucho, tierra,
se adelanta un enano oscuro,
con una sonrisa amarilla,
y aconseja, con suavidad,
a los invasores recientes:

No es necesario pagar tanto
a estos nativos, sería
torpe, señores, elevar
estos salarios. No conviene.
Estos rotos, estos cholitos
no sabrían sino embriagarse
con tanta plata. No, por Dios.
Son primitivos, poco más
que bestias; los conozco mucho.
No vayan a pagarles tanto.

Es adoptado. Le ponen
librea. Viste de gringo,
escupe como gringo. Baila
como gringo, y sube.
Tiene automòvil, whisky, prensa,
lo eligen juez y diputado,
lo condecoran, es ministro,
y es escuchado en el Gobierno.
Él sabe quién es sobornable.
El sabe quién es sobornado.
Él lame, unta, condecora,
halaga, sonríe, amenaza.
Y así vacían por los puertos
las repúblicas desangradas.

Dònde habita, preguntaréis,
este virus, este abogado,
este fermento del detritus,
este duro piojo sanguíneo,
engordado con nuestra sangre?
Habita las bajas regiones
ecuatoriales, el Brasil,
pero también es su morada
el cinturòn central de América.

Lo encontraréis en la escarpada
altura de Chuquicamata.
Donde huele riqueza, sube
los montes, cruza los abismos,
con las recetas de su còdigo
para robar la tierra nuestra.
Lo hallaréis en Puerto Limòn,
en Ciudad Trujillo, en Iquique,
en Caracas, en Maracaibo,
en Antofagasta, en Honduras,
encarcelando a nuestro hermano,
acusando a su compatriota,
despojando peones, abriendo
puertas de jueces y hacendados,
comprando prensa, dirigiendo
la policía, el palo, el rifle
contra su familia olvidada.

Pavoneándose, vestido
de smoking, en las recepciones,
inaugurando monumentos
con esta frase: Señores,
la Patria antes que la vida,
es nuestra madre, es nuestro suelo,
defendamos el orden, hagamos
nuevos presidios, otras cárceles.

Y muere glorioso, "el patriota"
senador, patricio eminente,
condecorado por el Papa,
ilustre, pròspero, temido,
mientras la trágica ralea
de nuestros muertos, los que hundieron
la mano en el cobre, arañaron
la tierra profunda y severa,
mueren golpeados y olvidados,
apresuradamente puestos
en sus cajones funerales:
un nombre, un número en la cruz
que el viento sacude, matando
hasta la cifra de los héroes.



diplomáticos (1948)


Si usted nace tonto en Rumania
sigue la carrera de tonto,
si usted es tonto en Avignon
su calidad es conocida
por las viejas piedras de Francia,
por las escuelas y los chicos
irrespetuosos de las granjas.
Pero si usted nace tonto en Chile
pronto lo harán embajador.

Llámese usted tonto Mengano,
tonto Joaquín Fernández, tonto
Fulano de Tal, si es posible
tenga una barba acrisolada.
Es todo cuanto se le exige
para "entablar negociaciones".

Informará después, sabihondo,
sobre su espectacular
presentaciòn de credenciales,
diciendo: Etc., la carroza,
etc.. Su Excelencia, etc.,
frases, etc., benévolas.

Tome una voz ahuecada y un
tono de vaca protectiva,
condecòrese mutuamente
con el enviado de Trujillo,
mantenga discretamente
una garconníére ("usted sabe,
las conveniencias de estas cosas
para los Tratados de Límites"),
remita en algo disfrazado
el editorial del periòdico
doctoral, que desayunando
leyò anteayer: es un "informe".

Júntese con lo "granado"
de la "sociedad", con los tontos
de aquel país, adquiera cuanta
platería pueda comprar,
hable en los aniversarios
junto a los caballos de bronce,
diciendo: Ejem, los vínculos,
etc., ejem, etc.,
ejem, los descendientes
etc., la raza, ejem, el puro,
el sacrosanto, ejem, etc.

Y quédese tranquilo, tranquilo:
es usted un buen diplomático
de Chile, es usted un tonto
condecorado y prodigioso.



los burdeles


De la prosperidad naciò el burdel,
acompañando el estandarte
de los billetes hacinados:
sentina respetada
del capital, bodega de la nave
de mi tiempo.
Fueron mecanizados
burdeles en la cabellera
de Buenos Aires, carne fresca
exportada por el infortunio
de las ciudades y los campos
remotos, en donde el dinero
acechò los pasos del cántaro
y aprisionò la enredadera.
Rurales lenocinios, de noche,
en invierno, con los caballos
a la puerta de las aldeas
y las muchachas atolondradas
que cayeron de venta en venta
en la mano de los magnates.
Lentos prostíbulos provinciales
en que los hacendados del pueblo
-dictadores de la vendimia -
aturden la noche venérea
con espantosos estertores.
Por los rincones, escondidas,
grey de rameras, inconstantes
fantasmas, pasajeras
del tren mortal, ya os tomaron,
ya estáis en la red mancillada,
ya no podéis volver al mar,
ya os acecharon y cazaron,
ya estáis muertas en el vacío
de lo más vivo de la vida,
ya podéis deslizar la sombra
por las paredes: a ninguna o
tra parte sino a la muerte
van estos muros por la tierra.



procesiòn en lima (1947)


Eran muchos, llevaban el ídolo
sobre los hombros, era espesa
la cola de la muchedumbre
como una salida del mar
con morada fosforescencia.

Saltaban bailando, elevando
graves murmullos masticados
que se unían a la fritanga
y a los tétricos tamboriles.

Chalecos morados, zapatos
morados, sombreros
llenaban de manchas violetas
las avenidas como un río
de enfermedades pustulosas
que desembocaba en los vidrios
inútiles de la catedral.
Algo infinitamente lúgubre
como el incienso, la copiosa
aglomeraciòn de las llagas
hería los ojos uniéndose
con las llamas afrodisíacas
del apretado río humano.

Vi al obeso terrateniente
sudando en las sobrepellices,
rascándose los goterones
de sagrada esperma en la nuca.

Vi al zarrapastroso gusano
de las estériles montañas,
al indio de rostro perdido
en las vasijas, al pastor
de llamas dulces, a las niñas
cortantes de las sacristías,
a los profesores de aldea
con rostros azules y hambrientos.
Narcotizados bailadores
con camisones purpurinos
iban los negros pataleando
sobre tambores invisibles.
Y todo el Perú se golpeaba
el pecho mirando la estatua
de una señora remilgada,
azul-celeste y rosadilla
que navegaba las cabezas
en su barco de confitura
hinchado de aire sudoroso.



la standard oil co.


Cuando el barreno se abriò pasò
hacia las simas pedregales
y hundiò su intestino implacable
en las haciendas subterráneas,
y los años muertos, los ojos
de las edades, las raíces
de las plantas encarceladas
y los sistemas escamosos
se hicieron estratas del agua,
subiò por los tubos el fuego
convertido en líquido frío,
en la aduana de las alturas
a la salida de su mundo
de profundidad tenebrosa,
encontrò un pálido ingeniero
y un título de propietario.

Aunque se enreden los caminos
del petròleo, aunque las napas
cambien su sitio silencioso
y muevan su soberanía
entre los vientres de la tierra,
cuando sacude el surtidor
su ramaje de parafina,
antes llegò la Standard Oil
con sus letrados y sus botas,
con sus cheques y sus fusiles,
con sus gobiernos y sus presos.

Sus obesos emperadores
viven en New York, son suaves
y sonrientes asesinos,
que compran seda, nylon, puros,
tiranuelos y dictadores.

Compran países, pueblos, mares,
policías, diputaciones,
lejanas comarcas en donde
los pobres guardan su maíz
como los avaros el oro:
la Standard Oil los despierta,
los uniforma, les designa
cuál es el hermano enemigo,
y el paraguayo hace su guerra
y el boliviano se deshace
con su ametralladora en la selva.

Un presidente asesinado
por una gota de petròleo,
una hipoteca de millones
de hectáreas, un fusilamiento
rápido en una mañana
mortal de luz, petrificada,
un nuevo campo de presos
subversivos, en Patagonia,
una traiciòn, un tiroteo
bajo la luna petrolada,
un cambio sutil de ministros
en la capital, un rumor
como una marea de aceite,
y luego el zarpazo, y verás
còmo brillan, sobre las nubes,
sobre los mares, en tu casa,
las letras de la Standard Oil
iluminando sus dominios.



la anaconda coopper mining co.


Nombre enrollado de serpiente,
fauce insaciable, monstruo verde,
en las alturas agrupadas,
en la montura enrarecida
de mi país, bajo la luna
de la dureza, excavadora,
abres los cráteres lunarios
del mineral, las galerías
del cobre virgen, enfundado
en sus arenas de granito.

Yo he visto arder en la noche eterna
de Chuquicamata, en la altura,
el fuego de los sacrificios,
la crepitaciòn desbordante
del cíclope que devoraba
la mano, el peso, la cintura
de los chilenos, enrollándolos
bajo sus vértebras de cobre,
vaciándoles la sangre tibia,
triturando los esqueletos
y escupiéndolos en los montes
de los desiertos desolados.

El aire suena en las alturas
de Chuquicamata estrellada.
Los socavones aniquilan
con manos pequeñitas de hombre
la resistencia del planeta,
trepida el ave sulfurosa
de las gargantas, se amotina
el férreo frío del metal
con sus hurañas cicatrices,
y cuando aturden las bocinas
la tierra se traga un desfile
de hombres minúsculos que bajan
a las mandíbulas del cráter.
Son pequeñitos capitanes,
sobrinos míos, hijos míos,
y cuando vierten los lingotes
hacia los mares, y se limpian
la frente y vuelven trepidando
en el último escalofrío,
la gran serpiente se los come,
los disminuye, los tritura,
los cubre de baba maligna,
los arroja por los caminos,
los mata con la policía,
los hace pudrir en Pisagua,
los encarcela, los escupe,
compra un Presidente traidor
que los insulta y los persigue,
los mata de hambre en las llanuras
de la inmensidad arenosa.

Y hay una y otra cruz torcida
en las laderas infernales
como única leña dispersa
del árbol de la minería.



la united fruit co.


Cuando sonò la trompeta, estuvo
todo preparado en la tierra
y Jehová repartiò el mundo
a Coca-Cola Inc., Anaconda,
Ford Motors, y otras entidades:
la Compañía Frutera Inc.
se reservò lo más jugoso,
la costa central de mi tierra,
la dulce cintura de América.
Bautizò de nuevo sus tierras
como «Repúblicas Bananas»
y sobre los muertos dormidos,
sobre los héroes inquietos
que conquistaron la grandeza,
la libertad y las banderas,
estableciò la òpera bufa:
enajenò los albedríos,
regalò coronas de César,
desenvainò la envidia, atrajo
la dictadura de las moscas,
moscas Trujillo, moscas Tachos,
moscas Carias, moscas Martínez,
moscas Ubico, moscas húmedas
de sangre humilde y mermelada,
moscas borrachas que zumban
sobre las tumbas populares,
moscas de circo, sabias moscas
entendidas en tiranía.

Entre las moscas sanguinarias
la Frutera desembarca,
arrasando el café y las frutas
en sus barcos que deslizaron
como bandejas el tesoro
de nuestras tierras sumergidas.

Mientras tanto, por los abismos
azucarados de los puertos,
caían indios sepultados
en el vapor de la mañana:
un cuerpo rueda, una cosa
sin nombre, un número caído,
un racimo de fruta muerta
derramada en el pudridero.



las tierras y los hombres


Viejos terratenientes incrustados
en la tierra como huesos
de pavorosos animales,
supersticiosos herederos
de la encomienda, emperadores
de una tierra oscura, cerrada
con odio y cercados de púa.

Entre los cercos el estambre
del ser humano fue ahogado,
el niño fue enterrado vivo,
se le negò el pan y la letra,
se le marcò como inquilino,
se le condenò a los corrales.
Pobre peòn infortunado
entre las zarzas, amarrado
a la no existencia, a la sombra
de las praderías salvajes.

Sin libro fuiste carne inerme,
y luego insensato esqueleto,
comprado de una vida a otra,
rechazado en la puerta blanca
sin más amor que una guitarra
desgarradora en su tristeza
y el baile apenas encendido
como una ráfaga mojada.

Pero no sòlo fue en los campos
la herida del hombre. Más lejos,
más cerca, más hondo clavaron:
en la ciudad, junto al palacio,
creciò el conventillo leproso,
pululante de porquería,
con su acusadora gangrena.

Yo he visto en los agrios recodos
de Talcahuano, en la encharcada
cenicería de los cerros,
hervir los pétalos inmundos
de la pobreza, el amasijo
de corazones degradados,
la pústula abierta en la sombra
del atardecer submarino,
la cicatriz de los harapos,
y la substancia envejecida
del hombre hirsuto y apaleado.

Yo entré en las casas profundas,
como cuevas de ratas, húmedas
de salitre y de sal podrida,
vi arrastrarse seres hambrientos,
oscuridades desdentadas,
que trataban de sonreírme
a través del aire maldito.

Me atravesaron los dolores
de mi pueblo, se me enredaron
como alambrados en el alma:
me crisparon el corazòn:
salí a gritar por los caminos,
salí a llorar envuelto en humo,
toqué las puertas y me hirieron
como cuchillos espinosos,
llamé a los rostros impasibles
que antes adoré como estrellas
y me mostraron su vacío.

Entonces me hice soldado:
número oscuro, regimiento,
orden de puños combatientes,
sistema de la inteligencia,
fibra del tiempo innumerable,
árbol armado, indestructible
camino del hombre en la tierra.

Y vi cuántos éramos, cuántos
estaban junto a mí, no eran
nadie, eran todos los hombres,
no tenían rostro, eran pueblo,
eran metal, eran caminos.
Y anduve con los mismos pasos
de la primavera en el mundo.



los mendigos


Junto a las catedrales, anudados
al muro, acarrearon
sus pies, sus bultos, sus miradas negras,
sus crecimientos lívidos de gárgolas,
sus latas andrajosas de comida,
y desde allí, desde la dura
santidad de la piedra,
se hicieron flora de la calle, errantes
flores de las legales pestilencias.

El parque tiene sus mendigos
como sus árboles de torturados
ramajes y raíces:
a los pies del jardín vive el esclavo,
como al final del hombre, hecho basura,
aceptada su impura simetría,
listo para la escoba de la muerte.
La caridad lo entierra
en su agujero de tierra leprosa:
sirve de ejemplo al hombre de mis días.
Debe aprender a pisotear, a hundir
la especie en los pantanos del desprecio,
a poner los zapatos en la frente
del ser con uniforme de vencido,
o por lo menos debe comprenderlo
en los productos de la naturaleza.
Mendigo americano, hijo del año
1948, nieto
de catedrales, yo no te venero,
yo no voy a poner marfil antiguo,
barbas de rey en tu escrita figura,
como te justifican en los libros,
yo te voy a borrar con esperanza:
no entrarás a mi amor organizado,
no entrarás a mi pecho con los tuyos,
con los que te crearon escupiendo
tu forma degradada,
yo apartaré tu arcilla de la tierra
hasta que te construyan los metales
y salgas a brillar como una espada.



los indios


El indio huyò desde su piel al fondo
de antigua inmensidad de donde un día
subiò como las islas: derrotado,
se transformò en atmòsfera invisible,
se fue abriendo en la tierra, derramando
su secreta señal sobre la arena.

El que gastò la luna, el que peinaba
la misteriosa soledad del mundo,
el que no transcurriò sin levantarse
en altas piedras de aire coronadas,
el que durò como la luz celeste
bajo la magnitud de su arboleda,
se gastò de repente hasta ser hilo,
se convirtiò en arrugas,
desmenuzò sus torres torrenciales
y recibiò su paquete de harapos.

Yo lo vi en las alturas imantadas
de Amatitlán, royendo las orillas
del agua impenetrable: anduve un día
sobre la majestad abrumadora
del monte boliviano, con sus restos
de pájaro y raíz.
Yo yi llorar
a mi hermano de loca poesía,
Alberti, en los recintos araucanos,
cuando lo rodearon como a Ercilla
y eran, en vez de aquellos dioses rojos,
una cadena cárdena de muertos.

Más lejos, en la red de agua salvaje
de la Tierra del Fuego,
los vi subir, oh lobos, desgreñados,
a las piraguas rotas,
a mendigar el pan en el Océano.

Allí fueron matando cada fibra
de sus desérticos dominios,
y el cazador de indios recibía
sucios billetes por traer cabezas,
de los dueños del aire, de los reyes
de la nevada soledad antartica.

Los que pagaron crímenes se sientan
hoy en el Parlamento, matriculan
sus matrimonios en las Presidencias,
viven con cardenales y gerentes,
y sobre la garganta acuchillada
de los dueños del Sur crecen las flores.

Ya de la Araucanía los penachos
fueron desbaratados por el vino,
raídos por la pulpería,
ennegrecidos por los abogados
al servicio del robo de su reino,
y a los que fusilaron a la tierra,
a los que en los caminos defendidos
por el gladiador deslumbrante
de nuestra propia orilla
entraron disparando y negociando,
llamaron «Pacificadores»
y les multiplicaron charreteras.

Así perdiò, sin ver, así invisible
fue para el indio el desmoronamiento
de su heredad: no vio los estandartes,
no echo a rodar la flecha ensangrentada,
sino que lo royeron, poco a poco,
magistrados, rateros, hacendados,
todos tomaron su imperial dulzura,
todos se le enredaron en la manta
hasta que lo tiraron desangrándose
a las últimas ciénagas de América.

Y de las verdes láminas, del cielo
innumerable y puro del follaje,
de la inmortal morada construida
con pétalos pesados de granito,
fue conducido a la cabana rota,
al árido albañal de la miseria.
De la fulguradora desnudez,
dorados pechos, pálida cintura,
o de los ornamentos minerales
que unieron a su piel todo el rocío,
lo llevaron al hilo del andrajo,
le repartieron pantalones muertos
y así paseò su majestad parchada
por el aire del mundo que fue suyo.
Así fue cometido este tormento.

El hecho fue invisible como entrada
de traidor, como impalpable cáncer,
hasta que fue agobiado nuestro padre,
hasta que le enseñaron a fantasma
y entrò a la única puerta que le abrieron
la puerta de otros pobres, la de todos
los azotados pobres de la tierra.



los jueces


Por el alto Perú, por Nicaragua,
sobre la Patagonia, en las ciudades,
no tuviste razòn, no tienes nada:
copa de miseria, abandonado
hijo de las Américas, no hay ley,
no hay juez que te proteja
la tierra, la casita con maíces.

Cuando llegò la casta de los tuyos,
de los señores tuyos, ya olvidado
el sueño antiguo de garras y cuchillos,
vino la ley a despoblar tu cielo,
a arrancarte terrones adorados,
a discutir el agua de los ríos,
a robarte el reinado de los árboles.

Te atestiguaron, te pusieron sellos
en la camisa, te forraron
el corazòn con hojas y papeles,
te sepultaron en edictos fríos,
y cuando despertaste en la frontera
de la más despeñada desventura,
desposeído, solitario, errante,
te dieron calabozo, te amarraron,
te maniataron para que nadando
no salieras del agua de los pobres,
sino que te ahogaras pataleando.

El juez benigno te lee el inciso
número Cuatromil, Tercer acápite,
el mismo usado en toda :
la geografía azul que libertaron
otros que fueron como tú y cayeron,
y te instituye por su codicilo
y sin apelaciòn, perro sarnoso.

Dice tu sangre, còmo entretejieron
al rico y a la ley? Con qué tejido
de hierro sulfuroso, còmo fueron
cayendo pobres al juzgado?

Còmo se hizo la tierra tan amarga
para los pobres hijos, duramente
amamantados con piedra y dolores?

Así pasò y así lo dejo escrito.
Las vidas lo escribieron en mi frente.




los muertos de la plaza (28 de enero de 1948, Santiago de Chile)


Yo no vengo a llorar aquí donde cayeron:
vengo a vosotros, acudo a los que viven.
Acudo a ti y a mí y en tu pecho golpeo.
Cayeron otros antes. Recuerdas? Sí, recuerdas.
Otros que el mismo nombre y apellido tuvieron.
En San Gregorio, en Lonquimay lluvioso,
en Ranquil, derramados por el viento,
en Iquique, enterrados en la arena,
a lo largo del mar y del desierto,
a lo largo del humo y de la lluvia,
desde las pampas a los archipiélagos
fueron asesinados otros hombres,
otros que como tú se llamaban Antonio
y que eran como tú pescadores o herreros:
carne de Chile, rostros
cicatrizados por el viento,
martirizados por la pampa,
firmados por el sufrimiento.

Yo encontré por los muros de la patria,
junto a la nieve y su cristalería,
detrás del río de ramaje verde,
debajo del nitrato y de la espiga,
una gota de sangre de mi pueblo
y cada gota, como el fuego, ardía.



Las masacres


Pero entonces la sangre fue escondida;
detrás de las raíces, fue lavada
y negada
(fue tan lejos), la lluvia del Sur la borrò de la tierra
(tan lejos fue), el salitre la devorò en la pampa:
y la muerte del pueblo fue como siempre ha sido:
como si no muriera nadie, nada,
como si fueran piedras las que caen
sobre la tierra, o agua sobre el agua.

De Norte a Sur, adonde trituraron
o quemaron los muertos,
fueron en las tinieblas sepultados,
o en la noche quemados en silencio,
acumulados en un pique
o escupidos al mar sus huesos:
nadie sabe dònde están ahora,
no tienen tumba, están dispersos
en las raíces de la patria
sus martirizados dedos:
sus fusilados corazones:
la sonrisa de los chilenos:
los valerosos de la pampa:
los capitanes del silencio.

Nadie sabe dònde enterraron
los asesinos estos cuerpos,
pero ellos saldrán de la tierra
a cobrar la sangre caída
en la resurrecciòn del pueblo.

En medio de la Plaza fue este crimen.

No escondiò el matorral la sangre pura
del pueblo, ni la tragò la arena de la pampa.

Nadie escondiò este crimen.

Este crimen fue en medio de la Patria.



Los hombres del nitrato


Yo estaba en el salitre, con los héroes Oscuros,
con el que cava nieve fertilizante y fina
en la corteza dura del planeta,
y estreché con orgullo sus manos de tierra.

Ellos me dijeron: «Mira,
hermano, còmo vivimos,
aquí en "Humberstone", aquí én."Mapocho",
en "Rica ventura", en "Paloma",
en "Pan de Azúcar", en "Piojillo"».

Y me mostraron sus raciones
de miserables alimentos,
su piso de tierra en las casas,
el sol, el polvo, las vinchucas,
y la soledad inmensa.

Yo vi el trabajo de los derripíadores,
que dejan sumida, en el mango
de la madera de la pala,
toda la huella de sus manos.

Yo escuché una voz que venía
desde el fondo estrecho del pique,
como de un útero infernal,
y después asomar arriba
una criatura sin rostro,
una máscara polvorienta
de sudor, de sangre y de polvo.

Y ése me dijo: «Adonde vayas,
habla tú de estos tormentos,
habla tú, hermano, de tu hermano
que vive abajo, en el infierno».



La muerte


Pueblo, aquí decidiste dar tu mano
al perseguido obrero de la pampa, y llamaste,
llamaste al hombre, a la mujer, al niño,
hace un año, a esta Plaza.
Y aquí cayò tu sangre.
En medio de la patria fue vertida,
frente al palacio, en medio de la calle,
para que la mirara todo el mundo
y no pudiera borrarla nadie,
y quedaron sus manchas rojas
como planetas implacables.

Fue cuando mano y mano de chileno
alargaron sus dedos a la pampa,
y con el corazòn entero
iría la unidad de sus palabras:
fue cuando ibas, pueblo, a cantar
una vieja canciòn con lágrimas,
con esperanza y con dolores:
vino la mano del verdugo
y empapò de sangre la plaza!



Còmo nacen las banderas


Están así hasta hoy nuestras banderas.
El pueblo las bordò con su ternura,
cosiò los trapos con su sufrimiento.

Clavò la estrella con su mano ardiente.
Y cortò, de camisa o firmamento,
azul para la estrella de la patria.

El rojo, gota a gota, iba naciendo.



Los llamo


Uno a uno hablaré con ellos esta tarde.
Uno a uno, llegáis en el recuerdo,
esta tarde, a esta plaza.

Manuel Antonio Lòpez,
camarada.

Lisboa Calderòn,
otros te traicionaron, nosotros continuamos tu jornada.

Alejandro Gutiérrez,
el estandarte que cayò contigo
sobre toda la tierra se levanta.

César Tapia,
tu corazòn está en estas banderas,
palpita hoy en el viento de la plaza.

Filomeno Chávez,
nunca estreché tu mano, pero aquí está tu mano:
es una mano pura que la muerte no mata.

Ramona Parra, joven
estrella iluminada,
Ramona Parra, frágil heroína,
Ramona Parra, flor ensangrentada,
amiga nuestra, corazòn valiente,
niña ejemplar, guerrillera dorada:
juramos en tu nombre continuar esta lucha
para que así florezca tu sangre derramada.



Los enemigos


Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pòlvora, ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayò con su bandera,
y el joven sonriente rodò a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio
donde cayeron los asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

Por esos muertos, nuestros muertos,
pido castigo.

Para los que de sangre salpicaron la patria,
pido castigo.

Para el verdugo que mandò esta muerte,
pido castigo.

Para el traidor que ascendiò sobre el crimen,
pido castigo.

Para el que dio la orden de agonía,
pido castigo.

Para los que defendieron este crimen,
pido castigo.

No quiero que me den la mano
empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.
No los quiero de embajadores,
tampoco en su casa tranquilos,
los quiero ver aquí juzgados
en esta plaza, en este sitio.

Quiero castigo.



Están aquí


He de llamar aquí como si aquí estuvieran.
Hermanos: sabed que nuestra lucha
continuará en la tierra.

Continuará en la fábrica, en el campo,
en la calle, en la salitrera.
En el cráter del cobre verde y rojo,
en el carbòn y su terrible cueva.
Estará nuestra lucha en todas partes,
y en nuestro corazòn, estas banderas
que presenciaron vuestra muerte,
que se empaparon en la sangre vuestra,
se multiplicarán como las hojas
de la infinita primavera.



Siempre


Aunque los pasos toquen mil años este sitio,
no borrarán la sangre de los que aquí cayeron.

Y no Se extinguirá la hora en que caísteis,
aunque miles de voces crucen este silencio.
La lluvia empapará las piedras de la plaza,
pero no apagará vuestros nombres de fuego.

Mil noches caerán con sus alas oscuras,
sin destruir el día que esperan estos muertos.

El día que esperamos a lo largo del mundo
tantos hombres, el día final del sufrimiento.

Un día de justicia conquistada en la lucha,
y vosotros, hermanos caídos, en silencio,
estaréis con nosotros en ese vasto día
de la lucha final, en ese día inmenso.




crònica de 1948 (américa)


Mal año, año de ratas, año impuro!
Alta y metálica es tu línea
en las orillas del océano
y del aire, como un alambre
de tempestades y tensiòn.
Pero, América, también eres
nocturna, azul y pantanosa:
ciénaga y cielo, una agonía
de corazones aplastados
como negras naranjas rotas
en tu silencio de bodega.



Paraguay


Desenfrenado Paraguay!
De qué sirviò la luna pura
de la geometría dorada?
Para qué sirviò el pensamiento
heredado de las columnas
y de los números solemnes?

Para este agujero abrumado
de sangre podrida, para
este hígado equinoccial
arrebatado por la muerte.

Para Moriñigo, reinante,
sentado sobre las prisiones
en su charca de parafína,
mientras las plumas escarlatas
de los colibríes eléctricos
vuelan y fulguran sobre
los pobres muertos de la selva.

Mal año, año de rosas desmedradas,
año de carabinas, mira, bajo tus ojos
no te ciegue
el aluminio del aviòn, la música
de su velocidad seca y sonora:
mira tu pan, tu tierra, tu multitud raída,
tu estirpe rota!
Miras ese valle
verde y ceniza desde el alto cielo?
Pálida agricultura, minería
harapienta, silencio y llanto
como el trigo, cayendo
y naciendo
en una eternidad malvada.



Brasil


Brasil, el Dutra, el pavoroso
pavo de las tierras calientes,
engordado por las amargas
ramas del aire venenoso:
sapo de las negras ciénagas
de nuestra luna americana:
botones dorados, ojillos
de rata gris amoratada:
Oh, Señor de los intestinos
de nuestra pobre madre hambrienta,
de tanto sueño y resplandecientes
libertadores, de tanto
sudor sobre los agujeros
de la mina, de tanta y tanta
soledad en las plantaciones,
América, elevas de pronto
a tu claridad planetaria
a un Dutra sacado del fondo
de tus reptiles, de tu sorda
profundidad y prehistoria.

Y así sucediò!
Albañiles
del Brasil, golpead la frontera,
pescadores, llorad de noche
sobre las aguas litorales,
mientras Dutra, con sus pequeños
ojos de cerdo selvático,
rompe con un hacha la imprenta,
quema los libros en la plaza,
encarcela, persigue y fustiga
hasta que el silencio se hace
en nuestra noche tenebrosa.



Cuba


En Cuba están asesinando!
Ya tienen a Jesús Menéndez
en un cajòn recién comprado.
Él saliò, como un rey, del pueblo,
y anduvo mirando raíces,
deteniendo a los transeúntes,
golpeando el pecho a los dormidos,
estableciendo las edades,
componiendo las almas rotas,
y levantando del azúcar
los sangrientos cañaverales,
el sudor que pudre las piedras,
preguntando por las cocinas
pobres: quién eres? cuánto comes?
tocando este brazo, esta herida,
y acumulando estos silencios
en una sola voz, la ronca
voz entrecortada de Cuba.

Lo asesinò un capitancito,
un generalito: en un tren
le dijo: ven, y por la espalda
hizo fuego el generalito,
para que callara la voz
ronca de los cañaverales.



Centroamérica


Mal año, ves más allá de la espesa
sombra de matorrales la cintura
de nuestra geografía?
Una ola estrella,
como un panal, sus abejas azules
contra la costa y vuelan los destellos
del doble mar sobre la tierra angosta..

Delgada tierra como un látigo,
calentada como un tormento,
tu paso en Honduras, tu sangre
en Santo Domingo, de noche,
tus ojos desde Nicaragua
me tocan, me llaman, me exigen,
y por la tierra americana
toco las puertas para hablar,
toco las lenguas amarradas,
levanto las cortinas, hundo
la mano en la sangre:
Oh, dolores
de tierra mía, oh, estertores
del gran silencio establecido,
oh, pueblos de larga agonía,
oh, cintura de los sollozos.



Puerto Rico


Mr. Truman llega a la Isla
de Puerto Rico,
viene al agua azul
de nuestros mares puros
a lavar sus dedos sangrientos.
Acaba de ordenar la muerte
de doscientos jòvenes griegos,
sus ametralladoras funcionan
estrictamente,
cada día
por sus òrdenes las cabezas
dòricas -uva y oliva-,
ojos del mar antiguo, pétalos
de la corola corinthiana,
caen al polvo griego.
Los asesinos
alzan la copa
dulce de Chipre con los
expertos norteamericanos,
entre grandes risotadas, con
los bigotes chorreantes
de aceite frito y Sangre griega.

Truman a nuestras aguas llega
a lavarse las manos rojas
de la sangre lejana. Mientras,
decreta, predica y sonríe
en la Universidad, en su idioma,
cierra la boca castellana,
cubre la luz de las palabras
que allí circularon como un
río de estirpe cristalina
y estatuye: «Muerte a tu lengua,
Puerto Rico».



Grecia


(La sangre griega
baja en esta hora. Amanece
en las colinas.
Es un simple
arroyo entre el polvo y las piedras:
los pastores pisan la sangre
de otros pastores:
es un simple
hilo delgado que desciende
desde los montes hasta el mar,
hasta el mar que conoce y canta.)

... A tu tierra, a tu mar vuelve los ojos,
mira la claridad en las australes
aguas y nieves, construye el sol las uvas,
brilla el desierto, el mar de Chile surge
con su línea golpeada...

En Lota están las bajas minas
del carbòn: es un puerto frío,
del grave invierno austral, la lluvia
cae y cae sobre los techos, alas
de gaviotas color de niebla,
y bajo el mar sombrío el hombre
cava y cava el recinto negro.
La vida del hombre es oscura
como el carbòn, noche andrajosa,
pan miserable, duro día.

Yo por el mundo anduve largo,
pero jamás por los caminos
o las ciudades, nunca vi
más maltratados a los hombres.
Doce duermen en una pieza.
Las habitaciones tienen
techos de restos sin nombre:
pedazos de hojalata, piedras,
cartones, papeles mojados.
Niños y perros, en el vapor
húmedo de la estaciòn fría,
se agrupan hasta darse el fuego
de la pobre vida que un día
serán otra vez hambre y tinieblas.



Los tormentos


Una huelga más, los salarios
no alcanzan, las mujeres lloran
en las cocinas, los mineros
juntan, una a una sus manos
y sus dolores.
Es la huelga
de los que bajo el mar excavaron,
tendidos en la cueva húmeda,
y extrajeron con sangre y fuerza
el terròn negro de las minas.
Esta vez vinieron soldados.
Rompieron sus casas, de noche.
Los condujeron a las minas
como a un presidio y saquearon
la pobre harina que guardaban,
el grano de arroz de los hijos.

Luego, golpeando las paredes,
los exiliaron, los hundieron,
los acorralaron, marcándolos
como a bestias, y en los caminos,
en un éxodo de dolores,
los capitanes del carbòn
vieron expulsados sus hijos,
atropelladas sus mujeres
y a centenares de mineros
trasladados y encarcelados,
a Patagonia, en el frío antartico,
o a los desiertos de Pisagua.



El traidor


Y encima de estas desventuras
un tirano que sonreía
escupiendo las esperanzas
de los mineros traicionados.
Cada pueblo con sus dolores,
cada lucha con sus tormentos,
pero venid aquí a decirme
si entre los sanguinarios,
entre todos los desmandados
déspotas, coronados de odio,
con cetros de látigos verdes,
alguno fue como el de Chile?

Éste traicionò pisoteando
sus promesas y sus sonrisas,
éste del asco hizo su cetro,
éste bailò sobre los dolores
de su pobre pueblo escupido.
Y cuando en las prisiones llenas
por sus desleales decretos
se acumularon ojos negros
de agraviados y de ofendidos,
él bailaba en Viña del Mar,
rodeado de alhajas y copas.

Pero los negros ojos miran
a través de la noche negra.

Tú qué hiciste? No vino tu palabra
para el hermano de las bajas minas,
para el dolor de los traicionados,
no vino a ti la sílaba de llamas
para clamar y defender tu pueblo?



Acuso


Acusé entonces al que había
estrangulado la esperanza,
llamé a los rincones de América
y puse su nombre en la cueva
de las deshonras.
Entonces crímenes
me reprocharon,la jauría
de los vendidos y alquilados:
los «secretarios de gobierno»,
los policías, escribieron
con alquitrán su espeso insulto
contra mí, pero las paredes
miraban cuando los traidores
escribían con grandes letras
mi nombre, y la noche borraba,
con sus manos innumerables,
manos del pueblo y de la noche,
la ignominia que vanamente
quieren arrojar a mi canto.

Fueron de noche a quemar entonces
mi casa (el fuego marca ahora
el nombre de quien los enviara),
y los jueces se unieron todos
para condenarme, buscándome,
para crucificar mis palabras
y castigar estas verdadas.

Cerraron las cordilleras
de Chile para que no partiera
a contar lo que aquí sucede,
y cuando México abriò sus puertas
para recibirme y guardarme,
Torres Bodet, pobre poeta,
ordenò que se me entregara
a los carceleros furiosos.

Pero mi palabra está viva,
y mi libre corazòn acusa.

Qué pasará, qué pasará? En la noche
de Pisagua, la cárcel, las cadenas,
el silencio, la patria envilecida,
y este mal año, año de ratas ciegas,
este mal año de ira y de rencores
qué pasará, preguntas, me preguntas?



El pueblo victorioso


Está mi corazòn en esta lucha.
Mi pueblo vencerá. Todos los pueblos
vencerán, uno a uno.
Estos dolores
se exprimirán como pañuelos hasta
estrujar tantas lágrimas vertidas
en socavones del desierto, en tumbas,
en escalones del martirio humano.
Pero está cerca el tiempo victorioso.
Que sirva el odio para que no tiemblen
las manos del castigo,
que la hora
llegue a su horario en el instante puro,
y el pueblo llene las calles vacías
con sus frescas y firmes dimensiones.

Aquí está mi ternura para entonces.
La conocéis. No tengo otra bandera.




gonzález videla EL TRAIDOR de chile (epílogo) 1949


De las antiguas cordilleras salieron los verdugos,
como huesos, como espinas americanas en el hirsuto lomo
de una genealogía de catástrofes: establecidos fueron,
enquistados en la miseria de nuestras poblaciones.
Cada día la sangre manchò sus alamares.

Desde las cordilleras como bestias huesudas
fueron procreados por nuestra arcilla negra.
Aquéllos fueron los saurios tigres, los dinastas glaciales,
recién salidos de nuestras cavernas y de nuestras derrotas.
Así desenterraron los maxilares, de Gòmez
bajo las carreteras manchadas por cincuenta años de nuestra sangre.

La bestia oscurecía las tierras con sus costillas
cuando después de las ejecuciones se torcía el bigote
junto al embajador norteamericano que le servía el té.

Los monstruos envilecieron, pero no fueron viles.
Ahora
en el rincòn que la luz reservò a la pureza,
en la nevada patria blanca de Araucanía,
un traidor sonríe sobre un trono podrido.

En mi patria presiíle la vileza.
Es González Videla la rata que sacude
su pelambrera llena de estiércol y de sangre
sobre la tierra mía que vendiò. Cada día
saca de sus bolsillos las monedas robadas
y piensa si mañana venderá territorio o sangre.

Todo lo ha traicionado,
Subiò como una rata a los hombros del pueblo
y desde allí, royendo la bandera sagrada
de mi país, ondula su cola roedora
diciendo al hacendado, al extranjero, dueño
del subsuelo de Chile: «Bebed toda la sangre
de este pueblo, yo soy el mayordomo
de los suplicios».
Triste clown, miserable
mezcla de mono y rata, cuyo rabo
peinan en Wall Street con pomada de oro,
no pasarán los días sin que caigas del árbol
y seas el montòn de inmundicia evidente
que el transeúnte evita pisar en las esquinas!

Así ha sido. La traiciòn fue Gobierno de Chile.
Un traidor ha dejado su nombre en nuestra historia.
Judas enarbolando dientes de calavera
vendiò a mi hermano,
dio veneno a mi patria,
fundò Pisagua, demoliò nuestra estrella,
escupiò los colores de una bandera pura.

Gabriel González Videla. Aquí dejo su nombre,
para que cuando el tiempo haya borrado
la ignominia, cuando mi patria limpie
su rostro iluminado por el trigo y la nieve,
más tarde, los que aquí busquen la herencia
que en estas líneas dejo como una brasa verde,
hallen también el nombre del traidor que trajera
la copa de agonía que rechazò mi pueblo.

Mi pueblo, pueblo mío, levanta tu destino!
Rompe la cárcel, abre los muros que te cierran!
Aplasta el paso torvo de la rata que manda
desde el palacio: sube tus lanzas a la aurora,
y en lo más airo deja que tu estrella iracunda
fulgure, iluminando los caminos de América.




AMÉRICA, NO INVOCO TU NOMBRE
EN VANO


desde arriba (1942)


Lo recorrido, el aire
indefinible, la luna de los cráteres,
la seca luna derramada
sobre las cicatrices,
el calcáreo agujero de la túnica rota,
el ramaje de venas congeladas, el pánico del cuarzo,
del trigo, de la aurora,
las llaves extendidas en las rocas secretas,
la aterradora línea
del Sur despedazado,
el sulfato dormido en su estatura
de larga geografía,
y las disposiciones de turquesa
rodando en torno de la luz cortada,
del acre ramo sin cesar florido,
de la espaciosa noche de espesura.



un asesino duerme


La cintura manchada por el vino
cuando el dios tabernario
pisa los vasos rotos y desgreña
la luz del alba desencadenada:
la rosa humedecida en el sollozo
de la pequeña prostituta, el viento de los días febriles
que entra por la ventana sin cristales
donde el vengado duerme con los zapatos puestos
en un olor amargo de pistolas,
en un color azul de ojos perdidos.



en la costa


En Santos, entre el olor dulceagudo de los plátanos
que, como un río de oro blando, abierto en las espaldas,
deja en las márgenes la estúpida saliva
del paraíso desquiciado,
y un clamor férreo de sombras de agua y locomotora,
una corriente de sudor y plumas,
algo que baja y corre desde el fondo de las hojas ardientes
como desde un sobaco palpitante:
una crisis de vuelos, una remota
espuma.




invierno en el sur, a caballo


Yo he traspasado la corteza mil
veces agredida por los golpes australes:
he sentido el cogote del caballo dormirse
bajo la piedra fría de la noche del Sur,
tiritar en la brújula del monte deshojado,
ascender en la pálida mejilla que comienza:
yo conozco el final del galope en la niebla,
el harapo del pobre caminante:
y para mí no hay dios, sino la arena oscura,
el lomo interminable de la piedra y la noche,
el insociable día
con un advenimiento
de mala ropa, de alma exterminada.



los crímenes


Tal vez tú, de las noches oscuras has recorrido
el grito con puñal, la pisada en la sangre:
el solitario filo de nuestra cruz mil veces
pisoteada,
los grandes golpes en la callada puerta,
el abismo o el rayo que tragò al asesino
cuando ladran los perros y la violenta policía
llega entre los dormidos
a torcer fuertemente los hilos de la lágrima
tirándolos del párpado aterrado.



juventud


Un perfume como una acida espada
de ciruelas en un camino,
los besos del azúcar en los dientes,
las gotas vitales resbalando en los dedos,
la dulce pulpa eròtica,
las eras, los pajares, los incitantes
sitios secretos dé las casas anchas,
los colchones dormidos en el pasado, el agrio valle verde
mirado desde arriba, desde el vidrio escondido:
toda la adolescencia mojándose y ardiendo
como una lámpara derribada en la lluvia.



los climas


En el otoño caen desde el álamo
las altas flechas, el renovado olvido:
se hunden los pies en su frazada pura:
el frío de las hojas irritadas
es un espeso manantial de oro,
y un esplendor de espinas pone cerca del cielo
los secos candelabros de estatura erizada,
y el jaguar amarillo, entre las uñas,
huele una gota viva.



varadero en cuba


Fulgor de Varadero desde la costa eléctrica
cuando, despedazándose, recibe en la cadera
la Antilla, el mayor golpe de luciérnaga y agua,
el sinfín fulgurario del fòsforo y la luna,
el intenso cadáver de la turquesa muerta:
y el pescador oscuro saca de los metales
una cola erizada de violetas marinas.



los dictadores


Ha quedado un olor entre los cañaverales;
una mezcla de sangre y cuerpo, un penetrante
pétalo nauseabundo.
Entre los cocoteros las tumbas están llenas
de huesos demolidos, de estertores callados.
El delicado sátrapa conversa
con copas, cuellos y cordones de oro.
El pequeño palacio brilla como un reloj
y las rápidas risas enguantadas
atraviesan a veces los pasillos
y se reúnen a las voces muertas
y a las bocas azules frescamente enterradas.
El llanto está escondido como una planta
cuya semilla cae sin cesar sobre el suelo
y hace crecer sin luz sus grandes hojas ciegas.
El odio se ha formado escama a escama,
golpe a golpe, en el agua terrible del pantano,
con un hocico lleno de légamo y silencio.



centroamérica


Qué luna como una culata ensangrentada,
qué ramaje de látigos,
qué luz atroz de párpado arrancado
te hacen gemir sin voz, sin movimiento,
rompen tu padecer sin voz, sin boca:
oh, cintura central, oh, paraíso
de llagas implacables.
Dé noche y día veo los martirios,
de día y noche veo al encadenado,
al rubio, al negro, al indio
escribiendo con manos golpeadas y fosfòricas
en las interminables paredes de la noche.



hambre en el sur


Veo el sollozo en el carbòn de Lota
y la arrugada sombra del chileno humillado
picar la amarga veta de la entraña, morir,
vivir, nacer en la dura ceniza
agachados, caídos como si el mundo
entrara así y saliera así
entre polvo negro, entre llamas,
y sòlo sucediera
la tos en el invierno, el paso
de un caballo en el agua negra, donde ha caído
una hoja de eucaliptus como un cuchillo muerto.



patagonia


Las focas están pariendo
en la profundidad de las zonas heladas,
en las crepusculares grutas que forman
los últimos hocicos del océano,
las vacas de la Patagonia
se destacan del día
como un tumulto, como un vapor pesado
que levanta en el frío su caliente columna
hacia las soledades.

Desierta eres, América, como una campana:
llena por dentro de un canto que no se eleva,
el pastor, el llanero, el pescador
no tienen una mano, ni una oreja, ni un piano,
ni una mejilla cerca: la luna los vigila,
la extensiòn los aumenta, la noche los acecha,
y un viejo día lento como los otros, nace.



una rosa


Veo una rosa junto al agua, una pequeña copa
de párpados bermejos,
sostenida en la altura por un sonido aéreo:
una luz de hojas verdes toca los manantiales
y transfigura el bosque con solitarios seres
de transparentes pies:
el aire está poblado de claras vestiduras
y el árbol establece su magnitud dormida.



vida y muerte de una mariposa


Vuela la mariposa de Muzo en la tormenta:
todos los hilos equinocciales,
la pasta helada de las esmeraldas,
todo vuela en el rayo,
se sacuden las últimas consecuencias del aire
y entonces una lluvia de estambres verdes
el polen asustado de la esmeralda sube:
sus grandes terciopelos de fragancia mojada
caen en las riberas azules del ciclòn,
se unen a las caídas levaduras terrestres,
regresan a la patria de las hojas.



el hombre enterrado en la pampa


De tango a tango, si alcanzara
a rayar el dominio, las praderas,
si ya dormido
saliendo de mi boca el cereal salvaje,
si yo escuchara en las llanuras
un trueno de caballos,
una furiosa tempestad de patas
pasar sobre mis dedos enterrados,
besaría sin labios la semilla
y amarraría a ella los vestigios
de mis ojos
para ver el galope que amò mi turbulencia:
mátame, vidalita,
mátame y se derrame mi: substancia
como el ronco metal de las guitarras.



obreros marítimos


En Valparaíso, los obreros del mar
me invitaron: eran pequeños y duros,
y sus rostros quemados eran la geografía
del Océano Pacífico: eran una corriente
adentro de las inmensas aguas, una ola muscular,
un ramo de alas marinas en la tormenta.
Era hermoso verlos como pequeños dioses pobres,
semidesnudos, mainutridos, era hermoso
verlos luchar y palpitar con otros hombres más allá del océano,
con otros hombres de otros puertos miserables, y oírlos,
era el mismo lenguaje de españoles y chinos,
el lenguaje de Baltimore y Kronstadt,
y cuando cantaron «La Internacional» canté con ellos:
me subía del corazòn un himno, quise decirles: «Hermanos»,
pero no tuve sino ternura que se me hacía canto
y que iba con su canto desde mi boca hasta el mar.
Ellos me reconocían, me abrazaban con sus poderosas miradas
sin decirme nada, mirándome y cantando.




un río


Yo quiero ir por el Papaloapán
como tantas veces por el terroso espejo,
tocando con las uñas el agua poderosa:
quiero ir hacia las matrices, hacia la contextura
de sus originales ramajes de cristal:
ir, mojarme la frente, hundir en la secreta
confusiòn del rocío
la piel, la sed, el sueño.
El sábalo saliendo del agua
como un violín de plata,
y en la orilla las flores atmosféricas
y las alas inmòviles
en un calor de espacio defendido
por espadas azules.




américa


Estoy, estoy rodeado
por madreselva y páramo, por chacal y centella,
por el encadenado perfume de las lilas:
estoy, estoy rodeado
por días, meses, aguas que sòlo yo conozco,
por uñas, peces, meses que sòlo yo establezco,
estoy, estoy rodeado
por la delgada espuma combatiente
del litoral poblado de campanas.
La camisa escarlata del volcán y del indio,
el camino, que el pie desnudo levantò entre las hojas
y las espinas entre las raíces,
llega a mis pies de noche para que lo camine.
La oscura sangre como en un otoño
derramada en el suelo,
el temible estandarte de la muerte en la selva,
los pasos invasores deshaciéndose, el grito
de los guerreros, el crepúsculo de las lanzas dormidas,
el sobresaltado sueño de los soldados, los grandes
ríos en que la paz del caimán chapotea,
tus recientes ciudades de alcaldes imprevistos,
el coro de los pájaros de costumbre indomable,
en el pútrido día de la selva, el fulgor
tutelar de la luciérnaga,
cuando en tu vientre existo, en tu almenada
tarde, en tu descanso, en el útero de tus nacimientos,
en el terremoto, en el diablo de los campesinos, en la ceniza
que cae de los ventisqueros, en el espacio,
en el espacio puro, circular inasible,
en la garra sangrienta de los còndores, en la paz humillada
de Guatemala, en los negros,
en los muelles de Trinidad, en La Guayra:
todo es mi noche, todo
es mi día, todo
es mi aire, todo
es lo que vivo, sufro, levanto y agonizo.
América, no de noche
ni de luz están hechas las sílabas que canto.
De tierra es la materia apoderada
del fulgor y del pan de mi victoria,
y no es sueño mi sueño sino tierra.
Duermo rodeado de espaciosa arcilla
y por mis manos corre cuando vivo
un manantial de caudalosas tierras.
Y no es vino el que bebo sino tierra,
tierra escondida, tierra de mi boca,
tierra de agricultura con rocío,
vendaval de legumbres luminosas,
estirpe cereal, bodega de oro.



américa, no invoco tu nombre en vano


América, no invoco tu nombre en vano.
Cuando sujeto al corazòn la espada,
cuando aguanto en el alma la gotera,
cuando por las ventanas
un nuevo día tuyo me penetra,
soy y estoy en la luz que me produce,
vivo en la sombra que me determina,
duermo y despierto en tu esencial aurora:
dulce como las uvas, y terrible,
conductor del azúcar y el castigo,
empapado en esperma de tu especie,
amamantado en sangre de tu herencia.



CANTO GENERAL DE CHILE



eternidad


Escribo para una tierra recién secada, recién
fresca de flores, de polen, de argamasa,
escribo para unos cráteres cuyas cúpulas de tiza
repiten su redondo vacío juntò a la nieve pura,
dictamino de pronto para lo que apenas
lleva el vapor ferruginoso recién salido del abismo,
hablo para las praderas que no conocen apellido,
sino la pequeña campanilla del liquen o el estambre quemado
o la áspera espesura donde la yegua arde.

De dònde vengo, sino de estas primerizas, azules
materias que se enredan o se encrespan o se destituyen
o se esparcen a gritos o se derraman sonámbulas,
o se trepan y forman el baluarte del árbol,
o se sumen y amarran la célula del cobre
o saltan a la rama de los ríos, o sucumben
en la raza enterrada del carbòn o relucen
en las tinieblas verdes de la uva?

En las noches duermo como los ríos, recorriendo
algo incesantemente, rompiendo, adelantando
la noche natatoria, levantando las horas
hacia la luz, palpando las secretas
imágenes que la cal ha desterrado, subiendo por el bronce
hasta las cataratas recién disciplinadas, y toco
en un camino de ríos lo que no distribuye
sino la rosa nunca nacida, el hemisferio ahogado.
La tierra es una catedral de párpados pálidos,
eternamente unidos y agregados en un
vendaval de segmentos, en una sal de bòvedas,
en un color final de otoño perdonado:

No habéis, no habéis tocado jamás en el camino
lo que la estalactita desnuda determina,
la fiesta entre las lámparas glaciales,
el alto frío de las hojas negras,
no habéis entrado conmigo en las fibras
que la tierra ha escondido,
no habéis vuelto a subir después de muertos
grano a grano las gradas de la arena
hasta que las coronas del rocío
de nuevo cubran una rosa abierta,
no podéis existir sin ir muriendo
con el vestuario usado de la dicha.

Pero yo soy el nimbo metálico, la argolla
encadenada a espacio, a nubes, a terrenos
que toca despeñadas y enmudecidas aguas,
y vuelve a desafiar la intemperie infinita.




himno y regreso (1939)


Patria, mi patria, vuelvo hacia ti la sangré.
Pero te pido, como a la madre el niño
lleno de llanto.
Acoge
esta guitarra ciega
y esta frente perdida.
Salí a encontrarte hijos por la tierra,
salí a cuidar caídos con tu nombre de nieve,
salí a hacer una casa con tu madera pura,
salí a llevar tu estrella a los héroes heridos.

Ahora quiero dormir en tu substancia.
Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas,
tu noche de navio, tu estatura estrellada.

Patria mía: quiero mudar de sombra.
Patria mía: quiero cambiar de rosa.
Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua
y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas,
a detener el trigo y mirarlo por dentro.

Voy a escoger la flora delgada del nitrato,
voy a hilar el estambre glacial de la campana,
y mirando tu ilustre y solitaria espuma
un ramo litoral tejeré a tu belleza.

Patria, mi patria
toda rodeada de agua combatiente
y nieve combatida,
en ti se junta el águila al azufre,
y en tu antartica mano de armiño y de zafiro
una gota de pura luz humana
brilla encendiendo el enemigo cielo.

Guarda tu luz, oh patria!, manten
tu dura espiga de esperanza en medio
del ciego aire temible.
En tu remota tierra ha caído toda esta luz difícil,
este destino de los hombres
que te hace defender una flor misteriosa
sola, en la inmensidad de América dormida.



quiero volver al sur (1941)


Enfermo en Veracruz, recuerdo un día
del Sur, mi tierra, un día de plata
como un rápido pez en el agua del cielo.
Loncoche, Lonquimay, Carahue, desde arriba
esparcidos, rodeados por silencio y raíces,
sentados en sus tronos de cueros y maderas.
El Sur es un caballo echado a pique
coronado con lentos árboles y rocío,
cuando levanta el verde hocico caen las gotas,
la sombra de su cola moja el gran archipiélago
y en su intestino crece el carbòn venerado.
Nunca más, dime, sombra, nunca más, dime, mano,
nunca más, dime, pie, puerta, pierna, combate,
trastornarás la "selva, el camino, la espiga,
la niebla, el frío, lo que, azul, determinaba
cada uno de tus pasos sin cesar consumidos?
Cielo, déjame un día de estrella a estrella irme
pisando luz y pòlvora, destrozando mi sangre
hasta llegar al nido de la lluvia!
Quiero ir
detrás de la madera por el río
Toltén fragante, quiero salir de los aserraderos,
entrar en las cantinas con los pies empapados,
guiarme por la luz del avellano eléctrico,
tenderme junto al excremento de las vacas,
morir y revivir mordiendo trigo.
Océano, tráeme
un día del Sur, un día agarrado a tus olas,
un día de árbol mojado, trae un viento
azul polar a mi bandera fría!



melancolía cerca de orizaba (1942)


Qué hay para ti en el Sur sino un río, una noche,
unas hojas que el aire frío manifiesta
y extiende hasta cubrir las riberas del cielo?
Es que la cabellera del amor desemboca
como otra nieve o agua del deshecho archipiélago,
como otro movimiento subterráneo del fuego
y espera en los galpones otra vez,
donde las hojas caen tantas veces
temblando, devoradas por esa boca espesa,
y el brillo de la lluvia cierra su enredadera
desde la reuniòn de los granos secretos
hasta el follaje lleno de campanas y gotas?

Donde la primavera trae una voz mojada
que zumba en las orejas del caballo dormido
y luego cae al oro del trigo triturado
y luego asoma un dedo transparente en la uva.
Qué hay para ti esperándote, dònde, sin corredores,
sin paredes, te llama el Sur?
Como el llanero escuchas en tu mano la copa
de la tierra, poniendo tu oído en las raíces:
desde lejos un viento de hemisferio temible,
el galope en la escarcha de los carabineros;
donde la aguja cose con agua fina el tiempo
y su desmenuzada costura se destruye:
qué hay para ti en la noche de costado salvaje
aullando con la boca toda llena de azul?

Hay un día tal vez detenido, una espina
clava en el viejo día su aguijòn degradado
y su antigua bandera nupcial se despedaza.
Quién ha guardado un día de bosque negro, quién
ha esperado unas horas de piedra, quién rodea
la herencia lastimada por el tiempo, quién huye
sin desaparecer en el centro del aire?
Un día, un día lleno de hojas desesperadas,
un día, una luz rota por el frío zafiro,
un silencio de ayer preservado en el hueco
de ayer, en la reserva del territorio ausente.
Amo tu enmarañada cabellera de cuero,
tu antártica hermosura de intemperie y ceniza
tu doloroso peso de cielo combatiente:
amo el vuelo del aire del día en que me esperas
sé que no cambia el beso de la tierra, y no cambia,
sé que no cae la hoja del árbol, y no cae:
sé que el mismo relámpago detiene sus metales
y la desamparada noche es la misma noche,
pero es mi noche, pero es mi planta, el agua
de las glaciales lágrimas que conocen mi pelo.

Sea yo lo que ayer me esperaba en el hombre:
lo que en laurel, ceniza, cantidad, esperanza,
desarrolla su párpado en la sangre,
en la sangre que puebla la cocina y el bosque,
las fábricas que el hierro cubre de plumas negras,
las minas taladradas por el sudor sulfúrico.

No sòlo el aire agudo del vegetal me espera:
no sòlo el trueno sobre el nevado esplendor:
lágrimas y hambre como dos escalofríos
suben al campanario de la patria y repican:
de ahí que en medio del fragante cielo,
de ahí que cuando octubre estalla, y corre
la primavera antártica sobre el fulgor del vino,
hay un lamento y otro y otro lamento y otro
hasta que cruzan nieve, cobre, caminos, naves,
y pasan a través de la noche y la tierra
hasta mi desangrada garganta que los oye.

Pueblo mío, qué dices? Marinero,
peòn, alcalde, obrero del salitre, me escuchas?
Yo te oigo, hermano muerto, hermano vivo, te oigo,
lo que tú deseabas, lo que enterraste, todo,
la sangre que en la arena y en el mar derramabas,
el corazòn golpeado que resiste y asusta.

Qué hay para ti en el Sur? La lluvia dònde cae?
Y desde el intersticio, qué muertos ha azotado?
Los míos, los del Sur, los héroes solos,
el pan diseminado por la còlera amarga,
el largo luto, el hambre, la dureza y la muerte,
las hojas sobre ellos han caído, las hojas,
la luna sobre el pecho del soldado, la luna,
el callejòn del miserable, y el silencio
del hombre en todas partes, como un mineral duro
cuya veta de frío hiela la luz de mi alma
antes de construir la campana en la altura.
Patria llena de gérmenes, no me llames, no puedo
dormir sin tu mirada de cristal y tiniebla.
Tu ronco grito de aguas y seres me sacude
y ando en el sueño al borde de tu espuma solemne
hasta la última isla de tu cintura azul.
Me llamas dulcemente como una novia pobre.
Tu larga luz de acero me enceguece y me busca
como una espada llena de raíces.
Patria, tierra estimable, quemada luz ardiendo:
como el carbòn adentro del fuego precipita
tu sal temible, tu desnuda sombra.
Sea yo lo que ayer me esperaba, y mañana
resista en un puñado de amapolas y polvo.




océano


Si tu desnudo aparecido y verde,
si tu manzana desmedida, si
en las tinieblas tu mazurca, dònde
está tu origen?
Noche
más dulce que la noche,
sal
madre, sal sangrienta, curva madre del agua,
planeta recorrido por la espuma y la médula:
titánica dulzura de estelar longitud:
noche con una sola ola en la mano:
tempestad contra el águila marina,
ciega bajo las manos del sulfato insondable:
bodega en tanta noche sepultada,
corola fría toda de invasiòn y sonido,
catedral enterrada a golpes en la estrella.

Hay el caballo herido que en la edad de tu orilla
recorre, por el fuego glacial substituido,
hay el abeto roto transformado en plumaje
y deshecho en tus manos de atroz cristalería,
y la incesante rosa combatida en las islas
y la diadema de agua y luna que estableces.
Patria mía, a tu tierra .
todo este cielo oscuro!
Toda esta fruta universal, toda esta
delirante corona!
Para ti esta copa de espumas donde el rayo
se pierde como un albatros ciego, y donde el sol del Sur
se levanta mirando tu condiciòn sagrada.



talabartería


Para mí esta montura dibujada
como pesada rosa en plata y cuero,
suave de hondura, lisa y duradera.
Cada recorte es una mano, cada
costura es una vida, en ella vive
la unidad de las vidas forestales,
una cadena de ojos y caballos.
Los granos dé la avena la formaron,
la hicieron dura matorrales y agua,
la cosecha opulenta le dio orgullo,
metal y tafiletes trabajados:
y así de desventuras y dominio
este trono saliò por las praderas.




ALFARERÍA


Torpe paloma, alcancía de greda,
en tu lomo de luto un signo, apenas
algo que te descifra. Pueblo mío,
còmo con tus dolores a la espalda,
apaleado y rendido, còmo fuiste
acumulando ciencia deshojada?
Prodigio negro, mágica materia
elevada a la luz por dedos ciegos,
mínima estatua en que lo más secreto
de la tierra nos abre sus idiomas,
cántaro de Pomaire en cuyo beso
tierra y piel se congregan, infinitas
formas del barro, luz de las vasijas,
la forma de una mano que fue mía,
el paso de una sombra que me llama,
sois reuniòn de sueños escondidos,
cerámica, paloma indestructible!



telares


Sabéis que allí la nieve vigilando
los valles, o más bien
la primavera oscura del Sur, las aves negras
a cuyo pecho sòlo una gota de sangre
vino a temblar, la bruma
de un gran invierno que extendiò las alas,
así es el territorio, y su fragancia
sube de flores pobres, derribadas
por el peso de cobre y cordilleras.
Y allí el telar hilo a hilo, buscando
reconstruyò la flor, subiò la pluma
a su imperio escarlata, entretejiendo
azules y azafranes, la madeja
del fuego y su amarillo poderío,
la estirpe del relámpago violeta,
el verde enarenado del lagarto.
Manos del pueblo mío en los telares,
manos pobres que tejen, uno a uno,
los plumajes de estrella que faltaron
a tu piel. Patria de color oscuro,
substituyendo hebra por hebra el cielo
para que cante el hombre sus amores
y galope encendiendo cereales!



inundaciones


Los pobres viven abajo esperando que el río
se levante en la noche y se los lleve al mar.
He visto pequeñas cunas que flotaban, destrozos
de viviendas, sillas, y una còlera augusta
de lívidas aguas en que se confunden el cielo y el terror.
Sòlo es para ti, pobre, para tu esposa y tu sembrado,
para tu perro y tus herramientas, para que aprendas a mendigo.
El agua no sube hasta las casas de los caballeros
cuyos nevados cuellos vuelan desde las lavanderías,
como este fango arrollador y estas ruinas que nadan
con tus muertos vagando dulcemente hacia el mar,
entre las pobres mesas y los perdidos árboles
que van de tumbo en tumbo mostrando sus raíces.



terremoto


Desperté cuando la tierra de los sueños faltò
bajo mi cama.
Una columna ciega de ceniza se tambaleaba en medio
de la noche,
yo te pregunto: he muerto?
Dame la mano en esta ruptura del planeta
mientras la cicatriz del cielo morado se hace estrella.
Ay!, pero recuerdo, dònde están?, dònde están?
Por qué hierve la tierra llenándose de muerte?
Oh máscaras bajo las viviendas arrolladas, sonrisas
que no alcanzaron el espanto, seres despedazados
bajo las vigas, cubiertos por la noche.

Y hoy amaneces, oh día azul, vestido
para un baile, con tu cola de oro
sobre el mar apagado de los escombros, ígneo,
buscando el rostro perdido de los insepultos.



atacama


Voz insufrible, diseminada
sal, substituida
ceniza, ramo negro
en cuyo extremo aljòfar aparece la luna
ciega, por corredores enlutados de cobre.
Qué material, qué cisne hueco
hunde en la arena su desnudo agònico
y endurece su luz líquida y lenta?
Qué rayo duro rompe su esmeralda
entre sus piedras indomables hasta
cuajar la sal perdida?
Tierra, tierra
sobre el mar, sobre el aire, sobre el galope
de la amazona llena de corales:
bodega amontonada donde el trigo
duerme en la temblorosa raíz de la campana:
oh madre del océano! productora
del ciego jaspe y la dorada sílice:
sobre tu pura piel de pan, lejos del bosque,
nada sino tus líneas de secreto,
nada sino tu frente de arena,
nada sino las noches y los días del hombre,
pero junto a la sed del cardo, allí
donde un papel hundido y olvidado, una piedra
marca las hondas cunas de la espada y la copa,
indica los dormidos pies del calcio.



Tocopilla


De Tocopilla al sur, al norte, arena,
cales caídas, el lanchòn, las tablas
rotas, el torcido hierro.
Quién a la línea pura del planeta,
áurea y cocida, sueño, sal y pòlvora
agregò el utensilio deshecho, la inmundicia?
Quién puso el techo hundido, quién dejò las paredes
abiertas, con un ramo
de papeles pisados?
Lòbrega luz del hombre en tí destituido,
siempre volviendo al cuenco de tu luna calcárea,
apenas recibido por tu letal arena!
Gaviota enrarecida de las obras, arenque,
petrel ensortijado,
frutos, vosotros, hijos del espinel sangriento
y de la tempestad, habéis visto al chileno?
Habéis visto al humano, entre las dobles líneas del frío
y de las aguas, bajo la dentadura
de la línea de tierra, en la bahía?

Piojos, piojos ardientes atacando la sal,
piojos, piojos de costa, poblaciones, mineros,
desde una cicatriz del desierto hasta otra,
contra la costa de la luna, fuera!
picando el sello frío sin edad.
Más allá de los pies del alcatraz, cuando
agua ni pan ni sombra tocan la dura etapa,
el ejercicio del salitre asoma
o la estatua del cobre decide su estatura.
Es todo como estrellas enterradas,
como puntas amargas, como infernales
flores
blancas, nevadas de luz temblorosa
o verde y negra rama de esplendores pesados.
No vale allí la pluma, sino la mano rota
del oscuro chileno, no sirve allí la duda.
Sòlo la sangre. Sòlo ese golpe duro
que en la vena pregunta por el hombre.
En la vena, en la mina, en la horadada cueva
sin agua y sin laurel.

Oh pequeños
compatriotas quemados por esta luz más agria
que el baño de la muerte, héroes oscurecidos
por el amanecer de la sal en la tierra,
dònde hacéis vuestro nido, errantes hijos?
Quién os ha visto entre las hebras rotas
de los puertos desérticos?
Bajo
la niebla de salmuera
o detrás de la costa metálica,
o tal vez o tal vez,
bajo el desierto ya, bajo
su palabra de polvo
para siempre!
Chile, Metal y Cielo,
y vosotros, chilenos,
semilla, hermanos duros,
todo dispuesto en orden y silencio
como la permanencia de las piedras.



peumo


Quebré una hoja enlosada de matorral: un dulce
aroma de los bordes cortados
me tocò como un ala profunda que volara
desde la tierra, desde lejos, desde nunca.
Peumo, entonces vi tu follaje, tu verdura
minuciosa, encrespada, cubrir con sus impulsos
tu tronco terrenal y tu anchura olorosa.
Pensé còmo eres toda mi tierra: mi bandera
debe tener aroma de peumo al desplegarse,
un olor de fronteras que de pronto
entran en ti con toda la patria en su corriente.
Peumo puro, fragancia de años y cabelleras
en el viento, en la lluvia, bajo la curvatura
de la montaña, con un ruido de agua que baja
hasta nuestras raíces, oh amor, oh tiempo agreste
cuyo perfume puede nacer, desenredarse
desde una hoja y llenarnos hasta que derramamos
la tierra, como viejos cántaros enterrados!



quilas


Entre las hojas rectas que no saben sonreír
escondes tu plantel de lanzas clandestinas.
Tú no olvidaste. Cuando paso por tu follaje
murmura la dureza, y despiertan palabras
que hieren, sílabas que amamantan espinas.
Tú no olvidas. Eras argamasa mojada
con sangre, eras columna de la casa y la guerra,
esa bandera, techo de mi madre araucana,
espada del guerrero silvestre, Araucanía
erizada de flores que hirieron y mataron.
Ásperamente escondes las lanzas que fabricas
y que conoce el viento de la regiòn salvaje,
la lluvia, el águila de los bosques quemados,
y el furtivo habitante recién desposeído.
Tal vez, tal vez: no digas a nadie tu secreto.
Guárdame a mí una lanza silvestre, o la madera
de una flecha. Yo tampoco he olvidado.



drimis winterei


Plantas sin nombre, hojas
y cuerdas montañosas,
ramas tejidas de aire verde, hilos
recién bordados, ganchos de metales oscuros,
innumerable flora coronaria
de la humedad, del vasto vapor, del agua inmensa.
Y entre toda la forma que buscò esta enramada,
entre estas hojas cuyo molde intacto
equilibrò en la lluvia su prodigio,
oh árbol, despertaste como un trueno
y en tu copa poblada por toda la verdura
se durmiò como un pájaro el invierno.



zonas eriales


Término abandonado! Línea loca
en que la hoguera o cardo enfurecido
forman capas de azul electrizado.
Piedras golpeadas por
las agujas del cobre, carreteras
de material silencio, ramas hundidas
en la sal de las piedras.
Aquí estoy, aquí estoy,
boca humana entregada al paso pálido
de un detenido tiempo como copa o cadera,
central presidio de agua sin salida,
árbol de corporal flor derribada,
únicamente sorda y brusca arena.
Patria mía, terrestre y ciega como
nacidos aguijones de la arena, para ti toda
la fundaciòn de mi alma, para ti los perpetuos
párpados de mi sangre, para ti de regreso
mi plato de amapolas.

Dame de noche, en medio de las plantas terrestres,
la huraña rosa de rocío que duerme en tu bandera,
dame de luna o tierra tu pan espolvoreado
con tu temible sangre oscura:
bajo tu luz de arena
no hay muertos, sino largos ciclos de sal, azules
ramas de misterioso metal muerto.



chercanes


Me gustaría que no desconfiarais: es verano,
el agua me regò y levantò un deseo
como una rama, un canto mío me sostiene
como un tronco arrugado, con ciertas cicatrices.
Minúsculos, amados, venid a mi cabeza.
Anidad en mis hombros en los que pasea
el fulgor de un lagarto, en mis pensamientos
sobre los que han caído tantas hojas,
oh círculos pequeños de la dulzura, granos
de alado cereal, huevecillo emplumado,
formas purísimas en que el ojo
certero dirige vuelo y vida,
aquí, anidad en mi oreja, desconfiados
y diminutos: ayudadme:
quiero ser más pájaro cada día.



loica


Cerca de mí, sangrienta, pero ausente.
Con tu máscara cruel y tus ojos guerreros,
entre los terrones, saltando de un tesoro
a otro, en la plenitud pura y salvaje.
Cuéntame còmo entre todas,
entre toda la oscura formaciòn anidada
en nuestros matorrales que la lluvia
tino con sus lamentos, còmo, sola,
tu pechera recoge todo el carmín del mundo?
Ay, eres espolvoreada por el verano rojo,
has entrado en la gruta del polen escarlata
y tu mancha recoge todo el fuego.
Y a esta mirada más que al firmamento
y a la noche nevada en su baluarte andino
cuando abre el abanico de cada día, nada
la detiene: sòlo tu zarza
que sigue ardiendo sin quemar la tierra.



chucao


En el frío follaje multiplicado, de pronto
la voz del chucao como si nadie existiera
sino ese grito de toda la soledad unida,
como esa voz de todos los árboles mojados.
Pasò la voz temblando y oscura sobre mi caballo,
más lenta y más profunda que un vuelo: me detuve,
dònde estaba? Qué días eran ésos?
Todo lo que viví galopando en aquellas
estaciones perdidas, el mundo de la lluvia
en las ventanas, el puma en la intemperie
rondando con dos puntas de fuego sanguinario.
Y el mar de los canales, entre túneles verdes
de empapada hermosura, la soledad, el beso
de la que amé más joven bajo los avellanos,
todo surgiò de pronto cuando en la selva el grito
del chucao cruzò con sus sílabas húmedas.



botánica


El sanguinario litre y el benéfico boldo
diseminan su estilo
en irritantes besos de animal esmeralda
o antologías de agua oscura entre las piedras.

El chupòn en la cima del árbol establece
su dentadura nívea
y el salvaje avellano construye su castillo
de páginas y gotas.
La altamisa y la chépica rodean
los ojos del orégano
y el radiante laurel de la frontera
perfuma las lejanas intendencias.

Quila y quelenquelén de las mañanas.
Idioma frío de las fucsias,
que se va por las piedras tricolores
gritando viva Chile con la espuma!

El dedal de oro espera
los dedos de la nieve
y rueda el tiempo sin su matrimonio
que uniría a los ángeles del fuego y del azúcar.

El mágico canelo
lava en la lluvia su racial ramaje,
y precipita sus lingotes verdes
bajo la vegetal agua del Sur.

La dulce aspa del ulmo
con fanegas de flores
sube las gotas del copihue rojo
a conocer el sol de las guitarras.

La agreste delgadilla
y el celestial poleo
bailan en las praderas con el joven rocío
recientemente armado por el río Toltén.

La indescifrable doca
decapita su púrpura en la arena
y conduce sus triángulos marinos
hacia las secas lunas litorales.

La bruñida amapola,
relámpago y herida, dardo y boca,
sobre el quemante trigo
pone sus puntuaciones escarlata.

La patagua evidente
condecora sus muertos
y teje sus familias
con manantiales aguas y medallas de río.

El paico arregla lámparas
en el clima del Sur, desamparado,
cuando viene la noche
del mar nunca dormido,

El roble duerme solo,
muy vertical, muy pobre, muy mordido,
muy decisivo en la pradera pura
con su traje de roto maltratado
y su cabeza llena de solemnes estrellas.



araucaria


Todo el invierno, toda la batalla,
todos los nidos del mojado hierro,
en tu firmeza atravesada de aire,
en tu ciudad silvestre se levantan.

La cárcel renegada de las piedras,
los hilos sumergidos de la espina,
hacen de tu alambrada cabellera
un pabellòn de sombras minerales.

Llanto erizado, eternidad del agua,
monte de escamas, rayo de herraduras,
tu atormentada casa se construye
con pétalos de pura geología.

El alto invierno besa tu armadura
y te cubre de labios destruidos:
la primavera de violento aroma
rompe su sed en tu implacable estatua:
y el grave otoño espera inútilmente
derramar oro en tu estatura verde.



tomás lago


Otras gentes se acostaron entre las páginas
durmiendo
como insectos elzevírianios, entre ellos
se han disputado ciertos libros recién impresos
como en el football, dándose goles de sabiduría.
Nosotros cantamos entonces en la primavera,
junto a los ríos que arrastran piedras de los Andes,
y estábamos trenzados con nuestras mujeres sorbiendo
más de un panal, devorando hasta el azufre del mundo.
No sòlo eso, sino mucho más: compartimos
la vida con humildes amigos que amamos,
y que nos enseñaron con las flechas del vino
el alfabeto honrado de la arena, el reposo
de los que han conseguido en la dureza
salir cantando. Oh días en que juntos
visitamos la cueva y los tugurios,
destrozamos las telas de araña, y en las márgenes
del Sur bajo la noche y su argamasa
removida viajamos:
todo era flor y patria pasajera,
todo era lluvia y material del humo.
Qué ancha carretera caminamos, deteniendo
el paso en las posadas, dirigiendo
la atenciòn a un extremo crepúsculo,
a una piedra, a una pared escrita por un carbòn,
a un grupo de fogoneros que de pronto
nos enseñaron todas las canciones del invierno.
Pero no sòlo el orugo andaba camaleando,
en nuestras ventanas, bañado en celulosa,
cada vez más celestial en su papel de culto,
sino el ferruginoso, el iracundo, el vaquero
que nos quería cobrar con dos pistolas al pecho,
amenazándonos con comerse a nuestras madres
y empeñar nuestras posesiones
(llamando a todo esto heroísmo y otras cosas).
Los dejamos pasar mirándonos, no pudieron
sacarnos una cáscara, doblegar un latido,
y se dirigieron cada uno a su tumba,
de diarios europeos o pesos bolivianos.
Nuestras lámparas siguen encendidas, ardiendo
más altas que el papel y que los forajidos.



rubén azocar


Hacia las islas! dijimos. Eran días de confianza
y estábamos sostenidos por árboles ilustres:
nada nos parecía lejano, todo podía enredarse
de un momento a otro en la luz que producíamos.
Llegamos con zapatos de cuero grueso: llovía,
llovía en las islas, así se mantenía el territorio
como una manò verde, como un guante
cuyos dedos flotaban
entre las algas rojas.
Llenamos de tabaco el archipiélago, fumábamos
hasta tarde en el Hotel Nilsson, y disparábamos
ostras frescas hacia todos los puntos cardinales.
La ciudad tenía una fábrica religiosa
de cuyas puertas grandes, en la tarde inanimada,
salía como un largo coleòptero un desfile
negro, de sotanillas bajo la triste lluvia:
acudíamos a todos los borgoñas, llenábamos
el papel con los signos de un dolor jeroglífico.
Yo me evadí de pronto: por muchos años, distante,
en otros climas que acaudalaron mis pasiones
recordé las barcas bajo la lluvia, contigo,
que allí te quedabas para que tus grandes cejas
echaran sus raíces mojadas en las islas.



juvencio valle


Juvencio, nadie sabe como tú y yo el secreto
del bosque de Boroa: nadie
conoce ciertos senderos de tierra enrojecida
sobre los que despierta la luz del avellano.
Cuando la gente no nos oye no sabe
que escuchamos llover sobre árboles y techos
de cinc, y que aún amamos a la telegrafista,
Aquella, aquella muchacha que como nosotros
conoce el grito hundido de las locomotoras
de invierno, en las comarcas.
Sòlo tú, silencioso,
entraste en el aroma que la lluvia derriba,
incitaste el aumento dorado de la flora,
recogiste el jazmín antes de que naciera.
El barro triste, frente a los almacenes,
el barro triturado por las graves carretas
como la negra arcilla de ciertos sufrimientos,
está, quién como tú lo sabe?, derramado
detrás de la profunda primavera.
También
tenemos en secreto otros tesoros:
hojas que como lenguas escarlata
cubren la tierra, y piedras suavizadas
por la corriente, piedras de los ríos.



diego muñoz


No sòlo nos defendimos, así parece, con descubrimientos
y signos extendidos en papel tempestuoso,
sino que, capitanes, corregimos
a puñetazos la calle maligna
y luego entre acordeones elevamos
el corazòn con aguas y cordajes.
Marinero, ya has regresado de tus puertos,
de Guayaquil, olores de frutas polvorientas,
y de toda la tierra un sol de acero
que te hizo derramar victoriosas espadas.
Hoy sobre los carbones de la patria ha llegado
una hora -dolores y amor- que compartimos,
y del mar sobresale sobre tu voz el hilo
de una fraternidad más ancha que la tierra,



jinete en la lluvia


Fundamentales aguas, paredes de agua, trébol
y avena combatida,
cordelajes ya unidos a la red de una noche
húmeda, goteante, salvajemente hilada,
gota desgarradora repetida en lamento,
còlera diagonal cortando cielo.
Galopan los caballos de perfume empapado,
bajo el agua, golpeando el agua, interviniéndola
con sus ramajes rojos de pelo, piedra y agua:
y el vapor acompaña como una leche loca
el agua endurecida con fugaces palomas.
No hay día, sino los cisternales
del clima duro, del verde movimiento
y las patas anudan veloz tierra y transcurso
entre bestial aroma de caballo con lluvia.
Mantas, monturas, pellones agrupados
en sombrías granadas sobre los
ardientes lomos de azufre que golpean
la selva decidiéndola.
Más allá, más allá, más allá, más allá,
más allá, más allá, más allá, más allá,
los jinetes derriban la lluvia, los jinetes
pasan bajo los avellanos amargos, la lluvia
tuerce en trémulos rayos su trigo sempiterno.
Hay luz del agua, relámpago confuso
derramado en la hoja, y del mismo sonido del galope
sale un agua sin vuelo, herida por la tierra.
Húmeda rienda, bòveda enramada,
pasos de pasos, vegetal nocturno
de estrellas rotas como hielo o luna, ciclònico caballo
cubierto por las flechas como un helado espectro,
lleno de nuevas manos nacidas en la furia,
golpeante manzana rodeada por el miedo
y su gran monarquía de temible estandarte.



mares de chile


En lejanas regiones
tus pies de espuma, tu esparcida orilla
regué con llanto desterrado y loco.

Hoy a tu boca vengo, hoy a tu frente.

No al coral sanguinario, no a la quemada estrella,
ni a las incandescentes y derribadas aguas
entregué el respetuoso secreto, ni la sílaba.
Guardé tu voz enfurecida, un pétalo
de tutelar arena
entre los muebles y los viejos trajes.

Un polvo-de campanas, una mojada rosa.

Y muchas veces era el agua misma
de Arauco, el agua dura:
pero yo conservaba mi sumergida piedra
y en ella, el palpitante sonido de tu sombra.

Oh, mar de Chile, oh agua
alta y ceñida como aguda hoguera,
presiòn y sueño y uñas de zafiro,
oh, terremoto de sal y leones!
Vertiente, origen, costa
del planeta, tus párpados
abren el mediodía de la tierra
atacando el azul de las estrellas.
La sal y el movimiento se desprenden de ti
y reparten océano a las grutas del hombre
hasta que más allá de las islas tu peso
rompe y extiende un ramo de substancias totales.

Mar del desierto norte, mar que golpea el cobre
y adelanta la espuma hacia la mano
del áspero habitante solitario,
entre alcatraces, rocas de frío sol y estiércol,
costa quemada al paso de una aurora inhumana!

Mar de Valparaíso, ola
de luz sola y nocturna,
ventana al océano
en que se asoma
la estatua de mi patria
viendo con ojos todavía ciegos.

Mar del Sur, mar, océano,
mar, luna misteriosa,
por Imperial aterrador de robles,
por Chiloé a la sangre asegurado
y desde Magallanes hasta el límite
todo el silbido de la sal, toda la luna loca,
y el estelar caballo desbocado del hielo.



oda de invierno al río mapocho


Oh, sí, nieve imprecisa,
oh, sí, temblando en plena flor de nieve,
párpado boreal, pequeño rayo helado
quién, quién te llamò hacia el ceniciento valle,
quién, quién te arrastrò desde el pico del águila
hasta donde tus aguas puras tocan
los terribles harapos de mi patria?
Río, por que conduces
agua fría y secreta,
agua que el alba dura de las piedras
guardò en su catedral inaccesible,
hasta los pies heridos de mi pueblo?
Vuelve, vuelve a tu copa de nieve, río amargo,
vuelve, vuelve a tu copa de espaciosas escarchas,
sumerge tu plateada raíz en tu secreto origen
o despéñate y ròmpete en otro mar sin lágrimas!
Río Mapocho, cuando la noche llega
y como negra estatua echada
duerme bajo tus puentes con un racimo negro
de cabezas golpeadas por el frío y el hambre
como por dos inmensas águilas,
oh río, oh duro río parido por la nieve,
por qué no te levantas como inmenso fantasma
o como nueva cruz de estrellas para los olvidados?
No, tu brusca ceniza corre ahora
junto al sollozo echado al agua negra,
junto a la manga rota que el viento endurecido
hace temblar debajo de las hojas de hierro.
Río Mapocho, adonde llevas
plumas de hielo para siempre heridas,
siempre junto a tu cárdena ribera
la flor salvaje nacerá mordida por los piojos
y tu lengua de frío rasgará las mejillas
de mi patria desnuda?
Oh, que no sea,
oh, que no sea, y que una gota de tu espuma negra
salte del légamo a la flor del fuego
y precipite la semilla del hombre!



LA TIERRA SE LLAMA JUAN


cristòbal miranda (Palero, Tocopilla)


Te conocí, Cristòbal, en las lanchas
de la bahía, cuando baja
el salitre, hacia el mar, en la quemante
vestidura de un día de noviembre.
Recuerdo aquella extática apostura,
los cerros de metal, el agua quieta.
Y solo el hombre de las lanchas, húmedo
de sudor, moviendo nieve.
Nieve de los nitratos, derramada
sobre los hombros del dolor, cayendo
a la barriga ciega de las naves.
Allí, paleros, héroes de una aurora
carcomida por ácidos, sujeta
a los destinos de la muerte, firmes,
recibiendo el nitrato caudaloso.
Cristòbal, este recuerdo para ti.
Para los camaradas de la pala,
a cuyos pechos entra el ácido
y las emanaciones asesinas,
hinchando como águilas aplastadas
los corazones, hasta que cae el hombre,
hasta que rueda el hombre hacia las calles,
hacia las cruces rotas de la pampa.
Bien, no digamos más, Cristòbal, ahora
este papel que te recuerda, a todos,
a los lancheros de bahía, al hombre
ennegrecido de los barcos, mis ojos
van con vosotros en está jornada
y mi alma es una pala que levanta
cargando y descargando sangre y nieve
junto a vosotros, vidas del desierto.



jesús gutiérrez (Agrarista)


En Monterrey muriò mi padre,
Genovevo Gutiérrez, se fue
con Zapata. De noche los caballos
cerca de casa, el humo
de los federales, los tiros en el viento,
el huracán que sale del maíz,
llevé el fusil de lado a lado,
desde las tierras de Sonora,
a ratos dormíamos, medíamos
ríos y bosques, a caballo,
entre muertos, a defender
la tierra del pobre, frijoles,
tortilla, guitarra, rodábamos
hasta el límite, éramos polvo,
los señores nos madrugaban,
hasta que de cada piedra
nacían nuestros fusiles.
Aquí está mi casa, mi tierra
pequeña, el certificado
firmado por mi general
Cárdenas, los guajolotes,
los patitos en la laguna,
ahora ya no se pelea,
mi padre quedò en Monterrey
y aquí colgado en la pared
junto a la puerta la canana,
el fusil listo, el caballo listo,
por la tierra, por nuestro pan,
mañana tal vez de galope,
si mi general lo aconseja.



luis cortés (de Tocopilla)


Camarada, me llamo Luis Cortés.
Cuando vino la represiòn, en Tocopilla
me agarraron. Me tiraron a Pisagua.
Usted sabe, camarada, còmo es eso.
Muchos cayeron enfermos, otros
enloquecieron. Es el peor
campo de concentraciòn de González
Videla. Vi morir a Ángel Veas,
del corazòn, una mañana. Fue terrible
verlo morir en esa arena asesina,
rodeados de alambradas, después de toda
su vida generosa. Cuando me sentí enfermo
también del corazòn, me trasladaron
a Garitaya. Usted no conoce, camarada.
Es en lo alto, en la frontera con Bolivia.
Un punto desolado, a 5.000 metros de altura.
Hay un agua salobre para beber, salobre
más que el agua del mar, y llena de pulgones
como gusanos rosados que pululan.
Hace frío y el cielo parece que encima
de la soledad cayera sobre nosotros,
sobre mi corazòn que ya no pudo más.
Los mismos carabineros tuvieron piedad,
y contra las òrdenes de dejarnos morir
sin que jamás quisieran enviar una camilla,
me amarraron a una muía y bajamos las montañas:
26 horas caminò la muía, y mi cuerpo
ya no resistía, camarada, entre la cordillera sin caminos,
y mi corazòn enfermo, aquí me tiene, fíjese
en las magulladuras, no sé cuánto viviré,
pero a usted le toca, no pienso pedir nada,
diga usted, camarada, lo que hace al pueblo el maldito,
a los que lo llevamos a la altura en que ríe
con risa de hiena sobre nuestros dolores,
usted, camarada, dígalo, dígalo, no importa mi muerte
ni nuestros sufrimientos porque la lucha es larga,
pero que se conozcan estos padecimientos,
que se conozcan, camarada, no se olvide.



olegario sepúlveda (Zapatero, Talcahuano)


Olegario Sepúlveda me llamo.
Soy zapatero, estoy
cojo desde el gran terremoto.
Sobre el conventillo un pedazo de cerro
y el mundo sobre mi pierna.
Allí grité dos días,
pero la boca se me llenò de tierra,
grité más suavemente
hasta que me dormí para morir.
Fue un gran silencio el terremoto,
el terror en los cerros,
las lavanderas lloraban,
una montaña de polvo
enterrò las palabras.
Aquí me ve con esta suela
frente al mar, lo único limpio,
las olas no debieran
llegar azules a mi puerta.
Talcahuano, tus gradas sucias,
tus corredores de pobreza,
en las colinas agua podrida,
madera rota, cuevas negras
donde el chileno mata y muere.
(Oh! dolores del filo abierto
de la miseria, lepra del mundo,
arrabal de muertos, gangrena
acusadora y venenosa!
Habéis llegado del sombrío
Pacífico, de noche, al puerto?
Habéis tocado entre las pústulas
la mano del niño, la rosa
salpicada de sal y orina?
Habéis levantado los ojos
por los escalones torcidos?
Habéis visto la limosnera
como un alambre en la basura
temblar, levantar las rodillas
y mirar desde el fondo donde
ya no quedan lágrimas ni odio?)
Soy zapatero en Talcahuano.
Sepúlveda, frente al dique grande.
Cuando quiera, señor, los pobres
nunca cerramos la puerta.



arturo carriòn (Navegante, Iquiqus)


Junio 1948. Querida Rosaura, aquí
me tienes, en Iquique, preso, mándame una camisa
y tabaco. No sé
hasta cuándo durará este baile.
Cuando me embarqué en el Glenfoster
pensé en ti, te escribí desde Cádiz,
allí fusilaban a gusto, luego fue más
triste en Atenas, aquella mañana
en la cárcel a bala mataron
a doscientos setenta y tres muchachos:
la sangre corría fuera del muro,
vimos salir a los oficiales
griegos con los jefes norteamericanos, venían riéndose:
la sangre del pueblo les gusta,
pero había como un humo negro
en la ciudad, estaba escondido el llanto, el dolor, el luto,
te compré un tarjetero,
allí conocí a un paisano chilote,
tiene un pequeño restaurante, me dijo
están mal las cosas, hay odio:
luego fue mejor en Hungría,
los campesinos tienen tierra,
reparten libros, en Nueva York
encontré tu carta, pero todos
se juntan, palo y palo al pobre,
ya vés, yo, marinero viejo
y porque soy del sindicato,
apenas desde la cubierta
me sacaron, me preguntaron
sandeces, me dejaron preso,
policía por todas partes,
lágrimas también en la pampa:
hasta cuándo estas cosas
duran, todos se preguntan, hoy es uno
y el otro palo para el pobre,
dicen que en Pisagua hay dos mil,
yo pregunto qué le pasa al mundo,
pero no hay derecho a preguntas
así, dice la policía: no te olvides el tabaco, habla con Rojas
si no está preso, no llores,
el mundo tiene demasiadas
lágrimas, hace falta otra cosa
y aquí te digo hasta pronto, te
abraza y besa tu esposo amante
Arturo Carriòn Cornejo, cárcel
de Iquique.



abraham jesús brito (Poeta popular)


Jesús Brito es su nombre, Jesús Parròn o pueblo,
y fue haciéndose agua por los ojos,
y por las manos se fue haciendo raíces,
hasta que lo plantaron de nuevo donde estuvo
antes de ser, antes de que brotara
del territorio, entre las piedras pobres.
Y fue entre mina y marinero un ave
nudosa, un patriarcal talabartero
de la corteza suave de la patria terrible:
mientras más fría, más azul la hallaba:
mientras más duro el suelo, más luna le salía:
cuanto más hambre, más cantaba.

Y todo el mundo ferroviario abría
con su llave y su lira sarmentosa,
y por la espuma de la patria andaba
lleno de paquetitos estrellados,
él, el árbol del cobre, iba regando
cada pequeño trébol sucedido,
el espantoso crimen, el incendio,
y el ramo de los ríos tutelares.

Su voz era la de los roncos gritos
perdidos en la noche de los raptos,
él llevaba campanas torrenciales
recogidas de noche en su sombrero,
y recogía en su harapiento saco
las desbordantes lágrimas del pueblo.
Iba por los ramales arenosos,
por la extensiòn hundida del salitre,
por los ásperos cerros litorales
construyendo el romance clavo a clavò,
y teja a teja levantando el verso:
dejando en él la mancha de las manos
y las goteras de la ortografía.

Brito, por las paredes capitales,
entre el rumor de las cafeterías,
andabas como un árbol peregrino
buscando tierra con los pies profundos,
hasta que fuiste haciéndote raíces,
piedra y terròn y minería oscura.
Brito, tu majestad fue golpeada
còmo un tambor de majestuoso cuero
y era una monarquía a la intemperie
tu señorío de arboleda y pueblo.

Árbol errante, ahora tus raíces
cantan bajo la tierra, y en silencio.
Un poco más profundo eres ahora.
Ahora tienes tierra y tienes tiempo.



antonino bernales (Pescador, Colombia)


El río Magdalena anda como la luna,
lento por el planeta de hojas verdes,
un ave roja aulla, zumba el sonido
de viejas alas negras, las riberas
tiñen el transcurrir de aguas y de aguas.
Todo es el río, toda vida es río,
y Antonino Bernales era río.
Pescador, carpintero, boga, aguja
de red, clavo para las tablas,
martillo y canto, todo era Antonino
mientras el Magdalena como la luna lenta
arrastraba el caudal, de las vidas del río.
Más alto, en Bogotá, llamas, incendio,
sangre, se oye decir, no está bien claro,
Gaitán ha muerto. Entre las hojas
como un chacal la risa de Laureano
azuza las hogueras, un temblor
de pueblo como un escalofrío
recorre el Magdalena.
Es Antonino Bernales el culpable.
No se moviò de su pequeña choza.
Pasò durmiendo aquellos días.
Pero los abogados lo decretan.
Enrique Santos quiere sangre.
Todos se unen bajo las levitas.

Antonino Bernales ha caído
asesinado en la venganza,
cayò abriendo los brazos en el río,
volviò a su río como al agua madre.
El Magdalena lleva al mar su cuerpo
y del mar a otros ríos, a otras aguas
y a otros mares y a otros pequeños ríos
girando alrededor de la tierra.
Otra vez
entra en el Magdalena, son las márgenes
que él ama, abre los brazos de agua roja,
pasa entre sombras, entre luz espesa,
y otra vez sigue su camino de agua.
Antonino Bernales, nadie puede
distinguirte en el cauce, yo sí, yo te recuerdo
y oigo arrastrar tu nombre que no puede
morir, y que envuelve la tierra,
apenas nombre, entre los nombres, pueblo.



margarita naranjo (Salitrera «María Elena», Antofagasta)


Estoy muerta soy de María Elena.
Toda mi vida la viví en la pampa.
Dimos la sangre para la Compañía
norteamericana, mis padres antes, mis hermanos.
Sin que hubiera huelga, sin nada nos rodearon.
Era de noche, vino todo el Ejército,
iban de casa en casa despertando a la gente,
llevándola al campo de concentraciòn.
Yo esperaba que nosotros no fuéramos.
Mi marido ha trabajado tanto para la Compañía,
y para el Presidente, fue el más esforzado,
consiguiendo los votos aquí, es tan querido,
nadie tiene nada que decir de él, él lucha
por sus ideales, es puro y honrado
como pocos. Entonces vinieron a nuestra puerta,
mandados por el coronel Urízar,
y lo sacaron a medio vestir y a empellones
lo tiraron al camiòn que partiò en la noche,
hacia Pisagüa, hacia la oscuridad. Entonces
me pareciò que no podía respirar más, me parecía
que la tierra faltaba debajo de los pies,
es tanta la traiciòn, tanta la injusticia,
que me subiò a la garganta algo como un sollozo
que no me dejò vivir. Me trajeron comida
las compañeras, y les dije: «No comeré hasta que vuelva».
Al tercer día hablaron al señor Urízar,
que se riò con grandes carcajadas, enviaron
telegramas y telegramas que el tirano en Santiago
no contestò. Me fui durmiendo y muriendo,
sin comer, apreté los dientes para no recibir
ni siquiera la sopa o el agua. No volviò, no volviò,
y poco a poco me quedé muerta, y me enterraron:
aquí, en el cementerio de la oficina salitrera,
había en esa tarde un viento de arena,
lloraban los viejos y las mujeres y cantaban
las canciones que tantas veces canté con ellos.
Si hubiera podido, habría mirado a ver si estaba
Antonio, mi marido, pero no estaba, no estaba,
no lo dejaron venir ni a mi muerte: ahora,
aquí estoy muerta, en el cementerio de la pampa
no hay más que soledad en torno a mí, que ya no existo,
que ya no existiré sin él, nunca más, sin él.


josé cruz achachalla (Minero, Bolivia)


Sí, señor, José Cruz Achachalla,
de la Sierra de Granito, al sur de Oruro.
Pues allí debe vivir aún
mi madre Rosalía:
a unos señores trabaja,
lavándoles, pues, la ropa.
Hambre pasábamos, capitán,
y con una varilla golpeaban
a mi madre todos los días.
Por eso me hice minero.
Me. escapé por las grandes sierras
una hojita de coca, señor,
unas ramas sobre la cabeza
y andar, andar, andar. Los buitres
me perseguían desde el cielo,
y pensaba: son mejores
que los señores blancos de Oruro,
y así anduve hasta el territorio
de las minas.
Hace ya
cuarenta años, era yo entonces
un niño hambriento. Los mineros
me recogieron. Fui aprendiz
y en las oscuras galerías,
uña por uña contra la tierra,
recogí el estaño escondido.
No sé adonde ni para qué
salen los lingotes plateados:
vivimos mal, las casas rotas,
y el hambre, otra vez, señor,
y cuando
nos reunimos, capitán,
para un peso más de salario,
el viento rojo, el palo, el fuego,
la policía nos golpeaba,
y aquí estoy, pues, capitán,
despedido de los trabajos,
dígame dònde me voy,
nadie me conoce en Oruro,
estoy viejo como las piedras,
ya no puedo cruzar los montes,
qué voy a hacer por los caminos,
aquí mismo me quedo ahora,
que me entierren en el estaño,
sòlo el estaño me conoce.
José Cruz Achachalla, sí,
no sigas moviendo los pies,
hasta aquí llegaste, hasta aquí,
Achachalla, hasta aquí llegaste.



eufrosino ramírez (Casa Verde, Chuquicamata)


Teníamos que tomar las planchas calientes
del cobre con las manos, y entregárselas
a la pala mecánica. Salían casi ardiendo,
pesaban como el mundo, íbamos extenuados
transportando las láminas de mineral, a veces
una de ellas caía sobre un pie quebrantándolo,
sobre una mano dejándola convertida en muñòn.
Vinieron los gringos y dijeron: «Llévenlas
en menos tiempo, y váyanse a sus casas».
A duras penas, para irnos más temprano,
hicimos la tarea. Pero volvieron ellos:
«Ahora trabajan menos, ganen menos».
Fue la huelga en. la Casa Verde, diez semanas,
huelga, y cuando volvimos al trabajo,
con un pretexto: dònde está su herramienta?
me echaron a la calle. Usted mire estas manos,
son sòlo callos que hizo el cobre,
òigame el corazòn, no le parece
que da saltos?, el cobre lo machaca,
y apenas puedo andar de un sitio a otro
buscando, hambriento, trabajo que no encuentro:
parece que me ven agachado, llevando
las hojas invisibles del cobre que me mata.



juan figüeroa (Casa del Yodo, «María Elena», Antofagasta).


Usted es Neruda? Pase, camarada.
Sí, de la Casa del Yodo, ya no quedan
otros viviendo. Yo me aguanto.
Sé que ya no estoy vivo, que me espera
la tierra de la pampa. Son cuatro horas
al día, en la Casa del Yodo.
Viene por unos tubos, sale como una masa,
como una goma cárdena. La entramos
de batea en batea, la envolvemos
como criatura. Mientras tanto,
el ácido nos roe, nos socava,
entrando por los ojos y la boca,
por la piel, por las uñas.
De la Casa del Yodo no se sale
cantando, compañero. Y si pedimos
que nos den otros pesos de salario
para los hijos que no tienen zapatos,
dicen: «Moscú los manda», camarada,
y declaran estado de sitio, y nos rodean
como si fuéramos bestias y nos golpean,
y así son, camarada, estos hijos de puta!
Aquí me tiene usted, ya soy el último:
dònde está Sánchez? dònde está Rodríguez?
Podridos bajo el polvo de Polvillo.
Al fin la muerte les dio lo que pedíamos:
sus rostros tienen máscaras de yodo.




el maestro huerta (De la mina «La Despreciada», Antofagasta)


Cuando usted vaya al Norte, señor
vaya a la mina «La Despreciada»,
y pregunte por el maestro Huerta.
Desde lejos no verá nada,
sino los grises arenales.
Luego, verá las estructuras,
el andarivel, los desmontes.
Las fatigas, los sufrimientos
no se ven, están bajo tierra
moviéndose, rompiendo seres,
o bien descansan, extendidos,
transformándose silenciosos.
Era «picaño» el maestro Huerta,
Medía 1,95 metros.
Los picanos son los que rompen
el terreno hacia el desnivel,
cuando la veta se rebaja.
500 metros abajo,
con el agua hasta la cintura,
el picaño pica que pica.
No sale del infierno sino
cada cuarenta y ocho horas,
hasta que las perforadoras
en la roca, en la obscuridad,
en el barro, dejan la pulpa
por donde camina la mina.
El maestro Huerta, gran picaño,
parecía que llenaba el pique
con sus espaldas. Entraba
cantando como un capitán.
Salía agrietado, amarillo,
corcovado, reseco, y sus ojos
miraban como los de un muerto.
Después se arrastrò por la mina.
Ya no pudo bajar al pique.
El antimonio le comiò las tripas.
Enflaqueciò, que daba miedo.
Pero no podía andar.
Las piernas las tenía picadas
como por puntas, y como era
tan alto, parecía
como un fantasma hambriento
pidiendo sin pedir, usted sabe.
No tenía treinta años cumplidos.
Pregunte dònde está enterrado.
Nadie se lo podrá decir,
porque la arena y el viento derriban
y entierran las cruces, más tarde.
Es arriba, en «La Despreciada»,
donde trabajò el maestro Huerta.



amador cea (De Coronel, Chile, 1949)


Como habían detenido a mi padre
y pasò el Presidente que elegimos
y dijo que todos éramos libres, yo pedí que a mi viejo lo
soltaran.
Me llevaron y me pegaron todo un día.
No conozco a nadie en el cuartel. No sé, no puedo
ni recordar sus caras. Era la policía.
Cuando perdía el conocimiento, me tiraban
agua en el cuerpo y me seguían pegando.
En la tarde, antes de salir, me llevaron
arrastrando a una sala de baño,
me empujaron la cabeza adentro de una taza
de W. C. llena de excrementos. Me ahogaba.
«Ahora, sal a pedir libertad al Presidente,
que te manda, este regalo», me decían.
Me siento apaleado, esta costilla me la rompieron.
Pero por dentro estoy como antes, camarada.
A nosotros no nos rompen sino matándonos.




benilda varela (Concepciòn, Ciudad Universitaria, Chile, 1949)


Arreglé la comida a mis chiquillos y salí.
Quise entrar a Lota a ver a mi marido.
Como se sabe, mandan la policía
y nadie puede entrar sin su permiso.
Les cayò mal mi cara. Eran las òrdenes
de González Videla, antes de entrar
a decir sus discursos, para que nuestra gente
tenga miedo. Así pasò: me agarraron,
me desnudaron, me tiraron al suelo a golpes.
Perdí el sentido. Me desperté en el suelo
desnuda, con una sábana mojada sobre
mi cuerpo sangrante. Reconocí a un verdugo:
se llama Víctor Molina ese bandido.
Apenas abrí los ojos, me siguieron golpeando
con pedazos de goma. Tengo todo morado
con sangre, y no puedo moverme.
Eran cinco, y los cinco me golpeaban
como a un saco. Y esto durò seis horas.
Si no he muerto, es para decirles, camaradas:
tenemos que luchar mucho más, hasta que desaparezcan
estos verdugos de la faz de la tierra.
Que conozcan los pueblos sus discursos
en la ONU sobre la «libertad»,
mientras los bandidos matan a golpes a las mujeres
en los sòtanos, sin que nadie lo sepa.
Aquí no ha pasado nada, dirán, y don Enrique
Molina nos hablará del triunfo del «espíritu».
Pero no pasará todo esto siempre.
Un fantasma recorre el mundo, y pueden empezar de nuevo
a golpear en los sòtanos: ya pagarán sus crímenes,




calero, trabajador del banano (Costa Rica, 1940)


No te conozco. En las páginas de Fallas leí tu vida,
gigante oscuro, niño golpeado, harapiento y errante.

De aquellas páginas vuelan tu risa y las canciones
entre los bananeros, en él barro sombrío, la lluvia y el sudor.
Qué vida la de los nuestros, qué alegrías segadas,
qué fuerzas destruidas por la comida innoble,
qué cantos derribados por la vivienda rota,
qué poderes del hombre deshechos por el hombre!

Pero cambiaremos la tierra. No irá tu sombra alegre
de charco en charco hacia la muerte desnuda.
Cambiaremos, uniendo tu mano con la mía,
la noche que te cubre con su bòveda verde.
(Las manos de los muertos que cayeron
con estas y otras manos que construyen
están selladas, como las alturas andinas
con la profundidad de su hierro enterrado.)

Cambiaremos la vida para que tu linaje
sobreviva y construya su luz organizada.




catástrofe en sewell


Sánchez, Reyes, Ramírez, Núñez, Álvarez.
Estos nombres son como los cimientos de Chile.
El pueblo es el cimiento de la patria.
Si los dejáis morir, la patria va cayendo,
va desangrándose hasta quedar vacía.
Ocampo nos ha dicho: cada minuto
hay un herido, y cada hora un muerto.
Cada minuto y cada hora
la sangre nuestra cae. Chile muere.
Hoy es el humo del incendio, ayer fue el gas grisú,
anteayer el derrumbe, mañana el mar o el frío,
la máquina y el hambre, la imprevisiòn o el ácido.
Pero allí donde muere el marinero,
pero allí donde mueren los pampinos,
pero allí donde en Sewell se perdieron,
está todo cuidado, las máquinas, los vidrios,
los hierros, los papeles,
menos el hombre, la mujer o el niño.
No es el gas: es la codicia la que mata en Sewell.
Ese grifo cerrado de Seweil para que no cayera
ni una gota de agua para el pobre café de los mineros,
ahí está el crimen, el fuego no es culpable.
Por todas partes al pueblo se le cierran los grifos
para que el agua de la vida no se reparta.
Pero el hambre y el frío y el fuego que devora
nuestra raza, la flor, los cimientos de Chile,
los harapos, la casa miserable,
eso no se raciona, siempre hay bastante
para que cada minuto haya un herido
y cada hora un muerto.
Nosotros no tenemos dioses donde acudir.
Las pobres madres vestidas de negro
habrán rezado mientras lloraron ya todas sus lágrimas.

Nosotros no rezamos.
Stalin dijo: «Nuestro mejor tesoro
es el hombre»,
los cimientos, el pueblo.
Stalin alza, limpia, construye, fortifica,
preserva, mira, protege, alimenta,
pero también castiga.
Y esto es cuanto quería deciros, camaradas:
hace falta el castigo.
No puede ser este derrumbe humano,
esta sangre que cae del corazòn del pueblo
cada minuto, esta muerte de cada hora.
Yo me llamo como ellos, como los que murieron.
Yo soy también Ramírez, Muñoz, Pérez, Fernández.
Me llamo Álvarez, Núñez, Tapia, Lòpez, Contreras.
Soy pariente de todos los que mueren, soy pueblo,
y por toda esta sangre que cae estoy de luto.
Compatriotas, hermanos muertos de Sewell, muertos
de Chile, obreros, hermanos, camaradas,
hoy que estáis silenciosos, vamos a hablar nosotros.
Y que vuestro martirio nos ayude
a construir una patria severa
que sepa florecer y castigar.




la tierra se llama Juan


Detrás de los libertadores estaba Juan
trabajando, pescando y combatiendo,
en su trabajo de carpintería o en su mina mojada.
Sus manos han arado la tierra y han medido
los caminos.
Sus huesos están en todas partes.
Pero vive. Regresò de la tierra. Ha nacido.
Ha nacido de nuevo como una planta eterna.
Toda la noche impura tratò de sumergirlo
y hoy afirma en la aurora sus labios indomables.
Lo ataron, y es ahora decidido soldado.
Lo hirieron, y mantiene su salud de manzana.
Le cortaron las manos, y hoy golpea con ellas.
Lo enterraron, y viene cantando con nosotros.
Juan, es tuya la puerta y el camino.
La tierra
es tuya, pueblo, la verdad ha nacido
contigo, de tu sangre.
No pudieron exterminarte. Tus raíces,
árbol de humanidad, árbol de eternidad,
hoy están defendidas con acero,
hoy están defendidas con tu propia grandeza
en la patria soviética, blindada
contra las mordeduras del lobo agonizante.

Pueblo, del sufrimiento naciò el orden.

Del orden tu bandera dé victoria ha nacido.

Levántala con todas las manos que cayeron,
defiéndela con todas las manos que se juntan:
y que avance a la lucha final, hacia la estrella
la unidad de tus rostros invencibles.



QUE DESPIERTE EL LEÑADOR
... Y tú, Capharfiaum, que hasta los cielos estás levantada,
hasta los infiernos serás
abajada...
san lucas,x, 15


que despierte el leñador (1948)



Al oeste de Colorado River
hay un sitio que amo.
Acudo allí con todo lo que palpitando
transcurre en mí, con todo
lo que fui, lo que soy, lo que sostengo.
Hay unas altas piedras rojas, el aire
salvaje de mil manos
las hizo edificadas estructuras:
el escarlata ciego subiò desde el abismo
y en ellas se hizo cobre, fuego y fuerza.
América extendida como la piel del búfalo,
aérea y clara noche del galope,
allí hacia las alturas estrelladas,
bebo tu copa de verde rocío.

Sí, por agria Arizona y Wisconsin nudoso,
hasta Milwaukee levantada contra el viento y la nieve
o en los enardecidos pantanos de West Palm,
cerca de los pinares de Tacoma, en el espeso
olor de acero de tus bosques,
anduve pisando tierra madre,
hojas azules, piedras de cascada,
huracanes que temblaban como toda la música,
ríos que rezaban como los monasterios,
ánades y manzanas, tierras y aguas,
infinita quietud para que el trigo nazca.

Allí pude, en mi piedra central, extender al aire
ojos, oídos, manos, hasta oír
libros, locomotoras, nieve, luchas,
fábricas, tumbas, vegetales pasos,
y de Manhattan la luna en el navío,
el canto de la máquina que hila,
la cuchara de hierro que come tierra,
la perforadora con su golpe de còndor
y cuanto corta, oprime, corre, cose:
seres y ruedas repitiendo y naciendo.

Amo el pequeño hogar del farmer. Recientes madres duermen
aromadas como el jarabe del tamarindo, las telas
recién planchadas. Arde
el fuego en mil hogares rodeados de cebollas.
(Los hombres cuando cantan cerca del río tienen
una voz ronca como las piedras del fondo:
el tabaco saliò de sus anchas hojas
y como un duende del fuego llegò a estos hogares.)
Missouri adentro venid, mirad el queso y la harina,
las tablas olorosas, rojas como violines,
el hombre navegando la cebada,
el potro azul recién montado huele
el aroma del pan y de la alfalfa:
campanas, amapolas, herrerías,
y en los destartalados cinemas silvestres
el amor abre su dentadura
en el sueño nacido de la tierra.
Es tu paz lo que amamos, no tu máscara.
No es hermoso tu rostro de guerrero.
Eres hermosa y ancha, Norte América.
Vienes de humilde cuna como una lavandera,
junto a tus ríos, blanca.

Edificada en lo desconocido,
es tu paz de panal lo dulce tuyo.
Amamos tu hombre con las manos rojas
de barro de Oregòn, tu niño negro
que te trajo la música nacida
en su comarca de marfil: amamos
tu ciudad, tu substancia,
tu luz, tus mecanismos, la energía
del Oeste, la pacífica
miel, de colmenar y aldea,
el gigante muchacho en el tractor,
la avena que heredaste
de Jefferson, la rueda rumorosa
que mide tu terrestre oceanía,
el humo de una fábrica y el beso
número mil de una colonia nueva:
tu sangre labradora es la que amamos:
tu mano popular llena de aceite.

Bajo la noche de las praderas hace ya tiempo
reposan sobre la piel del búfalo en un grave
silencio las sílabas, el canto
de lo que fui antes de ser, de lo que fuimos.
Melville es un abeto marino, de sus ramas
nace una curva de carena, un brazo
de madera y navio. Whitman innumerable
como los cereales, Poe en su matemática
tiniebla, Dreiser, Wolfe,
frescas heridas de nuestra propia ausencia,
Lockridge reciente, atados a la profundidad,
cuántos otros, atados a la sombra:
sobre ellos la misma aurora del hemisferio arde
y de ellos está hecho lo que somos.
Poderosos infantes, capitanes ciegos,
entre acontecimientos y follajes amedrentados a veces,
interrumpidos por la alegría y por el duelo,
bajo las praderas cruzadas de tráfico,
cuántos muertos en las llanuras antes no visitadas:
inocentes atormentados, profetas recién impresos,
sobre la piel del búfalo de las praderas.

De Francia, de Okinawa, de los atolones
de Leyte (Norman Mailer lo ha dejado escrito),
del aire enfurecido y de las olas,
han regresado casi todos los muchachos.
Casi todos... Fue verde y amarga la historia
de barro y sudor: no oyeron
bastante el canto de los arrecifes
ni tocaron tal vez sino para morir en las islas, las coronas
de fulgor y fragancia: sangre y estiércol
los persiguieron, la mugre y las ratas,
y un cansado y desolado corazòn que luchaba.
Pero ya han vuelto,
los habéis recibido
en el ancho espacio de las tierras extendidas
y se han cerrado (los que han vuelto) como una corola
de innumerables, pétalos anònimos
para renacer y olvidar.




Pero además han encontrado
un huésped en la casa,
o trajeron nuevos ojos (o fueron ciegos antes)
o el hirsuto ramaje les rompiò los párpados
o nuevas cosas hay en las tierras de América.
Aquellos negros que combatieron contigo, los
duros y sonrientes, mirad:
han puesto una cruz ardiendo
frente a sus caseríos,
han colgado y quemado a tu hermano de sangre:
le hicieron combatiente, hoy le niegan
palabra y decisiòn: se juntan
de noche los verdugos
encapuchados, con la cruz y el látigo.
(Otra cosa
se oía en ultramar combatiendo.)
Un huésped imprevisto
como un viejo octopus roído,
inmenso, circundante,
se instalò en tu casa, soldadito:
la prensa destila el antiguo veneno, cultivado en Berlín.
Los periòdicos (Times, Newsweek, etc.) se han convertido
en amarillas hojas de delaciòn: Hearst,
que cantò el canto de amor a los nazis, sonríe
y afila las uñas para que salgáis de nuevo
hacia los arrecifes o las estepas
a combatir por este huésped que ocupa tu casa.
No te dan tregua: quieren seguir vendiendo
acero y balas, preparan nueva pòlvora
y hay que venderla pronto, antes de que se adelante
la fresca pòlvora y caiga en nuevas manos.
Por todas partes los amos instalados
en tu mansiòn alargan sus falanges,
aman a España negra y una copa de sangre te ofrecen
(un fusilado, cien): el cocktail Marshall.
Escoged sangre joven: campesinos
de China, prisioneros
de España,
sangre y sudor de Cuba azucarera,
lágrimas de mujeres
de las minas de cobre y del carbòn en Chile,
luego batid con energía,
como un golpe de garrote,
no olvidando trocitos de hielo y algunas gotas
del canto Defendemos la cultura cristiana.
Es amarga esta mezcla?
Ya te acostumbrarás, soldadito, a bebería.
En cualquier sitio del mundo, a la luz de la luna,
o en la mañana, en el hotel de lujo,
pida usted esta bebida que vigoriza y refresca
y páguela con un buen billete
con la imagen de Washington.

Has encontrado también que Carlos Chaplin, el ultimo
padre de la ternura en el mundo,
debe huir, y que los escritores (Howard Fast, etc.),
los sabios y los artistas
en tu tierra
deben sentarse para ser enjuiciados por un-american pensa-
mientos
ante un tribunal de mercaderes enriquecidos por la guerra.
Hasta los últimos confines del mundo llega el miedo.
Mi tía lee estas noticias asustada,
y todos los ojos de la tierra miran
esos tribunales de vergüenza y venganza.
Son los estrados de los Babbits sangrientos,
de los esclavistas, de los asesinos de Lincoln,
son las nuevas inquisiciones levantadas ahora
no por la cruz (y entonces era horrible e inexplicable),
sino por el oro redondo que golpea
las mesas de los prostíbulos y los bancos
y que no tiene derecho a juzgar.

En Bogotá se unieron Moriñigo, Trujillo,
González Videla, Somoza, Dutra, y aplaudieron.
Tú, joven americano, no los conoces: son
los vampiros sombríos de nuestro cielo, amarga
es la sombra de sus alas:
prisiones,
martirio, muerte, odio: las tierras
del Sur con petròleo y nitrato
concibieron monstruos.
De noche, en Chile, en Lota,
en la humilde y mojada casa de los mineros,
llega la orden del verdugo. Los hijos
se despiertan llorando.
Miles de ellos
encarcelados, piensan.
En Paraguay
la densa sombra forestal esconde
los huesos del patriota asesinado, un tiro
suena
en la fosforescencia del verano.
Ha muerto
allí la verdad,
Por qué no intervienen
en Santo Domingo a defender el Occidente Mr. Vandenber
Mr. Armour, Mr. Marshall, Mr. Hearst?
Por qué en Nicaragua el señor Presidente,
despertado de noche, atormentado, tuvo
que huir para morir en el destierro?
(Hay allí bananas que defender
y no libertades, y para eso hasta con Somoza.)
Las grandes
victoriosas ideas están en Grecia
y en China para auxilio
de gobiernos manchados como alfombras inmundas.
Ay, soldadito!




Yo también más allá de tus tierras, América,
ando y hago mi casa errante, vuelo, paso,
canto y converso a través de los días.
Y en el Asia, en la URSS, en los Urales me detengo
y extiendo el alma empapada de soledades y resina.

Amo cuanto en las extensiones
a golpe de amor y lucha el hombre ha creado.
Aún rodea mi casa en los Urales
la antigua noche de los pinos
y el silencio como una alta columna.
Trigo y acero aquí han nacido
de la mano del hombre, de su pecho.
Y un canto de martillos alegra el bosque antiguo
como un nuevo fenòmeno azul.
Desde aquí miro extensas zonas de hombre,
geografía de niños y mujeres, amor,
fábricas y canciones, escuelas
que brillan como alhelíes en la selva
donde habitò hasta ayer el zorro salvaje.
Desde este punto abarca mi mano en el mapa
el verde de las praderas, el humo
de mil talleres, los aromas
textiles, el asombro
de la energía dominada.
Vuelvo en las tardes
por los nuevos caminos recién trazados
y entro en las cocinas
donde hierve el repollo y de donde sale
un nuevo manantial para el mundo.

También aquí regresaron los muchachos,
pero muchos millones quedaron atrás,
enganchados, colgados de las horcas,
quemados en hornos especiales,
destruidos hasta no quedar de ellos
sino el nombre en el recuerdo.
Fueron asesinadas también sus poblaciones:
la tierra soviética fue asesinada:
millones de vidrios y de huesos se confundieron,
vacas y fábricas, hasta la primavera
desapareciò tragada por la guerra.
Volvieron los muchachos, sin embargo,
y el amor por la patria construida
se había mezclado en ellos con tanta sangre
que Patria dicen con las venas,
Uniòn Soviética cantan con la sangre.
Fue alta la voz de los conquistadores
de Prusia y de Berlín cuando volvieron
para que renacieran las ciudades,
los animales y la primavera.
Wait Whitman, levanta tu barba de hierba,
mira conmigo desde el bosque,
desde estas magnitudes perfumadas.
Qué ves allí, Wait Whitman?

Veo, me dice mi hermano profundo,
veo còmo trabajan las usinas,
en la ciudad que los muertos recuerdan,
en la capital pura,
en la resplandeciente Stalingrado.
Veo desde la planicie combatida,
desde el padecimiento y el incendio,
nacer en la humedad de la mañana
un tractor rechinante hacia las llanuras.
Dame tu voz y el peso de tu pecho enterrado,
Wait Whitman, y las graves
raíces de tu rostro
para cantar estas reconstrucciones!
Cantemos juntos lo que se levanta
de todos los dolores, lo que surge
del gran silencio, de la grave
victoria:
Stalingrado, surge tu voz de acero,
renace piso a piso la esperanza
como una casa colectiva,
y hay un temblor de nuevo en marcha
enseñando,
cantando
y construyendo.
Desde la sangre surge Stalingrado
como una orquesta de agua, piedra
y hierro y el pan renace en las panaderías,
la primavera en las escuelas,
suben nuevos andamies, nuevos árboles,
mientras el viejo y férreo Volga palpita.
Estos libros,
en frescas cajas de pino y cedro,
están reunidos sobre la tumba
de los verdugos muertos:
estos teatros hechos en las ruinas
cubren martirio y resistencia:
libros claros como monumentos:
un libro sobre cada héroe,
sobre cada milímetro de muerte.
Sobre cada pétalo de esta gloria inmutable.
Uniòn Soviética, si juntáramos
toda la sangre derramada en tu lucha,
toda la que diste como una madre al mundo
para que la libertad agonizante viviera,
tendríamos un nuevo océano
grande como ninguno,
profundo como ninguno,
viviente como todos los ríos,
activo como el fuego de los volcanes araucanos.
En ese mar hunde tu mano,
hombre de todas las tierras,
y levántala después para ahogar en él
al que olvidò, al que ultrajò,
al que mintiò y al que manchò,
al que se uniò con cien pequeños canes
del basural de Occidente
para insultar tu sangre. Madre de los libres!

Desde el fragante olor de los pinos urales
miro la biblioteca que nace
en el corazòn de Rusia,
el laboratorio en que el silencio
trabaja, miro los trenes que llevan
madera y canciones a las nuevas ciudades,
y en esta paz balsámica crece un latido
como en un nuevo pecho:
a la estepa muchachas y palomas
regresan agitando la blancura,
los naranjales se pueblan de oro:
el mercado tiene hoy
cada amanecer
un nuevo aroma,
un nuevo aroma que llega desde las altas tierras
en donde el martirio fue más grande:
los ingenieros hacen temblar el mapa
de las llanuras con sus números
y las cañerías se envuelven como largas serpientes
en las tierras del nuevo invierno vaporoso.

En tres habitaciones del viejo Kremlin
vive un hombre llamado José Stalin.
Tarde se apaga la luz de su cuarto.
El mundo y su patria no le dan reposo.
Otros héroes han dado a luz una patria,
él además ayudò a concebir la suya,
a edificarla
a defenderla,
Su inmensa patria es, pues, parte de él mismo
y no puede descansar porque ella no descansa.
En otro tiempo la nieve y la pòlvora
lo encontraron frente a los viejos bandidos
que quisieron (como ahora otra vez) revivir
el knut, y la miseria, la angustia de los esclavos,
el dormido dolor de millones de pobres.
El estuvo contra los que como Wrangel y Denikin
fueron enviados desde Occidente para «defender la Cultura»,
Allí dejaron el pellejo aquellos defensores
de los verdugos, y en el ancho terreno
de la URSS, Stalin trabajò noche y día.
Pero más tarde vinieron en una ola de plomo
los alemanes cebados por Chamberlain.
Stalin los enfrentò en todas las vastas fronteras,
en todos los repliegues, en todos los avances,
y hasta Berlín sus hijos como un huracán de pueblos
llegaron y llevaron la paz ancha de Rusia.

Mòlotov y VoroshíTov
están allí, los veo,
con los otros, los altos generales,
los indomables.
Firmes como nevados encinares.
Ninguno de ellos tiene palacios.
Ninguno de ellos tiene regimientos de siervos.
Ninguno de ellos se hizo rico en la guerra
vendiendo sangre.
Ninguno de ellos va como un pavo real
a Río de Janeiro o a Bogotá
a dirigir a pequeños sátrapas manchados de tortura:
ninguno de ellos tiene doscientos trajes:
ninguno de ellos tiene acciones en fábricas de armamentos,
y todos ellos tienen
acciones
en la alegría y en la construcciòn
del vasto país donde resuena la aurora
levantada en la noche de la muerte.
Ellos dijeron: «Camarada» al mundo.
Ellos hicieron rey al carpintero.
Por esa aguja no entrará un camello.
Lavaron las aldeas.
Repartieron la tierra.
Elevaron al siervo.
Borraron al mendigo.
Aniquilaron a los crueles.
Hicieron luz en la espaciosa noche.

Por eso a ti, muchacha de Arkansas o más bien
a ti, joven dorado de West Point o mejor
a ti, mecánico de Detroit o bien
a ti, cargador de la vieja Orleáns, a todos
hablo y digo: afirma el paso,
abre tu oído al vasto mundo humano,
no son los elegantes del State Depártment
ni los feroces dueños del acero
los que te están hablando»
sino un poeta del extremo Sur de América,
hijo de un ferroviario de Patagonia,
americano como el aire andino,
hoy fugitivo de una patria en donde
cárcel, tormento, angustia imperan
mientras cobre y petròleo lentamente
se convierten en oro para reyes ajenos.
Tú no eres
el ídolo que en una mano lleva el oro:
y en la otra la bomba.
Tú eres
lo que soy, lo que fui, lo que debemos
amparar, el fraternal subsuelo
de América purísima, los sencillos
hombres de los caminos y las calles.
Mi hermano Juan vende zapatos
como tu hermano John,
mi hermana Juana pela papas,
como tu prima Jane,
y mi sangre es minera y marinera
como tu sangre, Peter.
Tú y yo vamos a abrir las puertas
para que pase el aire de los Urales
a través de la cortina de tinta,
tú y yo vamos a decir al furioso:
«My dear guy, hasta aquí no
más llegaste», más acá la tierra nos pertenece
para que no se oiga el silbido
de la ametralladora, sino una
canciòn, y otra canciòn, y otra canciòn.




Pero si armas tus huestes, Norte América,
para destruir esa frontera pura
y llevar al matarife de Chicago
a gobernar la música y el orden
que amamos,
saldremos de las piedras y del aire
para morderte:
saldremos de la última ventana
para volcarte fuego:
saldremos de las olas más profundas
para clavarte con espinas:
saldremos del surco para que la semilla
golpee como un puño colombiano,

saldremos para negarte el pan y el agua,
saldremos para quemarte en el infierno.

No pongas la planta entonces, soldado,
en la dulce Francia, porque allí estaremos
para que las verdes viñas den vinagre
y las muchachas pobres te muestren el sitio
donde está fresca la sangre alemana.
No subas las secas sierras de España
porque cada piedra se convertirá en fuego,
y allí mil años combatirán, los valientes:
no te pierdas entre los olivares porque nunca
volverás a Okiahoma, pero no entres
en Grecia, que hasta la sangre que hoy estás derramando
se levantará de la tierra para deteneros.
No vengáis entonces a pescar a Tocopilla
porque el pez espada conocerá vuestros despojos
y el oscuro minero desde la Araucanía
buscará las antiguas flechas crueles
que esperan enterradas nuevos conquistadores.
No confiéis del gaucho cantando una vidalita,
ni del obrero de los frigoríficos. Ellos
estarán en todas partes con ojos y puños,
como los venezolanos que os esperan para entonces
con una botella de petròleo y una guitarra en las manos.
No entres, no entres a Nicaragua tampoco.
Sandino duerme en la selva hasta ese día,
su fusil se ha llenado de lianas y de lluvia,
su rostro no tiene párpados,
pero las heridas con que lo matasteis están vivas
como las manos de Puerto Rico que esperan
la luz de los cuchillos.
Será implacable el mundo para vosotros.
No sòlo serán las islas despobladas, sino el aire
que ya conoce las palabras que le son queridas.
No llegues a pedir carne de hombre
al alto Perú: en la niebla roída de los monumentos
el dulce antepasado de nuestra sangre afila
contra ti sus espadas de amatista,
y por los valles el ronco caracol de batalla
congrega a los guerreros, a los honderos
hijos de Amaru. Ni por las cordilleras mexicanas
busques hombres para llevarlos a combatir la aurora,
los fusiles de Zapata no están dormidos,
son aceitados y dirigidos a las tierras de Texas.
No entres a Cuba, que del fulgor marino
de los cañaverales sudorosos
hay una sola oscura mirada que te espera
y un solo grito hasta matar o morir.
No llegues
a tierra de partisanos en la rumorosa
Italia: no pases de las filas de los soldados con jacquet
que mantienes en Roma, no pases de San Pedro:
más allá los santos rústicos de las aldeas,
los santos marineros del pescado
aman el gran país de la estepa
en donde floreciò de nuevo el mundo.
No toques
los puentes de Bulgaria, no te darán el paso
los ríos de Rumania, les echaremos sangre hirviendo
para que quemen a los invasores:
no saludes al campesino que hoy conoce
la tumba, de los feudales, y vigila
con su arado y su rifle: no lo mires
porque te quemará como una estrella.
No desembarques
en China: ya no estará Chang el Mercenario
rodeado de su podrida corte de mandarines:
habrá para esperaros una selva
de hoces labriegas y un volcán de pòlvora.

En otras guerras existieron fosos con agua
y luego alambradas repetidas, con púas y garras,
pero este foso es más grande, estas aguas roas hondas, estos
alambres más invencibles que todos los metales. Son un átomo
y otro del metal humano, son un nudo y mil nudos de vidas y
vidas:
son los viejos dolores de los pueblos
de todos los remotos valles y reinos,
de todas las banderas y navíos,
de todas las cuevas donde se amontonaron,
de todas las redes que salieron contra la tempestad,
de todas las ásperas arrugas de la tierra,
de todos los infiernos en las calderas calientes,
de todos los telares y las fundiciones,
de todas las locomotoras perdidas o congregadas.
Este alambre da mil vueltas al mundo:
parece dividido, desterrado,
y de pronto se juntan sus imanes
hasta llenar la tierra.
Pero aún
más allá, radiantes y determinados,
acerados, sonrientes,
para cantar o combatir
os esperan
hombres y mujeres de la tundra y la taiga,
guerreros del Volga que vencieron la muerte,
niños de Stalingrado, gigantes de Ucrania,
toda una vasta y alta pared de piedra y sangre,
hierro y canciones, coraje y esperanza.
Si tocáis ese muro caeréis
quemados como el carbòn de las usinas,
las sonrisas de Rochester se harán tinieblas
que luego esparcirá el aire estepario
y luego enterrará para siempre la nieve.
Vendrán los que lucharon desde Pedro
hasta los nuevos héroes que asombraron la tierra
y harán de sus medallas pequeñas balas frías
que silbarán sin tregua desde toda
la vasta tierra que hoy es alegría.
Y desde el laboratorio, cubierto de enredaderas
saldrá también el átomo desencadenado
hacia vuestras ciudades orgullosas.




Que nada de esto pase.
Que despierte el Leñador.
Que venga Abraham con su hacha
y con su plato de madera
a comer con los campesinos.
Que su cabeza de corteza,
sus ojos vistos en las tablas,
en las arrugas de la encina,
vuelvan a mirar el mundo
subiendo sobre los follajes,
más altos que las sequoias.
Que entre a comprar en las farmacias,
que tome un autobús a Tampa,
que muerda una manzana amarilla,
que entre en un cine, que converse
con toda la gente sencilla.

Que despierte el Leñador.

Que venga Abraham, que hinche
su vieja levadura la tierra
dorada y verde de Illinois,
y levante el hacha en su pueblo
contra los nuevos esclavistas,
contra el látigo del esclavo,
contra el veneno de la imprenta,
contra la mercadería
sangrienta que quieren vender.
Que marchen cantando y sonriendo
el joven blanco, el joven negro,
contra las paredes de oro,
contra el fabricante de odio,
contra el mercader de su sangre,
cantando, sonriendo y venciendo.

Que despierte el Leñador.




Paz para los crepúsculos que vienen,
paz para el puente, paz para el vino,
paz para las letras que me buscan
y que en mi sangre suben enredando
el viejo canto con tierra y amores,
paz para la ciudad en la mañana
cuando despierta el pan, paz para el río Mississippi, río de las
raíces:
paz para la camisa de mi hermano,
paz en el libro como un sello de aire,
paz para el gran koljòs de Kíev,
paz para las cenizas de estos muertos
y de estos otros muertos, paz para el hierro negro de Brooklyn,
paz para el cartero
de casa en casa como el día,
paz para el coreògrafo que grita
con un embudo a las enredaderas,
paz para mi mano derecha,
que sòlo quiere escribir Rosario:
paz para el boliviano secreto
como una piedra de estaño, paz
para que tú te cases, paz para todos
los aserraderos de Bío Bío,
paz para el corazòn desgarrado
de España guerrillera:
paz para el pequeño Museo de Wyoming
en donde lo más dulce
es una almohada con un corazòn bordado,
paz para el panadero y sus amores
y paz para la harina: paz
para todo el trigo que debe nacer,
para todo el amor que buscará follaje,
paz para todos los que viven: paz
para todas las tierras y las aguas.

Yo aquí me despido, vuelvo
a mi casa, en mis sueños,
vuelvo a la Patagonia en donde
el viento golpea los establos
y salpica hielo el Océano.
Soy nada más que un poeta: os amo a todos,
ando errante por el mundo que amo:
en mi patria encarcelan mineros
y los soldados mandan a los jueces.
Pero yo amo hasta las raíces
de mi pequeño país frío.
Si tuviera que morir mil veces
allí quiero morir:
si tuviera que nacer mil veces
allí quiero nacer,
cerca de la araucaria :salvaje,
del vendaval del viento sur,
de las campanas recién compradas.
Que nadie piense en mí.
Pensemos en toda la tierra,
golpeando con amor en la mesa.
No quiero que vuelva la sangre
a empapar el pan, los frijoles,
la música: quiero que venga
conmigo el minero, la niña,
el abogado, el marinero,
el fabricante de muñecas,
que entremos al cine y salgamos
a beber el vino más rojo.

Yo no vengo a resolver nada.

Yo vine aquí para cantar
y para que cantes conmigo.



EL FUGITIVO
(1948)



Por la alta noche, por la vida entera, de lágrima a papel, de
ropa en ropa, anduve en estos días abrumados. Fui el fugitivo
de la policía:
y en la hora de cristal, en la espesura
de estrellas solitarias,
crucé ciudades, bosques,
chacarerías, puertos,
de la puerta de un ser humano a otro,
de la mano de un ser a otro ser, a otro ser,
Grave es la noche, pero el hombre
ha dispuesto sus signos fraternales,
y a ciegas por caminos y por sombras
llegué a la puerta iluminada, al pequeño
punto de estrella que era mío,
al fragmento de pan que en el bosque los lobos
no habían devorado.

Una vez, a una casa, en la campiña,
llegué de noche, a nadie
antes de aquella noche había visto,
ni adivinado aquellas existencias.
Cuanto hacían, sus horas
eran nuevas en mi conocimiento.
Entré, eran cinco de familia:
todos como en la noche de un incendio se habían levantado.
Estreché una
y otra mano, vi un rostro y otro rostro,
que nada me decían: eran puertas
que antes no vi en la calle,
ojos que no conocían mi rostro,
y en la alta noche, apenas
recibido, me tendí al cansancio,
a dormir la congoja de mi patria.

Mientras venía el sueño,
el eco innumerable de la tierra
con sus roncos ladridos y sus hebras
de soledad, continuaba la noche,
y yo pensaba: «Dònde estoy? Quiénes
son? Por qué me guardan hoy?
Por qué ellos, que hasta hoy no me vieron,
abren sus puertas y defienden mi canto?».
Y nadie respondía
sino un rumor de noche deshojada,
un tejido de grillos construyéndose:
la noche entera apenas
parecía temblar en el follaje.
Tierra nocturna, a mi ventana
llegabas con tus labios,
para que yo durmiera dulcemente
como cayendo sobre miles de hojas,
de estaciòn a estaciòn, de nido a nido,
de rama en rama, hasta quedar de pronto
dormido como un muerto en tus raíces.




Era el otoño de las uvas.
Temblaba el parral numeroso.
Los racimos blancos, velados,
escarchaban sus dulces dedos,
y las negras uvas llenaban
sus pequeñas ubres repletas
de un secreto río redondo.
El dueño de casa, artesano
de magro rostro, me leía
el pálido libro terrestre
de los días crepusculares.
Su bondad conocía el fruto,
la rama troncal y el trabajo
de la poda que deja al árbol
su desnuda forma de copa.
A los caballos conversaba
como a inmensos niños: seguían
detrás de él los cinco gatos
y los perros de aquella casa,
unos enarcados y lentos,
otros corriendo locamente
bajo los fríos durazneros.
Él conocía cada rama,
cada cicatriz de los árboles,
y su antigua voz me enseñaba
acariciando a los caballos.




Otra vez a la noche acudí entonces.
Al cruzar la ciudad la noche andina,
la noche derramada abriò su rosa
sobre mi traje.
Era invierno en el Sur.
La nieve había
subido a su alto pedestal, el frío
quemaba con mil puntas congeladas.

El río Mapocho era de nieve negra.
Y yo, entre calle y calle de silencio
por la ciudad manchada del tirano.
Ay!, era yo como el mismo silencio
mirando cuánto amor y amor caía
a través de mis ojos en mi pecho.
Porque esa calle y la otra y el dintel
de la noche nevada, y la nocturna
soledad de los seres, y mi pueblo
hundido, oscuro, en su arrabal de muertos,
todo, la última ventana
con su pequeño ramo de luz falsa,
el apretado coral negro
de habitaciòn y habitaciòn, el viento
nunca gastado de mi tierra,
todo era mío, todo
hacia mí en el silencio levantaba
una boca de amor llena de besos.



Una joven pareja abriò una puerta
que antes tampoco conocí,
Era ella
dorada como el mes de junio,
y él era un ingeniero de altos ojos.
Desde entonces con ellos pan y vino
compartí,
poco a poco
llegué a su intimidad desconocida.
Me dijeron: «Estábamos
separados,
nuestra disensiòn era ya eterna:
hoy nos unimos para recibirte,
hoy te esperamos juntos».
Allí, en la pequeña
habitaciòn reunidos,
hicimos silenciosa fortaleza.
Guardé silencio hasta en el sueño.
Estaba en plena
palma de la ciudad, casi escuchaba
los pasos del Traidor, junto a los muros
que me apartaban, oía
las voces sucias de los carceleros,
sus carcajadas de ladròn, sus sílabas
de borrachos metidos entre balas
en la cintura de la patria mía.
Casi rozaban mi piel silenciosa
los eructos de Holgers y Pobletes,
sus pasos, arrastrándose, tocaban
casi mi corazòn y sus hogueras:
ellos enviando al tormento a los míos,
yo reservando mi salud de espada.
Y otra vez, en la noche, adiòs, Irene,
adiòs, Andrés, adiòs, amigo nuevo,
adiòs a los andamies, a la estrella,
adiòs tal vez a la casa inconclusa
que frente a mi ventana parecía
poblarse de fantasmas lineales.
Adiòs al punto ínfimo de monte
que recogía en mis ojos cada tarde,
adiòs a la luz verde neòn que abría
con su relámpago cada nueva noche.



Otra vez, otra noche, fui más lejos.
Toda la cordillera de la costa,
el ancho margen hacia el mar Pacífico,
y luego entre las calles torcidas,
calleja y callejòn, Valparaíso.
Entré a una casa de marineros.
La madre me esperaba.
«No lo supe hasta ayer -me dijo-: el hijo
me llamò, y el nombre de Neruda
me recorriò como un escalofrío.
Pero le dije: qué comodidades,
hijos, podemos ofrecerle?» «El pertenece
a nosotros, los pobres -me respondiò-,
él no hace burla ni desprecio
de nuestra pobre vida, él la levanta
y la defiende.» «Yo le dije: sea,
y ésta es su casa desde hoy.»
Nadie me conocía en esa casa.
Miré el limpio mantel, la jarra de agua
pura como esas vidas que del fondo
de la noche como alas
de cristal a mí llegaban,
Fui a la ventana: Valparaíso abría sus mil párpados
que temblaban, el aire
del mar nocturno entrò en mi boca,
las luces de los cerros, el temblor
de la luna marítima en el agua,
la oscuridad como una monarquía
aderezada de diamantes verdes,
todo el nuevo reposo que la vida
me entregaba.
Miré: la mesa estaba puesta,
el pan, la servilleta, el vino, el agua,
y una fragancia de tierra y ternura
humedeciò mis ojos de soldado.

Junto a esa ventana de Valparaíso
pasé días y noches.
Los navegantes de mi nueva casa
cada día buscaban
un barco en qué partir.
Eran
engañados una vez y otra vez.
El Atomena
no podía llevarlos, el Sultana
tampoco. Me explicaron:
ellos pagaban la mordida o coima,
a unos y otros jefes. Otros
daban más.
Todo estaba podrido
como en el Palacio de Santiago.
Aquí se abrían los bolsillos
del caporal, del Secretario,
no eran tan grandes como los bolsillos
del Presidente, pero roían
el esqueleto de los pobres.
Triste república azotada
como una perra por ladrones,
aullando sola en los caminos,
golpeada por la policía.
Triste naciòn gonzalizada,
arrojada por los tahúres
al vòmito del delator,
vendida en las esquinas rotas,
desmantelada en un remate.
Triste república en la mano
del que vendiò su propia hija
y su propia patria entregò
herida, muda y maniatada.
Volvían los dos marineros
y partían a cargar al hombro
sacos, bananas, comestibles,
añorando la sal de las olas,
el pan marino, el alto cielo.
En mi día solitario el mar
se alejaba: miraba entonces
la llama vital de los cerros,
cada casa colgando, el
latido de Valparaíso:
los altos cerros desbordantes
de vidas, las puertas pintadas
de turquesa, escarlata y rosa,
los escalones desdentados,
los racimos de puertas pobres,
las viviendas desvencijadas,
la niebla, el humo extendiendo sus
redes de sal sobre las cosas,
los árboles desesperados
agarrándose a las quebradas,
la ropa colgada en los brazos
de las mansiones inhumanas,
el ronco silbato de pronto
hijo de las embarcaciones,
el sonido de la salmuera,
de la niebla, la voz marina,
hecha de golpes y susurros,
todo eso envolvía mi cuerpo
como un nuevo traje terrestre,
y habité la bruma de arriba,
el alto pueblo de los pobres.




Ventana de los cerros! Valparaíso, estaño frío,
roto en un grito y otro de piedras populares!
Mira conmigo desde mi escondite
el puerto gris tachonado de barcas,
agua lunar apenas movediza,
inmòviles depòsitos del hierro.
En otra hora lejana,
poblado estuvo tu mar, Valparaíso,
por los delgados barcos del orgullo,
los Cinco Mástiles con susurro de trigo,
los diseminadores del salitre,
los que de los océanos nupciales
a ti vinieron, colmando tus bodegas.
Altos veleros del día marino,
comerciales cruzados, estandartes
henchidos por la noche marinera,
con vosotros el ébano y la pura
claridad del marfil, y los aromas
del café y de la noche en otra luna,
Valparaíso, a tu paz peligrosa vinieron envolviéndote en
perfume.
Temblaba el Potosí con sus nitratos
avanzando en el mar, pescado y flecha,
turgencia azul, ballena delicada,
hacia otros negros puertos de la tierra.
Cuánta noche del Sur sobre las velas
enrolladas, sobre los empinados
pezones de la máscara del buque,
cuando sobre la Dama del navío,
rostro de aquellas proas balanceadas,
toda la noche de Valparaíso,
la noche austral del mundo, descendía.




Era el amanecer del salitre en las pampas.
Palpitaba el planeta del abono
hasta llenar a Chile como un barco
de nevadas bodegas.
Hoy miro cuanto quedò de todos
los que pasaron sin dejar sus huellas
en las arenas del Pacífico.
Mirad lo que yo miro,
el huraño detritus
qué dejò en la garganta de mi patria
como un collar de pus, la lluvia de oro.
Que te acompañe, caminante,
esta mirada inmòvil que perfora,
atada al cielo de Valparaíso.

Vive el chileno
entre basura y vendaval, oscuro
hijo de la dura Patria.
Vidrios despedazados, techos rotos,
muros aniquilados, cal leprosa,
puerta enterrada, piso de barro,
sujetándose apenas al vestigio
del suelo.
Valparaíso, rosa inmunda,
pestilencial sarcòfago marino!
No me hieras con tus calles de espinas,
con tu corona de agrios callejones,
no me dejes mirar al niño herido
por tu miseria de mortal pantano!
Me duele en ti mí pueblo,
toda mi patria americana,
todo lo que han roído de tus huesos
dejándote ceñida por la espuma
como una miserable diosa despedazada,
en cuyo dulce pecho roto
orinan los perros hambrientos.




Amo, Valparaíso, cuanto encierras,
y cuanto irradias, novia del océano,
hasta más lejos de tu nimbò sordo.
Amo la luz violeta con que acudes
al marinero en la noche del mar,
y entonces eres -rosa de azahares-
luminosa y desnuda, fuego y niebla.
Que nadie venga con un martillo turbio
a golpear lo que amo, a defenderte:
nadie sino mi ser por tus secretos:
nadie sino mi voz por tus abiertas
hileras de rocío, por tus escalones
en donde la maternidad salobre
del mar te besa, nadie sino mis labios
en tu corona fría de sirena,
elevada en el aire de la altura,
oceánico amor, Valparaíso,
reina de todas las costas del mundo,
verdadera central de olas
y barcos,
eres en mí como la luna o como
la direcciòn del aire en la arboleda.
Amo tus criminales callejones,
tu luna de puñal sobre los cerros,
y entre tus plazas la marinería
revistiendo de azul la primavera.

Que se entienda, te pido, puerto mío,
que yo tengo derecho
a escribirte lo bueno y lo malvado
y soy como las lámparas amargas,
cuando iluminan las botellas rotas.




Yo recorrí los afamados mares,
el estambre nupcial de cada isla,
soy el más marinero del papel
y anduve, anduve, anduve
hasta la última espuma,
pero tu penetrante amor marino
fue señalado en mí como ninguno.
Eres la montañosa
cabeza capital
del gran océano,
y en tu celeste grupa de centaura
tus arrabales lucen la pintura
roja y azul de las jugueterías.
Cabrías en un frasco marinero
con tus pequeñas casas y el Latorre
como una plancha gris en una sábana
si no fuera porque la gran tormenta
del más inmenso mar,
el golpe verde
de las rachas glaciales, el martirio
de tus terrenos sacudidos, el horror subterráneo, el oleaje
de todo el mar contra tu antorcha,
te hicieron magnitud de piedra umbría, huracanada iglesia de
la espuma.
Te declaro mi amor, Valparaíso,
y volveré a vivir tu encrucijada,
cuando tú y yo seamos libres
de nuevo, tú en tu trono
de mar y viento, yo en mis húmedas
tierras filosofales. Veremos còmo surge
la libertad entre el mar y la nieve.
Valparaíso, reina sola,
sola en la soledad del solitario
Sur del Océano,
miré cada peñasco
amarillo de tu altura,
toqué tu pulso torrencial, tus manos
de portuaria me dieron el abrazo
que mi alma te pidiò en la hora nocturna
y te recuerdo reinando en el brillo
de fuego azul que tu reino salpica.
No hay otra como tú sobre la arena,
Albacora del Sur, reina del agua.




Así, pues, de noche en noche,
aquella larga hora, la tiniebla
hundida en todo el litoral chileno,
fugitivo pasé de puerta en puerta.
Otras casas humildes, otras manos
en cada arruga de la Patria estaban
esperando mis pasos.
Tú pasaste
mil veces por esa puerta que no te dijo nada,
por ese muro sin pintar, por esas
ventanas con marchitas flores.
Para mí era el secreto:
estaba para mí palpitando,
era en las zonas del carbòn,
empapadas por el martirio,
era en los puertos de la costa
junto al antartico archipiélago,
era, escucha, tal vez en esa
calle sonora, entre la música
del mediodía de las calles,
o junto al parque esa ventana
que nadie distinguiò entre las otras
ventanas, y que me esperaba
con un plato de sopa clara
y el corazòn sobre la mesa.
Todas las puertas eran mías,
todos dijeron: «Es mi hermano,
tráelo a esta casa pobre»,
mientras mi patria se teñía
con tantos castigos
como un lagar de vino amargo.
Vino el pequeño hojalatero,
la madre de aquellas muchachas,
el campesino desgarbado,
el hombre que hacía jabones,
la dulce novelista, el joven
clavado como un insecto
a la oficina desolada,
vinieron y en su puerta había
un signo secreto, una llave
defendida como una torre
para que yo entrara de pronto,
de noche, de tarde o de día
y sin conocer a nadie
dijera: «Hermano, ya sabes quién soy,
me parece que me esperabas».




Qué puedes tú, maldito, contra el aire?
Qué puedes tú, maldito, contra todo
lo que florece y surge y calla y mira,
y me espera y te juzga?
Maldito, con tus traiciones
está lo que compraste, lo que debes
regar a cada rato con monedas.
Maldito, puedes
relegar, apresar y dar tormentos,
y apresuradamente pagar pronto,
antes de que el vendido se arrepienta,
podrás dormir apenas
rodeado de compradas carabinas,
mientras en el regazo de mi patria
vivo yo, el fugitivo de la noche!

Qué triste es tu pequeña y pasajera
victoria! Mientras Aragòn, Ehrembürg,
Éluard, los poetas
de París, los valientes
escritores
de Venezuela y otros y otros y otros
están conmigo,
tú, maldito,
entre Escanilla y Cuevas,
Peluchoneaux y Poblete!
Yo por escalas que mi pueblo asume,
en socavones que mi pueblo esconde,
sobre mi patria y su ala de paloma
duermo, sueño y derribo tus fronteras.




A todos, a vosotros,
los silenciosos seres de la noche
que tomaron mi mano en las tinieblas, a vosotros,
lámparas
de la luz inmortal, líneas de estrella,
pan de las vidas, hermanos secretos,
a todos, a vosotros,
digo: no hay gracias,
nada podrá llenar las copas
de la pureza,
nada puede
contener todo el sol en las banderas
de la primavera invencible,
como vuestras calladas dignidades.
Solamente
pienso
que he sido tal vez digno de tanta
sencillez, de flor tan pura,
que tal vez soy vosotros, eso mismo,
esa miga de tierra, harina y canto,
ese amasijo natural que sabe
de dònde sale y dònde pertenece.
No soy una campana de tan lejos,
ni un cristal enterrado tan profundo
que tú no puedas descifrar, soy sòlo
pueblo, puerta escondida, pan oscuro,
y cuando me recibes, te recibes
a ti mismo, a ese huésped
tantas veces golpeado
y tantas veces
renacido.
A todo, a todos,
a cuantos no conozco, a cuantos nunca
oyeron este nombre, a los que viven
a lo largo de nuestros largos ríos,
al pie de los volcanes, a la sombra
sulfúrica del cobre, a pescadores y labriegos,
a indios azules en la orilla
de lagos centelleantes como vidrios,
al zapatero que a esta hora interroga
clavando el cuero con antiguas manos,
a ti, al que sin saberlo me ha esperado,
yo pertenezco y reconozco y canto.




Arena americana, solemne
plantaciòn, roja cordillera,
hijos, hermanos desgranados
por las viejas tormentas,
juntemos todo el grano vivo
antes de que vuelva a la tierra,
y que el nuevo maíz que nace
haya escuchado tus palabras
y las repita y se repitan.
Y se canten de día y de noche,
y se muerdan y se devoren,
y se propaguen por la tierra,
y se hagan, de pronto, silencio,
se hundan debajo de las piedras,
encuentren las puertas nocturnas,
y otra vez salgan a nacer,
a repartirse, a conducirse
como el pan, como la esperanza,
como el aire de los navíos.
El maíz te lleva mi canto,
salido desde las raíces
de mi pueblo, para nacer,
para construir, para cantar,
y pata ser otra vez semilla
más numerosa en la tormenta.

Aquí están mis manos perdidas.
Son invisibles, pero tú
las ves a través de la noche,
a través del viento invisible.
Dame tus manos, yo las veo
sobre las ásperas arenas
de nuestra noche americana,
y escojo la tuya y la tuya,
esa mano y aquella otra mano,
la que se levanta a luchar
y la que vuelve a ser sembrada.

No me siento solo en la noche,
en la oscuridad de la tierra.
Soy pueblo, pueblo innumerable.
Tengo en mi voz la fuerza pura
para atravesar el silencio
y germinar en las tinieblas.
Muerte, martirio, sombra, hielo,
cubren de pronto la semilla.
Y parece enterrado el pueblo.
Pero el maíz vuelve a la tierra.
Atravesaron el silencio
sus implacables manos rojas.
Desde la muerte renacemos.




LAS FLORES DE PUNITAQUI


el valle de las piedras (1946)



Hoy ha caído, 25 de abril,
sobre los campos de Ovalle,
la lluvia, la esperada, el agua de 1946.

En este primer jueves mojado, un día de vapor
construye sobre los cerros, su gris ferretería.
Es este jueves de las pequeñas semillas
que en sus bolsas guardaron los campesinos hambrientos:
hoy apresuradamente picarán la tierra y en ella
dejarán caer sus granitos de verde vida.

Recién hoy subí Río Hurtado hacia arriba:
hacia arriba, entre los ásperos cerros quisquillosos,
erizados de espinas, porque el gran cactus andino,
como un cruel candelabro, aquí se establece.

Y sobre sus eriales espinas, como una vestidura
escarlata, o como una mancha de terrible arrebol,
como sangre de un cuerpo arrastrado sobre un millar de púas,
el quintral ha encendido sus lámparas sangrientas.

Las rocas son inmensas bolsas coaguladas
en la edad del fuego, sacos ciegos de piedra
que rodaron hasta fundirse en estas
implacables estatuas que vigilan el valle.

El río lleva un dulce y agònico rumor
de últimas aguas entre la sauceoscura
multitud del follaje, y los álamos
dejan caer a gotas su delgado amarillo.

Es el otoño de Norte Chico, el atrasado otoñò.

Aquí más parpadea la luz en el racimo.

Como una mariposa, se detiene más tiempo
el transparente sol hasta cuajar la uva,
y brillan sobre el valle sus paños moscateles.




hermano pablo

Mas hoy los campesinos vienen a verme: «Hermano,
no hay agua, hermano Pablo, no hay agua, no ha llovido.

Y la escasa corriente
del río
siete días circula, siete días se seca.

Nuestras vacas han muerto arriba en la cordillera.

Y la sequía empieza a matar niños.
Arriba, muchos no tienen qué comer.
Hermano Pablo, tú hablarás al ministro».

(Sí, hermano Pablo hablará al ministro, pero ellos no saben
còmo me ven llegar esos
sillones de cuero ignominioso
y luego la madera ministerial, fregada
y pulida por la saliva aduladora.
Mentirá el ministro, se sobará las manos,
y las ganaderías del pobre comunero,
con el burro y el perro, por las deshilachadas
rocas caerán, de hambre en hambre, hacia abajo,




el hambre y la ira

Adiòs, adiòs a tu predio, a la sombra
que ganaste, a la rama
transparente, a la tierra consagrada,
al buey, adiòs, al agua avara,
adiòs, a las vertientes, a la música
que no llegò en la lluvia, al cinto pálido
de la resaca y pedregosa aurora.

Juan O valle, la mano te di, mano sin agua,
mano de piedra, mano de pared y sequía.
Y te dije: a la parda oveja, a las más ásperas
estrellas, a la luna como cárdeno cardo,
maldice, el ramo roto de los labios nupciales,
pero al hombre no toques, al hombre aún no derrames
pegándole en las venas, aún no tinas la arena,
aún no enciendas el Valle con el árbol
de las caídas ramas arteriales.

Juan Ovalle, no mates. Y tu mano
me contestò: «Estas tierras
quieren matar, buscan de noche
venganza, el viejo aire ambarino
en la amargura es aire de veneno,
y la guitarra es como una cadera
de crimen, y el viento es un cuchillo ».




les quitan la tierra

Porque detrás del valle y la sequía,
detrás del río y la delgada hoja,
acechando el terròn y la cosecha,
el ladròn de las tierras.

Mira aquel árbol de sonante púrpura,
contempla su estandarte arrebolado,
y detrás de su estirpe matutina,
el ladròn de tierras.

Oyes como la, sal del arrecife
el viento de cristal en los nogales,
pero sobre el azul de cada día
el ladròn de tierras.

Sientes entre las capas germinales
latir el trigo en su flecha dorada,
pero entre el pan y el hombre hay una máscara:
el ladròn de tierras.




hacia los minerales

Después a las altas piedras
de sal y de oro, a la enterrada
república de los metales
subí:
eran los dulces muros en que una
piedra se amarra con otra,
con un beso de barro oscuro.

Un beso entre piedra y piedra
por los caminos tutelares,
un beso de tierra y tierra
entre las grandes uvas rojas,
y como un diente junto a otro diente
la dentadura de la tierra,
las pircas de materia pura,
las que llevan el interminable
beso de las piedras del río
a los mil labios del camino.

Subamos desde la agricultura al oro.
Aquí tenéis los altos pedernales.

El peso de la mano es como un ave.
Un hombre, un ave, una substancia de aire,
de obstinaciòn, de vuelo, de agonía,
un párpado tal vez, pero un combate.

Y de allí en la transversal cuna del oro,
en Punitaqui, frente a frente
con los callados palanqueros
del pique, de la pala, ven,
Pedro, con tu paz de cuero,
ven, Ramírez, con tus abrasadas
manos que indagaron el útero
de las cerradas minerías,
salud, en las gradas, en
los calcáreos subterráneos
del oro, abajo en sus matrices,
quedaron vuestras digitales
herramientas marcadas con fuego.




las flores de punitaqui

Era dura la patria allí como antes.
Era una sal perdida el oro,
era
un pez enrojecido y en el terròn colérico
su pequeño minuto triturado
nacía, iba naciendo de las uñas sangrientas.

Entre el alba como un almendro frío,
bajo los dientes de las cordilleras,
el corazòn perfora su agujero,
rastrea, toca, sufre, sube y a la altura
más esencial, más planetaria, llega
con camiseta rota.

Hermano de corazòn quemado,
junta en mi mano esta jornada,
y bajemos una vez más a las capas dormidas
en que tu mano como una tenaza
agarrò el oro vivo que quería volar
aún más profundo, aún más abajo, aún.
Y allí con unas flores
las mujeres de allí, las chilenas de arriba,
las minerales hijas de la mina,
un ramo entre mis manos, unas flores
de Punitaqui, unas rojas flores,
geranios, flores pobres
de aquella tierra dura,
depositaron en mis manos como
si hubieran, sido halladas en la mina más honda,
si aquellas flores hijas de agua roja
volvieran desde el fondo sepultado del hombre.

Tomé sus manos y sus flores, tierra
despedazada y mineral, perfume
de pétalos profundos y dolores.
Supe al mirarlas de dònde vinieron
hasta la soledad dura del oro,
me mostraron como gotas de sangre
las vidas derramadas.

Eran en su pobreza
la fortaleza florecida, el ramo
de la ternura y su metal remoto.
Flores de Punitaqui, arterias, vidas, junto
a mi cama, en la noche, vuestro aroma
se levanta y me guía por los más subterráneos
corredores del duelo,
por la altura picada, por la nieve, y aun
por las raíces donde sòlo las lágrimas alcanzan.

Flores, flores de altura,
flores de mina y piedra, flores
de Punitaqui, hijas
del amargo subsuelo: en mí, nunca olvidadas,
quedasteis vivas, construyendo
la pureza inmortal, una corola
de piedra que no muere.




el oro

Tuvo el oro ese día de pureza.
Antes de hundir de nuevo su estructura
en la sucia salida que lo aguarda,
recién llegado, recién desprendido
de la solemne estatua de la tierra,
fue depurado por el fuego, envuelto
por el sudor y las manos del hombre.

Allí se despidiò el pueblo del oro.
Y era terrestre su contacto, puro
como la madre gris de la esmeralda.
Igual era la mano sudorosa
que recogiò el lingote enmarañado,
a la cepa de tierra reducida
por la infinita dimensiòn del tiempo,
al color terrenal de las semillas,
al suelo poderoso de secretos,
a la tierra que labra los racimos.

Tierras del oro sin manchar, humanos
materiales, metal inmaculado
del pueblo, virginales minerías,
que se tocan sin verse en la implacable
encrucijada de sus dos caminos:
el hombre seguirá mordiendo el polvo,
seguirá siendo tierra pedregosa,
y el oro subirá sobre su sangre
hasta herir y reinar sobre el herido.




el camino del oro

Entrad, señor, comprad patria y terreno,
habitaciones, bendiciones, ostras,
todo se vende aquí donde llegasteis.
No hay torre qué no caiga en vuestra pòlvora,
no hay presidencia que rechace nada,
no hay red que no reserve su tesoro.

Como somos tan «libres» como el viento,
podéis comprar el viento, la cascada,
y en la desarrollada celulosa
ordenar las impuras opiniones,
o recoger amor sin albedrío,
destronado en el lino mercenario.

El oro se cambiò de ropa usando
formas de trapo, de papel raído,
fríos hilos de lámina invisible, cintutònes de dedos
enroscados.

A la doncella en su nuevo castillo
llevò el padre de abierta dentadura
el plato de billetes
que devorò la bella disputándolo
en el suelo a golpes de sonrisa.
Al obispo subiò la investidura
de los siglos del oro, abriò la puerta
de los jueces, mantuvo las alfombras,
hizo temblar la noche en los burdeles,
corriò con los cabellos en el viento.

(Yo he vivido la edad en que reinaba.
He visto consumida podredumbre,
pirámides de estiércol abrumadas
por el honor: llevados y traídos
césares de la lluvia purulenta,
convencidos del peso que ponían
en las balanzas, rígidos
muñecos de la muerte, calcinados
por su ceniza dura y devorante.)




la huelga

Fui más allá del oro:
entré en la huelga.
Allí duraba el hilo delicado
que une a los seres, allí la cinta pura
del hombre estaba viva.
La muerte, los mordía,
el oro, ácidos dientes y veneno
estiraba hacia ellos, pero el pueblo
puso sus pedernales en la puerta,
fue terròn solidario que dejaba
transcurrir la ternura y el combate
como dos aguas paralelas,
hilos
de las raíces, olas de la estirpe.

Vi la huelga en: los brazos reunidos
que apartan el desvelo
y en una pausa trémula de lucha
vi por primera vez lo único vivo!
La unidad de las vidas de los hombres.

En la cocina de la resistencia
con sus fogones pobres, en los ojos
de las mujeres, en las manos insignes
que con torpeza se inclinaban
hacia el ocio de un día
como en un mar azul desconocido,
en la fraternidad del pan escaso,
en la reuniòn inquebrantable, en todos
los gérmenes de piedra que surgían
en aquella granada valerosa
elevada en la sal del desamparo,
hallé por fin la fundaciòn perdida,
la remota ciudad de la ternura.




el poeta

Antes anduve por la vida, en medio
de un amor doloroso: antes retuve
una pequeña página de cuarzo
clavándome los ojos en la vida.
Compré bondad, estuve en el mercado
de la codicia, respiré las aguas
más sordas de la envidia, la inhumana
hostilidad de máscaras y seres.
Viví un mundo de ciénaga marina
en que la flor, de pronto, la azucena
me devoraba en su temblor de espuma,
y donde puse el pie resbalò mi alma
hacia las dentaduras de! abismo.
Así naciò mi poesía, apenas
rescatada de ortigas, empuñada
sobre la soledad como un castigo,
o apartò en el jardín, de la impudicia
su más secreta flor hasta enterrarla.
Aislado así como el agua sombría
que vive en sus profundos corredores,
corrí de mano en mano, al aislamiento
de cada ser, al odio cuotidiano.
Supe que así vivían, escondiendo
la mitad de los seres, como peces
del más extraño mar, y en las fangosas
inmensidades encontré la muerte.
La muerte abriendo puertas y caminos.
La muerte deslizándose en los muros.




la muerte en el mundo

La muerte iba mandando y recogiendo
en lugares y tumbas su tributo:
el hombre con puñal o con bolsillo,
a mediodía o en la luz nocturna,
esperaba matar, iba matando,
iba enterrando seres y ramajes,
asesinando y devorando muertos.
Preparaba sus redes, estrujaba,
desangraba, salía en las mañanas
oliendo sangre de la cacería,
y al volver de su triunfo estaba envuelto
por fragmentos de muerte y desamparo,
y matándose entonces enterraba
con ceremonia funeral sus pasos.

Las casas de los vivos eran muertas.
Escoria, techos rotos, orinales,
agusanados callejones, cuevas
acumuladas con el llanto humano.
-Así debes vivir -dijo el decreto.
-Púdrete en tu substancia -dijo el jefe.
-Eres inmundo -razonò la Iglesia.
-Acuéstate en el lodo -te dijeron.
Y unos cuantos armaron la ceniza
para que gobernara y decidiera,
mientras la flor del hombre se golpeaba
contra los muros que le construyeron.

El cementerio tuvo pompa y piedra.
Silencio para todos y estatura
de vegetales altos y afilados.
Al fin estás aquí, por fin nos dejas
un hueco en medio de la selva amarga,
por fin te quedas tieso entre paredes
que no traspasarás. Y cada día
las flores como un río de perfume
se juntaron al río de los muertos.
Las flores que la vida no tocaba
cayeron sobre el hueco que dejaste.




el hombre

Aquí encontré el amor. Naciò en la arena,
creciò sin voz, tocò los pedernales
de la dureza y resistiò a la muerte.
Aquí el hombre era vida que juntaba
la intacta luz, el mar sobreviviente,
y atacaba y cantaba y combatía
con la misma unidad de los metales.
Aquí los cementerios eran tierra
apenas levantada, cruces rotas,
sobre cuyas maderas derretidas
se adelantaban los vientos arenosos.




la huelga

Extraña era la fábrica inactiva.
Un silencio en la planta, una distancia
entre máquina y hombre, como un hilo
cortado entre planetas, un vacío
de las manos del hombre que consumen
el tiempo construyendo, y las desnudas
estancias sin trabajo y sin sonido.
Cuando el hombre dejò las madrigueras
de la turbina, cuando desprendiò
los brazos de la hoguera y decayeron
las entrañas del horno, cuando sacò los ojos
de la rueda y la luz vertiginosa
se detuvo en su círculo invisible,
de todos los poderes poderosos,
de los círculos puros de potencia,
de la energía sobrecogedora,
quedò un montòn de inútiles aceros
y en las salas sin hombre, el aire viudo,
el solitario aroma del aceite.

Nada existía sin aquel fragmento
golpeando, sin Ramírez,
sin el hombre de ropa desgarrada.
Allí estaba la piel de los motores,
acumulada en muerto poderío,
como negros cetáceos en el fondo
pestilente de un mar sin oleaje,
o montañas hundidas de repente
bajo la soledad de los planetas.




el pueblo

Paseaba el pueblo sus banderas rojas
y entre ellos en la piedra que tocaron
estuve, en la jornada fragorosa
y en las altas canciones de la lucha.
Vi còmo paso a paso conquistaban.
Sòlo su resistencia era camino,
y aislados eran como trozos rotos
de una estrella, sin boca y sin brillo.
Juntos en la unidad hecha silencio,
eran el fuego, el canto indestructible,
el lento paso del hombre en la tierra
hecho profundidades y batallas.
Eran la dignidad que combatía
lo que fue pisoteado, y despertaba
como un sistema, el orden de las vidas
que tocaban la puerta y se sentaban
en la sala central con sus banderas.




la letra

Así fue. Y así será. En las sierras
calcáreas, y a la orilla
del humo, en los talleres,
hay un mensaje escrito en las paredes
y el pueblo, sòlo el pueblo puede verlo.
Sus letras transparentes se formaron
con sudor y silencio. Están escritas.
Las amasaste, pueblo, en tu camino
y están sobre la noche como el fuego
abrasador y oculto de la aurora.
Entra, pueblo, en las márgenes del día.
Anda como un ejército, reunido,
y golpea la tierra con tus pasos
y con la misma identidad sonora.
Sea uniforme tu camino como
es uniforme el sudor en la batalla,
uniforme la sangre polvorienta
del pueblo fusilado en los caminos.

Sobre esta claridad irá naciendo
la granja, la ciudad, la minería,
y sobre esta unidad como la tierra
firme y germinadora se ha dispuesto
la creadora permanencia, el germen
de la nueva ciudad: para las vidas.
Luz de los gremios maltratados, patria
amasada por manos metalúrgicas,
orden salido de los pescadores
como un ramo del mar, muros armados
por la albañilería desbordante,
escuelas cereales, armaduras
de fábricas amadas por el hombre.
Paz desterrada que regresas, pan
compartido, aurora, sortilegio
del amor terrenal, edificado
sobre los cuatro vientos del planeta.



LOS RÍOS DEL CANTO


carta a miguel otero silva, en caracas (1949)


Un viajero me trajo tu carta escrita
con palabras invisibles, sobre su traje, en sus ojos.
Qué alegre eres, Miguel, qué alegres somos!
Ya no queda en un mundo de úlceras estucadas
sino nosotros, indefinidamente alegres.
Veo pasar al cuervo y no me puede hacer daño.
Tú observas el escorpiòn y limpias tu guitarra.
Vivimos entre las fieras, cantando, y cuando tocamos
un hombre, la materia de alguien en quien creíamos,
y éste se desmorona como un pastel podrido,
tú en tu venezolano patrimonio recoges
lo que puede salvarse, mientras que yo defiendo
la brasa de la vida.
Qué alegría, Miguel!
Tú me preguntas dònde estoy? Te contaré
-dando sòlo detalles útiles al Gobierno-
que en esta costa llena de piedras salvajes
se unen el mar y el campo, olas y pinos,
águilas y petreles, espumas y praderas.
Has visto desde muy cerca y todo el día
còmo vuelan los pájaros del mar? Parece
que llevaran las cartas del mundo a sus destinos.
Pasan los alcatraces como barcos del viento,
otras aves que vuelan como flechas y traen
los mensajes de los reyes difuntos, de los príncipes
enterrados con hilos de turquesa en las costas andinas,
y las gaviotas hechas de blancura redonda,
que olvidan continuamente sus mensajes.

Qué azul es la vida, Miguel, cuando hemos puesto en ella
amor y lucha, palabras que son el pan y el vino,
palabras que ellos no pueden deshonrar todavía,
porque nosotros salimos a la calle con escopeta y cantos.
Están perdidos con nosotros, Miguel.
Qué pueden hacer sino matarnos y aun así
les resulta un mal negocio, sòlo pueden
tratar de alquilar un piso frente a nosotros y seguirnos
para aprender a reír y a llorar como nosotros.
Cuando yo escribía versos de amor, que me brotaban
por todas partes, y me moría de tristeza,
errante, abandonado, royendo el alfabeto,
me decían: «Qué grande eres, oh Teòcrito!».
Yo no soy Teòcrito: tomé a la vida,
me puse frente a ella, la besé hasta vencerla,
y luego me fui por los callejones de las minas
a ver còmo vivían otros hombres.
Y cuando salí con las manos teñidas de basura y dolores,
las levanté mostrándolas en las cuerdas de oro,
y dije: «Yo no comparto el crimen».
Tosieron, se disgustaron mucho,
me quitaron el saludo, me dejaron de llamar Teòcrito, y
terminaron por insultarme y mandar toda la policía a
encarcelarme,
porque no seguía preocupado exclusivamente de asuntos
metafísicos.
Pero yo había conquistado la alegría.
Desde entonces me levanté leyendo las cartas
que traen las aves del mar desde tan lejos,
cartas que vienen mojadas, mensajes que poco a poco
voy traduciendo con lentitud y seguridad: soy meticuloso
como un ingeniero en este extraño oficio.
Y salgo de repente a la ventana. Es un cuadrado
de transparencia, es pura la distancia
de hierbas y peñascos, y así voy trabajando
entre las cosas que amo: olas, piedras, avispas,
con una embriagadora felicidad marina.
Pero a nadie le gusta que estemos alegres, a ti te asignaron
un papel bonachòn: «Pero no exagere, no se preocupe»,
y a mí me quisieron clavar en un insectario, entre las lágrimas,
para que éstas me ahogaran y ellos pudieran decir sus
discursos en mi tumba.

Yo recuerdo un día en la pampa arenosa
del salitre, había quinientos hombres
en huelga. Era la tarde abrasadora
de Tarapacá. Y cuando los rostros habían recogido
toda la arena y el desangrado sol seco del desierto,
yo vi llegar a mi corazòn, como una copa que odio,
la vieja melancolía. Aquella hora de crisis,
en la desolaciòn de los salares, en ese minuto débil de
la lucha, en que podríamos haber sido vencidos,
una niña pequeñita y pálida venida de las minas
dijo con una voz valiente en que se juntaban el cristal y el
acero
un poema tuyo, un viejo poema tuyo que rueda entre los ojos
arrugados
de todos los obreros y labradores de mi patria, de América.
Y aquel trozo de canto tuyo refulgiò de repente
en mi boca como una flor purpúrea
y bajò hacia mi sangre, llenándola de nuevo
con una alegría desbordante nacida de tu canto.
Y yo pensé no sòlo en ti, sino en tu Venezuela amarga.
Hace años vi un estudiante que tenía en los tobillos
la señal de las cadenas que un general le había impuesto,
y me contò còmo los encadenados trabajaban en los caminos
y los calabozos donde la gente se perdía. Porque así ha sido
nuestra América:
una llanura con ríos devorantes y constelaciones
de mariposas (en algunos sitios, las esmeraldas son espesas
como manzanas),
pero siempre a lo largo de la noche y de los ríos
hay tobillos que sangran, antes cerca del petròleo,
hoy cerca del nitrato, en Pisagua, donde un déspota sucio
ha enterrado la flor de mi patria para que muera, y él pueda
comerciar con los huesos.
Por eso cantas, por eso, para que América deshonrada y herida
haga temblar sus mariposas y recoja sus esmeraldas
sin la espantosa sangre del castigo, coagulada
en las manos de los verdugos y de los mercaderes.
Yo comprendí qué alegre estarías, cerca del Orinoco,
cantando,
seguramente, o bien comprando vino para tu casa,
ocupando tu puesto en la lucha y en la alegría,
ancho de hombros, como son los poetas de este tiempo
-con trajes claros y zapatos de camino-
Desde entonces, he ido pensando que alguna vez te
escribiría,
y cuando el amigo llegò, todo lleno de historias tuyas
que se le desprendían de todo el traje
y que bajo los castaños de mi casa se derramaron,
me dije: «Ahora», y tampoco comencé a escribirte.
Pero hoy ha sido demasiado: pasò por mi ventana
no sòlo un ave del mar, sino millares,
y recogí las cartas que nadie lee y que ellas llevan
por las orillas del mundo hasta perderlas.
Y entonces en cada una leía palabras tuyas
y eran como las que yo escribo y sueño y cantò,
y entonces decidí enviarte esta carta, que termino aquí
para mirar por la ventana el mundo que nos pertenece.




a rafael Alberti (Puerro de Santa María, España)

Rafael, antes de llegar a España me saliò al camino
tu poesía, rosa literal, racimo biselado,
y ella hasta ahora ha sido no para mí un recuerdo,
sino luz olorosa, emanaciòn de un mundo.

A tu tierra reseca por la crueldad trajiste
el rocío que el tiempo había olvidado,
y España despertò contigo en la cintura,
otra vez coronada de aljòfar matutino.

Recordarás lo que yo traía: sueños despedazados
por implacables ácidos, permanencias
en aguas desterradas, en silencios
de donde las raíces amargas emergían
como palos quemados en el bosque.
Còmo puedo olvidar, Rafael, aquel tiempo?

A tu país llegué como quien cae
a una luna de piedra, hallando en todas partes
águilas del erial, secas espinas,
pero tu voz allí, marinero, esperaba
para darme la bienvenida y la fragancia
del alhelí, la miel de los frutos marinos.

Y tu poesía estaba en la mesa, desnuda.

Los pinares del Sur, las razas de la uva
dieron a tu diamante cortado sus resinas,
y al tocar tan hermosa claridad, mucha sombra
de la que tiraje al mundo, se deshizo.

Arquitectura hecha en la luz, como los pétalos,
a través de tus versos de embriagador aroma
yo vi el agua de antaño, la nieve hereditaria,
y a ti más que a ninguno debo España.
Con tus dedos toqué panal y páramo,
conocí las orillas gastadas por el pueblo
como por un océano, y las gradas
en que la poesía fue estrellando
toda su vestidura de zafiros.

Tú sabes que no enseña sino el hermano. Y en esa
hora no sòlo aquello me enseñaste,
no sòlo la apagada pompa de nuestra estirpe,
sino la rectitud de tu destino,
y cuando una vez más llegò la sangre a España
defendí el patrimonio del pueblo que era mío.

Ya sabes tú, ya sabe todo el mundo estas cosas.
Yo quiero solamente estar contigo,
y hoy que te falta la mitad de la vida,
tu tierra, a la que tienes más derecho que un árbol,
hoy que de las desdichas de la patria no sòlo
el luto del que amamos, sino tu ausencia cubren
la herencia del olivo que devoran los lobos,
te quiero dar, ay!, si pudiera, hermano grande,
la estrellada alegría que tú me diste entonces.

Entre nosotros dos la poesía
se toca como piel celeste,
y contigo me gusta recoger un racimo,
este pámpano, aquella raíz de las tinieblas.

La envidia que abre puertas en los seres
no pudo abrir tu puerta, ni la mía. Es hermoso
como cuando la còlera del viento
desencadena su vestido afuera
y están el pan, el vino y el fuego con nosotros
dejar que aúlle el vendedor de furia,
dejar que silbe el que pasò entre tus pies,
y levantar la copa llena de ámbar
con todo el rito de la transparencia.
Alguien quiere olvidar que tú eres el primero?
Déjalo que navegue y encontrará tu rostro.
Alguien quiere enterrarnos precipitadamente?
Está bien, pero tiene la obligaciòn del vuelo.

Vendrán, pero quién puede sacudir la cosecha
que con la mano del otoño fue elevada
hasta teñir el mundo con el temblor del vino?

Dame esa copa, hermano, y escucha: estoy rodeado
de mi América húmeda y torrencial, a veces
pierdo el silencio, pierdo la corola nocturna,
y me rodea el odio, tal vez nada, el vacío
de un vacío, el crepúsculo
de un perro, de una rana,
y entonces siento que tanta tierra mía nos separe,
y quiero irme a mi casa en que, yo sé, me esperas,
sòlo para ser buenos como sòlo nosotros
podemos serlo. No debemos nada.

Y a ti sí que te deben, y es una patria: espera.

Volverás, volveremos. Quiero contigo un día
en tus riberas ir embriagados de oro
hacia tus puertos, puertos del Sur que entonces no alcancé.
Me mostrarás el mar donde sardinas
y aceitunas disputan las. arenas,
y aquellos campos con los toros de ojos verdes
que Villalòn (amigo que tampoco
me vino a ver, porque estaba enterrado)
tenía, y los toneles del jerez, catedrales
en cuyos corazones gongorinos
arde el topacio con pálido fuego.

Iremos, Rafael, adonde yace
aquel que con sus manos y las tuyas
la cintura de España sostenía.
El muerto que no pudo morir, aquel a quien tú guardas,
porque sòlo tu existencia lo defiende.
Allí está Federico, pero hay muchos que, hundidos, enterados,
entre las cordilleras españolas,
caídos
injustamente, derramados,
perdido cereal en las montañas,
son nuestros, y nosotros estamos en su arcilla.

Tú vives porque siempre fuiste un dios milagroso.
A nadie más que a ti te buscaron, querían
devorarte los lobos, romper tu poderío.
Cada uno quería ser gusano en tu muerte.

Pues bien, se equivocaron. Es tal vez la estructura
de tu canciòn, intacta transparencia,
armada decisiòn de tu dulzura,
dureza, fortaleza, delicada,
la que salvò tu amor para la tierra.

Yo iré contigo para probar el agua
del Genil, del dominio que me diste,
a mirar en la plata que navega
las efigies dormidas que fundaron
las sílabas azules de tu canto.

Entraremos también en las herrerías; ahora
el metal de los pueblos allí espera
nacer en los cuchillos: pasaremos cantando
junto a las redes rojas que mueve el firmamento. Cuchillos,
redes, cantos borrarán los dolores.
Tu pueblo llevará con las manos quemadas
por la pòlvora, como laurel de las praderas,
lo que tu amor fue desgranando en la desdicha.

Sí, de nuestros destierros nace la flor, la forma
de la patria que el pueblo reconquista con truenos,
y no es un día solo el que elabora
la miel perdida, la verdad del sueño,
sino cada raíz que se hace canto
hasta poblar el mundo con sus hojas.
Tú estás allí, no hay nada que no mueva
la luna diamantina que dejaste:

la soledad, el viento en los rincones,
todo toca tu puro territorio,
y los últimos muertos, los que caen
en la prisiòn, leones fusilados,
y los de las guerrillas, capitanes
del corazòn, están humedeciendo
tu propia investidura cristalina,
tu propio corazòn con sus raíces..

Ha pasado el tiempo desde aquellos días en que compartimos
dolores que dejaron una herida radiante,
el caballo de la guerra que con sus herraduras
atropello la aldea destrozando los vidrios.
Todo aquello naciò bajo la pòlvora,
todo aquello te aguarda para elevar la espiga,
y en ese nacimiento se envolverán de nuevo
el humo y la ternura de aquellos duros días.

Ancha es la piel de España y en ella tu acicate
vive como una espada de ilustre empuñadura,
y no hay olvido, no hay invierno que te borre,
hermano fulgurante, de los labios del pueblo.
Así te hablo, olvidando tal vez una palabra,
contestando al fin cartas que no recuerdas
y que cuando los climas del Este me cubrieron
como aroma escarlata, llegaron
hasta mi soledad.
Que tu frente dorada
encuentre en esta carta un día de otro tiempo,
y otro tiempo de un día que vendrá.
Me despido
hoy, 1948, dieciséis de diciembre,
en algún punto de América en que canto.




a gonzález Carballo (En Río de la Plata)

Cuando la noche devorò los sonidos humanos, y desplomò
su sombra línea a línea,
oímos, en el silencio acrecentado, más allá de los seres,
el rumor de río de González Carbalho,
su agua profunda y permanente, su transcurso que parece
inmòvil como el crecimiento del árbol o. del tiempo.

Este gran poeta fluvial acompaña el silencio del mundo,
con sonora austeridad, y el que quiera en medio
de los tráfagos oírlo, que ponga (como lo hace en los
bosques o en los llanos, el explorador extraviado) su oído
sobre la tierra: y aun en medio de la calle, oirá subir
entre los pasos del estruendo, esta poesía: las voces
profundas de la tierra y del agua.

Entonces, bajo la ciudad y su atropello, bajo las lámparas
de falda escarlata, como el trigo que nace, irrumpiendo en
toda latitud, este río que canta.

Sobre su cauce, asustadas aves de
crepúsculo, gargantas de arrebol que dividen el espacio,
hojas purpúreas que descienden.

Todos los hombres que se atrevan a mirar la soledad:
los que toquen la cuerda abandonada, todos los
inmensamente puros, y aquellos que desde la nave escucharon
sal, soledad y noche reunirse,
oirán el coro de González Carbalho surgir alto y cristalino
desde su primavera nocturna.
Recordáis otro? Príncipe de Aquifania: a su torre
abolida,
substituyò en la hora inicial, el rincòn de las lágrimas
que el hombre milenario trasvasò copa a copa.
Y que lo sepa aquel que no mirò los rostros, el vencedor
o el vencido:
preocupados del viento de zafiro o de la copa amarga;
más allá de la calle y la calle, más allá de una hora,
tocad esas tinieblas, y continuemos juntos.

Entonces, en el mapa desordenado de las pequeñas vidas
con tinta azul: el río, el río de las aguas que cantan,
hecho de la esperanza del padecer perdido,
del agua sin angustia que sube a la victoria.
Mi hermano hizo este río:
de su alto y subterráneo canto se construyeron
estos graves sonidos mojados de silencio.
Mi hermano es este río que rodea las cosas.

Donde estéis, en la noche, de día, de camino,
sobre los desvelados trenes de las praderas,
o junto a la empapada rosa del alba fría,
o más bien
en medio de los trajes, tocando
el torbellino,
caed en tierra, que vuestro rostro reciba
este gran latido de agua secreta que circula.

Hermano, eres el río más largo de la tierra:
detrás del orbe suena tu voz grave de río,
y yo mojo las manos en tu pecho
fiel a un. tesoro nunca interrumpido,
fiel a la transparencia de la lagrima augusta,
fiel a la eternidad agredida del hombre.





Cuando un hombre còmo Silvestre Revueltas
vuelve definitivamente a la tierra,
hay un rumor, una ola
de voz y llanto que prepara y propaga su partida.
Las pequeñas raíces dicen a los cereales: «Muriò Silvestre»,
y el trigo ondula su nombre en las laderas
y luego el pan lo sabe.
Todos los árboles de América ya lo saben
y también las flores heladas de nuestra regiòn ártica.

Las gotas de agua lo transmiten,
los ríos indomables de la
Araucanía ya saben la noticia.
De ventisquero a lago, de lago a planta,
de planta a fuego, de fuego a humo:
todo lo que arde, canta, florece, baila y revive,
todo lo permanente, alto y profundo de nuestra América lo
acogen: pianos y pájaros, sueños y sonido, la red palpitante
que une en el aire todos nuestros climas,
tiembla y traslada el coro funeral.
Silvestre ha muerto, Silvestre ha entrado en su música total,
en su silencio sonoro.

Hijo de la tierra, niño de la tierra, desde hoy entras en el
tiempo.
Desde hoy tu nombre lleno de música volará cuando se toque
tu patria, como desde una campana,
con un sonido nunca oído, con el sonido de lo que fuiste,
hermano.
Tu corazòn de catedral nos cubre en este instante, como el
firmamento,
y tu canto grande y grandioso, tu ternura volcánica,
llena toda la altura como una estatua ardiendo.
Por qué has derramado la vida? Por qué
has vertido
en cada copa tu sangre? Por qué
has buscado
como un ángel ciego, golpeándose contra las puertas oscuras?
Ah, pero de tu nombre sale música
y de tu música, como de un mercado,
salen coronas de laurel fragante
y manzanas de olor y simetría.

En este día solemne de despedida eres tú el despedido,
pero tú ya no oyes,
tu noble frente falta y es como si faltara
un gran árbol en medio de la casa del hombre.

Pero la luz que vemos es otra luz desde hoy,
la calle que doblamos es una nueva calle,
la mano que tocamos desde hoy tiene tu fuerza,
todas las cosas toman vigor en tu descanso
y tu pureza subirá desde las piedras,
a mostrarnos la claridad de la esperanza.

Reposa, hermano, el día tuyo ha terminado,
con tu alma dulce y poderosa lo llenaste
de luz más alta que la luz del día
y de un sonido azul como la voz del cielo.
Tu hermano y tus amigos me han pedido
que repita tu nombre en el aire de América,
que lo conozca el toro de la pampa, y la nieve,
que lo arrebate el mar, que lo discuta el viento.

Ahora son las estrellas de América tu patria
y desde hoy tu casa sin puertas es la Tierra.



a miguel hernández, asesinado en los presidios de españa

Llegaste a mí directamente del Levante. Me traías,
pastor de cabras, tu inocencia arrugada,
la escolástica de viejas páginas, un olor
a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado
sobre los montes, y en tu máscara
la aspereza cereal de la avena segada
y una miel que medía la tierra con tus ojos.

También el ruiseñor en tu boca traías.
Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo
de incorruptible canto, de fuerza deshojada.
Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pòlvora
y tú, con ruiseñor y con fusil, andando
bajo la luna y bajo el sol de la batalla.

Ya sabes, hijo mío, cuánto no pude hacer, ya sabes
que para mí, de toda la poesía, tú eras el fuego azul.
Hoy sobre la tierra pongo mi rostro y te escucho,
te escucho, sangre, música, panal agonizante.

No he visto deslumbradora raza como la tuya,
ni raíces tan duras, ni manos de soldado,
ni he visto nada vivo como tu corazòn
quemándose en la púrpura de mi propia bandera.

Joven eterno, vives, comunero de antaño,
inundado por gérmenes de trigo y primavera,
arrugado y oscuro, como el metal innato,
esperando el minuto que eleve tu armadura.

No estoy solo desde que has muerto. Estoy con los que te
buscan.
Estoy con los que un día llegarán a vengarte.
Tú reconocerás mis pasos entre aquellos
que se despeñarán sobre el pecho de España
aplastando a Caín para que nos devuelva
los rostros enterrados.
Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre.
Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día.
Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre
en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos
de perra, silenciosos còmplices del verdugo,
que no será borrado tu martirio, y tu muerte
caerá sobre toda su luna de cobardes.
Y a los que te negaron en su laurel podrido,
en tierra americana, el espacio que cubres
con tu fluvial corona de rayo desangrado,
déjame darles yo el desdeñoso olvido
porque a mí me quisieron mutilar con tu ausencia.

Miguel, lejos de la prisiòn de Osuna, lejos
de la crueldad, Mao Tse-tung dirige
tu poesía despedazada en el combate
hacia nuestra victoria.
Y Praga rumorosa
construyendo la dulce colmena que cantaste,
Hungría verde limpia sus graneros
y baila junto al río que despertò del sueño.

Y de Varsovia sube la sirena desnuda
que edifica mostrando su cristalina espada.

Y más allá la tierra se agiganta,
la tierra
que visitò tu canto, y el acero
que defendiò tu patria están seguros,
acrecentados sobre la firmeza
de Stalin y sus hijos.
Ya se acerca
la luz a tu morada.
Miguel de España, estrella
de tierras arrasadas, no te olvido, hijo mío,
no te olvido, hijo mío!
Pero aprendí la vida
con tu muerte: mis ojos se velaron apenas,
y encontré en mí no el llanto,
sino las armas inexorables!
Espéralas! Espérame!



CORAL DE AÑO NUEVO PARA LA PATRIA EN
TINIEBLAS



saludo (1949)

Feliz año, chilenos, para la patria en tinieblas,
feliz año para todos, para cada uno menos uno,
somos tan pocos, feliz año, compatriotas, hermanos,
hombres, mujeres, niños, hoy a Chile, a vosotros
vuela mi voz, golpea como un pájaro ciego
tu ventana, y te llama desde lejos,

Patria, el verano cubre tu cuerpo dulce y duro.
Las aristas de donde se ha marchado la nieve
galopando al océano con labios turbulentos,
se ven azules y altas como carbòn del cielo.
Tal vez hoy, a esta hora, llevas la verde túnica
que adoro, bosques, aguas, y en la cintura el trigo.
Y junto al mar, amada patria marina, mueves
tu universo irisado de arenas y de ostras.

Tal vez tal vez... Quién soy para tocar de lejos
tu nave, tu perfume? Soy parte tuya: círculo
secreto de madera sorprendido en tus árboles,
crecimiento callado como tu suave azufre,
estentòrea ceniza de tu alma subterránea.
Cuando salí de ti perseguido, erizado
de barbas y pobreza, sin ropa, sin papel
para escribir las letras que son mi vida, sin
nada más que un pequeño saco, traje dos libros
y una secciòn de espino recién cortada al árbol.

(Los libros: una Geografía
y el Libro de las Aves de Chile.)

Todas las noches leo tu descripciòn, tus ríos:
ellos guían mi sueño, mi exilio, mi frontera.
Toco tus trenes, paso la mano a tus cabellos,
me detengo a pensar en la ferruginosa
piel de tu geografía, bajo los ojos
a la lunaria esfera de arrugas y de cráteres,
y hacia el Sur mientras duermo va mi silenciò envuelto
en tus finales truenos de sal desmoronada.

Cuando despierto (es otro el aire, la luz, otra
la calle, el campo, las estrellas) toco
la rodaja de espino tuyo que me acompaña,
cortada en Melipilla de un árbol que me dieron.

Y miro en la coraza del espino tu nombre,
áspero Chile, patria, corazòn de corteza,
veo en su forma dura como la tierra, el rostro
de los que amo y me dieron sus roanos como espinos,
los hombres del desierto, del nitrato y el cobre.

El corazòn del árbol espinoso
es un círculo liso como un metal bruñido,
ocre como una mancha de dura sangre seca,
rodeada por un iris azufrado de leña,
y tocando este puro prodigio de la selva,
recuerdo sus hostiles y ensortijadas flores
cuando por las guirnaldas espinudas y espesas
el perfume violento de su fuerza te arroja.
Y así vidas y olores de mi país me siguen,
viven conmigo, encienden su terca llamarada
dentro de mí, gastándome y naciendo.
En otras tierras miran a través de mi ropa,
me ven como una lámpara que pasa por las calles,
dando una luz marina que traspasa las puertas:
es la espada encendida que me diste y que guardo,
como el espino, pura, poderosa, indomable.



LOS HOMBRES DE PISAGUA


Pero la mano que te acaricia se detiene
junto al desierto, al borde de la costa marítima,
en un mundo azotado por la muerte.
Eres tú, Patria, eres ésta, éste es tu rostro?
Este martirio, esta corona roja
de alambres oxidados por el agua salobre?
Es Pisagua también tu rostro ahora?
Quién te hizo daño, còmo atravesaron
con un cuchillo tu desnuda miel?

Antes que a nadie, a ellos mi saludo,
a los hombres, al plinto de dolores,
a las mujeres, ramas de maniò,
a los niños, escuelas transparentes,
que sobre las arenas de Pisagua
fueron la patria perseguida, fueron
todo el honor de la tierra que amo.
Será el honor sagrado de mañana
haber sido arrojado a tus arenas,
Pisagua: haber sido de pronto
recogido a la noche del terror
por orden de un felòn envilecido
y haber llegado a tu calcáreo infierno
por defender la dignidad del hombre.

No olvidaré tu costa muerta donde
del mar hostil la sucia dentellada
ataca las paredes del tormento
y a pique se levantan los baluartes
de los pelados cerros infernales:
no olvidaré còmo miráis las aguas
hacia el mundo que olvida vuestros rostros,
no olvidaré cuando con ojos llenos
de interrogante luz, volvéis la cara
hacia las tierras pálidas de Chile
dominadas por lobos y ladrones.

Sé còmo os han tirado la comida,
como a perros sarnosos, en el suelo,
hasta que hicisteis de pequeñas latas
vacías vuestros platos:
sé còmo os arrojaron a dormir
y còmo en fila recibisteis,
ceñudos y valientes,
los inmundos frijoles
que tantas veces a la arena echasteis.
Sé còmo, cuando recibíais
ropa, alimentos que de toda
la extensiòn de la patria se juntaron,
sentisteis con orgullo
que tal vez, que tal vez no estabais solos.
Valientes, acerados compatriotas
que dais un nuevo sentido a la tierra:
os escogieron en la cacería,
para que por vosotros todo el pueblo
sufriera en desterrados arenales.
Y escogieron infierno examinando
el mapa, hasta que hallaron
esta salobre cárcel, estos muros
de soledad, de sobrecogedora
angustia, para que machacarais la cabeza
bajo los pies del ínfimo tirano.

Pero no hallaron su propia materia:
no estáis hechos de estiércol como el pútrido,
agusanado traidor: mintieron
sus informes, hallaron
la firmeza metálica del pueblo,
el corazòn del cobre y su silencio.

Es el metal que fundará la patria
cuando el viento del pueblo enarenado
expulse al capitán de la basura.

Firmes, firmes, hermanos,
firmes cuando en camiones, agredidos,
de noche en las cabanas, empujados,
amarrados los brazos con alambre,
sin despertar, apenas sorprendidos
y atropellados, fuisteis a Pisagua,
llevados por armados carceleros.

Después volvieron ellos
y llenaron camiones con familias
desamparadas, golpeando a los niños.

Y un llanto de hijos dulces aparece
aún en la noche del desierto, un llanto
de millares de bocas infantiles,
como un coro que busca el duro viento
para que oigamos, para que no olvidemos.




LOS HÉROES

Félix Morales, Ángel Veas,
asesinados en Pisagua,
feliz año nuevo, hermanos,
bajo la dura tierra que amasteis,
que defendisteis. Hoy estáis
bajo los salares que crujen
diciendo vuestros nombres puros,
bajo las rosas extendidas
del salitre, bajo la arena cruel
del desierto ilimitado.

Feliz año nuevo, hermanos
míos, cuánto amor
me habéis enseñado, cuánta
extensiòn sobre la ternura
habéis abarcado en la muerte!

Sois como las islas que nacen
de pronto en medio del océano
sustentadas por el espacio
y la firmeza submarina.

Yo aprendí el mundo de vosotros:
la pureza, el pan infinito.
Me mostrasteis la vida, el área
de la sal, la cruz de los pobres.
Crucé las vidas del desierto
como un barco en un mar oscuro
y me mostrabais a mi lado
los trabajos del hombre, el suelo,
la casa andrajosa, el silbido
de la miseria en las llanuras.

Félix Morales, te recuerdo
pintando un retrato alto, fino,
esbelto y joven como un nuevo
tamarugo, en las extensiones
sedientas de la pampa.

Tu melena bravia golpeaba
tu frente pálida, pintabas
el retrato de un demagogo
para las pròximas elecciones.

Te recuerdo dando la vida
en tu pintura, encaramado
en la escalera, resumiendo
toda su dulce juventud.

Ibas haciendo la sonrisa
de tu verdugo en la tela,
agregando blanco, midiendo,
añadiendo luz a la boca
que ordenò después tu agonía.

Ángel, Ángel, Ángel Veas,
obrero de la pampa, puro
como el metal desenterrado,
ya te asesinaron, ya estás
donde quisieron que estuvieras
los amos del suelo de Chile:
bajo las piedras devoradoras.
que con tus manos tantas veces
levantaste hacia la grandeza.

Nada más puro que tu vida.

Sòlo los párpados del aire.

Sòlo las madres del agua.

Sòlo el metal inaccesible.

Llevaré por la vida entera
el honor de haber estrechado
tu noble mano combatiente.

Eras tranquilo, eras madera
educada en el sufrimiento
hasta ser herramienta pura.
Te recuerdo cuando se honraba
la Intendencia de Iquique contigo,
trabajador, asceta, hermano.

Faltaba pan, harina. Entonces
te levantabas antes del alba
y con tus manos repartías
el pan para todos. Nunca
te vi más grande, eras el pan,
eras el pan del pueblo, abierto
con tu corazòn en la tierra.

Y cuando tarde en la jornada
volvías cargando el volumen
del día de lucha terrible,
sonreías como la harina,
entrabas a tu paz de pan,
y te repartías de nuevo,
hasta que el sueño reunía
tu desgranado corazòn.




GONZÁLEZ VIDELA

Quién fue? Quién es? Donde estoy, me preguntan
en otras tierras en donde voy errante.
En Chile no preguntan, los puños hacia el viento,
los ojos en las minas se dirigen a un punto,
a un vicioso traidor que con ellos lloraba
cuando pidiò sus votos para trepar al trono,
Lo vieron estos hombres de Pisagua, los bravos
titanes del carbòn: derramaba las lágrimas,
se sacaba los dientes prometiendo,
abrazaba y besaba a los niños que ahora
se limpian con arena la huella de su pústula.
En mi pueblo, en mi tierra lo conocemos. Duerme
el labrador pensando cuándo sus duras manos
podrán rodear su cuello de perro mentiroso,
y el minero en la sombra de su cueva intranquila
estira el pie soñando que aplastò con la planta
a este piojo maligno, degradado insaciable.

Sabe quién es el que habla detrás de una cortina
de bayonetas, o detrás de animales de feria,
o detrás de los nuevos mercaderes,
pero nunca detrás del pueblo que lo busca
para hablar una hora con él, su última hora.

A mi pueblo arrancò su esperanza, sonriendo la vendiò
en las tinieblas a su mejor postor,
y en vez de casas frescas y libertad, lo hirieron,
lo apalearon en la garganta de la mina,
le dictaron salario detrás de una cureña,
mientras una tertulia gobernaba bailando
con dientes afilados de caimanes nocturnos.




YO NO SUFRÍ

Pero tú no sufriste? Yo no sufrí. Yo sufro
sòlo los sufrimientos de mi pueblo. Yo vivo
adentro, adentro de mi patria, célula
de su infinita y abrasada sangre.
No tengo tiempo para mis dolores.
Nada me hace sufrir sino estas vidas
que a mí me dieron su confianza pura,
y que un traidor hizo rodar al fondo
del agujero muerto, desde donde
hay que volver a levantar la rosa.
Cuando el verdugo presionò a los jueces
para que condenaran
mi corazòn, mi enjambre decidido,
el pueblo abriò su laberinto inmenso,
el sòtano en que duermen sus amores,
y allí me sostuvieron, vigilando
hasta la entrada de la luz y el aire.
Me dijeron: «Te debes a nosotros,
eres el que pondrá la marca fría
sobre los sucios nombres del malvado».
Y no sufrí sino no haber sufrido.
Sino no haber recorrido las oscuras
cárceles de mi hermano y de mi hermano,
con toda mi pasiòn como una herida,
y cada paso roto a mí rodaba,
cada golpe en tu espalda me golpeaba,
cada gota de sangre del martirio
resbalò hacia mi canto que sangraba.



EN ESTE TIEMPO

Feliz año... Hoy tú que tienes
mi tierra a tus dos lados, feliz eres, hermano.
Yo soy errante hijo de lo que amo.
Respòndeme, piensa que estoy contigo
preguntándote, piensa que soy el viento de enero,
viento Puelche, viento viejo de las montañas
que cuando abres la puerta te visita
sin entrar, aventando Sus rápidas preguntas.
Dime, has entrado a un campo de trigo o de cebada,
están dorados? Habíame de un día de ciruelas.
Lejos de Chile pienso en un día redondo,
morado, transparente, de azúcar en racimos,
y de granos espesos y azules que gotean
en mi boca sus copas cargadas con delicia.
Dime, mordiste hoy la grupa pura
de un durazno, llenándote de inmortal ambrosía,
hasta que fuiste fuente tú también de la tierra,
fruto y fruto entregados al esplendor del mundo?



ANTES ME HABLARON

Por estas mismas tierras forasteras anduve
en otro tiempo: el nombre de mi patria brillaba
como los constelados secretos de su cielo.
El perseguido en todas las latitudes, ciego,
abrumado por la amenaza y la ignominia,
me tocaba las manos, me decía: «chileno»
con una voz teñida por la esperanza. Entonces
tu voz tenía el eco de un himno, eran pequeñas
tus manos arenosas, Patria, pero cubrieron
más de una herida, rescataron
más de una primavera desolada.
Llevas guardada toda esa esperanza,
reprimida en tu paz, bajo la tierra,
ancha semilla para todo el hombre,
resurrecciòn segura de la estrella.


LAS VOCES DE CHILE

Antes la voz de Chile fue metálica
voz de la libertad, de viento y plata,
antes sonò en la altura
del planeta recién cicatrizado,
de nuestra América agredida
por matorrales y centauros.
Hasta la nieve intacta, en el desvelo,
subiò tu coro de hojas honorables,
el canto de aguas libres de tus ríos,
la majestad azul de tu decoro.
Era Isidoro Errázuriz vertiendo
su combatiente estrella cristalina,
sobre pueblos oscuros y amarrados,
era Bilbao con su frente
de pequeño planeta tumultuoso,
fue Vicuña Mackenna transportando
su innumerable y germinal follaje
preñado de señales y semillas
por otros pueblos en que la ventana
fue cerrada a la luz. Ellos entraron
y encendieron la lámpara en la noche,
y en el amargo día de otros pueblos
fueron la luz más alta de la nieve.



LOS MENTIROSOS

Hoy se llaman Gajardo, Manuel Trueco,
Hernán Santa Cruz, Enrique Berstein,
Germán Vergara, los que —previo pago-
dicen hablar, oh Patria, en tu sagrado
nombre y pretenden defenderte hundiendo
tu herencia de leòn en la basura.
Enanos amasados como pildoras
en la botica del traidor, ratones
del presupuesto, mínimos
mentirosos, cicateros
de nuestra fuerza, pobres
mercenarios de manos extendidas
y lenguas de conejos calumniosos.
No son mi patria, lo declaro
a quien me quiera oír en estas tierras,
no son el hombre grande del salitre,
no son la sal del pueblo transparente,
no son las lentas manos que construyen
el monumento de la agricultura,
no son, no existen, mienten y razonan
para seguir, sin existir, cobrando.



SERÁN NOMBRADOS

Mientras escribo mi mano izquierda me reprocha.
Me dice: por qué los nombras, qué son, qué significan?
Por qué no los dejaste en su anònimo lodo
de invierno, en ese lodo que orinan los caballos?
Y mi mano derecha le responde: «Nací
para golpear las puertas, para empuñar los golpes,
para encender las últimas y arrinconadas sombras
en donde se alimenta la araña venenosa».
Serán nombrados. No me entregaste, Patria,
el dulce privilegio de nombrarte
sòlo en tus alhelíes y espuma,
no me diste palabras, Patria, para llamarte
sòlo con nombres de oro, de polen, de fragancia,
para esparcir sembrando las gotas de rocío
que caen de tu negra cabellera imperiosa:
me diste con la leche y la carne las sílabas
que nombrarán también los pálidos gusanos
qu